Reseña sobre Bérénice Levet. ¿De qué pretende librarnos el género?

"Publicado el 2014, Levet aboga por una reflexión antropológica sobre el Género (ella lo escribe con mayúscula). Así, utiliza la fenomenología como herramienta para reconsiderar los “indiscutidos e indiscutibles” postulados del género. He aquí la novedad de su obra y su posibilidad de dirigirse a un público más amplio".

septiembre del 2023
Reseña sobre Bérénice Levet.  ¿De qué pretende librarnos el género?

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Por Javiera Bellolio

Sobre Teoría de género o el mundo soñado de los ángeles (IES, 2018), de Bérénice Levet. 

En el contexto de un debate que tiende a la polarización, la obra Teoría de género o el mundo soñado de los ángeles, de la filósofa y ensayista francesa Bérénice Levet, escapa a la clasificación fácil. El enfoque de Levet cuestiona una variante particular de las teorías del género: aquella que busca la indiferenciación de los sexos y el intercambio de las categorías de ‘hombre’ y ‘mujer’, para luego ser superadas definitivamente.

Publicado el 2014, Levet aboga por una reflexión antropológica sobre el Género (ella lo escribe con mayúscula). Así, utiliza la fenomenología como herramienta para reconsiderar los “indiscutidos e indiscutibles” postulados del género. He aquí la novedad de su obra y su posibilidad de dirigirse a un público más amplio. Su tesis central es que la sexualidad humana no puede ser absorbida completamente por la categoría de género, ya que somos seres corpóreos. Levet describe al género como aquella teoría que niega toda diferencia relevante entre hombres y mujeres. Más aún: no existen hombres ni mujeres, solo individuos en proceso de autoconstrucción de su identidad. Para la autora, esto nos habla de un “desconocimiento y un desprecio fundamental por la condición humana” inserto en el “corazón del Género” (53). Su argumento, por tanto, es tan polémico como filosófico. Levet reconoce que esta disputa va más allá de los defensores de la libertad individual por un lado versus los del orden natural o divino por el otro: involucra diferentes concepciones del ser humano y su mundo.

A lo largo de su ensayo, Levet critica a dos grandes exponentes de estas teorías: Simone de Beauvoir (El segundo sexo) y Judith Butler (El género en disputa). En la historia del feminismo, Beauvoir es la primera en proponer una interpretación histórica de la femineidad: “no se nace mujer, se deviene mujer” (71). Para ella, el destino de la mujer no está sellado por la naturaleza biológica. La mujer es un producto elaborado por la sociedad. Levet piensa que de Beauvoir, en este afán por liberar la condición femenina de la mujer-hembra, allanó el camino a la teoría de Judith Butler. Mientras de Beauvoir nos libera de la naturaleza, el género nos liberará, además, de la cultura. Para Levet, de Beauvoir no ha hecho más que llegar a medio camino. Es la norteamericana quien lleva el pensamiento de de Beauvoir al límite: si sexo y género son términos tan diferentes, y si la mujer construida no proviene necesariamente de la hembra, ¿qué sentido tiene devenir en mujer si el sexo biológico no determina nada? ¿Qué otra opción queda sino asumir que carecen de toda relación?

Para Butler, a su vez, la distinción sexo/género implica una discontinuidad radical entre el sexo biológico y los géneros culturalmente construidos. La femineidad o masculinidad no se explican por una estructura natural previa; por el contrario, no son más que el resultado de la reiteración de actos estilizados como femenino o masculino (entre los que se cuentan la vestimenta, los modos de hablar y actuar). Para Butler, suponer que el género es un sistema binario implica admitir la relación mimética entre el sexo y el género. Si el género es una actividad, ¿por qué limitarse a dos géneros pudiendo abrir se a otras combinaciones?

Levet reconoce que se aprende a ser hombre y mujer, pero rechaza la idea de que la identidad sexual tenga un carácter puramente performativo: “en el hombre, naturaleza y cultura, lo dado y la libertad, se entrelazan. Hay que mantenerlos juntos: se nace mujer y se deviene mujer” (160). Donde se esperaría una apelación acrítica a la naturaleza, Levet muestra que reconocer el rol de la cultura también puede ayudarnos a apreciar el valor que trae consigo la alteridad. Para ella “no se puede pensar al individuo aparte de su pertenencia a una comunidad histórica única. Esta no lo ‘formatea’, sino que lo inscribe en un mundo” (132). Y esto es justamente lo que los defensores del género desprecian: desconfían de cualquier dato de la existencia, sea natural o cultural, y rechazan la idea según la cual existen aspectos de su propia identidad que no dependan de su voluntad. La noción de naturaleza sería positiva y dictatorial, y ven a quienes defienden lo dado como enemigos de la libertad.

Para Levet, esta teoría, impulsada por una forma escondida de puritanismo, busca cortar las alas del deseo heterosexual. Es el misterio de esta primera diferencia, que se revela a simple vista, la que ha dado lugar a esta polaridad de la cual procede la erotización de las relaciones entre hombres y mujeres. La diferencia de los sexos hace posible la filiación y la generación, pero además produce una “magnetización vertiginosa“, un llamado de los sentidos que tiene su fin en sí mismo. Renunciar a rasgos distintivos de los sexos, como pretende el género, implica la pérdida que suponen la experiencia erótica y la seducción. Para Levet, las preocupaciones por la apariencia, la belleza, el amor y la maternidad siguen siendo prerrogativas propias de la condición femenina. No por el hecho de ser impuestas por una sociedad patriarcal que aliena a las mujeres, sino que son reconocidas y valoradas como parte integral de su identidad.

Levet critica el afán de estas teorías de creer en un individuo que es completamente causa de sí mismo. De ahí la importancia que otorgan a los programas escolares como un intento por neutralizar cualquier alusión a lo masculino o lo femenino en relación al sexo biológico, pues buscan que ninguna norma o rol asignado le impida a un niño “florecer” y descubrir quién es. Pero “la gran ilusión de nuestro tiempo —señala Levet— es pensar que se puede construir lo que sea a partir de la nada. No es la libertad, la originalidad, la inventiva de nuestros niños lo que se favorece al amputarlos de todo lo dado y al abandonarlos a sí mismos” (96). La autonomía no se puede construir sobre la nada. Sin considerar lo dado, se horadan las condiciones de posibilidad de la autonomía.

Para Levet, es fundamental recuperar la dialéctica sexual que la teoría de género intenta abolir. Narrar las vidas y las historias de las mujeres nos permitirá descubrir su esencia (quiénes son), más allá de simples definiciones (qué son). Todo intento por encasillar lo femenino y lo masculino en conceptos resulta infructuoso, ya que son dos realidades innegables, únicas. Este planteamiento nos enfrenta a una paradoja en nuestra sociedad: mientras estamos más cerca de comprender la igualdad y reciprocidad entre los sexos, también nos encontramos más alejados y confundidos debido a una cultura que desconoce la existencia de la condición femenina y masculina. Aquí está el corazón distintivo de la apuesta de Levet: no se trata de una defensa de la naturaleza en contraste con la fluctuante cultura, sino de defender el reflejo de la diferencia sexual en la cultura misma.