Salir del victimismo

Junto al poder, la ideología victimista garantiza identidad. En tiempos de declive de las grandes narrativas y de ascenso del individualismo, la figura de la víctima provee una imagen inobjetable de sí misma, una forma peculiar de identidad encapsulada en una autopercepción de inocencia que asegura reconocimiento forzoso.

septiembre del 2022
Salir del victimismo

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Gabriel Cid


“La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable ¿Cómo podría la víctima ser culpable o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deseo de ser. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos perder, lo que nos han quitado”. Con este párrafo notable, Daniele Giglioli, académico de Literatura Comparada de la Universidad de Bérgamo (Italia), comienza su lúcido análisis de la singular cultura del victimismo y sus consecuencias para la sociedad contemporánea. Un análisis que, a primera vista, podría ser leído como un acto de crueldad sin justificación aparente. Y es que naturalmente estar en el lugar de víctima conduce a la conmiseración por su condición asociada a la inocencia; un estatuto que la pone a resguardo de cualquier crítica o sospecha. Ante la víctima —se cree— solo queda el silencio reverente o el asentimiento.

Sin embargo, a contracorriente de este lugar común, el descarnado texto de Giglioli se propone profanar el aura de la que se revisten las víctimas —reales o supuestas— para someter a escrutinio lo que parece ser una inquietante paradoja. En efecto, por su naturaleza, la condición de víctima es indeseable y penosa, y lo normal es que quien la padezca desee abandonar prontamente dicha condición. La ironía es que en nuestra época asistimos al fenómeno inverso. Para algunos, el estatuto de víctima parece ser apetecible, una posición de extraño privilegio a la que habría que aferrarse para prolongar su extensión en el tiempo, e incluso heredarla. Esa absurda inversión valórica es la distorsión que ha introducido en las víctimas la “ideología victimista” que ha devenido en una verdadera “máquina mitológica”, donde lo indeseado se torna deseable.

¿Cómo entender este fenómeno? En primer término, porque la condición de víctima hoy proporciona poder. Y un poder sumamente atractivo. “La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder”, piensa Giglioli. Solo comprendiendo esta dimensión podemos entender la transformación del imaginario de la víctima en una figura que controla simbólicamente un poder al que se niega a renunciar. Esto resulta particularmente sensible cuando hay quienes hablan en nombre de las víctimas sin serlo realmente, quienes asumen la posición de representantes vicarios de un mal que no padecen, pero que ven en esa condición la posibilidad de enunciar un discurso identitario irrebatible, poseer la palabra absoluta porque no puede ser censurada, a riesgo de ser tildado de verdugo. El diálogo se torna imposible, pues solo hay posibilidad de asentimiento silencioso ante un chantaje simbólico de quien monopoliza los términos morales del debate. Así, irónicamente el victimismo y sus portavoces reproducen lo que Lacan llamaba el “discurso del patrón”, un discurso que podría ser sintetizado como “dame la razón y serás bueno”.

Junto al poder, la ideología victimista garantiza identidad. En tiempos de declive de las grandes narrativas y de ascenso del individualismo, la figura de la víctima provee una imagen inobjetable de sí misma, una forma peculiar de identidad encapsulada en una autopercepción de inocencia que asegura reconocimiento forzoso. La rigidez identitaria que se sigue de esto, su reducción unilateral a un solo rasgo enfatizado monótonamente, encerrando toda la narrativa identitaria en la condición de sufrimiento que debe ser reconocida por otros solo desde la conmiseración, da lugar a competencias inverosímiles entre diferentes grupos que rivalizan por el poco honroso mérito de haber sido víctima durante más tiempo, de modos más crueles o en mayores cantidades, inaugurando una nueva “aristocracia del dolor” y “meritocracia de la mala suerte”. Y, de modo sorprendente, dicha posición identitaria es reivindicada vicariamente por quienes, no habiendo sufrido los padecimientos históricos de su grupo particular, se sienten sus representantes o herederos indiscutibles. Como aclara Giglioli, “la posición de víctima se vuelve más chantajista a medida que desaparecen sus titulares efectivos. Generalmente son los descendientes de los muertos o los sobrevivientes quienes se arrogan un reconocimiento que sus antepasados nunca habrían soñado con demandar”. Por eso, ese tipo de identidades fundadas en el victimismo tienden a ajustar cuentas con el pasado y volver la historia un campo de batallas simbólicas donde se pueda desplegar el predecible memorial de agravios en que se funda la identidad anclada exclusivamente en el despojo, la exclusión y el dolor.

Por esto, la historia resulta clave para la ideología victimista. Más bien, sus usos y abusos, y sobre todo los rasgos de los que se ha revestido la historia desde mediados del siglo XX. En efecto, para el autor el discurso victimista no es natural, sino que posee una historia, un contexto específico que proporciona sus condiciones de posibilidad. Es en la década de 1960 cuando Giglioli observa el surgimiento del paradigma victimista, lo que es compartido por otros autores. Ese momento coincide con el ascenso de la memoria como una categoría de reflexión sobre el pasado que termina eclipsando la hegemonía de la historia. Se trata de un momento donde la historia —imparcial, objetiva y explicativa—, es fagocitada mediáticamente por la memoria —parcial, subjetiva y emotiva— y donde esta impone los marcos del debate. En otros términos, el posicionamiento de la víctima como el “héroe de nuestro tiempo” es indisociable de lo que Enzo Traverso ha llamado “obsesión memorialista” que campea en el mundo contemporáneo. Los rasgos distintivos de esta obsesión son, por un lado, la utilización del pasado como objeto de consumo desde el registro de la memoria y, por otro, el posicionamiento privilegiado del testigo —donde la víctima es el testigo por antonomasia— como el nuevo portador de una verdad incuestionable[1].

Y es que el siglo XX, “el siglo culpable”, al decir de Giglioli, ha abundado en episodios traumáticos —campos de exterminio, genocidios, guerras, masacres y dictaduras— que han allanado el camino hacia la configuración de un relato sobre el pasado emotivo que medra a expensas de la tragedia y lo reproduce desde el registro de las conmemoraciones luctuosas y los “lugares de memoria” para reivindicar un mediático “¡Nunca más!”. Sin embargo, como añade lúcidamente el autor, esta retórica efectista es incapaz de lograr dicho propósito, pues al aislar los acontecimientos traumáticos de la trama histórica que los contiene, los convierte en valores en lugar de explicarlos como hechos históricos, perdiendo así su carácter pedagógico de alerta a las nuevas generaciones. Porque “el que está condenado a repetir el pasado no es quien no lo recuerda, sino quien no lo comprende”.

Tanto la supremacía mediática de la “memoria histórica” como la conversión de la identidad en un relato fuertemente anclado a la tragedia y los agravios tiene efectos importantes para la cultura contemporánea. La más relevante es la desconcertante exaltación de la impotencia de la víctima y la privación de las herramientas y discursos que la deberían alentar a abandonar dicha condición. El victimismo reduce la identidad de la víctima a ser un mero portador de propiedades morales, pero no un generador de cambios, castrando así su capacidad de agencia. Por eso, pese a que las víctimas fundan su identidad en su supuesta inocencia, en su incapacidad inherente para hacer daño y poseer intenciones torcidas, la cultura de la victimización es todo menos inocente, menos aun cuando el lugar de las víctimas termina siendo cooptado por los poderosos, que buscan hablar por ellas, usurpar su voz, heredar simbólicamente ese estatuto para inmunizarse a la crítica y volver rentable ese lugar de privilegio que, irónicamente, no desean abandonar. Así, el corolario de la cultura de la victimización no podría ser más inquietante, si se ponderan los valores que promueven y el tipo de identidades que estimula.

Como sentencia Giglioli: “La prosopopeya de la víctima refuerza a los poderosos y debilita a los subalternos. Vacía la agency. Perpetúa el dolor. Cultiva el resentimiento. Corona lo imaginario. Alimenta identidades rígidas y a menudo ficticias. Hinca al pasado e hipoteca el futuro. Desalienta la transformación. Privatiza la historia. Confunde la libertad con la irresponsabilidad. Enorgullece la impotencia o la encubre con una potencia usurpada”. Por eso, Crítica de la víctima es un libro que formula un valiente alegato que persigue desmontar las dinámicas de la mitología victimista con el propósito de que las víctimas reales puedan dejar de serlo, que logren superar aquel paradigma que las reduce a la impotencia, que encapsula sus vidas en el trauma y las constriñe a habitar ese espacio sin posibilidad de abandonarlo

  

 [1] Enzo Traverso, El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política (Madrid: Marcial Pons, 2007), 14-18