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Por Chantal Delsol
Para Chantal Delsol, el feminismo ha significado una verdadera revolución con respecto al lugar que ocupa la mujer en la sociedad contemporánea. Si bien sus fuentes intelectuales pueden rastrearse hasta los orígenes del cristianismo, hubo que esperar hasta la Ilustración para que los movimientos en pos de la igualdad femenina modificaran el lugar inferior en que ellas se encontraban. Como señala la intelectual francesa con enorme lucidez y valentía, es recién en la sociedad contemporánea donde nos hemos atrevido a modificar en profundidad la situación en la que se encontraban las mujeres.
El texto que aquí presentamos, “Feminismo cristiano”, es un extracto del ensayo del mismo nombre, publicado originalmente en el libro Le nouvel âge des pères (Cerf, 2015), escrito en conjunto con Martin Steflens. Agradecemos a Chantal Delsol su gentileza para permitirnos traducir y reproducir este texto en el presente número de Punto y coma.
No me sorprende constatar que la mujer siempre ha sido humillada, en todos los tiempos y en todas las latitudes. Consideradas un apéndice del hombre, destinadas para su placer y servicio, y como dice la canción, hechas para hacerle feliz. No me sorprenden las tres formas de sumisión impuestas a las mujeres chinas, ni la esclavitud de las mujeres de los harenes, ni todas las mujeres a las que siempre se les ha negado la oportunidad de estudiar, de leer y de disfrutar de la alegría de hacer algo por sí mismas. No me sorprende saber que allí donde el infanticidio es legítimo, es decir, casi en todas partes, son principalmente las niñas quienes son asesinadas. No me sorprende saber que, incluso hoy en día, la violación de niñas se utiliza como arma de guerra, y que en muchos países musulmanes se legitima la pederastia al casar niñas a los diez años. Leer que las mujeres son intrínsecamente dóciles y que no tienen nombre. Constatar que en todas partes se las abandona a tareas ingratas e insignificantes. Los textos escritos desde tiempos inmemoriales que narran la inferioridad de la mujer son absolutamente escalofriantes. Rousseau, aun siendo un filósofo de la Ilustración, lo resume así: “La mujer es un ser débil, adiestrado para ser agradable al hombre”.
No me sorprende todo esto, porque las mujeres son físicamente más débiles; pero sobre todo lo son por el cuidado constante que prestan a sus hijos; y lo son aún más por una atención a los demás que no sabemos si es fruto de la naturaleza o de la cultura, pero que en cualquier caso no hace sino exacerbar su vulnerabilidad. Como decía Simone Weil, y esta verdad trasciende el tiempo y el espacio: Siempre somos bárbaros con los débiles.
Por otra parte, me impresiona leer en Pablo de Tarso que “no hay hombre ni mujer, todos son iguales ante Dios”. Ver cómo las mujeres de la Edad Media occidental salieron poco a poco de esta humanidad de segunda clase. Ver cómo los europeos Komensky y Vivès justificaron la escolarización de las niñas en el siglo XVII, y cómo este deseo fue seguido por la acción. Leer sobre las mujeres de Occidente que desafiaron el ridículo para ser reconocidas como individuos autónomos, y que lo consiguieron. Me impresiona la lenta aparición del derecho de voto de la mujer a lo largo del siglo XX. El hecho de poder abrir una cuenta bancaria sin tutor, algo que mi madre no tenía. Y la certeza de que hoy se nos considera adultos de pleno derecho en todos los ámbitos de la vida.
En otras palabras, lo que me sorprende no es la humillación permanente infligida a las mujeres a lo largo de la historia y en todos los continentes. Porque es una forma de destino en cualquier sociedad que sigue su propio camino. Siempre somos bárbaros con los débiles. Lo sorprendente es que una cultura, la nuestra, haya roto por primera vez esta maldición. La maldición es una profecía desastrosa cuyo anuncio provoca su cumplimiento: una forma de predecir que las mujeres son incapaces de pensar, al mismo tiempo que se les negó el acceso a los libros. Entonces, ¿por qué la cultura occidental, y solo ella, tomó la iniciativa de escapar a este destino que relegaba a la mitad de la humanidad a tareas serviles y al desprecio? Porque su creencia original se basa en las palabras de Pablo de Tarso: “No hay hombre ni mujer, esclavo ni libre, judío ni no judío, todos son iguales ante Dios”. Porque Occidente no podía seguir siendo él mismo sin romper la maldición: la posibilidad de autonomía para todos los seres humanos adultos estaba inscrita en sus principios originales, y esta cultura, aún en proceso de emancipación, solo podía avanzar hacia su realización sin negarse a sí misma. Había una incoherencia manifiesta en perpetuar, como decía John Stuart Mill, esta forma de esclavitud primitiva: “las minusvalías a las que están sometidas las mujeres por el simple hecho de su nacimiento son el único ejemplo de exclusión en la legislación moderna”[1]. Dicho de otro modo, esta emancipación no se produjo por una circunstancia excepcional o por un vuelco cultural, sino porque la esclavitud en cuestión, por utilizar el término de Stuart Mill, contradecía todos los principios en los que se fundaba esa cultura, del mismo modo que Las Casas en el siglo XVI solo vino a restablecer la coherencia cultural, al pronunciarse en contra de comportamientos instintivos y universales.
Ello pone de manifiesto el carácter revolucionario y, por decirlo sin rodeos, sedicioso de los fundamentos de una cultura capaz de cuestionar (lentamente; muy tarde, quizá demasiado tarde; y sin embargo lo hace) un prejuicio tan arraigado, tan universal, que ningún pueblo había sido capaz hasta ahora de librarse de él.
La inferioridad social y cultural impuesta no plantearía ningún problema si las mujeres fueran en realidad inferiores a los hombres en madurez o inteligencia o valor, criaturas de segunda clase, por así decirlo. Pero no es así, aunque hayamos conseguido durante mucho tiempo hacerles creer su propia inferioridad.
Las mujeres siempre se han sentido humilladas al negarles las capacidades que poseen. Las que tienen más talento y carácter han conseguido imponerse de manera indirecta convirtiéndose en musas o inspiradoras, es decir, apoderándose de capacidades de influencia soterradas. Lo más interesante es la vehemencia con que se niega constantemente este trato degradante: siempre se hace hincapié en el poder de unas pocas mujeres influyentes (unas cuantas por siglo) en los tribunales o en otros ámbitos, y también en el poder que las mujeres ejercen en la familia. Las que carecen de poder oficial o institucional siempre han procurado para sí mismas poderes ocultos sobre quienes toman las decisiones, logrando así actuar a través de intermediarios. Cuando a un individuo se le priva de lo que es capaz de realizar, al no poder manifestarse abiertamente, lo hace a escondidas, en secreto, por medio de terceros, y se le acusa de ser más o menos malicioso, astuto o traicionero. Cuando se trata de decisiones importantes, de poder o de honor, las mujeres tienen mentalidad de ladrones de manzanas: arrebatan de un día para otro y por debajo de la mesa lo que no se les permite merecer normalmente como los demás.
Es cierto que esto no sería un problema si viviéramos en una cultura que menosprecian las capacidades personales. Pero el cristianismo, que es la atmósfera de nuestra cultura, no solo aboga por la igualdad en dignidad, sino que también promueve el despliegue de los talentos personales; y la idea de una persona autónoma y libre, medida por sus obras, responde a la necesidad de una capacidad desplegada. Por consiguiente, durante mucho tiempo el trato dispensado a las mujeres en los países cristianos estuvo en total contradicción con el fundamento mismo de la cultura.
Así pues, la evolución de Occidente a este respecto representa un gesto de coherencia y simple justicia. ¿Por qué tratar como incapaces a personas que son igualmente capaces? Pero las cosas son más complicadas: en el tiempo y en el espacio, esta incoherencia, unida a la injusticia, se ha perpetrado siempre, sin restricción. Esto significa que la evolución de Occidente, que parece tan normal, es sencillamente excepcional: está acabando con prácticas, disposiciones y prejuicios tan extendidos que es preciso hablar de una cultura universal; basta ver la resistencia que está provocando en muchos lugares.
De este modo, la cultura occidental no solo ha escapado de un destino en el sentido griego, que la ataba a una necesidad trágica pero evidente: siempre somos bárbaros con los débiles. Además, ha empezado a arrastrar a otras culturas con ella. Quizás esta cultura tiene razón en su pretensión de ser universal: al ver que es capaz de romper con esta maldición, otras sociedades tratan de imitarla. ¿Y por qué buscan imitarla? ¿Es porque se beneficiarían de ella? Desde luego que no: nunca puede interesarnos liberar a una mitad de la población de una forma de dominación que la lleva a servir a la otra mitad obedientemente y bajo la sensación de que es lo obvio. No, otras sociedades nos imitan porque ven en ello un avance de la civilización, porque quieren ser modernas, y ser moderno es dejar atrás una forma de salvajismo. ¿Qué significa cuando decimos que tal o cual país ha fracasado o triunfado en su “transición a la modernidad”? Significa que contemplamos el mundo entero según el modelo occidental, inscrito en una línea de tiempo que solo avanza y, en este sentido, susceptible de civilizarse cada vez más. Y lo hacemos porque, de un modo u otro (aunque cada vez con mayor reticencia), todas las culturas del planeta se sienten irresistiblemente atraídas a imitar la modernidad occidental, que incluye, entre otras cosas, la certeza de que las mujeres adultas serán tan adultas como los hombres. La cultura occidental judeocristiana no solo ha invertido la maldición de esta barbarie contra los débiles en nombre de su moral original, sino que también ha conducido a la mayoría de las demás culturas hacia un mimetismo que es, si no eficaz, al menos prometedor. Las mujeres, que no representan una minoría sino la mitad de la población, desempeñan naturalmente un papel en la voluntad de las distintas sociedades de imitar a Occidente en este sentido. En las pocas sociedades del mundo que aún viven bajo el modo arcaico y que tienen la posibilidad de elegir entre permanecer como están o volverse “modernas”, son siempre los hombres los que desean mantener el estado tradicional, y las mujeres las que aspiran a la modernidad. (…) hombres siempre han dominado a las mujeres y, aunque las situaciones hayan sido muy diferentes de una cultura a otra, la existencia de un matriarcado antiguo —tesis desarrollada por J.J. Bachoffen— es una hipótesis demostrada.
La cuestión es qué haremos con esta emancipación sin precedentes. Un cambio así (y hay pocos en la historia) nunca se produce de manera inocua. Da lugar a innumerables frustraciones y emociones. Es un cambio de paradigma en el sentido de Thomas Kuhn. Y si el nuevo paradigma es malentendido, malinterpretado o no se adapta adecuadamente a su entorno, puede estallarnos fácilmente en la cara. Las frustraciones y emociones provocan la destrucción de instituciones venerables, pero resulta difícil pensar que estas sean completamente inútiles. El sentimiento justificado de formar parte de una revolución moral da lugar a una aversión hacia el pasado y a una culpa perjudicial. El despliegue de una nueva igualdad produce expresiones anárquicas de la igualdad. Estamos probablemente ante la mayor revolución social que han conocido las sociedades, cuando nada menos que la mitad de la población alcanza la adultez en el espacio de cincuenta años. Y las revoluciones sociales deben manejarse con sumo cuidado.
Humanismo de libertad, madurez confiscada
En otras palabras, la razón que explica por qué las mujeres han sido reducidas a un estatus menor en todas partes bien podría ser esta: siempre somos bárbaros con los débiles. Y, sin embargo, esta explicación no es suficiente, porque si esta es la verdadera razón, sería inconfesable. Por lo tanto, esta razón ha sido constantemente ocultada por otras razones, que sí son confesables. Y es a partir de ahí que podemos comprender cómo la situación acabó cambiando.
Recordemos el planteamiento de Aristóteles sobre la cuestión de la esclavitud: se trata de intentar comprender por qué un grupo es considerado inferior y dedicado a tareas serviles. Una jerarquía que se aprovecha constantemente, aunque nada en el aspecto o las características de los individuos en cuestión sugiera su inferioridad objetiva. Por eso Aristóteles plantea, quizá por primera vez, la cuestión de la esclavitud “por naturaleza”. Y al cuestionar las justificaciones, sugiere que la esclavitud “por naturaleza” solo se aplica a los individuos incapaces de gobernarse a sí mismos. De lo contrario, para quienes son capaces y están sometidos, se trata de prisioneros de guerra: la legitimidad de la esclavitud está en la fuerza, donde el fuerte se apodera del débil. Por mucho que la ley de la victoria y el botín de guerra pudieran utilizarse para justificar la jerarquía de vencedores (los amos) y vencidos (los esclavos), habría sido difícil afirmar que las mujeres eran inferiores por circunstancias desafortunadas o por la pérdida de facultades que pudieran haber tenido anteriormente. Porque la inferioridad de la mujer se establecía siempre y en todas partes al nacer, independientemente de cualquier circunstancia.
La única razón realmente válida para legitimar esta inferioridad era afirmar que las mujeres son menos capaces, por naturaleza, de pensar y tomar decisiones y responsabilidades. Aristóteles examina las tres formas de dominación al mismo tiempo: sobre los esclavos, sobre las mujeres y sobre los niños. Y deja claro que si no pudiera encontrarse ninguna diferencia de capacidades y disposiciones entre los que obedecen y los que mandan, la legitimidad del mando sería cuestionable. Respecto de las capacidades racionales, la diferencia es la siguiente: “Y aunque las partes del alma están presentes en todos estos seres, sin embargo lo están de diferentes maneras: el esclavo está totalmente privado de la parte deliberativa; la mujer la posee, pero carece de autoridad; en cuanto al niño, sí la posee, pero no está desarrollada”[2]. “Imbecillitas sexus”, dice el código de Ulpiano, justificando así la incapacidad jurídica de la mujer.
Sin embargo, estos argumentos naturalistas, similares a los que utilizaban los griegos para distinguirse de los bárbaros, caerían con el cristianismo, cuya vocación era, naturalmente, acabar con todo tipo de servidumbre. A lo largo de los siglos, la igualdad paulina se ha visto respaldada por la experiencia: si la inferioridad de la mujer fuera natural, no habría tantas excepciones. Y siempre ha habido numerosas excepciones; mujeres que, obligadas por las circunstancias a llevar a cabo tareas habitualmente desempeñadas por hombres, lo hicieron igual de bien. El argumento de la incapacidad natural pierde todo su valor si nos fijamos en lo que son capaces de hacer las mujeres tan pronto como son libres de actuar.
Para legitimar la subordinación, todavía queda el argumento de la inferioridad ontológica en dignidad, como se menciona en el Corán, donde se dice que “Dios tiene preferencia por los hombres” (IV, 38). A partir de ahí, en una cultura donde la palabra divina confiere valor a los seres, todo está dicho. No hace falta buscar más lejos para comprender por qué las sociedades musulmanas se resisten a parecerse a nosotros. Una diferencia ontológica parece bastante incomprensible para sociedades como las nuestras, tan materialistas. Sin embargo, deberíamos comprenderla, ya que es efectivamente (sin saberlo y sin saber por qué) en una igualdad ontológica en dignidad donde fundamentamos los derechos humanos…
¿Qué está ocurriendo en Occidente para que por fin se cuestione esta pesada y universal tradición de subordinación?
Los malentendidos que acompañan y contaminan la cuestión de la mujer se deben a la confusión de dos tipos de humanismo distintos. Y la confusión se mantiene hábilmente para no molestar a las culturas no occidentales. Todas las culturas son humanistas, pero para comprender la evolución de las sociedades hay que distinguir entre dos tipos muy diferentes.
El humanismo básico e instintivo, que encontramos en todas partes, es lo que podríamos llamar un humanismo protector: consiste en proteger a los débiles, prodigarles una compasión activa y darles la parte que necesitan, en detrimento de los fuertes. Este humanismo protector nos reconcilia, si fuera necesario, con nuestra especie: demuestra que no somos cínicos (o al menos que el cinismo es siempre detestado, lamentable, culpable); atestigua la existencia de una moral natural, presente en todas partes, que demuestra la unidad humana en el tiempo y en el espacio, lo que resulta tranquilizador.
Sin embargo, en Occidente, esta protección de los débiles va acompañada de un segundo humanismo, el humanismo de la libertad. Surge aquí una antropología específica: lo que he llamado (cf. Les pierres d’angle) un humanismo de la libertad, o de la distancia, por el que los individuos son vistos no solo como seres a los que hay que proteger y ayudar, sino como adultos capaces de autonomía.
El humanismo de la protección es universal. El humanismo de la libertad procede del cristianismo y se desarrolla en Occidente. Si es universal, lo es como promesa que se cumplirá por la voluntad y el deseo de las sociedades que aún no son conscientes de ello.
Siempre y en todas partes se considera a las mujeres como seres humanos de segunda clase. Pero es importante hacer una precisión esencial si queremos que se nos entienda. A las mujeres no se las maltrata ni se las desprecia en absoluto, al menos no con la excepción de ese pequeño número de seres humanos desafortunados que se encuentran en todas partes. Sin embargo, se las considera inmaduras, infantiles, inacabadas, inferiores en capacidad racional. Por tanto, la dignidad exige que las protejamos. No les faltará amor. Les faltará estima y reconocimiento. La galantería es una forma de mostrar reconocimiento formal donde no lo hay real: dejaremos que la mujer pase primero, pero no la escucharemos cuando hable. Por eso es un error citar el amor cortés para decir que la mujer ha sido enaltecida: es objeto de amor, de admiración, incluso de fascinación, y sigue siendo una especie de objeto sin autonomía.
Si se descuida la distinción entre amor y respeto no se puede comprender la situación de ambos sexos en ninguna cultura, y en particular en Occidente. Ser amado es diferente a ser respetado. Ambos son esenciales para todo ser humano: sin afecto nos volvemos locos, sin reconocimiento simplemente no existimos. Este era el caso de las mujeres hasta hace poco. Y a este respecto, podemos ver que en las familias el afecto se dirigía generalmente hacia las chicas y el reconocimiento hacia los chicos. A las primeras no se les permitía labrarse una existencia propia, y los segundos no debían llorar ni emocionarse.
Así, pues, a las mujeres se las consideraba niñas y se las infantilizaba para que siguieran siéndolo. Hay muchas formas de mantener a todo un grupo en la infancia, como las mujeres de la burguesía en el siglo XIX y hasta la Segunda Guerra Mundial, o como hoy en Francia a las beneficiarias del Estado del bienestar. Simone Weil demostró claramente que la dignidad de un adulto también consiste en tomar decisiones por sí mismo, comprometerse y ser responsable de su propio trabajo, y concluyó con esta frase lapidaria: “Toda comunidad, sea del tipo que sea, que no proporcione a sus miembros estas satisfacciones, está loca y debe ser transformada”[3]. Para nosotros, respetar a una persona significa algo más que darle lo que necesita: significa también permitirle desarrollar su autonomía, es decir, tomar sus propias decisiones y responsabilizarse de ellas.
La historia de Occidente en este sentido es la historia de una lucha entre la disposición natural y universal (la subordinación de la mujer mediante su infantilización) y la convicción de la religión inspiradora (la igualdad del hombre y la mujer en la madurez). Al principio, las mujeres de Occidente estaban infantilizadas, como en cualquier otra parte del mundo. Y, sin embargo, se pusieron en marcha fuerzas de emancipación como en ningún otro lugar, fuerzas que acabarían conduciendo a la emancipación de la mujer, primero aquí y después en las sociedades no occidentales. Nuestra historia puede parecer una incoherencia: entre la igualdad paulina (“no hay varón ni mujer... todos son iguales ante Dios”) y la subordinación obvia, manifiesta, conquistadora. Pero nuestra historia también puede verse como la lentísima apropiación, conquista y realización de un principio primario, inicialmente tan alejado de la realidad social que fueron necesarios veinte siglos para que cobrara existencia gradual. Pablo enunció el principio de igualdad, pero no provocó ninguna revolución social. La esperanza consiste precisamente en trabajar para que los principios lleguen a existir. En el siglo XVII, Comenio legitimó la necesidad de educar a las niñas sobre la base de la igualdad ontológica. Esto es muy difícil, porque la fuerte tendencia, la inclinación demasiado humana, la pendiente resbaladiza, la propensión básica consiste para los hombres en someter a las mujeres que, como he dicho, son físicamente débiles y debilitadas por una especie de talento para el cuidado. En todas partes y siempre, los hombres subordinan a las mujeres como los ríos fluyen hacia el mar, con una serena naturalidad y un instinto muy seguro. ¡Es la pendiente! Así que honrar y lograr la igualdad de la mujer en la madurez representa una verdadera hazaña, ya que la subordinación es tan fácil, tan agradable y tan propicia a un orden social seductor. En otras palabras: la convicción de que las mujeres son iguales en la madurez hace posible que un día se abran universidades para niñas, pero esto sucede al final de un largo período de incoherencia durante el cual la facilidad instintiva ha prevalecido sobre principios que son muy difíciles de llevar a la práctica.
Porque el instinto —la inclinación— busca constantemente la legitimidad, más allá y en contra de los principios fundamentales que sustentan esta cultura y que contradicen ese instinto. Es muy conveniente para los hombres subordinar a las mujeres y mantenerlas en la infantilidad. Pero aún así, tienen que poder justificarlo. Por ejemplo, se dirá que las mujeres no tienen capacidad racional ni de abstracción, que son seres toscos, atrapados en la biología —basta ir hoy a una conferencia de lacanianos para oír este lenguaje, que no hace más que reproducir el de Aristóteles antes citado—. En general, la actitud es de negación, lo que resulta muy revelador. Muchos hombres afirman que las mujeres nunca han sido proscritas de la vida pública, que siempre han gobernado en las sombras (por supuesto, un individuo capaz al que se le prohíbe expresar sus capacidades las reactiva clandestinamente). O bien enumeran los nombres de mujeres influyentes de cada siglo, dando a entender que la supuesta exclusión no existió. O transforman la sumisión en un mandato, mediante prestidigitación verbal y razonamientos retorcidos que reflejan un disfraz revelador de una especie de vergüenza. Digamos que nunca se han sentido orgullosos de negarles su autonomía, y siempre han afirmado que ellas no la deseaban, que no eran capaces de ella, o que en realidad no estaban privadas de ella. Esto demuestra claramente hasta qué punto la tendencia a subordinar a la mujer se estableció sin justificación, e incluso en contra de los principios fundamentales de esta cultura. En una cultura cristiana es imposible afirmar que las mujeres son inferiores. Hay muchos rodeos y artificios para justificar que se viva como si lo fueran.
Y es así como se produce la emancipación. Las autoras que la reclaman y la preparan se basan en principios culturales fundamentales, pues de lo contrario no tendrían base para exigir reformas tan desventajosas para el orden social. Y a lo largo de los siglos XIX y XX, las reivindicaciones de las feministas solo pudieron encontrar eco gracias a la contradicción entre los principios culturales y la realidad de la condición femenina: un sistema incoherente pierde toda credibilidad y queda a merced de quienes lo desafían. La emancipación de la mujer es algo normal en esta cultura, pero está tardando mucho en materializarse debido al inquietante cambio que anuncia y provoca.
Para los hombres, la dificultad de adaptarse es inmensa y dolorosa. No es tan fácil renunciar a siglos, o más bien milenios, de subordinación natural y a prerrogativas arraigadas por tanto tiempo. Todo lo habitual parece tan natural. Esta superioridad inmerecida, conferida desde la cuna sobre la base de privilegios privados, representaba una ventaja tan preciosa y tan antigua que su cuestionamiento solo podía causar desórdenes indecibles. Alcanzar este humanismo de madurez y autonomía para todos es muy doloroso, porque es tan DntinDturDl y tan culturDl. Requiere el triunfo de las convicciones morales sobre la naturaleza y también sobre la historia, y finalmente el triunfo de las convicciones morales cristiano-occidentales. Esto es tan difícil que cualquier medio es válido para mantener el antiguo orden de cosas: en los matrimonios católicos actuales, no es raro que la lectura elegida sea “Esposas, estad sujetas a vuestros maridos” (Efesios 5:22), un texto que ha perdido todo significado de subordinación legítima si consideramos que también exigiría defender la esclavitud —poco después viene la misma exhortación para el esclavo: “Esclavos, obedeced a vuestros amos mundanos con temor y reverencia, con sencillez de corazón, como obedeceríais a Cristo” (Efesios 6:5-8)—.
Nos encontramos al comienzo de una transición difícil, que pone en tela de juicio circunstancias que se creían adquiridas para la eternidad, y que puede dar lugar a consecuencias inesperadas. Los historiadores afirman que las sociedades tardarán dos siglos en acostumbrarse a la abolición de la servidumbre, tiempo durante el cual permanecerán desequilibradas y con una frustración persistente. Por el momento, la consecuencia más evidente es una lucha sorda y amarga entre hombres y mujeres, y una dificultad para vivir juntos. Tenemos la impresión de que están separados por un continente. En realidad, están separados por el abismo del tiempo: los hombres viven a menudo en el siglo XIX, mientras que las mujeres viven en el XXI. Los primeros añoran el tiempo pasado, cuando su autoridad era genética, monopólica e indiscutible; las segundas desearían que la emancipación avanzara aún más rápido. No es de extrañar que les resulte difícil encontrarse: de momento, sus caminos apenas se cruzan. En cuanto se abre una nueva puerta a las mujeres, se apresuran a atravesarla y triunfan con creces: tenemos que desmentir categóricamente los comentarios humillantes que siempre se han hecho sobre nosotras, de que no somos capaces de pensar o actuar de verdad. El éxito, en este caso, cumple los requisitos del esclavo de la dialéctica, que solo sale de su condición servil demostrando sus capacidades a través de sus obras[4]. Es normal que a este ritmo les vaya bien, siempre que las condiciones sean iguales. Todas ellos tienen abuelas y madres humilladas cuya dignidad restauran simbólica a lo largo de las décadas.
Que quede claro: ¡no estoy sugiriendo que nuestros antepasados fueran monstruos! Vivieron en su tiempo, y no debemos convertirlos en criminales solo porque se haya avanzado moralmente. La tendencia actual a echar pestes sobre los malhechores de ayer y de antes de ayer es comprensible en la medida en que busca evitar el relativismo: no hay razón para no creer que un comportamiento que era aceptable en el pasado hoy sea inmoral. Y, sin embargo, si la calidad moral de los comportamientos no varía, no se puede juzgar a los responsables de la misma manera, porque el juicio tiene en cuenta las circunstancias. No llevaremos a juicio póstumo a Aristóteles porque tuviera esclavos, ni demandaremos a nuestros padres por tratar a nuestras madres como niñas y las ridiculizaran cada vez que pretendían tener una opinión sobre un tema no doméstico: vivieron en una época en la que este tipo de comportamiento era tan natural que solo un espíritu muy sutil, generoso e independiente se hubiera atrevido a cuestionarlo (podemos imaginar el sarcasmo con el que debió ser recibido el perspicaz discurso de Stuart Mill sobre la esclavitud de la mujer).
Y, no obstante, esto es lo que ocurre: la rápida ruptura entre épocas, tan próximas entre sí, deja en la mente de las mujeres el cruel recuerdo de humillaciones recientes, las de sus madres o las suyas propias, y a menudo ocurre hoy que los hombres pagan más por las faltas de sus antepasados que por las de ellos mismos. Sería una actitud honorable —de parte de los hombres de nuestro tiempo— comprender esto y estar dispuestos a aceptar las consecuencias de los errores y equivocaciones de sus padres. Al fin y al cabo, todos asumimos la responsabilidad de la caótica historia de los grupos con los que nos identificamos. Como francesa, asumo la responsabilidad y reparo los daños causados por los sucesivos gobiernos cuya demagogia ha dejado al país en la miseria financiera. Pero eso no es nada comparado con las deudas simbólicas, porque no tengo derecho a intentar exculparme de la Inquisición si soy católica, de los gulags si soy comunista y de todo lo que considero errores de juicio de mis antepasados, cercanos o lejanos.
Al mismo tiempo, en lugar de mostrarse impacientes, sería honorable de parte de las mujeres de esta época comprender las dificultades de esta transición y acompañarla con indulgencia. Podemos intentar imaginar el desconcierto de un hombre que tiene que renunciar en una generación a una superioridad que siempre le hicieron creer inherente. Y que, de repente, debe perder a una servidora al mismo tiempo en que encuentra una competidora. Por mi parte, admiro a quienes aceptan este cambio sin rencor ni rebelión.
Emancipación y catástrofe por la liberación
No fue el cristianismo el que rompió la incoherencia entre el principio de igualdad y la realidad de la esclavitud, sino la Ilustración, heredera subversiva del cristianismo. El caso de las mujeres y la esclavitud es significativo. La esclavitud no fue abolida hasta el siglo XIX, a pesar de que contradecía claramente los principios cristianos que habían prevalecido durante diez siglos (principios que los abolicionistas protestantes ingleses del siglo XIX reivindicaron como propios). De no haber sido por la Ilustración, la cultura cristiana occidental probablemente habría acabado aboliendo la esclavitud y permitiendo a las mujeres vivir una vida diferente, pero mucho más tarde, quizá siglos y siglos más tarde. Sin embargo, el cristianismo había sembrado la semilla que permitió a la Ilustración llevar a cabo estos cambios. Aunque durante mucho tiempo el mundo cristiano se comportó con las mujeres de forma similar al mundo musulmán (protegiéndolas en lugar de reconocerlas), esta contradicción finalmente estalló durante la Ilustración —que no fue solo un desafío al mundo cristiano, sino en general una prueba de la coherencia de dicho mundo—. Todo parece indicar que las sociedades cristianas, sin prisa por poner en práctica sus propios principios excesivamente revolucionarios, permitieron revueltas contra la incoherencia de esos principios que no se habían puesto en práctica y, al mismo tiempo, terminaon persiguiendo a sus propios hijos subversivos. Si en Occidente nos indignamos por la infantilización de la mujer, es porque nunca nos dijeron que Dios amaba menos a las mujeres, que eran ontológicamente inmaduras, ni nada de eso. Nos dijeron lo contrario.
Nos indignamos muy tarde... ¿demasiado tarde? En el catolicismo, que también es una institución, existe una fascinación por las costumbres, una tentación permanente por sacralizar lo dado. Todos sabemos lo difícil que es para una sociedad salir de su rutina, de sus hábitos y prejuicios. Pero ¿qué hay de salir de hábitos y prejuicios que no solo tienen miles de años, sino que están también extendidos entre todos los pueblos?
Debemos comprender que un principio ontológico, la igual dignidad de los sexos, considerado por el cristianismo como universal (prometido para emanciparse con el tiempo: una promesa), va en contra de las costumbres generalizadas de todos los pueblos en el espacio y en el tiempo. Michel Henry habla de la subversión exigida por el cristianismo como de una “descomposición del mundo humano”[5]. Todo se pone patas arriba, y así también las jerarquías milenarias (“no hay ni hombre ni mujer”). El cristianismo avanza por este camino con cautela y a pasos cortos, como si estuviera preocupado de no destrozar en el proceso lo que pretende perfeccionar. Pero, al mismo tiempo que arroja luz sobre la legitimidad de los cambios, suscita un ardor revolucionario que lo sobrepasa y, por así decirlo, lo desborda para subvertirlo más rápidamente. Este es el papel desempeñado por la Ilustración.
El cristianismo nunca ha llamado a la revolución. Algunos todavía se lo echan en cara a Pablo, quien, a pesar de sus afirmaciones, no creó una célula revolucionaria para lograr en la sociedad la igualdad ontológica que proclamaba. ¿Quizá el cristianismo es demasiado paciente? La especificidad de la Ilustración no es solo la inmanencia, sino también la impaciencia. En Occidente, para que las mujeres pasaran del humanismo protector al humanismo de la autonomía, hicieron falta el cristianismo, que lo había teorizado, y la Ilustración, que exigió su cumplimiento de inmediato (bueno, me refiero a la Ilustración escocesa, porque la francesa, a pesar de sus gestos grandilocuentes, era más machista que el Antiguo Régimen...).
No son directamente los ideales de la revolución los que mejoran la condición de la mujer: en lo que concierne a nuestro tema, ni Rousseau ni Sade ni el Código Napoleónico tenían la intención de promover la más mínima emancipación de la mujer. Sin embargo, fue más bien el liberalismo del siglo XIX, como heredero de la revolución, el que contribuyó a mejorar la situación de las mujeres. En su obra La esclavitud de la mujer (1869), John Stuart Mill afirmó que “la posición de la mujer bajo la ley inglesa es peor que la de los esclavos bajo las leyes de muchos países” (ningún esclavo, decía, estaba así disponible a tiempo completo y sin interrupción).
Si hoy se tiende a caer en excesos y desmesura es porque muchas emancipaciones fueron llevadas a cabo por los herederos revolucionarios del cristianismo, ateos e impacientes, y no por el cristianismo en sí mismo. Si los cristianos hubieran sido más audaces y desinteresados, la emancipación moderna se habría desarrollado con moderación y equilibrio. Desinteresada: si los hombres (los únicos responsables del cambio, porque tenían las palancas de mando) hubieran tenido la entereza de renunciar a sus privilegios sociales, ya sea en relación a las mujeres o a los esclavos. Audacia: si las mismas personas hubieran tenido el valor de desafiar las fuerzas sociales y las costumbres al abogar por reformas tan contrarias al interés masculino. Es porque no renunciaron al patriarcado cuando fue necesario que nuestras sociedades se encuentran hoy atrapadas en los delirios de género.
La ruptura de los vínculos: una catástrofe de la liberación
La situación contemporánea, en lo que se refiere a la condición de la mujer, es la de una emancipación brutal unida a excesos desmesurados. Es como un movimiento beneficioso pero que ya no puede detenerse y que, en última instancia, conduce a la perdición de aquellos a quienes pretende servir. Yo llamo a esto una catástrofe de la liberación. Institucionalizamos la autonomía de las mujeres, que es lo mínimo que se puede hacer al mirar nuestro paisaje cultural, y el resultado es una profunda ruptura de los lazos esenciales, una desintegración de las comunidades elementales y primordiales que componen la raza humana. Por supuesto, los miembros de la élite progresista nos quieren hacer creer que la familia es una creación de los hombres para aplastar a las mujeres (Bachelot), algo que ya había hecho Engels en su tiempo (Los orígenes de la familia,la propiedad privada y el Estado). Pero solo unos pocos payasos caen en este tipo de argumentos, porque las personas sensatas (y afortunadamente eso es casi todo el mundo) saben bien que los niños sin una familia se vuelven locos, y que los adultos que están demasiado solos tienen todas las posibilidades de volverse locos también.
La élite progresista también intenta convencernos de que las familias rotas y luego mezcladas no son otra cosa que un nuevo tipo de familia, más moderna, más flexible, más adaptable y más feliz: la tribu. Por supuesto, la elevada tasa de divorcios requiere nuevas formas de organización, pero eso no significa que tengamos que pretender que todo lo nuevo es superior. Como decía Simone Weil, el bien no es una cuestión de moda. En realidad, nuestros contemporáneos tienden a legitimar todas las formas de vida para no estigmatizar a las personas. Y hay que señalar que el error de épocas anteriores era a menudo desacreditar a los implicados al mismo tiempo que se cuestionaba un determinado comportamiento. Hemos pasado del “yo no recibo a divorciados en mi mesa” (el dicho del burgués virtuoso hasta que se divorcia su propia hija) al “¡genial! mis padres se divorcian”. Hemos pasado de la humillación constante de los homosexuales a presentarlos como modelos de humanidad redentora. Los excesos provocan excesos opuestos al generar demasiada revuelta y emoción. Es la infantilización sistemática de la mujer, hasta hace muy poco, lo que provoca una reacción feminista, violenta y separadora. Es la obligación de mantener a toda costa el vínculo conyugal lo que desencadena la ola de divorcios. Las llamadas “reformas de la sociedad” son catástrofes de la liberación.
La radicalidad de los llamados cambios sociales y la grotesca violencia de las reivindicaciones (como el “matrimonio de a tres”, que ya existe en algunos países, seguido lógicamente de la legitimación e institucionalización de la pederastia, el incesto y la zoofilia) se derivan de una repentina indignación ante lo que parecía tan normal hace solo unos años.
De un momento a otro —es decir, de una generación a otra, y una generación no es más que un momento de la historia—, los criterios del bien y del mal parecen invertirse. Sin embargo, estos trastornos no se producen en cualquier dirección: apuntan a una evolución cada vez más precisa de la emancipación individual para todos los seres humanos. Esta evolución solo puede existir porque nuestra visión del tiempo histórico es la de un tiempo flechado, un vector de mejora y progreso. Por eso solo se da en Occidente, o allí donde la influencia occidental desempeña un papel.
La indignación impulsa la evolución de la moral. ¿Y por qué, por qué oscuras razones nos indignamos ahora frente a comportamientos que no ofendían a nuestros padres ni a nuestros antepasados cercanos? (¿Por qué ya no aceptamos aquellas situaciones en las que, en una cena, los hombres colocaban deliberadamente a las mujeres al final de la mesa para poder hablar tranquilamente de cosas importantes, exactamente como se hace con los niños?) Se trata, sin duda, de un proceso muy complejo, en el sentido de que, en un momento dado, bajo la influencia de diversos factores entrelazados, se produce un cambio repentino que se asemeja a la ruptura descrita por René Thom como catástrofe o por Thomas Kuhn como cambio de paradigma.
El principio de emancipación se nos está yendo de las manos y vagando por países que no son los suyos. Hay tal revuelta contra los excesos anteriores que muchos estamos dispuestos a romperlo todo para no volver a verlos. Personalmente, aunque no soy culpable de relativismo ni de nihilismo, prefiero esta sociedad en la que una de cada dos parejas se divorcia, antes que ver a mis hijas en el estado de humillación en el que siempre he visto a mi madre. Para algunos, este rechazo puede parecer excesivo y enfático. Pero es profundo y compartido. Algunos pueden lamentar el pasado del que hemos salido, pero una cosa es cierta: no volverán a él. La rebelión es tan profunda que preferimos el vacío (el fin demográfico y la sustitución por otras culturas, la anarquía, el despliegue de nuevas barbaridades) antes que dar marcha atrás. Afortunadamente, ¡otro camino es posible!
Para poder comprender y resistir mejor, tenemos que mirar hacia dentro y cuestionarnos. El vínculo social es una necesidad para nosotros como seres humanos. Pero tenemos que identificar los lugares y los momentos en los que el vínculo es destructivo para el individuo y, en esos casos, atrevernos a preferir el individuo al grupo, atrevernos a cuestionar al grupo para salvar al individuo. Lo cual, por cierto, está en total consonancia con nuestros principios fundamentales. En lugar de permanecer constantemente en la negación, debemos pensar en encontrar respuestas a la siguiente pregunta: ¿cómo podemos evitar las perversiones del vínculo sin romper el vínculo mismo? ¿Cómo evitar al padre de Kafka (o al padre de Romain Rolland) sin caer en la espiral del divorcio? ¿Cómo evitar la violencia intrafamiliar sin destruir la propia familia, que es lo que ocurre cuando la familia está controlada por el Estado o cuando se legalizan las relaciones afectivas? ¿Cómo aceptar a las comunidades evitando el desarrollo de sectas? La cuestión de la mujer no es más que una de las variantes de este conjunto de preguntas: ¿cómo pueden las mujeres desarrollar su autonomía sin que la familia se rompa a pedazos? Muchos hombres que conozco repiten una y otra vez: “no puede haber dos egos en una pareja”, lo que evidentemente es un alegato a favor de la pareja de antaño bajo la amenaza de que esta desaparezca sin más. Sin embargo, ante este espantoso dilema, las mujeres preferirán que la pareja desaparezca. Retomando el ejemplo anterior, sería mejor que en una pareja, si queremos que siga siendo tal, no haya ego en absoluto.
En otras palabras, el argumento no consiste en insistir en que el vínculo es natural. Porque una gran parte de nuestros conciudadanos preferirían Sodoma y Gomorra en lugar de los vínculos que se arraigan en lo no dicho y en la hipocresía. Nuestro argumento es mucho más complejo: consiste en proponer una sociedad en la que existan garantías contra las perversiones de los vínculos.
[1] John Stuart Mill, L’asservissement des femmes (Payot, 2005), 33 y 53.
[2] Política, I, 13, 1260 a 10-15
[3] Simone Weil, L’Enracinement, OEuvres (Quarto Gallimard, 1999),1035.
[4] Cf. la circulación en Platón de las élites, o de los gobernados que toman conciencia de sus capacidades a través de la acción, La República VIII, 556 c-d-e.
[5] Michael Henry, Paroles du Christ (Le Seuil, 2002), 29.
