Un renacimiento conservador

"Tomado con seriedad, el renacimiento conservador expresa intuiciones acerca de los pueblos y la tradición, del lugar del Estado-nación y la historia compartida en las democracias, de los valores heredados y las posiciones infranqueables para una humanidad aún celosa de su dignidad y, por esto, de sus límites".

marzo del 2021
Un renacimiento conservador

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Diego González


Soplan vientos favorables para el pensamiento conservador en el mundo. Créase, aunque parezca todo lo contrario. La paradoja recorre la modernidad, incluso desde antes de la Revolución francesa. Quien mejor la formuló fue Karl Mannheim cuando, en 1927, señaló al conservador como un “estilo de pensamiento” basado en una intuición preventiva inicial, pero articulado enseguida en razones y preguntas ante la amenaza de un “mundo” preciado. No se trata de meros intereses, apuntaba: en el “mundo” sitiado del conservador los intereses coexisten con ideas, creencias, juicios morales y estéticos, además de una comprensión sobre el origen y el destino de la persona en sociedad. El ánimo de conservar refleja más una sensibilidad que un programa y expresa la certeza de que siempre es más fácil destruir que crear. Lo bueno y bello toma tiempo y, normalmente, nos es heredado.

Vientos favorables, decíamos. De algunos años a esta parte, un conjunto de autores e intelectuales en Europa y Estados Unidos han recobrado argumentos que, en el sentido de Mannheim, bien podrían ser calificados como conservadores. De distintas procedencias y formaciones, y con más o menos interés por la reyerta pública, estos autores han refrescado el panorama de ideas de las derechas en Occidente. Y aunque ninguno pase hoy el test de la corrección política, sería erróneo meterlos sin más en el saco de las nuevas derechas asociadas al populismo y, con él, a todos los males del siglo XXI. Tomado con seriedad, el renacimiento conservador expresa intuiciones acerca de los pueblos y la tradición, del lugar del Estado-nación y la historia compartida en las democracias, de los valores heredados y las posiciones infranqueables para una humanidad aún celosa de su dignidad y, por esto, de sus límites. Junto a ello, este conservantismo remozado puede ser estimado como reflexión sobre la cultura desde la vera del acantilado, sin mayor conexión con la vida política como tal. Se trata de autores que desde los años noventa desconfían del relato triunfal del progreso —sea este material o moral —, nos advierten de las aporías del posmodernismo y de las inconsistencias de izquierdas y derechas encantadas con la autonomía total del individuo.

En Francia, autores hace años considerados por el progresismo de izquierda como la novedad del pensamiento “reaccionario”, como Alain Finkielkraut y Pierre Manent, han entablado un debate en torno a las consecuencias de la inmigración y el multiculturalismo para la propia Francia y su república. Debate que, fuera de honrosas excepciones, las izquierdas europeas han sencillamente renunciado a tener. No se trata aquí del islam en sí mismo, o solo del terrorismo “islamista”, sino de la convivencia en torno a una historia común, además de todas las tensiones que hoy despierta la autoimagen de una Francia orgullosa, con Juana de Arco en un polo y la Revolución en el otro. La pregunta es incómoda: ¿hasta qué punto es compatible el multiculturalismo con la democracia y un auténtico régimen de libertades —para no hablar de virtudes— republicanas?

La respuesta no es una obviedad. Al menos hasta el siglo XVIII, el gobierno de pueblos diversos, con culturas, religiones y lenguas distintas, había sido un atributo imperial. La práctica de la democracia, como bien creía Rousseau, se había mostrado más idónea para pueblos pequeños y culturalmente homogéneos, como los cantones suizos. Si bien la fundación de Estados Unidos quebró una época, la Constitución de 1787 fue trazada sobre valores y un horizonte compartidos, además de sancionada por un “pueblo” restringido. En breve: lo normal para la democracia moderna ha sido su constitución bajo Estados nacionales, agrupando a un pueblo previamente enraizado en un territorio y heredero de una historia, relatos y prácticas considerados comunes. La creencia en que la democracia es posible en entidades supranacionales, como la Unión Europea, o en sociedades multiculturales y conformadas por un sinnúmero de “identidades” en tensión, es muy reciente y de pronóstico reservado. Desde distintas posiciones, esta cuestión fue formulada hace más de veinte años por intelectuales como Tony Judt y Larry Siedentop, no precisamente conservadores.

La agenda liberal de las élites europeas pareciera además contrastar con la tendencia “conservadora” de buena parte de sus poblaciones. Frente al cosmopolitismo y la promoción de valores universales en las primeras, las segundas optarían una y otra vez —y cuán testarudamente— por volver la mirada sobre los quehaceres de la economía doméstica, los usos de sus comunidades y familias, los emblemas y valores asociados a la nación. La intelectual francesa Chantal Delsol ha complejizado el fenómeno populista, por ejemplo, a partir de esta tensión entre enraizamiento y emancipación. Es según este esquema que los pueblos rebelados frente al coro bienpensante aparecen como rémoras de un progreso inevitable, presos a su vez de las pasiones más ignominiosas del siglo. Su conclusión es demoledora: estas izquierdas habrían despreciado a sus propios pueblos, quienes por una razón “cavernaria” parecieran no entender los bienes del lenguaje inclusivo. En La haine du monde (2016), Delsol aborda la aversión por la realidad y lo concreto en el pensamiento progresista, lo que acarrea consecuencias para la comprensión de teorías como la de género. Bérénice Levet, también filósofa francesa, ha insistido en el punto, indagando en las consecuencias antropológicas de técnicas deconstructivas aplicadas sin reparos a la sexualidad, la reproducción y la educación infantil, y que van mucho más allá de los argumentos feministas. ¿Qué hacer cuando la deconstrucción deja las universidades y se convierte en imposición curricular? ¿Es un deber moral y cívico “deconstruirse”? La demanda de una ética que no deje de pensar en los presupuestos y usos de la ciencia y la tecnología, especialmente cuando estas son instrumento del “lenguaje de los derechos”, es también una postura conservadora.

En el mundo anglosajón, autores de éxito como Patrick J. Deneen, Rod Dreher, Daniel J. Mahoney y Douglas Murray han puesto en cuestión algunas certezas del credo progresista, especialmente de izquierdas. Desde intuiciones comunitarias o gracias a una valoración de Occidente, estos autores han pugnado con tendencias dominantes en la prensa, los campus universitarios y los parlamentos. Murray ha sido crítico de las “políticas de la identidad”, advirtiendo de sus desviaciones totalitarias y la promoción del victimismo y la identificación tribal (Ortega y Gasset hablaría de una sociedad “invertebrada”). Años atrás, el propio Murray había advertido sobre un “suicidio de Europa” fruto de la inmigración masiva, la baja natalidad y, sobre todo, una autocrítica feroz de sus propias creencias e instituciones. Europa y Occidente mueren, en resumen, porque ya no creen en sí mismos. El recientemente fallecido Roger Scruton, un elegante polemista y ensayista prolífico, sostuvo tesis parecidas en sus últimas publicaciones. Scruton prefería destacar las virtudes del propio conservantismo, junto al arte del buen vino, la música de Wagner y la arquitectura noble, a escala humana. Cuando bregaba en la prensa, sin embargo, lo hacía principalmente contra las “falacias” de la New Left y las izquierdas posmodernas, que han optado por denunciar relaciones de dominación en todos y cada uno de los intersticios de la cultura, incluyendo el lenguaje. Aunque, atención, pues las críticas a las “políticas de la identidad” y al estado de la izquierda occidental no han provenido exclusivamente desde las derechas: autores como el liberal Mark Lilla, el sociólogo italiano Luca Ricolfi, el inclasificable Jean-Claude Michéa e incluso Didier Eribon, desde una izquierda más bien clásica, han lanzado dardos tanto o más letales. En su momento, aunque desde otra vereda, el hoy Papa emérito Benedicto XVI elaboró una de las críticas mejor aceitadas en torno a la deriva “relativista” de la cultura occidental, y su significado para la Iglesia Católica, Europa y el mundo en el nuevo siglo, mientras Francisco ha recordado todos los contornos de la “cultura del descarte” en su reciente Fratelli tutti.

Pensando en Alemania, país donde la voz “extrema derecha” suele estar reservada para el filonazismo o agrupaciones abiertamente radicales, nuevas publicaciones refrescan el pensamiento conservador, ya sea desde posiciones social-ecologistas hasta liberal-conservadoras, en los casos del miembro fundador de Los Verdes Winfried Kretschmann y del historiador Andreas Rödder. Para este último, el conservatismo alemán post 1945 logró sacudirse de sus tendencias antiliberales y organicistas, entablando una alianza fructífera con el catolicismo político de la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Comprometido con la Ley Fundamental de la Alemania Federal y una vocación europea, el conservatismo alemán del siglo XXI abogaría por la democratización y una economía social de mercado (el “ordoliberalismo”), poniendo el acento en una sociedad anterior al Estado y fundada sobre los principios de libertad y subsidiariedad. Como su contraparte británica (y casi todas las otras), este conservantismo rehúye la revolución como la peste y es políticamente moderado, cauto.

En 2020, el historiador alemán Egon Flaig ha vuelto a preguntarse por el ser conservador en una Europa fracturada por extremismos de toda clase, y donde valores como la tolerancia y la libertad de expresión se volverán más apreciados que nunca. De un tono más contestatario, otras publicaciones recientes en lengua alemana han insistido en la idea de una decadencia sostenida de Europa y el mundo occidental, y con ellos, de los principios alguna vez atesorados. “¿Qué hacer?”, se ha preguntado el historiador belga David Engels: nada menos que renovar Europa sobre sus fundamentos antiguos, esto es, la civilización cristiano-occidental, para dejar atrás la Unión Europea. Esta idea, aún de nicho, refleja las simpatías que un distanciamiento del eje París-Berlín despierta en movimientos de derechas en Polonia, Chequia y otros países del antiguo Bloque Oriental, que han visto la experiencia “europea” de Bruselas con no poca frustración. Anticipar esta clase de desencanto con el proyecto europeo fue otro acierto más del historiador Tony Judt en los años noventa.

Una de las críticas más recurrentes sobre las tendencias conservadoras de los pueblos apunta al “miedo al otro” —cuando no al “odio”— como acicate primario. Tal crítica moralizante da con un aspecto de la realidad: el miedo y otras emociones han sido insumos de la política y la reflexión intelectual desde los antiguos, tal y como la esperanza o el dolor. Sería un error, ahora bien, considerar todo ánimo preventivo, escéptico o derechamente reacio al cambio como pura arbitrariedad. El mundo contemporáneo atraviesa por suficientes transformaciones en la política, las ciudades, el medio ambiente, las comunicaciones y el trabajo como para justificar preguntas mínimas sobre el significado y la orientación de estos cambios. La pandemia que ha asolado al mundo desde 2020 recobra inquietudes, señala nuevos derroteros y otras configuraciones, y será tarea y deber del pensamiento conservador ofrecer razones y estar a la altura de los tiempos, todo con el fin de indagar en torno al sentido de la época y aquilatar sus fundamentos históricos, antropológicos y filosóficos. Su tarea consiste, nuevamente, en pensar.

Podrá sorprender, pero los actuales debates en Chile no son ajenos a estas querellas. Fuera de los problemas propios de Europa y que no caminan más allá del Atlántico, la vida intelectual chilena se nutre y es también parte del mundo de las ideas propias de la política mundial, así como del acervo de Occidente. Si bien la posición de los autores presentados es heterogénea, y podría objetarse que no hay puntos comunes entre conservadores de la política, moderados, y otros culturalmente más combativos, la actitud inicial que los une y organiza reside en la pregunta por lo que vale la pena conservar. Una cuestión especialmente molesta para toda sociedad que se “moderniza” y luego es forzada a “despertar”, no sabiendo si lo suyo ha sido sueño o pesadilla (“no son treinta pesos…”). Luego, lo que el vértigo de la revolución realmente despierta es el anhelo por un retorno a casa.

Decía Mannheim que uno de los supuestos del pensamiento conservador es la confluencia entre tierra y fundamento: entre la concreción y el arraigo, por un lado, y la historia y su sentido, por el otro. El conservador no ansía para sí y los suyos un pasado estático o de anticuario; venera, más bien, la reverberación del pasado en el presente y el sentimiento de gratitud por un patrimonio entregado al cuidado de todos. No debe por esto extrañar que entienda la tradición como mucho más que un empaque de nostalgias, al ser ella en verdad pozo de conocimiento y prácticas legados al presente por generaciones. Pensando en la vida democrática, cualquier pueblo —su sustrato— verá costumbres y esperanzas reflejadas en el espejo de su propia historia. Que el pensamiento conservador goce de mejor salud de lo que se piensa es por lo mismo una buena noticia. Su renacimiento recuerda que, en tantos y muy buenos sentidos, hay mucho aún por preservar.