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Por Rodrigo Pérez de Arce
Sergio Micco (Concepción, 1963) llevaba poco más de dos meses como director del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) cuando se desencadenó la crisis más grave desde el retorno a la democracia. En medio del caos reinante, Micco enfrentó críticas desde distintos sectores políticos, así como escollos externos e internos ante las denuncias por violaciones a los derechos humanos en el contexto de las protestas. Aquí, sus opiniones sobre esos días, sus influencias intelectuales y sus fuentes a la hora de buscar posibles orientaciones para el camino pospandemia.
Asumiste la dirección del INDH pocos meses antes de la crisis, en medio de fuertes cuestionamientos. Para algunos actores públicos, un católico observante sencillamente no podía dirigir el instituto. ¿Qué piensas de esa aproximación a los derechos humanos? ¿Qué tanto han pesado esas objeciones durante tu mandato?
Por razones obvias, esta entrevista no la doy como director del INDH, sino como un profesor universitario al que literalmente le cayó un edificio encima: el de la protección de los derechos humanos desde este organismo. Cuando asumí se desarrolló un gran debate; allí señalé que una persona que cree que la vida humana empieza en la concepción y acaba con la muerte natural tiene una visión completamente compatible con los derechos humanos. Afirmé, en segundo lugar, que donde más se desarrolla la concepción de los derechos humanos, los derechos de la mujer, la autonomía de las ciencias, la separación entre Iglesia y Estado, la tolerancia o la libertad religiosa es justamente dentro de la cultura occidental cristiana. Ello se debe justamente al aporte de fuentes culturales como el liberalismo y el socialismo, pero también el cristianismo.
¿Cuáles son, en tu opinión, los aportes del cristianismo en este ámbito?
El judaísmo del Antiguo Testamento y el cristianismo del Nuevo afirman la dignidad del ser humano, por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios; tan inconmensurable es nuestro derecho de ser libres, que Dios nos permite pecar. Todos somos hijos de un mismo padre, por lo tanto, somos todos hermanos y hermanas, y de eso se desprende la igualdad. Por otra parte, la gran tradición católica, desde Bartolomé de Las Casas hasta Raúl Silva Henríquez, Oscar Arnulfo Romero, Cory Aquino en Filipinas, Lech Wałęsa en Polonia o Martin Luther King desde la visión protestante, muestran que el cristianismo es un poderosísimo motor de la dignidad y de los derechos de la persona. La Vicaría de la Solidaridad, por ejemplo, pertenece a esta tradición. Entiendo que muchas de las críticas a mi llegada al INDH se dieron en el contexto de los graves y vergonzosos abusos por parte de algunos clérigos católicos que han sido denunciados los últimos años. Eso lo comprendo y asumo.
¿Y cómo veías al INDH antes de asumir? Tú ya eras consejero, lo conocías bastante…
Primero, me parece un bien inapreciable que exista una institución autónoma creada por el Estado para promover y proteger los derechos humanos. En especial para una persona de mi generación, que conoció lo que fueron las violaciones sistemáticas y masivas a esos derechos. Además, también es invaluable que el consejo del INDH, que lo dirige, sea pluralista. En él hay personas que están ligadas al liberalismo clásico, al socialismo, otras conservadoras, católicas; todos juntos, hombres y mujeres, trabajando por la vigencia de los derechos humanos que deben ser de todos los habitantes de Chile. Se trata de personas elegidas por las más diversas autoridades: Presidentes de la República, Congreso Nacional, organizaciones de la sociedad civil, y por las facultades de derecho de todas las universidades reconocidas por el Estado, que es mi caso. Todos y todas bregando por los derechos humanos en Chile.
¿El INDH logra escapar de cierta polarización que se le imputa al mundo de los derechos humanos?
Por una razón histórica, los derechos humanos en Chile se identifican con la oposición a la dictadura y, por ende, con la centroizquierda y la izquierda. Eso causa un perjuicio a los derechos humanos y al INDH, pues nuestra causa es presentada como perteneciente a una sola parte de la sociedad. Y eso no es así. La defensa de la dignidad de la persona es una tarea que rompe todas las barreras políticas. Hoy veo que hay muchísimos jóvenes, de todos los credos e ideologías, que están mirando los derechos humanos con ojos distintos a los de sus padres y abuelos. Eso me llena de alegría, porque es la única forma de crear una cultura nacional, sostenible en el tiempo, de respeto a los derechos fundamentales.
En este contexto, ¿había algo que te permitiera avizorar la magnitud de la crisis que venía?
Para nada. Si el 16 de octubre me hubieras dicho que en dos días más habría toque de queda, que saldrían los militares a la calle, que los jóvenes se empezarían a sacar selfies en Plaza Italia a dos metros de las tanquetas, y que en Ñuñoa habría una fiesta de 10 mil personas durante el toque de queda, te hubiese dicho que estabas completamente loco. Por eso, hay que analizar con mucha humildad nuestras capacidades predictivas.
Antes de todo esto yo estaba con un gran amigo, Joaquín García-Huidobro, y otros amigos más, en una biblioteca con cerca de 15 millones de libros en la Universidad de Notre Dame, escribiendo —el muy imbécil— otro libro más, en medio de esos millones de libros. Pocos días después, me bajé del avión y me vi en el INDH. Jamás hubiese pensado que tamaño aluvión caería sobre mis espaldas. Pero te quiero decir algo: es un privilegio que en la vida tengas la oportunidad de luchar por lo que consideras sagrado e insacrificable. Recuerdo una frase que, de jóvenes universitarios por allá por 1983, en la Universidad de Concepción, atribuíamos a Martin Luther: “Si un hombre no ha descubierto algo por lo que morir, no es apto para vivir”. Nunca se pelea mejor que cuando estás solo y en contra de un muro. Cuando vinieron las violaciones a los derechos humanos, los funcionarios del INDH saliendo a la calle literalmente arriesgaban sus vidas.
En muy poco tiempo pasaste de ser un académico con inquietud por lo público a ser un protagonista de ese mismo mundo. ¿Qué herramientas te dio la academia para actuar?
¡Ironías de la vida! Luego de mi tesis doctoral, en 2016 publiqué un libro que se llama La polťtica sin los intelectuales. A partir de Hannah Arendt realicé una larga crítica a la tradición que ha escindido la acción de la contemplación. Ahí también hay algo autobiográfico: uno escribe sobre lo que sabe y lo que más sabe uno es a partir de las vivencias. Ese era un reclamo contra una parte de la academia que, enterrada en bibliotecas y laboratorios, con todo el respeto que me merece, se encierra en sí misma. Esto ya lo había criticado el propio Aristóteles. La libertad de pensar y de expresarse solo existe en una sociedad libre. Ante la amenaza del tirano o de una nación extranjera belicista que nos invade, solo queda luchar. Esa crítica se me vino encima. Desde 2009, mi vida consistía en dictar seis u ocho cursos al año, escribir trabajos, realizar labores administrativas, estar en bibliotecas y oficinas, en torno a los libros, tan solitarios como lo denunció Gabriela Mistral. Y, de repente, me encuentro en medio de una feroz actividad.
Pero la academia ciertamente fue una ayuda…
La academia te da una teoría, una visión del mundo (en mi caso, la filosofía política), un sentido de la existencia y de la dignidad humana. Por otra parte, una estructura mental y lógica, y los conocimientos para interpretar la realidad, el sentido del mundo y de las cosas que ocurren. También, desde la teoría política empírica, una cierta capacidad de leer lo que pasa en el mundo, que obviamente sirve de mucho. Y en último lugar, la lógica de la persuasión, porque, finalmente, el ámbito de los derechos humanos supone un mundo sin violencia; por lo tanto, para lograr grandes adhesiones a estos y trabajar por su protección, la clave es la persuasión. Eso, en parte, te lo da la academia.
Es conocida tu proximidad intelectual con quienes ya nombraste, Gabriela Mistral y Hannah Arendt, dos pensadoras originales en sus propios contextos. ¿Qué aspectos de sus obras destacarías?
En primer lugar, son mujeres que vivieron en un mundo de hombres y lo conquistaron en el espacio público. A través de palabras de libertad, ligaron la teoría y lo intelectual con la política. No tuvieron ningún miedo en declararse mujeres con visión universal. Una se definió como indoamericana (Mistral) y peleó con medio mundo: contra una parte de los indigenistas que despreciaban su identidad hispana, y con los hispanistas, nada menos que con Miguel de Unamuno, cuando denostaban la cultura indoamericana, que para ellos no existía. Hannah Arendt también desarrolló una identidad universal como pensadora, pero siempre rescatando su identidad de mujer judía. “Cuando me atacan como judía, me defiendo como judía”. Por sobre todas las cosas, Mistral y Arendt se atrevieron a ser libres.
En concreto, ¿en qué estás pensando cuando dices eso?
Mistral enfrentó a los católicos conservadores por falta de sentido social, se peleó con los tradicionalistas que estaban en contra de la participación de la mujer en la educación y en la vida política; pero, por otra parte, peleó contra los jacobinos laicistas que no dejaban que un crucifijo colgase del muro de una escuela pública. Ella podía perfectamente ir a participar en la Revolución mexicana, en la educación de los niños campesinos, pero cuando nombraban “Gabriela Mistral” a un colegio en México, y ella se enteraba que en ese colegio se promovía la planificación familiar artificial, decía que o cambiaban los contenidos del currículum o le cambiaban el nombre al colegio. Jamás disoció el genio femenino con la maternidad. En su juventud hizo un llamado a organizar un ejército latinoamericano para apoyar al general Sandino. Pero cuando vio que la defensa del mundo libre frente a los nazis dependía de Estados Unidos, no tuvo ningún problema en apoyarlo. En fin, su última carta pública firmada como intelectual es contra la invasión soviética a Hungría. Entonces, Gabriela Mistral fue una mujer que jamás se dejó clasificar y no temió a ser libre, aunque, como escribió a una amiga, significara quedarse sola por una buena cantidad de años.
¿Y a qué se enfrentó Hannah Arendt?
Hannah Arendt actuó en un mundo de totalitarismos que parecían vencer en países tan diversos como Alemania o la Unión Soviética, Hungría, Checoslovaquia o China. No dudó en combatir al nacionalismo y, más difícil en la intelectualidad que proviene de la izquierda, dirigió sus palabras en contra del estalinismo. Promovió una patria judía, con su propio ejército, pero se opuso a un Estado de Israel que no integró a los árabes dentro suyo. Sus palabras en contra de la utilización de los niños en las protestas lideradas por el reverendo Martin Luther King causaron escándalo en el mundo de los derechos civiles. En los sesenta apoyó al movimiento estudiantil, que la leyó con avidez, mientras se expresaba en contra de la democracia liberal de su tiempo. Declaró, a propósito del juicio de Eichmann en Jerusalén, su tesis de la banalidad del mal, y describió con crudeza cómo los consejos judíos habían participado en la organización del Holocausto, en atención al principio del mal menor. La comunidad judía mundial desató una campaña de furia e ira en su contra. Su última intervención pública fue ovacionada cuando condenó la guerra en Vietnam y definió al gobierno de Richard Nixon como dirigido por gánsteres y delincuentes. Ella, que siempre promovió la acción, terminó encerrada en un departamento escribiendo en total contemplación.
Ambas parecen transitar por un acantilado, entre dos vientos que tratan de empujarlas, logrando, sin embargo, caminar hacia adelante. Eso se parece en algo a nuestro contexto en octubre pasado ¿Cómo se logran mantener las distancias, tomando en cuenta que todo lo que dijeras podía provocar efectos importantes en la vida política?
Cuidando por sobre cualquier otra cosa, incluso por sobre la vida, a la conciencia. Es decir, diciendo la verdad y que el mundo se les viniera encima, como escribió Ortega y Gasset, enfrentándose al poder. Cuando pasas a depender de la opinión de los demás, del miedo a las agresiones verbales, a lo que dicen las redes sociales, vives alterado, gobernado por el otro, el alter, y pierdes toda libertad. Esa tiene que ser tu brújula. Ahora, esa brújula tiene que estar orientada por un cierto cultivo moral e intelectual, de lo que es bueno y malo, cuál es la concepción de los derechos humanos, de la democracia... si has tenido la oportunidad de ser libre en tu vida, entonces ejércela. Y hay que decirle la verdad al poder, sin miedo ni a la tiranía de uno ni a la de muchos. En eso consiste la grandeza del ser humano, y por eso mi admiración a Mistral y Arendt.
¿Cuál fue tu experiencia al salir a observar a las calles?
Te puedo contar dos diálogos que, creo, son motivo de esperanza. A principios de enero, con gran imprudencia, me fui a meter al centro de Concepción, mi ciudad natal, a la zona cero. Empecé a dar una entrevista en un café que mira a la Plaza de Armas, y de repente se abalanza una persona gritándome, acusándome de ser el culpable de la destrucción de la ciudad, de ser un defensor de delincuentes, y me mostró en su iPhone mi número de teléfono personal. “Mira, nosotros sabemos dónde vives y te vamos a ir a apedrear”. Le pregunté cómo se llamaba, y eso humanizó la relación. Después, le pregunté si quería tomarse un café conmigo, y, para mi sorpresa, me lo aceptó mientras me seguía insultando. Cuando se fue sosegando, se produjo un diálogo muy hermoso, porque yo entendía (y entiendo) la rabia en contra mía.
¿Cómo se dio ese diálogo?
Llega un momento en que le digo a mi interlocutor que los dos éramos de Concepción, y que ambos sabíamos que la Catedral, que estaba al lado, había sido destruida diez veces en los siglos XVIII y XIX. Los franceses construyeron sus catedrales en el siglo XIII y siguen ahí, y nosotros más de cinco veces la hemos levantado. Cuando mis padres se casaron, en febrero de 1960, Concepción se había caído completa, por el terremoto de ese año, y cuando celebraron sus 50 años de casados, se había vuelto a caer por el terremoto del 2010. Nosotros tuvimos una de las más grandes repúblicas antes que Francia, España e Italia, y se vino todo abajo en 1891. Y la volvimos a levantar. Después tuvimos la tercera democracia más antigua del mundo en 1968, que se vino abajo el 73, y la volvimos a levantar. ¿Tú sabes cómo lo hicimos?, le pregunté. Y me dijo que no lo sabía. Entonces, me di cuenta ahí que era otro Sergio Micco para él. “Haciendo esto: conversando”. Salí de la plaza, nuevamente con gran imprudencia, y me sacaron fotos frente a una estatua a Lautaro. Al otro lado de la plaza habían destruido la estatua de Pedro de Valdivia, que para mí representa el derecho, la política romana, la tradición judeocristiana; entonces pensaba “yo estoy con las dos estatuas, no con una sola”.
¿Cuál fue el segundo diálogo?
Alguien empieza a gritar: “Micco, Micco, tú eres Micco”, y se me viene encima una mujer, vestida de rojo y negro, acompañada de dos jóvenes. Sabía lo que se me venía. Y reitera la pregunta: “¿Usted es Micco?”. Comenzó a hablar llorando: “no sé si en Santiago, pero acá se violan sistemáticamente los derechos humanos”. “Yo sabía que ibas para allá”, le contesté, “¿qué entiendes tú por violaciones sistemáticas?”. Y ella me empezó a hablar de las Isapres, las AFP, la desigualdad…Ahí tenemos un problema, le dije, porque si esa es la concepción de una violación sistemática de derechos humanos, a excepción de algunos países europeos, en todos los países se violarían sistemáticamente. Esa definición, como la planteas, no nos sirve. Les hice estas mismas preguntas a los jóvenes, y para ellos Piñera era lo mismo que Pinochet. Para mí, lo que decían era intolerable; en eso nunca nos íbamos a poder poner de acuerdo, les dije. En eso, llegó una persona con el pelo canoso, que me empieza a gritar “Sergio, Sergio, qué terrible que nos volvamos a encontrar en la plaza luchando por los derechos humanos, ahora sí, esto no tiene nada que ver con Pinochet”. Me di vuelta hacia los jóvenes con los que había hablado y les dije que escucharan a ese viejo. Le dije a la mujer que nos juntáramos en un año más, y si, en ese momento, Chile es una democracia que ha avanzado en verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición, yo tendré la razón. Y si no, ella la tendría. Ya cerrando la conversación, me pidió fortalecer al INDH. Estas anécdotas me llenan de esperanza. Chile va a salir adelante, no tengo ninguna duda.
Los derechos humanos han sido un terreno muy polarizado desde el 18 de octubre. Algunos niegan una crisis en ese tema, mientras otros equiparan sin matices la respuesta de Carabineros a los tiempos de la dictadura. ¿Qué magnitud tuvo, en tu opinión, el problema de los derechos humanos en el contexto de las protestas?
Una de las grandezas del Instituto es que lo conduce un consejo pluralista, pero llegó un momento —y por eso te insisto que los seres humanos podemos llegar a verdades prácticas comunes, no es cierto que todo sea discutible—en que, con todas nuestras diferencias, nos pusimos de acuerdo en que acá se produjeron graves violaciones a los derechos humanos. Estuvimos de acuerdo en presentar, en ese momento, más de 800 querellas, y de escribir en el capítulo II del informe [de derechos humanos durante la crisis de octubre] todos los episodios de violencia que se habían producido en contra de bienes públicos y privados, que también habían ocurrido en Chile. Para comprender el contexto en que se dieron, no para justificar las vulneraciones. En el capítulo III del informe describimos las violaciones a derechos humanos, y nos pusimos de acuerdo en quince recomendaciones. Entonces, en un país sumamente polarizado —y esto para mí es un motivo de orgullo y satisfacción—, fuimos a entregarle el informe al presidente de la Corte Suprema, y cuando los periodistas le preguntaron qué opinaba del informe del INDH, él dijo “si el Instituto Nacional de Derechos Humanos lo dice, es cierto”. Ese mismo día apareció una cita del informe en el Granma, el diario del partido Comunista cubano. Eso te muestra que hay verdades compartidas.
Creo que una inmensa mayoría —incluso, gente cercana al gobierno—, constató que se han violado gravemente los derechos humanos. También se reconoció que, por muy brutales que hayan sido los actos de violencia de particulares y que no se justifique nunca la vulneración de los derechos humanos, estos actos de violencia particular claramente existieron. Nosotros nos atrevimos a decir que había verdades de hecho incuestionables, pero también hay verdades de derecho, verdades morales, y supimos ponernos de acuerdo. En un país espantosamente polarizado, el consejo del INDH fue capaz de llegar a estos acuerdos prácticos comunes; y también a ciertas verdades de derecho. Demostramos que se puede.
¿Cómo ves a las instituciones de fuerza y orden luego del estallido? ¿Qué faltó?
La violación de derechos humanos en el contexto de la crisis social se produjo, entre otras razones, porque Carabineros ya venía experimentando una grave crisis, incluso de corrupción. Por otro lado, el populismo penal le pedía cada vez más dureza en el combate contra la delincuencia. Cada vez se pusieron más recursos para aumentar la dotación de Carabineros y eso llevó a que se fuera menos exigente con la selección de los interesados en ingresar a esta fuerza policial y que se relajaran las instancias de formación y capacitación en todo sentido. Por cierto, esto son solo brochazos iniciales de análisis; se ha formado un consejo de reforma policial, en el que participó el INDH como observador y donde se entregó un informe. Tras estas dos crisis que se superponen trabajaremos, espero, todos juntos para la reforma de Carabineros.
¿Y las instituciones políticas? ¿Han sido capaces de articular algo significativo en medio de los problemas de credibilidad y legitimidad?
Las instituciones políticas no han sido capaces de superar la crisis de credibilidad y legitimidad que las afecta. La disminución sostenida de la participación electoral, el retroceso agudo de la militancia en los partidos políticos y el aumento de la desconfianza en las instituciones políticas explican que el acuerdo por la paz y la justicia, que iba desde la UDI a parte del Frente Amplio, no fuese suficiente. Eso, para una persona de mi generación, era impensable. Pero es importante destacar que la crisis de institucionalidad es un fenómeno que está ocurriendo a nivel mundial. Cambian las estructuras de poder, la forma en que nos comunicamos e informamos, y eso tiene un efecto en cómo percibimos a las instituciones. Claramente los casos de corrupción que han salido a la luz en los últimos años también funcionan como un catalizador de este proceso de percepción de ilegitimidad.
Respecto de este estallido, ¿cuáles crees que son sus causas más profundas? ¿Son estrictamente locales o forman parte de un contexto mundial más amplio?
En Chile existía un malestar que se incubó por años, que tenía que ver —en parte— con la afectación de múltiples derechos humanos, especialmente los sociales: salud, educación o previsión social. Ellos no estaban ni están garantizados, en términos de igual calidad para todos, en su acceso y ejercicio. A esta causa social se sumaron causas políticas como la crisis de las instituciones públicas. Agrego también una causa económica, que fue la sostenida pérdida del crecimiento económico y el deterioro del consumo. Por último, el individualismo y el incivismo, el no preocuparse por los demás y por lo público, también nos jugaron una mala pasada. Debo insistir que estas causas del malestar que observamos en octubre se repiten en buena parte del mundo occidental.
¿Hacia dónde se perfilan las demandas, considerando el impacto de la crisis sanitaria? ¿Estamos frente a una nueva etapa política o es más bien una profundización de la anterior?
La crisis sanitaria presiona con fuerza a la sociedad chilena, porque impacta con más intensidad a los grupos más vulnerables. Ya hemos visto el grave efecto de esta crisis sobre el empleo y cómo surge la demanda ciudadana por más protección social, por la garantía de los derechos económicos, sociales y culturales. Los fenómenos sociales y políticos son dinámicos, más que comenzar una nueva etapa, lo que veremos es la adaptación a un nuevo escenario que aún está por definirse.
¿Qué rol juega la Iglesia católica en esta crisis social?
Obviamente aquí te respondo como una persona que adhiere a una comunidad religiosa como es la católica. Lo que he visto es un papel silencioso, pero grande y hermoso: estar con los más pobres. Personas que acompañan a la gente en situación de calle, en la lucha por disminuir la brecha en la educación que la pandemia ha agudizado, con los adultos mayores. Te pongo solo un ejemplo. En junio estuvimos en el Instituto Católico Chileno de Migración (INCAMI), y había más de 350 bolivianos migrantes que estaban esperando retornar a su país. Esta organización de la sociedad civil, ligada a la Iglesia católica, ha dado albergue y alimento a miles de personas, coordinando y movilizando recursos para que estas personas puedan retornar a su país de origen. El padre Lauro Bocchi (del INCAMI) ha conseguido que los municipios dispongan de algunos colegios públicos como refugios. Ha logrado convenios con buses y hasta logró coordinar la atención de un parto de forma gratuita en una clínica, para una mujer boliviana que se hospedaba en uno de los albergues. El bebé nació sano, el padre lo bautizó y la nueva familia planeaba volver a Bolivia, su país de origen. Eso me da esperanza, de que la nueva Iglesia sea similar a la que conocí en el pasado.

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