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Por Chantal Delsol
Con la llegada del primer gobierno de Emmanuel Macron, en 2017, la revista francesa L’Incorrect propició un debate en torno a los principios que definían a la derecha política. En esa oportunidad, la destacada intelectual Chantal Delsol contribuyó a la discusión con un texto profundo y agudo, que reproducimos a continuación. “Lo que distingue a la derecha de la izquierda es la manera de describir al hombre, cuyo bien todos desean”, afirma la autora de El Estado subsidiario. Así, desde una concepción antropológica, Delsol destaca la atención que la derecha le presta a la naturaleza del hombre, a las particularidades de la vida en sociedad y a las paradojas que fundan la existencia humana.
Los libros e incluso los artículos sobre la definición de la “derecha” son extraordinariamente infrecuentes, mientras que muchos textos, y algunos de los más sobresalientes, plantean la cuestión de la definición o redefinición de la “izquierda”, sus variaciones y su destino. Esta diferencia es fácil de entender: hace veinte años, e incluso menos, llamarse ‘de derechas’ era una vergüenza en Francia, porque significaba identificarse con el petainismo[1].
Aquí, el periodo de Vichy y luego los acontecimientos de la guerra de Argelia desbancaron literalmente no a la derecha en sí, como han demostrado las elecciones de los últimos cincuenta años, sino a la conciencia de la derecha, su concepto y su legitimidad. En otras palabras —y las cosas solo han cambiado en los últimos años—, durante mucho tiempo se podía votar a la derecha y ser de derechas, pero sin justificar claramente esa afiliación.
La complejidad de los conceptos se ve así amplificada por la ignorancia (debida al vacío de crítica), las confusiones históricas y agravada por la imposibilidad de clasificar al presidente francés que marcó la segunda mitad del siglo: el General de Gaulle, cuyo pensamiento era de origen maurassiano[2] y, por tanto, claramente de derechas, ¿fue un político de derechas o de izquierdas? La respuesta no está clara, no solo si nos fijamos objetivamente en sus políticas (gobierno con el Partido Comunista, nacionalizaciones masivas, planificación), sino también si tenemos en cuenta su deseo constante de trascender las divisiones tradicionales.
Se podría decir que el partido actualmente en el poder en Francia[3] es un partido bonapartista, pero el bonapartismo no es ni de derechas ni de izquierdas: es una forma de gobierno autoritaria (en este caso republicana y tecnocrática), y el autoritarismo no tiene patria ideológica.
Leyenda instrumental
¿Cómo podemos describir a la derecha desde un punto de vista filosófico? Solo es posible en relación con la izquierda, porque estas nociones son necesariamente relativas entre sí, y su relación cambia con el tiempo y en el espacio. En el tiempo, por ejemplo, la derecha no se define de la misma manera cuando se enfrenta al socialismo-comunismo que cuando se encuentra, como hoy, frente a un socialismo que se ha convertido en socialdemocracia.
En el espacio, por ejemplo, la derecha estadounidense se define como conservadora frente a los liberales de izquierda, mientras que la derecha francesa, frente a los socialistas centralizadores y providencialistas, se define más como liberal (en el sentido de Tocqueville y no en el de Hayek). Las variaciones son aún mayores si nos fijamos en las diferencias de mentalidad entre los países occidentales: Tony Blair, que es de izquierdas en Inglaterra, es mucho más de derechas que la derecha francesa…
Comencemos, en primer lugar, por deshacer nos de las connotaciones polémicas e ideológicas. Está de moda afirmar que la izquierda persigue el bien común y la solidaridad social, mientras que la derecha está dominada por intereses egoístas. Se trata de una leyenda instrumental y basta un poco de historia social de los siglos XIX y XX para desmentirla. En realidad, existe una derecha egoísta que solo piensa en sus intereses particulares, así como existe una izquierda ‘caviar’ que solo piensa en moralizar a los demás sin aplicar esa moral a sí misma.
Si la distinción fuera tan sencilla, solo sería una distinción moral, no política. Cuando en un debate un oponente le dice al otro “la diferencia entre nosotros es que yo quiero el bien y tú quieres el mal”, entonces ya no puede llamarse debate, y los supuestos argumentos se parecen más a invectivas. Nuestros lectores buscan un diálogo constructivo y serio, no política de trastienda.
¿Por dónde empezar? Por lo esencial, de lo que se deriva todo lo demás: la antropología. Lo que distingue a la derecha de la izquierda es la manera de describir al hombre, cuyo bien todos desean. Naturalmente, todo el mundo estará de acuerdo en que necesitamos el sustento material, la paz, la libertad, la solidaridad y el reconocimiento de los demás. Pero cada antropología clasifica estas necesidades en una jerarquía, y es en esta jerarquía donde surgen las diferencias.
Es en las respuestas a la pregunta esencial, ¿qué es el hombre?, donde se define nuestra división. Y más concretamente, en las respuestas a las preguntas que todos nos hacemos cuando se trata de política: ¿cómo hacer que la sociedad sea mejor y más justa? ¿De dónde procede el mal que se manifiesta en forma de miseria, injusticia y opresión? ¿Qué deben hacer los gobiernos para que la gente sea más feliz?
La primera afirmación antropológica en torno a la cual se define la derecha en relación con la izquierda es la señalada por Léo Moulin. La derecha, dijo de forma más figurada que teológica (Léo Moulin era agnóstico), cree en el pecado original. La izquierda no. ¿Qué significa eso? Ser de derechas es creer, como Aristóteles o como la Europa cristiana, que el hombre mantiene en su fibra lo malo con lo bueno, y que por tanto conviene guardarse de las posibles perversiones de las medidas políticas aunque sean excelentes (por ejemplo, dice Aristóteles, hasta el gobernante más sabio tendrá la tentación de abusar del poder. A lo que Montesquieu hace eco: “el poder enloquece, etc.”), y no partir del principio de que una vez que nos hayamos librado de las malas estructuras, el hombre volverá a ser bueno.
Léo Moulin remonta esta visión izquierdista a Pelagio, un monje bretón del siglo V que creía que el libre albedrío del hombre podía borrar los efectos del pecado, suponiendo así que el pecado original no era inevitable. La herejía del pelagianismo, cuyas tesis tardaron nada menos que cuatro concilios en condenar, representó el pródromo de la corriente que, de Rousseau a Marx y Engels, historiza la aparición del mal y, por tanto, afirma su posible erradicación. Si el mal apareció con la propiedad privada (Rousseau), con el matrimonio (Engels), con las clases sociales (Marx), entonces es posible erradicarlo al eliminar dichas estructuras.
La derecha, en cambio, cree que, por su naturaleza, el hombre nunca está instintivamente inclinado al bien común, que es tan egoísta como deseoso de solidaridad, y que sin beneficio personal difícilmente trabajará. El hombre se ama a sí mismo y ama sus obras, que lo persiguen y lo desarrollan. Sin propiedad privada, por ejemplo, se vuelve pasivo e indiferente. Por tanto, hay que organizar una sociedad en la que incluso los intereses egoístas den lugar a la solidaridad.
Es cierto que la sociedad que valora el beneficio privado ha sido capaz de proporcionar a todos, o a casi todos, una vida más digna, al tener en cuenta los intereses individuales. Pero los socialistas no lo perdonan: ¿cómo podía la “democracia de mercado” servir al bien común con tan dudosas intenciones, cuando el socialismo real, con intenciones tan puras, estaba produciendo miseria por todas partes? ¿Es injusto el destino? No: el socialismo simplemente no imaginaba que el hombre pudiera tener características propias, aparte de las que los gobernantes y moralistas quisieran conferirle desde fuera.
¿Dónde están los límites?
En este sentido, la derecha ve al hombre como parte de una “naturaleza” impregnada por el mal, mientras que la izquierda ve al hombre como una criatura inacabada, capaz de convertirse en lo que quiera, como afirma Sartre siguiendo las antiguas huellas de Pico della Mirandola. Hay que añadir inmediatamente que la franca oposición entre estas dos visiones antropológicas ha disminuido considerablemente en los últimos veinte años, habiéndose acercado cada una a la otra bajo la presión de la realidad histórica y social.
La creencia de que las nuevas estructuras sociales podrían producir un “hombre nuevo” (tesis de Marx, pero también de Chernyshevsky, que tanta influencia tuvo sobre Lenin), libre de sus perversiones y que viviría en ósmosis y libertad con sus semejantes, ha sido abandonada por la izquierda, aparte de una pequeña franja de izquierdistas residuales (principalmente franceses). Al mismo tiempo, la creencia de que una “naturaleza” inmutable rige el destino humano ha sido en gran medida abandonada por la derecha (sin contar una pequeña facción sin influencia real).
Y, sin embargo, aunque una especie de sabiduría —derivada de los evidentes excesos de ambas visiones— ha atenuado sus diferencias, estas se reposicionan en torno a la misma división, aunque de forma más moderada. No obstante ya casi nadie cree en una “naturaleza” inmutable ni, a la inversa, en la posibilidad de la tabula rasa, es en torno a la mayor o menor estabilidad de la condición humana donde se despliega la división. No se trata de saber si se puede negar o no el “pecado original”, sino de saber hasta qué punto se puede aligerar la carga terrenal del hombre sin hacerle caer de su propia humanidad.
Porque si bien podemos hacer cualquier cosa (por ejemplo, transformar a un hombre en mujer o fabricar clones), sabemos que no podemos hacerlo todo impunemente. Y es sobre este término “impunemente” sobre el que difieren las opiniones: ¿hasta dónde podemos llegar en la transformación de nuestro mundo para hacerlo más habitable? O bien: ¿dónde están los límites? ¿Debemos ir tan lejos como sea posible hasta que los límites se nos revelen a través de los excesos de las consecuencias? ¿O debemos dar pequeños pasos para evitar esos excesos? ¿Hasta dónde puede llegar Prometeo?
Para responder a esta pregunta, la izquierda tenderá a probarlo todo, mientras que la derecha tenderá a rechazar de plano ciertos experimentos basándose en su idea de la condición humana. Quisiera distinguir aquí dos puntos: la derecha cree en la existencia de una condición humana, por un lado, y de una condición cultural, por otro. En cuanto al primer punto, la derecha está convencida de que el hombre no puede “liberarse” de sus paradojas, que son, por ejemplo, el deseo de eternidad en el conocimiento mismo de la inevitabilidad de su muerte, o la necesidad insaciable en el corazón mismo de la escasez inherente al mundo finito, o el deseo del bien a través de la tentación irreductible del mal, o el deseo de libertad combinado con la necesidad de autoridad que le es contraria.
En otras palabras, la derecha cree que ninguna sociedad humana puede eliminar la religión, prescindir de la economía, escapar más allá del bien y del mal como hubiera querido Rousseau, o más allá del bien y del mal como quería Nietzsche, o prescindir de la política como esperaban tanto liberales como marxistas en el siglo XIX. Para ella, se trata de paradojas estructurantes que siempre habrá que intentar resolver, de forma diferente en cada época de la historia, de forma siempre torpe e imperfecta, porque constituyen la esencia de la condición trágica del hombre, que solo el orgullo del ángel puede querer superar.
Lo que hay que preservar no es tal o cual institución o tradición, sino la esencia misma de la condición humana: o mejor dicho, se trata de aceptarla, porque se conserva por sí sola, ya que todos los que intentan borrarla no hacen sino hacerla más visible a través de sus excesos, a veces monstruosos. Es porque cree en la existencia de la condición humana que la derecha es más sensible que la izquierda a la deuda que tenemos con la tradición: si partimos de la certeza de que el hombre no es cera maleable que se moldea en cada época, siempre es interesante observar cómo respondieron nuestros predecesores a las inexorables paradojas.
La autonomía del sujeto como valor central
El segundo punto es tan importante como el primero, aunque parezca referirse a ámbitos más superficiales. Una mente de derechas, por ejemplo, querrá defender la familia “tradicional” y recelará de las nuevas e inesperadas formas de las llamadas familias “mixtas”. O puede que defienda la propiedad privada. ¿Por qué haría esto? La historia y la geografía demuestran claramente que no se trata en absoluto de formas antropológicas inmutables: muchas sociedades africanas no tienen una familia estructurada por un padre y una madre, y muchas sociedades tradicionales de todo el mundo viven en sistemas de propiedad colectiva. Estas sociedades no son infelices por ello. Pero la derecha insiste en que la autonomía del individuo se desarrolla dentro de ciertas estructuras, como la familia con un padre estable, o la propiedad privada.
Así, podríamos suprimir la familia tradicional o la propiedad privada, pero al mismo tiempo acabar con la libertad y la responsabilidad individuales. O, dicho de otro modo, mientras que la izquierda querría tenerlo todo y conciliarlo todo (pasión por el bien común e individualismo, sociedad en red y responsabilidad individual), la derecha acepta de entrada rendir homenaje a lo que considera la coherencia de la realidad.
Cuando la izquierda tiende a afirmar que toda desigualdad es injusta y se indigna ante las jerarquías sociales, la derecha replica que las únicas sociedades igualitarias de la historia son las sociedades despóticas, donde el Estado lo es todo (argumento que Proudhon, Bakunin y Hertzen ya oponían a Marx). En otras palabras, la derecha reprocha a la izquierda que no acepte las coherencias de la cultura común: por ejemplo, si valoramos al individuo y al sujeto, tenemos que aceptar la responsabilidad personal y, por tanto, las merecidas desigualdades.
También en este caso, la derecha cree que no todo es posible: por ejemplo, no podemos adoptar al mismo tiempo la sabiduría oriental en lugar del cristianismo caído y seguir defendiendo el valor del hombre como sujeto individual, porque es contradictorio.
Esta relación con la realidad y la antropología, que en mi opinión marca la diferencia esencial entre la derecha y la izquierda, conduce también a otra diferencia que me gustaría mencionar ahora: mientras que la derecha se interesa en gran medida por lo particular, en la izquierda lo importante es más bien lo universal. La dialéctica entre lo particular y lo universal expresa una cuestión que se plantea en las sociedades humanas en cuanto estas toman una mínima distancia de sí mismas. Los habitantes de las sociedades más primitivas solo conocen lo particular, por lo que generalmente se llaman a sí mismos “Hombres”, dando a entender que representan la única especie verdaderamente humana del planeta. En Europa, Sócrates y Diógenes se llamaban a sí mismos “ciudadanos del mundo”, y más tarde San Pablo estableció de forma indeleble la unidad del género humano. La izquierda, en consonancia con su visión del progreso y la difusión indefinida de la Ilustración, tiende a pensar en la historia de la humanidad como un desarrollo en forma de paso lento y discontinuo de lo particular a lo universal, centrándose en última instancia únicamente en este último.
Por ejemplo, las numerosas teorías actuales sobre la posible aparición de un gobierno mundial —cuando la economía sea mundial, cuando un tribunal sea mundial, cuando un gobierno sea mundial— implican que un día podríamos convertirnos directamente en ciudadanos del mundo sin tener que pasar por identidades particulares. Un tribunal mundial significa que la norma moral es la misma para todos los habitantes de la Tierra y, por tanto, rechaza los particularismos éticos culturales.
La derecha está menos dispuesta a admitirlo: tiende a pensar que un individuo solo llega a ser él mismo cuando forma parte de una cultura particular, y que sin esta base ni siquiera puede alcanzar lo universal. El pensamiento de derechas no cree que podamos ser ciudadanos del mundo sin ser antes ciudadanos del País Vasco, de Francia o de Arkansas. Esto se debe a que, para la derecha, el arraigo en la particularidad responde a una necesidad humana fundamental: el hombre es un ser concreto que no puede satisfacerse con la abstracción. Así pues, no cree que el progreso pueda “liberarnos” de lo particular y, de hecho, no cree que esto sea deseable, porque destruiría al mismo ser que se pretende liberar.
La persona
Así pues, está claro que a la derecha le interesa más lo cercano que lo lejano. Así, defiende la diversidad cultural y el derecho de cada individuo a ser diferente, mientras que la izquierda busca la verdad universal de una norma válida para todas las personas. Cada una de las dos corrientes es así capaz de caer en un extremo diferente, correspondiente a su tentación intrínseca. La derecha puede caer en el particularismo, que lleva al rechazo de los demás, a la defensa exclusiva del propio terreno y a mirarse el ombligo. La izquierda puede querer instalarse en el terreno de la abstracción, donde todo lo que es verdaderamente humano —porque es concreto, real— ha sido eliminado. Esta diferencia de puntos de vista se expresa de distintas maneras.
La derecha está convencida, por ejemplo, de que ninguna respuesta global a los problemas sociales puede curar o sanar a las sociedades: cree más en la moral que en las leyes y, por tanto, en la transmisión educativa, en la elevación de cada individuo más que en la construcción de teorías. La derecha no cree ni en el colectivo ni en el individuo, que para ella son dos caras de la misma moneda. En su lugar, habla de la “persona”, y ve al individuo como parte de las comunidades a las que pertenece, es decir, grupos no necesariamente elegidos.
En cambio, si la izquierda habla de “persona” —es decir, si quiere situar al individuo en una sociedad viva y no en un colectivo de semejantes—, verá a la persona más bien en grupos elegidos por contrato, y separables por la voluntad de sus miembros. La derecha no puede separar al individuo de su mundo: insiste en la deuda original que tenemos con nuestra cultura y nuestra familia; insiste en la responsabilidad del individuo hacia el mundo particular en el que ha nacido y que no ha elegido. La izquierda, incluso cuando defiende a la persona frente al individuo, siempre verá al individuo más en términos de su libertad para romper, para reinventarse, para cambiar el lugar al que pertenece.
Dado que la derecha habla en nombre de la “naturaleza” humana y la izquierda en nombre de la moralidad, podemos creer que la perversión de la derecha es cinismo, mientras que la de la izquierda es hipocresía. Porque en nombre de la naturaleza se hace alarde incluso de la inmoralidad, mientras que en nombre de la moral se oculta incluso la naturaleza. Pero es el liberalismo el que se vería tentado por el cinismo, y la derecha, como dijimos antes, se define más por el conservadurismo que por el liberalismo.
La perversión de la derecha es más bien una forma de fatalismo. Mientras que el voluntarismo de la izquierda puede rayar en el orgullo del ángel o del demiurgo, la humildad de la derecha ante la necesidad puede rayar en la aceptación sumisa del destino, en un esencialismo filosófico que santifica una “naturaleza” humana más o menos ficticia.
Por una derecha que se escandalice
Estamos saliendo de una época en la que las perversiones de la izquierda se han expuesto a plena luz. El socialismo constructivista ha inventado sociedades tan alejadas de nuestras necesidades básicas que los seres humanos se marchitan rápidamente en ellas. Privando a sus súbditos de autonomía, de palabra, de trascendencia, de complicidad, han demostrado que todas estas cosas son absolutamente necesarias para una existencia simplemente humana. Una existencia humana no es cualquier cosa; o, en palabras de Hannah Arendt: en lo que respecta al hombre, no todo es posible.
Y, sin embargo, si podemos ver hasta qué punto, en casos extremos, un sistema puede resultar antinatural, no podemos invertir la proposición afirmando que ciertas organizaciones son completamente “naturales”. Porque la condición humana no emerge pura y simple de la experiencia de la vida. Como la derecha cree en el pecado original, en la imperfección congénita del mundo, tiende a conformarse con lo que existe.
Lo que le falta es la capacidad de ver la condición humana no solo como una necesidad, sino también como un escándalo. La derecha no se escandaliza lo suficiente: tal es, en mi opinión, su defecto esencial. Por supuesto, si se piensa en ello, todo es una cuestión de equilibrio. El hombre necesita estar anclado en lo particular y en la promesa de lo universal, una dualidad que lo obsesiona, según la expresión tan precisa de Selim Abou; necesita el sentido de la realidad y también las utopías donde se revela la esperanza.
Necesita arraigarse, pero también emanciparse. La condición humana es ineludible en algunos aspectos, pero también, en otros, escandalosa. Necesitamos alimentarnos de estas paradojas. Y como estas paradojas son estructurales, no podemos superar la división derecha/izquierda, ya sea que se exprese de este modo o de cualquier otro.
[1] Luego de la Primera Guerra Mundial, el mariscal Philippe Pétain se convirtió en un importante y reputado actor de la política francesa. Sin embargo, su colaboración con el nazismo durante el régimen de Vichy le valió la ignominia y una condena de cárcel, en la que vivió los últimos años de su vida y abandonó pocas semanas antes de morir. [N. de la T.]
[2] Charles Maurras fue uno de los principales ideólogos del movimiento Acción Francesa, fundado a fines del siglo XIX y defensor de las ideas monárquicas. [N. de la T.]
[3] “¡En Marcha!”, partido liderado por Emmanuel Macron en 2017 y que lo llevó, ese mismo año, a la presidencia de Francia. [N. de la T.]
