Un mundo más solo
Un mundo más solo

Por Manfred Svensson y Catalina Siles


En las últimas décadas el paisaje familiar chileno ha experimentado transformaciones profundas y aceleradas. La natalidad ha descendido de manera sostenida, el matrimonio ha perdido peso relativo, las convivencias se han vuelto más frecuentes y los hogares monoparentales han aumentado de forma significativa. En paralelo, se han ampliado las posibilidades concretas para las personas: existe una mayor participación laboral femenina, se posterga la formación de pareja, hay nuevas formas de organizar la vida doméstica y distintas expectativas sobre la crianza y los vínculos entre hombres y mujeres. En conjunto, estos procesos han configurado un escenario familiar distinto al que predominó durante buena parte del siglo XX, caracterizado por una mayor variación en los modos de conformar y sostener los hogares.

Hay cierto acuerdo en torno a que, en líneas gruesas, esto es lo que ha ocurrido. Sin embargo, ¿cómo interpretar estos hechos? Esta es la cuestión crucial. La pregunta es si acaso aquellos cambios señalados en el párrafo anterior nos deben ser indiferentes, si acaso los debemos celebrar, o si tal vez debemos insistir en la capacidad de observar críticamente el escenario. Esto es lo que está en disputa cuando miramos la vida familiar de las pasadas dos décadas. Esa divergencia a la hora de enjuiciarla puede verse día a día. La simple enumeración de los cambios, por ejemplo, opera para la mentalidad progresista como un catálogo de absurdos conservadores: ¿cómo pudo alguien pensar en oponerse a algún ingrediente de este relato? Esa pregunta surge porque cada uno de esos elementos se imagina como emancipación: se presentan como expresiones de mayor autonomía individual, diversificación de proyectos de vida y superación de modelos familiares percibidos como rígidos o arcaicos.

Sería absurdo contraponer a esa lectura emancipatoria un simple relato de decadencia. En el proceso que describimos se han vuelto visibles injusticias antes ignoradas, han aparecido espacios para la agencia femenina y ha surgido una mayor preocupación por incorporar a los hombres al espacio doméstico. Cualquier conversación ecuánime debe ser capaz de ponderar estos factores. Pero si tal discusión es honesta y realista, la integración de estos también debe atender los costos sociales y humanos que emergen cuando los lazos familiares se vuelven más frágiles o simplemente desaparecen. Un foco exclusivo en la autonomía hace perder de vista precisamente eso, que las decisiones individuales no ocurren en el vacío: se despliegan dentro de un entramado social donde la solidez o la fragilidad de los lazos tienen efectos que exceden lo estrictamente privado. Esta ceguera contribuye a que transformaciones de enorme alcance no sean objeto de un debate público proporcional a su magnitud, y a que procesos decisivos —como la caída de la natalidad o la creciente inestabilidad conyugal— se observen como expresiones de pura libertad más que como síntomas de un cambio estructural cuyas consecuencias aún no terminamos de dimensionar. Veamos.

Un futuro sin hijos

 

Un ejemplo claro de estas tensiones es la caída de la natalidad, probablemente el indicador que más sectores concuerdan en reconocer como síntoma de que algo profundo está ocurriendo en el ámbito familiar. Chile se ha convertido en un caso extremo a nivel internacional —y se debe considerar que el escenario internacional ya es preocupante—, con una tasa de fecundidad de 1,03 hijos por mujer según datos de 2025. Al igual que otros, este tema puede, obviamente, ser integrado en una narrativa emancipatoria que le hace perder dramatismo. Se tratará, entonces, de un desarrollo esperable, cuyos efectos más disruptivos habrá que anticipar, pero no de un drama humano de primera magnitud. Dado que la importancia del tópico es universalmente aceptada, es un buen caso para evaluar si se sustenta una lectura de esta naturaleza.

Para responder a esta pregunta debemos, primero, constatar que el tema posee múltiples aristas, y luego considerar el modo en que se ha reflexionado sobre sus causas y soluciones. Partamos, pues, por advertir sus notorias consecuencias colectivas. Todos sabemos cómo el envejecimiento de la población afecta las discusiones sobre pensiones y la igualmente decisiva discusión sobre los cuidados. Si ese envejecimiento de la población solía llevarnos a mirar un solo polo de la pirámide poblacional, ahora hemos pasado unos años observando el opuesto: nacen muy pocos niños, y el envejecimiento general comienza, por tanto, a cobrar una velocidad distópica y en apariencia incorregible (al menos por unas décadas). No se trata, por otro lado, de que solo se altere el peso relativo de la vejez y la juventud —con las consiguientes preguntas por la previsión social—, sino que en paralelo surgen preguntas por la pérdida de energía de la sociedad, la contracción del sistema educativo y la reducción dramática de la fuerza laboral.

Pero junto a eso hay también una reconfiguración social más profunda: hogares más pequeños y más solos. En apenas veinticinco años, los hogares unipersonales se han triplicado y hoy representan cerca del 20% del total, lo que manifiesta un persistente aislamiento que afecta tanto a jóvenes como a adultos mayores. Lo anterior se puede graficar de manera sencilla: una tasa de natalidad como la que tenemos supone un mundo sin primos ni tíos. Todas nuestras ideas previas sobre qué es una familia ampliada se modifican. A ello se suma la retracción de las redes de ayuda, la disminución de espacios de encuentro y el debilitamiento de la interacción intergeneracional. El aumento de la soledad, que ya aparecía como una experiencia masiva y transversal, no es accidental, sino parte del mismo proceso: menos hijos, menos vínculos, menos comunidad. Esta tríada resume una transformación que va más allá de las cifras demográficas y que toca la arquitectura misma de la vida social.

Insistamos en que este es un diagnóstico más o menos compartido: surge de modo relativamente espontáneo de la simple observación de nuestra situación. Los espíritus se dividen, en cambio, cuando se trata de juzgar al respecto, de pensar sobre las causas y respuestas que damos a esos hechos. Esta es la gran pregunta que debemos enfrentar, y el modo en que respondamos revela nuestra capacidad para reflexionar sobre la familia: si acaso lo que decimos al respecto está a la altura del problema cuya realidad y envergadura todos reconocemos. Ante esto, hay buenas razones para estar pesimistas, pues muchas lecturas de este fenómeno muestran de golpe su carácter parcial. Unas enfatizan únicamente los factores materiales —costo de la vida, rigidez laboral, precariedad habitacional—; otras insisten en interpretar la crisis de natalidad como reflejo de mayor autonomía individual y diversificación de las trayectorias vitales, particularmente para las mujeres. Ambas perspectivas captan algo real, pero ambién pueden oscurecer disyuntivas antropológicas más complejas.

Las explicaciones que remiten al plano material son obviamente pertinentes, pero tienen un límite claro. La experiencia comparada muestra que, incluso en países con políticas familiares generosas y amplios servicios de bienestar, la fecundidad sigue disminuyendo, e incluso que, en más de un caso, esa disminución es más acentuada que en los países que carecen de tales políticas. Esto sugiere que estamos ante una transformación más profunda: un cambio cultural en las valoraciones, prioridades y expectativas afectivas. En las últimas décadas los hijos han dejado de ocupar el centro simbólico que antes tenían como fuente de continuidad, sentido y proyecto compartido. Se han vuelto, en términos cada vez más explícitos, una opción prescindible. Y esto ocurre al mismo tiempo que aumentan las aspiraciones de autonomía personal, profesional y afectiva.

Este desplazamiento está estrechamente relacionado con un fenómeno más amplio, que la literatura reciente ha empezado a subrayar: la creciente dificultad contemporánea para sostener vínculos de dependencia duraderos. En un entorno cultural que valora la autonomía por encima de la interdependencia, formar una pareja estable, sostener un proyecto común y criar hijos se vuelve una empresa mucho más exigente. Como han mostrado encuestas en los últimos años, los chilenos experimentan hoy niveles altos de soledad y una reducción significativa de las redes cercanas[1] La vida compartida —ya sea en pareja, familia extensa o barrios— se ha vuelto más frágil, más inusual y más incierta. Este adelgazamiento de los lazos, que afecta tanto a jóvenes como a adultos, repercute directamente en la decisión de tener hijos: se vuelve más difícil imaginar un futuro compartido cuando la infraestructura afectiva y comunitaria que lo hacía posible está debilitada.

En este contexto, la caída de la natalidad funciona como un barómetro de algo más amplio: la erosión de las estructuras simbólicas, relacionales y materiales que históricamente sostuvieron la formación de familias. La crianza, que requiere estabilidad y compromisos a largo plazo, aparece tensionada por expectativas individuales cada vez más altas sobre la vida de pareja y por modelos laborales y urbanos que reducen el tiempo disponible para el encuentro, el cuidado y la construcción de comunidad. La baja natalidad no es, entonces, solo un cambio en los comportamientos reproductivos, sino el síntoma de un ecosistema cultural y social que se ha vuelto más frágil para sostener proyectos familiares duraderos. No se detienen esos problemas simplemente predicando en contra del giro en cuestión, pero un paso indispensable consiste en ser capaces de enfocarlo críticamente. Ahora bien, si aquí hemos notado esa dificultad a partir de un problema ampliamente reconocido como tal, a continuación fijaremos la mirada en un tópico que ni siquiera queremos reconocer como problema.

 

La estructura importa

 

Si la caída de la natalidad indica que cada vez menos personas emprenden el proyecto de formar una familia, la estructura en que nacen los niños que sí llegan al mundo revela un síntoma igualmente inquietante. En Chile, cerca de tres de cada cuatro nacimientos ocurren fuera de una unión conyugal estable —la cifra más alta de la OCDE—, pero este hecho ha desaparecido casi por completo del debate público. Vale la pena subrayarlo. Hace unos quince años, cada enero los titulares todavía destacaban el aumento de los nacimientos fuera del matrimonio: un año representaban el 69% (2012), otro el 71% (2013) y más adelante el 73% (2016). Eso fue hace una década, y luego esas cifras dejaron de importar.

Una vez más la tentación progresista de celebrar estos cambios como señales de emancipación —una emancipación, aparentemente, sin consecuencias inquietantes— explica parte de este silencio. Se imagina que así nos acercamos a la realidad de países desarrollados, cuando en verdad estamos bastante lejos: en la mayoría de los países europeos los nacimientos fuera de la unión conyugal se sitúan bajo el 50%, y muchos bajo el 30%, según datos de la OCDE. Nuestra “liga” es otra: Colombia y México. Pero no solo la imaginación progresista ha dificultado reconocer el problema. También pesa el recuerdo del estigma histórico de la ilegitimidad: cuando sí se hablaba críticamente de esta realidad, se hacía de una manera que juzgaba de modo principal a la madre soltera, algo de lo que con razón nos hemos distanciado. Sin embargo, en el intento de evitar juicios y estigmas hemos derivado hacia una forma de ceguera estadística que impide examinar qué significa que la mayoría de los niños crezca en contextos donde la estable presencia de una madre y un padre es inusual.

De ahí que tampoco sepamos cómo hablar de las convivencias. Durante años fueron celebradas como expresión de libertad —hay una unión, pero no regulada o pública como el matrimonio—, y eso ha vuelto imposible hablar de su menor estabilidad promedio (incluso con altas tasas de divorcio, el matrimonio sigue siendo una unión más estable).

 Lo que nos interesa aquí es resaltar una consecuencia obvia de esa menor estabilidad: una proporción importante de los niños nacidos en estos contextos termina viviendo en hogares monoparentales antes de los cinco años. Los afectos presentes en uno y otro tipo de vínculo pueden ser los mismos, y obviamente estos escapan a cualquier juicio externo. Pero la pregunta aquí no es por el carácter del afecto y la entrega, sino si acaso hay formas de unión con menos capacidad para sostenerse en el tiempo que terminan, generando y reproduciendo una mayor vulnerabilidad.

A lo anterior debemos añadir que la estabilidad conyugal se distribuye, en nuestro país, de manera desigual. En los países desarrollados, y crecientemente también en Chile, el matrimonio se ha convertido en una especie de bien de lujo cruzado por una asimetría entre el discurso y la experiencia. Las élites culturales tienden a cuestionar esta institución en el plano discursivo, pero la suelen adoptar de manera más masiva en su propia vida personal. Matrimonio tardío, sí, pero bastante estable, con menor probabilidad de disolución y acompañado de recursos económicos, rutinas predecibles y proyectos educacionales centrados en los hijos. Entre los grupos de menores ingresos tiende a ocurrir lo contrario: la unión conyugal se debilita o desaparece, la cohabitación se vuelve frágil y la paternidad queda muchas veces dislocada del vínculo de pareja. La paradoja es evidente: mientras el relato prestigioso sostiene que “la estructura no importa”, la práctica cotidiana de quienes enuncian ese discurso confirma exactamente lo contrario.

De ahí que Rob Henderson, en su fascinante autobiografía, haya tomado este tipo de afirmaciones —que “todas las familias son equivalentes” o “la estructura no importa si hay afecto”— como ejemplo paradigmático de lo que llamó “creencias de lujo”[2]. Estas consisten en tesis que pueden sostener sin costo quienes viven en entornos protegidos, pero que se vuelven dañinas cuando se generalizan, como si la experiencia de fragilidad fuese simétrica entre grupos sociales. La familia opera como infraestructura: organiza el tiempo, crea continuidad, proporciona contención y establece un marco predecible para el desarrollo. Cuando esa infraestructura es frágil o se quiebra repetidamente los costos no son abstractos: afectan la regulación emocional, la continuidad escolar, la conformación de hábitos, la percepción de seguridad y la posibilidad misma de proyectar un futuro. Y esos efectos, subraya Henderson, no se reparten homogéneamente, sino que golpean con mayor fuerza a quienes ya están expuestos a entornos precarios.

Desde otro ángulo, Melissa Kearney ha llegado a conclusiones convergentes. En The Two-Parent Privilege [3], la economista norteamericana muestra que crecer con dos adultos estables, comprometidos y presentes constituye una ventaja comparativa significativa no por razones culturales, sino por razones estructurales: mayor disponibilidad de tiempo, supervisión, recur- sos, estabilidad cotidiana y apoyo emocional. Kearney es enfática en un punto que resuena con Henderson: la diferencia entre crecer con uno o dos cuidadores estables no es un asunto de preferencias individuales, sino una fuente sistemática de vulnerabilidad o de protección, que influye de manera sostenida en el bienestar, la salud mental, la consecución de logros educativos y la movilidad social de los niños. Ante este panorama conviene hacer una precisión. No se trata de reemplazar juicios morales por una lectura puramente instrumental, como si bastara evaluar “consecuencias” para resolver el debate. Cualquiera sea el marco normativo desde el cual se mire, hay un hecho difícil de ignorar: la forma y la función de la familia no son infinitamente maleables sin generar tensiones y costos reales. Podemos discrepar sobre los fines que debería promover la vida familiar; lo que no podemos desconocer es que ciertas configuraciones ofrecen más contención, continuidad y posibilidades de desarrollo que otras, y esas diferencias no se distribuyen de manera uniforme: se traducen en trayectorias de ventaja o desventaja para los niños, según el grado de estabilidad con que cuenten los adultos que los cuidan.

Miradas en conjunto, las reflexiones de Henderson y Kearney no buscan zanjar el debate sobre qué modelo familiar es “correcto”, sino sacar del punto ciego una dimensión que ha sido subestimada: la vulnerabilidad que producen ciertas formas de organización familiar. La pregunta no es solo cómo queremos que sean las familias, sino quiénes pueden navegar la inestabilidad sin grandes costos y quiénes quedan expuestos a fragilidades acumulativas cuando esa inestabilidad se vuelve la norma. En los grupos con mayores recursos la ruptura de un vínculo puede ser amortiguada por redes disponibles, flexibilidad laboral o apoyo profesional. No hay por qué ser ingenuo con respecto a los estragos que la inestabilidad familiar causa también ahí, pero, cuando no hay tales recursos “amortiguadores”, esa misma ruptura tiende a desencadenar desventajas persistentes que ningún discurso emancipatorio alcanza a compensar.

 

Vínculos frágiles

 

La caída de la natalidad y el aumento de los nacimientos fuera del matrimonio forman parte de un fenómeno más amplio: la creciente fragilidad de las uniones de pareja. Al igual que otros procesos familiares, la crisis del matrimonio recibe poca atención pública, pues suele interpretarse como liberación de lazos restrictivos y ampliación de opciones afectivas, como si la erosión de compromisos duraderos fuera un signo inequívoco de modernización. 

La forma como se presenta la creciente monoparentalidad femenina es ilustrativa de este fenómeno. En Chile, esta es la realidad de cerca del 30% de los hogares con niños. Cuando la discusión pública se deja caer sobre este hecho, sin embargo, lo hace refiriéndose a mujeres “jefas de hogar”, un lenguaje de redes— no desaparecen por redefinir la situación como agencia. Del mismo modo, los hombres que pierden el vínculo conyugal suelen quedar progresivamente desconectados de la vida cotidiana de sus hijos, con efectos identitarios y emocionales significativos.

En el debate internacional con frecuencia se ofrece una imagen simplista de cómo hombres o mujeres estarían reforzando este problema. Algunos responsabilizan a “hombres no casables”; otros, a “mujeres liberales”[4]. Ambas lecturas captan aspectos reales, pero pierden de vista que la crisis del matrimonio responde a transformaciones culturales que deslegitiman las obligaciones mutuas y a transformaciones materiales que vuelven más costoso sostenerlas. Como ha resaltado Mary Harrington en su libro Feminismo contra el progreso, la modernidad afectiva entiende la libertad como independencia total, desestimando instituciones diseñadas para gestionar la interdependencia humana 5. El matrimonio, visto desde este prisma, aparece como una reliquia, cuando en realidad —advierte Harrington— la autonomía solo es verdadera cuando existe una estructura que la sostiene. Allí donde esa estructura se ha debilitado, la carga de la emancipación se distribuye de manera profundamente desigual.

Las causas operan en planos complementarios. Las expectativas afectivas se han individualizado: la pareja se concibe menos como compromiso institucional y más como espacio de autorrealización, lo que eleva estándares y reduce tolerancias. La incertidumbre económica dificulta proyectar una vida común, especialmente para hombres de menores ingresos. Los ritmos laborales y urbanos tensionan la construcción de rutinas compartidas, y un clima cultural que celebra la reversibilidad de los vínculos configura relaciones siempre condicionales.

Las consecuencias, asimismo, tampoco se distribuyen simétricamente. Para muchas mujeres, la disolución deriva en sobrecarga estructural; para redes— no desaparecen por redefinir la situación como agencia. Del mismo modo, los hombres que pierden el vínculo conyugal suelen quedar progresivamente desconectados de la vida cotidiana de sus hijos, con efectos identitarios y emocionales significativos.

Las consecuencias, asimismo, tampoco se distribuyen simétricamente. Para muchas mujeres, la disolución deriva en sobrecarga estructural; para muchos hombres, en soledad, pérdida del contacto cotidiano con los hijos y un desanclaje identitario; para los niños, por último, en discontinuidades afectivas y materiales que amplifican riesgos.

En conjunto, las transformaciones familiares de las últimas décadas que hemos examinado —la caída de la natalidad, la inestabilidad conyugal y la extensión de la monoparentalidad— revelan algo más profundo que un cambio en las formas: muestran la tensión estructural entre una cultura que exalta la autonomía y una vida humana que sigue necesitando conexiones estables para florecer. La modernidad afectiva ha expandido posibilidades sin duda valiosas, pero también ha debilitado las condiciones materiales y simbólicas que hacían posible la cooperación duradera entre hombres y mujeres y la protección de los niños. La familia, lejos de ser un residuo del pasado, continúa operando como una infraestructura básica para distribuir responsabilidades, sostener la interdependencia y articular la vida común.

Ignorar su fragilidad no nos vuelve más libres ni más igualitarios: solo vuelve más desiguales los riesgos y más silenciosos los daños. El desafío no es restaurar un orden perdido, sino recuperar la conciencia de que ninguna sociedad puede sostener proyectos individuales robustos sin renovar las estructuras que permiten que la vida compartida ocurra. Allí —en el equilibrio entre autonomía y compromiso, entre libertad y vínculo— se juega buena parte de nuestro futuro colectivo

 

 

 

 

 


 [1] Los datos de la Encuesta Bicentenario UC 2025 mues- tran que un 48% de los encuestados declara haber ex- perimentado soledad en la última semana, cifra que se eleva al 60% entre quienes viven solos, al 57% entre los hombres, 43% entre los adultos mayores y a un preocupante 62% entre los jóvenes.

 

 [2] Rob Henderson, Trohbled: A MeWoťr of Foster CDre, FD- Wťl), DGd JocťDl ClDss (Nueva York: Simon & Schuster’s Gallery Books, 2024).

 

[3] Melissa Kearney, T7e TMo-nDreGt nrťvťlege: HoM AWe- rťcDGs Jtogged GettťGg MDrrťed DGd JtDrted FDllťGg Be- 7ťGd (Chicago: University of Chicago Press, 2023).

 


[4] Véase Maria Baer y Brad Wilcox, 1 de diciembre de 2025, “What’s Killing Marriage—Unmarriageable Men or Liberal Women?”, Blog IGstťthte for FDWťl) Jthdťes.

 

[5] Mary Harrington, FeWťGťsWo coGtrD el grogreso

(Santiago: IES, 2025).