Reseñas sobre Hugo Herrera, Carlos Peña, Juan Pablo Luna, Mario Góngora, Tomás Moulian, Alexis de Tocqueville, Jean Bethke Elshtain y Christopher Lasch

septiembre del 2020
Reseñas sobre Hugo Herrera, Carlos Peña, Juan Pablo Luna, Mario Góngora, Tomás Moulian, Alexis de Tocqueville, Jean Bethke Elshtain y Christopher Lasch

Optimismo, simplismo e individualismo

Jorge Fábrega

Sobre En vez del optimismo. Crisis de representación política en el Chile actual (Santiago: Catalonia, 2017), de Juan Pablo Luna

Pude leer algunos capítulos de En vez del optimismo hace algunos años, cuando aparecieron en formato de columnas en CIPER. Pero no había leído el texto completo en forma de libro hasta hace algunas semanas. Y debo decir, además, que no es lo mismo leer estos textos antes que después del estallido social y posterior pandemia. Antes, los capítulos de En vez del optimismo eran textos ágiles que examinaban la salud institucional de la democracia chilena. Juan Pablo Luna, como si fuese un médico, observaba síntomas de fragilidad. Tras la lectura, el paciente salía preocupado, pero pensando que aún le quedaba espacio para salirse de la dieta. Sin embargo, el estallido social mandó al paciente a la UCI y la pandemia lo dejó conectado a un respirador artificial.

Si el paciente despierta no le quedará otra que cambiar muchas cosas en su estilo de vida, en sus rutinas y en sus modales. Y cuando vaya corriendo donde el doctor Luna a buscar una receta, no se encontrará con ninguna porque éste sospecha de todas.

Este texto no solo nos narra fragilidades hoy evidentes de nuestra democracia, sino que además hace una descarnada crítica a ciertas prácticas de la ciencia política en su corriente principal. A esta disciplina la acusa de haber dejado escapar su objeto de estudio, encandilada con unos malabares técnicos irrelevantes para entender la complejidad de las democracias en tiempos globalizados. Quizás por eso, En vez del optimismo debería llamarse En vez del optimismo y el simplismo. Eso sí, habría que matizar que esa corriente principal también ha dado cuenta de los síntomas que Luna identifica en este libro. Aunque sí parecen inescapables los dardos en los que cuestiona los esfuerzos puestos más en la técnica que en la relevancia de las preguntas.

El libro muestra con claridad su hilo conductor. Los últimos tres capítulos (de catorce) contienen la esencia de un fundamento teórico que da solidez y articula los once capítulos precedentes. En ellos, Luna primero desnuda las carencias de gobernabilidad en las zonas más vulnerables que son propicias para el surgimiento de sustitutos del Estado a nivel local de carácter ilegal, como el orden narco. Segundo, repara en cómo las transformaciones tecnológicas de la globalización tornan obsoletos los modelos de desarrollo del Estado nación consolidados en el siglo XX y, por lo tanto, anticipa el fracaso de gobiernos pensados desde esas narrativas. Por último, plantea que existe una incompatibilidad creciente entre la institucionalidad democrática y las dinámicas de la producción económica y la acumulación de riqueza.

Sobre esos tres pilares se desprende la sucesión de síntomas: partidos sin bases, bajos niveles de participación, desigualdad territorial que conduce a que las élites estén desconectadas del sentir del resto de la ciudadanía, fragmentación creciente de los partidos políticos, tecnologías que registran todo lo que sucede y que, al final, terminan anulando la posibilidad de que los actores políticos puedan usar las opacidades de antaño para negociar, adaptarse y llegar a acuerdos. En vez del optimismo (y el simplismo) es un llamado a ponernos serios ante un paciente grave (nosotros) y mirar la crudeza de la realidad que hemos construido; un llamado a todos quienes pueden hacer la diferencia. Quizás por eso, después de todo, el texto debería llamarse En vez del optimismo, el simplismo y el individualismo.

El difuso pueblo de octubre

Rodrigo Pérez de Arce

Sobre Octubre en Chile. Acontecimiento y comprensión política: hacia un republicanismo popular (Santiago: Katankura, 2019), de Hugo Herrera

Octubre en Chile es un libro marcado fuertemente por dos fuerzas. Primero, las circunstancias en las que fue escrito, durante las primeras semanas de manifestaciones. Segundo, por el ensayismo, tradición en la que se ubica su autor, y que sitúa como referentes a Francisco Encina, Mario Góngora, Alberto Edwards y Gabriela Mistral.

Hugo Herrera aborda la crisis de octubre como un problema de hermenéutica política. Esto es, desde la perspectiva de una tensión no resuelta entre un polo abstracto (instituciones y discursos políticos) y otro concreto (el pueblo en su territorio). Esta hermenéutica permitiría comprender la política más como un arte que como un asunto técnico, pues ella —sugiere el autor— debe aprehender algo que parece inasible para luego darle expresión institucional. El trabajo de la política, o de los políticos en concreto, es auscultar a este pueblo y ajustar constantemente las instituciones a lo que Herrera denomina con cierta insistencia pulsiones y anhelos populares. Se trata de una constatación relevante, en la que este intelectual viene trabajando desde antes de octubre.

La primera dificultad de su aproximación es que, como reconoce el propio autor, sabemos poco de ese pueblo. Éste sería “un poderío que viene desde un no-lugar”, “irreprimible”; e incluso más: “un dios en la historia, furia destructiva y redentora”. Sin embargo, este pueblo, aparentemente divino y misterioso, no coincide con lo observado en las protestas. Estas aglutinaban demandas muy diversas y hasta contradictorias, con un número no menor de curiosos y espectadores pasivos. Además, durante las últimas décadas la sociedad chilena ha crecido en complejidad, lo cual hace muy difícil agruparla sin más bajo el rótulo de “el pueblo”. Si se quiere, este puede llegar a ser tanto o más abstracto como los discursos de la derecha economicista y la izquierda racionalista que son agudamente criticadas en la obra.

En rigor, y contrario a lo que podría entenderse de la lectura de este libro, la irrupción del pueblo como acontecimiento no implica necesariamente que sus demandas sean legítimas o justas, por más importante que sea tomarse en serio sus manifestaciones. En ese sentido, por momentos la reflexión de Herrera dificulta comprender de dónde viene el malestar concreto y, por tanto, la posibilidad de articular una respuesta a la altura de las circunstancias. No es lo mismo si se trata de “subjetividades sublimadas”, “impulsos reflexionados”, trabajadores abusados, “vientos bolivarianos”, “células anarquistas”, lumpen o “masas que anhelan comunidad”, aunque el autor no pareciera considerar demasiado significativo precisar tales expresiones.

Ahora bien, Herrera subraya la posibilidad de un ajuste institucional como solución a nuestros problemas. Aun admitiendo la primacía del factor político, también debe considerarse que la existencia humana se despliega sobre muchas otras dimensiones que escapan a éste, las que deben ser abordadas con lucidez para articular una respuesta a la crisis, una perspectiva no siempre presente en este libro. Es difícil pensar, por ejemplo, en una resolución al reclamo de mayor simetría o dignidad en el trato (apuntado como un conflicto central por trabajos como el de Kathya Araujo) por la vía puramente estatal, política o constitucional.

Con todo, hay una idea de este texto que merece ser rescatada: la búsqueda de una política con mayor lucidez telúrica. A pesar de lo esotérico del término, se trata de un emplazamiento de primera importancia: solo comprendiendo con precisión a este pueblo heterogéneo y sus particularidades es posible pensar en una salida pacífica a ese octubre que sigue latente.

Modernidad, malestar y cambio constitucional

Santiago Ortúzar Lyon

Sobre Pensar el malestar. La crisis de octubre y la cuestión constitucional (Santiago: Taurus, 2020), de Carlos Peña

En Pensar el malestar, Carlos Peña se propone vincular el estallido de octubre con su examen del proceso de “modernización capitalista” en Chile. ¿Qué ocurrió ese fatídico viernes 18, que para tantos significó la derrota ideológica del proyecto modernizador ante la intolerable desigualdad? ¿Fue el momento en que las masas desencantadas simplemente dijeron “no más”? Como cabría esperar, dicha tesis provoca en Peña una reacción casi alérgica: “atribuir a la desigualdad la conducta social de los últimos meses, reduciéndolo todo, como si ella fuera una simple reacción ante lo que se vive como injusticia, no parece intelectualmente correcto. Parece más bien una forma de desviar la mirada de algo que no se comprende y que, sin confesarlo, se teme”.

Quizá la principal víctima de esta desafortunada confusión sea el proceso constituyente impulsado para calmar la protesta. Al interpretar la movilización como rechazo a la Constitución, la narrativa del malestar identificaría los problemas normativos del texto constitucional con las causas del descontento. Las causas del malestar, argumenta Peña, poco tienen que ver con las desigualdades que la constitución vigente ampara, y más bien corresponden a patologías recurrentes y esperables de la modernización. Por eso busca reformular el debate constitucional en términos que eludan esta trampa, pero que sean capaces de responder a la pregunta decisiva: ¿cuáles desigualdades son legítimas?

No debiéramos tolerar aquellas diferencias resultantes de lo que la herencia hace de nosotros: “corregir la arbitrariedad de la naturaleza y de la historia” es la meta de las sociedades democráticas. Para separar aquellas desigualdades que resultan de la herencia y las producidas por nuestras decisiones, la noción de mérito es central. Él constituye un ideal normativo —junto con su institución concomitante, el mercado— profundamente arraigado en el Chile nacido del proceso modernizador, que permite hacer al sujeto responsable de sus decisiones y así emanciparlo del azar de sus circunstancias. Pero al radicar principalmente en nosotros los efectos de nuestras decisiones, también debemos cargar con una infinidad de factores intervinientes en ellas que no escogimos. Debemos aceptar que las instituciones nos imputen los resultados muchas veces accidentales y desfavorables de nuestras decisiones, que no corresponden a nuestros esfuerzos. ¿Pero entonces el mérito no se revela como ilusorio, falso?

La respuesta es no. El mérito y el mercado representan “estructuras de plausibilidad”: describen elementos que hacen creíble un determinado ideal, sin que éste se verifique completamente en la realidad. Aun cuando falla, el mérito esboza la pretensión de un sujeto emancipado de la adscripción. La realización imperfecta de un ideal normativo en la realidad no es razón para abandonarlo. Al contrario: debemos “atender a la normatividad que subyace en la cultura” y esforzarnos por vivir “a la altura de esa normatividad”, sin renunciar a la idea de mérito.

Pensar el malestar ofrece, nuevamente, al Carlos Peña obsesionado por descifrar la misteriosa naturaleza de nuestra modernización, pero no es el más convincente de sus intentos. No es justa la poca importancia que le da a la desigualdad: decir que ella también es causa del descontento no implica reducirlo a “una simple reacción ante lo que se vive como injusticia”. Quizá más centralmente, Peña tiende a tratar aquellas manifestaciones de rechazo al proyecto modernizador como un mero subproducto suyo (y por lo tanto, algo trivial). Aquello que aparece explícitamente como un cuestionamiento a la modernización se reduce, si escarbamos la superficie, a poco más que su ratificación; algo que confirma su carácter superior e irreversible. No se puede criticar la modernización sin reafirmarla, porque las condiciones necesarias para la crítica son ellas mismas fruto del proceso. ¿Pero entonces Peña no está ignorando la ambigüedad del proyecto moderno, para plantearlo como una realidad fija? ¿No corre el riesgo, ignorando su propia prevención, de reificar la modernización? ¿Qué deliberación hay en una modernidad que siempre neutraliza ex ante las críticas a sí misma? Tal vez sea necesario retroceder más de lo que Peña quisiera conceder.

Mario Góngora: el instinto crepuscular

Diego González Cañete

Sobre Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX (Santiago: Editores La Ciudad, 1981), de Mario Góngora

La publicación en 1981 del Ensayo histórico fue el punto cúlmine de la trayectoria profesional del historiador Mario Góngora, al aunar su labor académica con su permanente interés por la historia de las ideas y la filosofía. El Ensayo sellaría de paso, incluso más que el Premio Nacional de Historia, la celebridad del historiador como intelectual público.

Variado en sus temas y en sus méritos, el ensayo de Góngora es aún leído y recobrado fuera de los círculos de historiadores. Su tesis central sugería que, en Chile, el Estado había dado forma y sentido a la nación; que esta no existiría sin él. Tesis discutida, aunque fue la interpretación expuesta en el último capítulo la que despertaría mayor interés y quizá extrañeza. Se trataba de la sección más provocadora del libro, a pesar de su brevedad, y reflejaba la angustia y preocupación del historiador ante las reformas económicas de los economistas de Chicago y sus posibles consecuencias institucionales. Esto es, el desmantelamiento del Estado y de su rol como sostén de la nación chilena. El período 1964-1980, denominado por Góngora “época de las planificaciones globales”, cubría bajo la misma interpretación desde Frei hasta Pinochet, englobando dos décadas de esmerados esfuerzos revolucionarios y contrarrevolucionarios en suelo nacional.

Aquí la tesis de Góngora da un salto y se complejiza. Lector de Jaspers y Ortega, Góngora sabía de una “creencia en el futuro” como punta de lanza de la descomposición de la tradición, gracias al advenimiento de la técnica moderna y del hombre-masa. La inquietud sugería que, muy lejos de todo espíritu cristiano y trascendente, serían las razones “tecnocráticas” las que acabarían por dar un nuevo sentido a otro Chile. Tras una contenida esperanza el 11 de septiembre de 1973, la duda se había vuelto convicción: el régimen de Pinochet no representaba ninguna clase de restauración, ni del “espíritu portaliano” ni —mucho menos—de una sociedad orgánica con centro espiritual en el catolicismo. Góngora censura lo que denomina “constructivismo”, la pretensión de organizar y finalmente dirigir desde un programa el conjunto de la vida social, desdeñando el camino andado y las costumbres centenarias del pueblo chileno. Una pretensión desmesuradamente optimista, al fin y al cabo, la quintaesencia de la revolución en la época moderna, y cuyo capítulo postrero no era sino el Chile pinochetista.

Al buscar un sentido originario, cual fuente y bastión de todo futuro, de toda esperanza, ¿pensaba Góngora en un mundo ya ido o en uno aún por recobrar? Pues compartía la sensibilidad histórica de Schiller, inquieto ante la huida de los dioses, Góngora observaba con pesar el origen extraviado de la América colonial, el Dios cristiano de la misericordia: acaso fundamento del propio Estado chileno.

Hoy, la nostalgia del Estado formulada por uno de nuestros más notables historiadores resuena y, en su lucidez, invita a pensar. Sugiere la añoranza de un orden anterior y es sencillamente ajena tanto a una libertad vaciada como a la embriaguez del hacer estallar, de cualquier “despertar” que orille la cornisa. Tampoco se asemeja a un estatismo remozado, como síntesis de todas las virtudes. El Estado gongoriano habría querido ser vital, no burocrático; integral, no igualitario.

Si la decadencia de Occidente, leída desde Spengler, evocaba un crepúsculo, ¿cuál sería la imagen escogida por Góngora para el abandono de Chile? ¿Qué habría de ser un país sin su Estado, sin su alma? ¿Nada más que fuego y tierra arrasada?

El mito que se volvió realidad

Felipe Sánchez Barría

Sobre Chile actual. Anatomía de un mito (Santiago: LOM, 1997), de Tomás Moulian

Este es uno de los ensayos más lúcidos acerca de los dramáticos procesos políticos que, a partir del golpe militar, transformaron irreversiblemente al país y le dieron su particular forma a la transición de los noventa. Para Moulian, el Chile actual es producto de una “cópula” entre militares, intelectuales neoliberales y empresarios, quienes llevaron a cabo una revolución capitalista de tipo neoliberal. Esta revolución no solo implicó la privatización de los servicios públicos más fundamentales —salud, educación, pensiones—, sino también la subordinación de todas las decisiones del aparato estatal al funcionamiento eficiente de la economía y a la libre circulación de las mercancías. De este modo, el proyecto revolucionario de la dictadura buscó refundar la institucionalidad del país bajo esta lógica “mercantil”. Las consecuencias de ello para la sociedad chilena se extenderían más allá del ámbito económico, trastocando profundamente aspectos sociales, culturales y políticos, que persisten hasta hoy.

En el Chile actual de Moulian, todas las dimensiones de la vida se subordinan a la lógica del mercado. En este sentido, la integración social de los individuos no se logra por medio de la ciudadanía, sino a través de la participación en el consumo. Sin embargo, en un contexto de persistente precarización laboral, la única forma de alcanzar el consumo necesario es por medio de la masificación del crédito. Así, el endeudamiento masivo favorece el ciclo de las mercancías a la vez que disciplina e integra socialmente, ofreciendo un modo no conflictivo de acceso a “oportunidades”. En estas circunstancias, las relaciones sociales tienden a individualizarse cada vez más. Los ciudadanos ya no buscarían formas asociativas de ningún tipo. Abandonan la comunidad para volcarse hacia sí mismos y a sus metas individuales.

Todo lo anterior se relaciona directamente con la mayor de las crisis que, según el autor, caracteriza al Chile actual: la crisis política. Para Moulian, esta parte de la imposición de una hegemonía neoliberal que, bajo un manto de cientificidad, deteriora la política como el espacio de deliberación sobre distintos proyectos de sociedad. Así, la política es sustituida por la administración tecnocrática y una serie de procedimientos que simulan la democracia, pero que dejan poco espacio a otros criterios que no sean la eficiencia económica. De este modo, la política pasa a ser un asunto irrelevante para los ciudadanos: cada vez más atomizados, ellos se alejan de lo público y de los esfuerzos colectivos orientados a la transformación de la vida social.

Hoy, este ensayo cobra más vigencia que nunca. El presente estallido social puede ser leído como la explosión de la crisis política que Moulian describió en los noventa. Es la política saliendo de la “jaula de hierro” que había sido impuesta por la dictadura, y que los gobiernos posautoritarios se habían encargado de continuar reproduciendo. Sin embargo, treinta años de despolitización no han sido en vano. En medio de la actual crisis, la articulación de proyectos políticos coherentes y aglutinantes brilla por su ausencia, y muchos de los que se movilizan lo hacen bajo el único argumento de estar en el lado correcto de la historia. Esta posición, no obstante, perpetúa la crisis descrita en el Chile actual. Cuando se está del lado correcto de la historia ya no hay necesidad de deliberación, se cree que la historia llega a su fin y la política se vuelve irrelevante. En este sentido, para Moulian el asunto crítico es qué tan dispuestos estamos para disputar diferentes proyectos arriesgando en ello “que en la lucha política sean otros los que se impongan”. Ad portas de un proceso constituyente, la premisa de Moulian nos obliga a preguntarnos si lo que queremos es darnos reglas que regulen la inacabable actividad política o, por el contrario, si preferiremos saltarnos la política como lucha de alternativas para imponer agendas particulares como proyectos unívocos y definitivos.

Desiguales 

Francisca Echeverría

Sobre Desiguales. Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile (Santiago: PNUD, 2017)

Dos años antes del “octubre chileno”, el libro Desiguales del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (2017) adelantó una de las principales tesis acerca del origen de nuestra crisis social y política: la realidad de que los buenos indicadores socioeconómicos escondían desigualdades difíciles de justificar. El informe del PNUD busca trazar un mapa de las causas, formas de reproducción y consecuencias de la desigualdad socioeconómica en el país, y ofrece una síntesis de datos disponibles e investigaciones propias sobre distintas dimensiones de este problema, más allá del ingreso. El resultado es un caleidoscopio de información sobre cuestiones tan variadas como la segregación espacial, las diferencias de trato, las raíces históricas de la brecha social o el quiebre de confianza entre ciudadanos y representantes políticos.

Los autores ofrecen una interesante clave de aproximación al fenómeno en estudio: la inseguridad que persiste en grandes sectores de la población, aun tras el innegable progreso económico. Esta vulnerabilidad alcanza también a la clase media y se manifiesta, por ejemplo, en el riesgo de caer en la pobreza por enfermedad o vejez. Otro de los aciertos del texto es identificar la ambigüedad del discurso meritocrático, que enfatiza el valor del esfuerzo individual frente a los privilegios heredados, pero que puede conducir a la estigmatización de la pobreza y a la introducción de una óptica marcadamente individualista, que eclipse la idea misma de justicia.

Con todo, quizá el aspecto más problemático de Desiguales es la relación entre su diagnóstico y las vías de solución que parece sugerir. En efecto, reconoce que las desigualdades excesivas horadan la idea misma de sociedad, la posibilidad de reconocerse como parte de una única comunidad cuestión que, como ya hacía notar Aristóteles, afecta directamente la estabilidad del orden político), aunque abandona pronto ese problema. Autores como Pedro Morandé han puesto de relieve la urgencia de una reflexión acerca del ethos que hace posible la vida en común, es decir, los estilos de vida capaces de dotar de cohesión a una comunidad política. Aunque evidentemente el PNUD no está llamado a esta tarea, sorprende que no haya nada parecido a un esbozo de reflexión en torno a este tema ni a la necesidad de llevarla a cabo, cuestión que resulta fundamental si de verdad queremos enfrentar estas dificultades.

Las propuestas que deja entrever el libro, por el contrario, parecen apuntar casi exclusivamente a un mayor esfuerzo redistributivo, como si la redistribución fiscal —necesaria ciertamente— fuera suficiente para responder al diagnóstico que los mismos autores elaboran. Resulta ilusorio, por ejemplo, pretender resolver la desconexión que se percibe en gran parte de la élite económica y política únicamente por vía impositiva. Este enfoque ignora que, como observó el sociólogo Gøsta Esping-Andersen, los Estados de bienestar no son soluciones universales, sino que divergen según las características culturales de cada lugar. En otras palabras, el despliegue del Estado de bienestar depende de un conjunto de condiciones previas que él mismo no es capaz de proveer. Es indispensable, por tanto, realizar un esfuerzo de mediación reflexiva en torno a esas condiciones.

En suma, a pesar de sus esfuerzos, el libro queda atrapado en la dicotomía Estado/mercado, que lo vuelve ciego a la cuestión más relevante que parece estar en juego: cómo reparar la profunda fractura social que se ha puesto de manifiesto en nuestra crisis.

Una revolución que ilumina un estallido

Antonio Correa

Sobre Recuerdos de la revolución de 1848 (Madrid: Editorial Nacional, 1984), de Alexis de Tocqueville

Al leer memorias corremos el riesgo de menospreciar todo aquello que parezca demasiado subjetivo, como si el relato ideal del pasado fuese una relación distanciada, fría y objetiva de los hechos. Pero quizá lo más interesante de unas memorias es justamente esa subjetividad ineludible que las caracteriza y las distingue de una crónica. Un ejemplo patente de aquello son los Recuerdos de la revolución de 1848, de Alexis de Tocqueville.

En estas memorias, el intelectual francés no se limita a realizar un desnudo relato de los hechos que produjeron la abdicación del rey Luis Felipe dando origen a la Segunda República, en la cual el autor participó tanto en la comisión constituyente como ejerciendo de ministro de relaciones exteriores. La narración se complementa con penetrantes análisis sobre los personajes, los acontecimientos y la sociedad que escenifican esta revolución y la República que le siguió. Los Recuerdos pretenden ser, en palabras de su autor, “un espejo en el que me divertiré mirando a mis contemporáneos y a mí mismo”. Quizás por eso el libro, reflejando el carácter y genio de Tocqueville, está a medio camino entre la sociología y la filosofía política. Esa mirada subjetiva desde la cual el autor describe los hechos es tan interesante como los hechos mismos.

La lectura de este libro es recomendable para quienes se aventuren a enfrentar la situación política que vive nuestro país desde el 18 de octubre. Quien quiera realizar ese viaje no solo necesita comprender el porqué de la situación actual (sus causas económicas, sociales, políticas, etc.). Además, debe contar con un adecuado mapa del terreno en que se moverá (cómo se entrelazan y expresan las distintas posiciones políticas en juego), y aperarse de los pertrechos necesarios para tener éxito (ciertas ideas matrices, por ejemplo, de cómo las reformas políticas pueden, o no, resolver malestares sociales). Si olvida estos dos últimos elementos es muy posible que sus propuestas no hagan sentido ni sean duraderas. En los Recuerdos presenciamos cómo Tocqueville dibuja el mapa del territorio político. Paso a paso, va explicando los distintos accidentes del terreno, advirtiéndonos los peligros y obstáculos, e indicando las encrucijadas propias de cada camino para, finalmente, señalar cuál sería el mejor. El proceso es interesante porque nos permite ir captando ciertas ideas matrices y criterios generales sobre la actividad política que la genialidad de Tocqueville fue aprehendiendo a lo largo de toda una vida y que pone a nuestro acceso en sus obras. Además, el lector se divertirá ante innumerables fragmentos que resuenan en el presente. Por ejemplo, quedamos pasmados ante la vigencia de frases como “celebráis que ha sido derrotado el gobierno, pero ¿no os dais cuenta de que es el poder mismo el que está por los suelos?”.

Respecto a la necesidad de contar con principios que guíen los procesos de reforma institucional, una idea matriz que parece cruzar toda la obra es lo que podría llamarse un “realismo político”. El francés se aproxima a la política como una actividad situada en una sociedad con particularidades históricas y culturales que no se pueden ignorar. Así, por ejemplo, al participar en la comisión constituyente, Tocqueville no critica en sí misma la idea de una sociedad descentralizada. En cambio, arguye que es imposible volver descentralizada a la sociedad francesa de la noche a la mañana. Es decir, las soluciones institucionales tienen futuro en la medida en que están situadas y mantienen continuidad con una realidad cultural e histórica. Este hecho, que tendemos a olvidar en tiempos globalizados como el nuestro, es especialmente importante al definir las normas que sustentan la estructura política y jurídica de cualquier sociedad. Esto harían bien en recordar varios criollos, esos que con tanta creatividad argumentan trasplantar sin mayores cuestionamientos instituciones extranjeras, como si nuestra cultura e historia fueran las mismas que las de ingleses o estadounidenses.

En definitiva, la lectura de Recuerdos de la revolución de 1848 puede ser muy provechosa e interesante en nuestros días. Pero lo es, precisamente, porque ella desborda la subjetividad de un observador lúcido, uno que no pretende ampararse en la supuesta neutralidad de los hechos. 

Jugar según las reglas

Manfred Svensson

Sobre Democracy on Trial (Basic Books, 1995), de Jean Bethke Elshtain

“Hay gente que juega según las reglas”, escribe Elshtain en las primeras páginas de este libro, “y no obstante parece perder”. En 1995, en efecto, la democracia norteamericana ya se veía expuesta a ciertas fracturas que en años posteriores se harían palpables para todo el mundo. No es casualidad que con poco tiempo de diferencia se publicaran La rebelión de las élites, de Christopher Lasch, y Democracy on Trial, de Jean Bethke Elshtain. Esta destacada intelectual pública, fallecida el año 2013, fue profesora de ética social y política en la Universidad de Chicago. Elshtain es conocida principalmente por sus escritos sobre la guerra y el feminismo, así como por su exploración del concepto de soberanía, que —según la lectura que presentó en sus Gifford Lectures— fue transitando desde la soberanía divina a la estatal, y de ésta a la individual.

Uno de los fenómenos asociados a esa soberanía individual, imperante el día de hoy, es el victimismo. La autora advierte de modo penetrante respecto de ese fenómeno que en la actualidad cunde en nuestro medio y que a fines de los años noventa ya había penetrado la vida cultural norteamericana. Elshtain enfrenta una generalizada disposición a condonar la violencia perpetrada por quienes son víctimas del orden social. Ella está muy lejos de ser ciega a la existencia de esas genuinas víctimas, pero nos llama a pensar con cautela el modo en que ese hecho es abordado. “La actitud paternalista que renuncia a tratar a todos los ciudadanos como responsables es incompatible con el ethos democrático”, previene con lucidez.

Quienes están dispuestos a esa condonación de la violencia naturalmente la ven como un acto político, incluso como una particular manifestación de radicalidad política. Pero Elshtain no solo se opone a entender de ese modo la brutal destrucción de las personas y de la propiedad, sino que además se detiene en el tipo de cultura democrática que tiene que venir en su reemplazo, y advierte respecto de la cultura que no debiéramos abrazar. La judicialización de nuestros problemas, por ejemplo, le parece un escenario peligrosamente favorable a soluciones de blanco y negro, donde la ausencia de negociación política supone la pérdida total para el derrotado. Otro tanto puede decirse de la tendencia a resolver nuestros más profundos problemas por la vía de plebiscitos. Estos no solo replican dicha lógica del todo o nada, sino que apelan —según la autora— a nuestra experiencia de consumidores antes que a la de ciudadanos: vemos el spot publicitario y marcamos nuestra preferencia sin más deliberación. La verdadera democracia requiere un proceso mucho más complejo de diálogo y participación.

Pero es muy característico de la aproximación de Elshtain que esta recuperación de la vida política vaya acompañada de una explícita defensa de la dignidad de la vida privada (no es extraño que su siguiente libro fuera Augustine and the Limits of Politics). Citando a Kundera, ella nota que solo un monstruo podría ser idéntico en su vida pública y en su vida privada. Pero la ideología de “lo personal es político” ha arrasado con la conciencia de ese límite, convirtiendo la esfera pública en el campo de batalla entre resentimientos de diverso signo. “Te exijo que reconozcas que no tenemos nada en común”: en esa fórmula Elshtain sintetiza la desintegración resultante. Su libro vive de la esperanza de que problemas así de radicales aún puedan ser abordados democráticamente.

Las élites y su ilusión meritocrática

Catalina Siles

Sobre La rebelión de las élites y la traición a la democracia (Barcelona: Ediciones Paidós, 1996), de Christopher Lasch.

La versión original de este libro fue publicada en 1995, pocos meses después de la muerte del autor. El texto recopila una serie de ensayos que, en años anteriores, aparecieron en diversas revistas de opinión, y que Lasch intenta integrar bajo el alero de lo que él define como el “malestar democrático” que atravesaba ya en ese entonces a la sociedad norteamericana. De este modo, La rebelión de las élites cubre un amplio y variado número de tópicos que, a juicio del autor, estarían relacionados con esta crisis, que van desde la globalización al secularismo, pasando por el relativismo, el deterioro del debate público, la desigualdad y la movilidad social. El diagnóstico no es optimista y su crítica es despiadada. El título se inspira en la obra de Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, pero, a diferencia del escritor español, Lasch sostiene que el origen de la crisis de las democracias occidentales no está en el advenimiento del dominio político de las muchedumbres, sino en la pérdida de la virtud cívica por parte de la élite, abdicando de su posición de liderazgo y ejerciendo su poder irresponsablemente.

El cuadro que dibuja Lasch puede resumirse como sigue. La élite contemporánea, conformada principalmente por directivos empresariales y profesionales altamente educados, que manejan el capital y la información —elementos básicos sobre los que se sostiene el sistema liberal moderno—, han ido erosionando con su estilo de vida las bases sobre las que se asienta el ideal democrático norteamericano. A diferencia de sus antecesoras, las nuevas élites han perdido sus lealtades locales en favor del cosmopolitismo y, por tanto, no se sienten responsables con ninguna comunidad particular. Sus formas de vida, producto de su enorme capacidad adquisitiva, los han aislado progresivamente de la vida común de la mayoría y, por tanto, han ido despreocupándose de ella. Ya no existen espacios donde todos los ciudadanos se encuentren como iguales, sino que sus experiencias cotidianas están completamente escindidas, con el peligro que esto supone para la convivencia y la paz democrática.

Lo más grave, sostiene Lasch, es que la nueva élite ha justificado este aislamiento y el declive de su sentido de responsabilidad y obligación hacia sus conciudadanos, que la vieja aristocracia poseía, con la ilusión meritocrática. Es decir, se ha convencido a sí misma y ha intentado convencer al resto de que su poder y privilegios se basan exclusivamente en su propia inteligencia y esfuerzo —una suerte de aristocracia del talento— y no en ventajas heredadas. De este modo, ahogan cualquier sentimiento de gratitud y reciprocidad hacia sus predecesores y hacia las comunidades a las que pertenecen, ya que, después de todo, cada uno tiene solo lo que se merece.

La solución al profundo malestar que amenaza el futuro de la democracia implica, según el autor, volver a una política basada en los valores comunes que habían sostenido a la sociedad norteamericana, como el sentido de comunidad, la importancia de la familia y la religión, la búsqueda de igualdad, la conciencia de que la ciudadanía implica deberes y no solo derechos, entre otros. En definitiva, se trata de rehabilitar una política enraizada en la experiencia de la mayoría de la población, cuyas necesidades han sido puestas en segundo plano en favor de banderas enarboladas por minorías bien posicionadas, pero ajenas a la realidad común. En medio de la crisis política que vive Chile, la lectura de Lasch puede ofrecer algunas pistas que nos ayuden a elaborar un diagnóstico de nuestro propio malestar cuyos síntomas —en particular respecto al divorcio de las élites del resto del entramado social—, guardan una notable coincidencia con varios de los que se esbozan en este ensayo.