Un intrincado camino hacia la libertad

Este artículo se propone un objetivo más modesto: ofrecer una aproximación general a algunos de los principales debates dentro del feminismo contemporáneo y, desde ahí, ubicar en el mapa a los grandes grupos que lo componen.

Este ejercicio obliga a simplificar argumentos que están cargados de matices según las corrientes y autoras que uno elija, y a establecer determinadas etiquetas que, si bien pueden ayudar a identificar el lugar de ciertas posturas en el debate, pueden a ratos resultar reduccionistas o traslaparse con otros usos del término.

septiembre del 2023
Un intrincado camino hacia la libertad

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Por Catalina Siles

Dibujar un mapa comprehensivo del feminismo es una empresa virtualmente imposible. Son tantas las divisiones y subdivisiones existentes y tantas las maneras de trazar dichas clasificaciones que realizar una taxonomía exhaustiva parece inviable. Por lo anterior, este artículo se propone un objetivo más modesto: ofrecer una aproximación general a algunos de los principales debates dentro del feminismo contemporáneo y, desde ahí, ubicar en el mapa a los grandes grupos que lo componen.

Este ejercicio obliga a simplificar argumentos que están cargados de matices según las corrientes y autoras que uno elija, y a establecer determinadas etiquetas que, si bien pueden ayudar a identificar el lugar de ciertas posturas en el debate, pueden a ratos resultar reduccionistas o traslaparse con otros usos del término. Asimismo, enfocarse en algunas disputas particulares, aunque sean de amplio alcance dentro de la teoría y la praxis política feminista, implica dejar de mencionar otras corrientes o agrupaciones que forman parte de este elenco. Sin embargo, confío en que este intento de síntesis servirá al menos como un punto de partida para adentrarse en este complejo y diverso mundo que constituyen las discusiones intelectuales feministas.

De alguna manera, este ensayo parte de la siguiente constatación: los debates al interior del feminismo giran siempre en torno a la pregunta sobre los límites de la libertad ¿Qué problemas traen para las propias mujeres conceder libertad total en algunos campos relativos al género?

¿Acaso no sucede que, al abrir ciertas libertades, se restringen otras que eran igualmente relevantes? En las páginas que siguen intento explorar estas y otras interrogantes a través de algunas de las grandes discusiones en la materia.

Autonomía e interdependencia

Un primer eje remite al lugar de la autonomía. Esta ha sido una reivindicación fundamental del feminismo desde sus orígenes, dado que, según puede observarse en el trabajo histórico, en la gran mayoría de las culturas existió para las mujeres una mayor dificultad para hacerse de libertades básicas que les permitieran moldear y desarrollar su propio proyecto de vida. Piénsese por ejemplo en el pater familias de la Antigüedad romana o en la estructura de las familias aristocráticas de la Ilustración. Las mujeres debían su destino económico y legal a sus padres, maridos e incluso a sus hijos varones. No se trata de sugerir que carecieran por completo de agencia: aquello sería despreciar la inteligencia con la que muchas de ellas supieron sortear restricciones propias de su época. Se trata más bien de subrayar que las instituciones las relegaban a un plano subordinado al masculino en las decisiones de alguna relevancia. De este modo, gozar de autonomía en todos los ámbitos —político, económico, social y cultural— se convirtió en un anhelo central del feminismo en todas sus vertientes.

Sin embargo, pronto surgieron diferencias en la comprensión sobre su contenido, alcance y propósito, produciendo hondas divisiones dentro del movimiento feminista. Así, hay quienes sostienen una interpretación más individualista de la autonomía, entendida como la capacidad de elegir y desenvolverse sin ningún tipo de restricción. Para estos grupos, el objetivo último del feminismo es liberar a la mujer de cualquier atadura o barrera que le impida perseguir sus propios intereses y aspiraciones. De este modo, presentan una visión crítica de ciertas relaciones de interdependencia que constituirían, según estas corrientes, una fuente de opresión. Particularmente, la maternidad y las labores de cuidado que conlleva.

Ciertamente, la relación entre el feminismo y la maternidad no ha sido pacífica. Para figuras importantes como Simone de Beauvoir o Shulamith Firestone, la maternidad ha representado históricamente una grave restricción a la autonomía femenina, perpetuando su situación de subordinación en todos los ámbitos y limitando el verdadero potencial de las mujeres. No solo por sus implicancias físicas y biológicas (el estado de vulnerabilidad asociado a la reproducción impedía que las mujeres realizaran otras actividades y las obligaba a depender de otros para su subsistencia), sino sobre todo por las normas y responsabilidades sociales aparejadas a ella. Al fin y al cabo, la imposibilidad de las mujeres de participar en el ámbito público durante siglos y su confinamiento en el mundo doméstico se basó, en buena parte, en argumentos asociados al rol de la mujer únicamente comprendida como madre.

Entre las críticas más furibundas a la maternidad está Shulamith Firestone, fundadora e ícono del feminismo radical. Esta facción del movimiento se centra en analizar y abordar las estructuras patriarcales y las desigualdades de género desde su raíz o “raíces” en la sociedad. Así, en su obra La dialéctica del sexo. El caso de la revolución feminista (1970), Firestone sostiene que la maternidad es una experiencia biológica que ha sido explotada y utilizada como una forma de control y dominación sobre las mujeres. Según su visión, la reproducción es el origen de la desigualdad y la opresión de las mujeres, ya que se les asigna el papel principal en la crianza de los hijos, lo que limita su autonomía y su participación en otras esferas sociales. La autora argumenta que la liberación de las mujeres requiere una revolución en las relaciones sexuales y reproductivas, y propone la eliminación de la maternidad biológica a través del uso de la tecnología de reproducción asistida. A partir de estas premisas, el aborto se vuelve una bandera de lucha fundamental para buena parte del feminismo contemporáneo. La mujer debe tener un control absoluto sobre su embarazo para equiparar de algún modo las asimetrías reproductivas entre los sexos. Así, ninguna mujer se vería obligada a asumir un compromiso de cuidado de esa magnitud y radicalidad, dadas las limitaciones que supone. La frase “la maternidad será querida o no será”, tan frecuente en algunos de nuestros debates sobre estos temas, ilustra esta concepción de la autonomía, sin considerar otros bienes en juego, como el estatus moral del niño que está por nacer.

Con todo, otras corrientes feministas promueven una visión distinta de la autonomía, no como un fin en sí misma, sino como un medio para conquistar otros bienes ulteriores para la realización personal, considerando la interdependencia con otros que define la condición humana. De este modo, para estas vertientes, la causa feminista no puede consistir en liberarse de ciertas relaciones primordiales, como la maternidad o el matrimonio, sino en reestructurar estas instituciones de forma tal que ellas no impliquen la subordinación de las mujeres ni un impedimento para participar en otros ámbitos de la vida social.

Para este “feminismo relacional”, utilizando el concepto de Karen Offen[1], el problema no es la maternidad en sí misma, sino las imposiciones culturales construidas en torno a ella que la han minusvalorado o convertido en una carga demasiado pesada para las mujeres. De lo que se trata, entonces, es de rescatar el potencial de la maternidad ya sea —según la tradición en que se inserten— como fuente de poder, de realización personal, de contribución social o como resistencia frente a la dominación patriarcal. Estas vertientes del feminismo desafían la idea de que la maternidad debilita u oprime a las mujeres y enfatizan la importancia de valorar y apoyar a las madres en todas las esferas de la vida social.

Algunos feminismos vinculados con la ética del cuidado reflejan bien este tipo de visión acerca de la maternidad. Por ejemplo, la filósofa feminista Sara Ruddick, en su libro Maternal Thinking. Towards a Politics of Peace (1989) explora el concepto de “pensamiento materno”, como una forma particular de conocimiento y ética, que es distintiva y valiosa. El pensamiento materno se desarrolla desde la experiencia de la crianza, y está centrado en el cuidado, la preocupación por los demás y la construcción de relaciones pacíficas. Ruddick argumenta que el pensamiento materno involucra la capacidad de imaginar, anticipar y responder a las necesidades de los hijos, así como la habilidad de fomentar su desarrollo emocional y moral. Sostiene que puede tener impactos significativos en la sociedad, al promover una ética del cuidado y la responsabilidad.

Nel Noddings, por su parte, sostiene que cualquier política social de cuidado debe intentar reproducir el estilo materno, tal como este se despliega en el hogar. Para Noddings, actualmente “la aproximación de la ley y de los principios no es la aproximación de la madre. Es la aproximación del desprendido, del padre”. Por el contrario, ella busca expresar “una visión femenina. Esto no quiere decir que todas las mujeres la acepten ni que los hombres la rechacen; en realidad, no hay razón para que los hombres no la abracen. Es femenina en sentido clásico —enraizada en la receptividad, relación y sensibilidad—”[2]. En otras palabras, esta pensadora norteamericana, propone una modalidad de cuidado basada en la consideración del sujeto como persona, atendiendo sus necesidades particulares, en reemplazo del abordaje anónimo y estandarizado que suele primar en la provisión de estos servicios.

Autonomía y objetivación

Otro ámbito relacionado con la discusión sobre la autonomía, su contenido y su lugar en las reivindicaciones feministas guarda relación con el tratamiento del cuerpo femenino y la libertad sexual. Las disputas en torno a la prostitución o la pornografía, entre otras, versan justamente sobre el alcance del principio de autodeterminación de las mujeres.

El feminismo liberal, por un lado, defiende con fuerza la autonomía individual de las mujeres, incluyendo el derecho a ejercer la prostitución o participar en la industria de la pornografía de forma consensuada. Estas feministas argumentan que las mujeres deben tener la libertad de tomar decisiones sobre su propio cuerpo y sobre su sexualidad, siempre y cuando no haya coerción o explotación involucrada. Por ejemplo, Camille Paglia aboga por una perspectiva libertaria que reconozca la agencia individual y la autonomía sexual. En un tono provocativo señala que “la prostituta ha venido a simbolizar para mí la mujer liberada definitiva, que vive al límite y cuya sexualidad no pertenece a nadie”[3]. En cuanto a la pornografía, Paglia sostiene que ésta tiene una larga historia en la cultura humana y que refleja ciertos impulsos y fantasías sexuales primarias. Si bien reconoce que algunas formas de pornografía pueden ser degradantes y explotadoras, también defiende el derecho a la expresión sexual y cree que la censura o los intentos de prohibir la pornografía infringen las libertades individuales. Paglia crítica lo que percibe como un pánico moral en torno a la sexualidad y aboga por una discusión más abierta sobre los deseos y prácticas involucrados en esta dimensión de la vida. Cree que las fantasías sexuales, incluidas las representadas en la pornografía, son parte de la naturaleza humana y no deben descartarse ni suprimirse.

Otras corrientes, como las radicales —también llamadas abolicionistas— o las conservadoras, están en contra de la prostitución y la pornografía. Sus objeciones se fundan en una preocupación por la objetivación, explotación y violencia que esas prácticas implican hacia las mujeres. Estas corrientes argumentan que, en lugar de contribuir a la liberación femenina, ellas promueven la cosificación de las mujeres, tratándolas como meros objetos para consumo y placer de los hombres. Sostienen que esto refuerza las desigualdades de género y contribuye a la perpetuación de la opresión femenina. Entre aquellas que se oponen a la prostitución y a la pornografía desde una perspectiva radical están Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin. Ambas cuestionan la existencia de una verdadera autonomía en esos casos, considerando que detrás de estas prácticas usualmente subyacen condiciones brutales de vulnerabilidad, desigualdad económica y social y falta de oportunidades, que permiten dudar de una elección y un consentimiento libre e informado por parte de las mujeres que se dedican a ellas. Asimismo, argumentan que la prostitución y la pornografía están estrechamente relacionadas con la violencia y el abuso hacia las mujeres que el feminismo justamente busca abolir. En particular, critican la pornografía por su representación de actos violentos y degradantes hacia las mujeres, que difícilmente contribuyen a su emancipación sino que, al contrario, perpetúan su subordinación.

Desde otra vereda, autoras feministas antiliberales, antiprogresistas o reaccionarias, como se denominan a sí mismas Louise Perry y Mary Harrington, han criticado la supuesta liberación sexual conquistada por el feminismo que, entre otras cosas, ha llevado a la normalización de la prostitución o la pornografía como si se trataran de formas de trabajo como cualquier otra. Lo cierto, sin embargo, es que bajo el manto del consentimiento se esconden profundas asimetrías entre los sexos, que son ignoradas y conducidas hacia un nuevo pacto sexual que ha estado al servicio de los intereses masculinos (ellos son los principales consumidores), con un considerable costo para las mujeres. Para Perry y Harrington, el consentimiento no puede ser el único ni el principal criterio ético en materias tan delicadas como el sexo y, menos aún, en las relaciones entre hombres y mujeres. El consentimiento no puede asumirse a costa de la degradación personal.

Así, en su libro The Case against Sexual Revolution (2022), Louise Perry propone un marco moral más complejo para el ámbito de la sexualidad, cuya premisa central es la dignidad humana: “No debemos considerar a otras personas como meras partes corporales para disfrutar. Debemos aspirar al amor y la reciprocidad en todas nuestras relaciones sexuales. Debemos priorizar la virtud sobre el deseo. No debemos asumir que cualquier sentimiento dado que descubramos en nuestros corazones (o nuestras entrañas) deba por eso ser seguido”[4].

Libertad e identidad femenina

Otro nodo de discusión dentro del feminismo contemporáneo tiene que ver con la comprensión de las categorías de sexo y género, y el lugar que ocupan en su teoría y praxis. Este debate apunta al corazón mismo del movimiento feminista, pues lo que está en juego es la definición de su sujeto central: las mujeres.

Mientras que para algunos feminismos la mujer está definida por el sexo biológico femenino, para otros este concepto hace referencia a una construcción cultural —un género— cuyo contenido depende de un determinado tiempo y lugar, o de cada persona. Así, hay quienes consideran que el sexo se trata de una categoría binaria que no solo restringe la libertad individual, sino que incluso es el origen de la opresión femenina y, por tanto, debe ser superada.

El feminismo contemporáneo sufre así una crisis de identidad. Algunas corrientes como el feminismo posmoderno o queer, no creen en una “condición femenina”, porque no creen posible definir qué es ser mujer. Nadie, sino el sujeto mismo, puede determinarlo. Luego, es igualmente imposible encontrar una experiencia compartida que identifique a las mujeres como colectivo, criterio que unificaba a las feministas de la primera mitad del siglo XX. Así, el problema del feminismo queer ya no es tanto el patriarcado, sino una forma más general de relación de poder: aquella que busca determinar una diferencia sexual binaria bajo criterios “esencialistas y biologicistas”, asfixiando la diversidad que podría adoptar el género y que excedería esas categorías bipolares de hombre y mujer.

Con la publicación de El segundo sexo (1949), Simone de Beauvoir inaugura la segunda ola del feminismo, que va a dar un salto radical en la comprensión de la intrincada relación entre sexo y género. Con su famosa frase: “la mujer no nace, sino que se hace”, la filósofa francesa deja abierta la pregunta sobre qué es ser mujer. Para Beauvoir, lo que en Occidente se ha entendido por mujer no es sino una construcción del patriarcado para subyugar, utilizando para estos propósitos sus características biológicas —“las ataduras de la naturaleza”— y, en particular, la maternidad. Y, aunque apunta a que el feminismo se libere de esta noción patriarcal, no define explícitamente qué es lo que debiera entenderse entonces por mujer, qué relevancia tendría el sexo biológico en este sentido y si en realidad existe algo específicamente femenino que sirva de base para elaborar una nueva concepción[5]. Vale la pena aclarar que para Beauvoir la corporalidad femenina es evidentemente diferente de la masculina. Sin embargo, introduce una separación profunda entre naturaleza y cultura, sobre la que se levantará el feminismo queer para subrayar la segunda en desmedro de la primera

Tal vez la exponente principal de esta vertiente feminista queer es Judith Butler. Para la autora de El género en disputa (1990) y Cuerpos que importan (1993), considerar el sexo como una realidad fija, previa y significada de antemano tanto, es ilusorio, pues este no existe sin su forma cultural, es decir, sin género. Es decir, sexo y género son lo mismo: ambas son género. Y el género es una elaboración de un sujeto que se autoconstruye performativamente sobre la base de la repetición de actos con un determinado estilo. De este modo, “la apariencia de sustancia es precisamente eso, una identidad construida, un logro performativo”[6]. Para Butler, las feministas deberían entender a la mujer como algo abierto y como “un término en proceso, un devenir, una construcción que no se puede decir legítimamente que se origine o termine... está abierta a la intervención y la resignificación”[7]. Es decir, el feminismo no debería tratar de definir el término mujer. Más aun, esa categoría no debería ser el fundamento de la política feminista. Esta debería centrarse en proporcionar una explicación de cómo funciona el poder y da forma a nuestra comprensión de la feminidad no solo en la sociedad en general, sino también dentro del movimiento feminista.

El feminismo queer, sin embargo, ha despertado diversas y fuertes reacciones al interior del movimiento. Para muchas teóricas feministas la fragmentación y el vaciamiento del concepto de mujer resulta altamente problemática en términos teóricos y políticos, pues la vaguedad de los conceptos vuelve igualmente vaga la lucha feminista. Después de todo, ¿tiene sentido un feminismo sin mujeres? Por ejemplo, algunas corrientes neomaterialistas denuncian un movimiento pendular respecto de la corporalidad, pasando de un biologicismo determinista de los siglos anteriores a un constructivismo abstracto que no da cuenta de la situación y experiencia real de las mujeres de carne y hueso. Así, reivindican la importancia material del cuerpo como punto de partida de cualquier definición de la femineidad. Y no como una atadura, sino como condición de posibilidad.

Las feministas radicales —denominadas despectivamente como TERF (acrónimo de “Trans Exclusionary Radical Feminism”)— han sido tal vez las más férreas opositoras del feminismo queer. Estas argumentan que la identidad de género está determinada por el sexo de nacimiento, y que, por tanto, solo las personas de sexo femenino pueden ser consideradas verdaderas mujeres. Rechazan la noción de que el género es un mero constructo social o que la identidad de género pueda ser independiente del sexo biológico. Para este y otros feminismos, el objetivo es acabar con el patriarcado, no con el dualismo sexual. Y, sobre todo, abogan por el reconocimiento de los derechos de las mujeres basados en el sexo. Como señaló JK Rowling en un polémico tweet que la convirtió en una activista por esta causa de la noche a la mañana: “Si el sexo no es real, la realidad vivida por las mujeres a nivel mundial se borra”.

 En este ensayo he intentado esbozar, a partir de algunos de sus debates fundamentales, la enorme diversidad y complejidad del feminismo contemporáneo. Planteo la idea de que las divisiones y disputas al interior del feminismo nacen de la búsqueda de la libertad para las mujeres —ese, al menos, ha sido el objetivo central del movimiento desde sus inicios—, y de la consiguiente necesidad de estar constantemente pensando en los límites de esa libertad. Es inevitable que, al ampliarla en algunos ámbitos, empiecen a surgir problemas y tensiones incluso entre las mismas mujeres, provocando reacciones que pretenden llevar las aguas a otras direcciones. De ahí que, al día de hoy, muchas de las ramas del feminismo diverjan de manera radical, mientras que otras, antes separadas, encuentren algunos puntos en común.

Falta todavía un largo camino que recorrer para el feminismo. Tal vez el modo más seguro de hacerlo sea instaurando una concepción más sustantiva de libertad: no como la mera ausencia de restricciones, que no remite a nada fuera de sí misma, sino como una facultad para conseguir bienes superiores, que durante mucho tiempo han estado fuera del alcance de las mujeres.

 

[1] Karen Offen, “Defining Feminism. A Comparative Historical Approach.” Signs 14, núm. 1 (1988): 119–57.

[2] Nel Noddings, Caring. A relational approach to ethics and moral education (updated) (Berkeley, CA y Los Angeles: University of California Press, 2013).

[3] Camille Paglia, Vamps and Tramps: New Essays (Nueva York: Vintage Books, 1994), 59.

[4] Louise Perry, The Case against Sexual Revolution (Cambridge: Polity Press, 2022), 94

[5] No obstante, Beauvoir no desconoce la diferencia sexual y su relevancia para la construcción del género. Así, por ejemplo, sostiene que “siempre habrá entre el hombre y la mujer ciertas diferencias; al tener una figura singular, su erotismo, y por tan- to su mundo sexual, no podrían dejar de engendrar en la mujer una sensualidad y una sensibilidad singulares: sus relaciones con su propio cuerpo, con el cuerpo masculino, con el hijo, no serán jamás idénticas a las que el hombre sostiene con su propio cuerpo, con el cuerpo femenino y con el hijo; lo que tanto hablan de ´igualdad en la diferencia´ darían muestra de mala voluntad si no me concediesen que pueden haber diferencias en la igualdad” (El segundo sexo, Buenos Aires: Debolsillo, 2016, 724).

[6] Judith Butler, “Performative Acts and Gender Constitution: An Essay in Phenomenology and Feminist Theory”. Theatre Journal 40, núm.4 (1988): 520.

[7] Butler, Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. (Nueva York: Routledge, 1990), 43.