Por una política realista

Pareciera que los votos son siempre prestados y los apoyos circunstanciales y precarios, mientras el equilibrio entre responder a las bases fieles y mantener una convocatoria amplia se vuelve cada vez más difícil de lograr.

Por una política realista

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Por Josefina Araos

A inicios del 2023, todo indicaba que la derecha vivía un buen momento[1]. A pesar de la difícil situación que enfrentó desde el estallido de 2019, la victoriosa campaña por el ‘Rechazo’ en el plebiscito de salida del 4 de septiembre de 2022 le permitió identificarse con la defensa de la tradición constitucional chilena y con el cuidado de la democracia. La izquierda, por su parte, sufriría en ese proceso electoral una derrota inédita, al apoyar una propuesta refundacional alejada de la cultura política nacional, basada en un diagnóstico errado: ni la tesis del despojo ni el cuestionamiento total de los treinta años tuvieron arraigo, y perdieron así la hegemonía del momento político posterior al estallido. A ello le siguieron las elecciones de mayo de 2023 cuyos resultados, aunque inesperados, dieron a la derecha la mayoría en el Consejo que lideraría el segundo proceso constituyente.

El clima político a nivel ciudadano experimentaba, al mismo tiempo, un cambio importante. El rechazo a la violencia, la preocupación por la inseguridad, la extensión del narcotráfico, la crisis migratoria y la inflación empezaron a copar progresivamente la agenda pública, con un gobierno que tardó en tomar conciencia de ese cambio, a la espera de la aprobación de una nueva constitución a la que ató su destino y que nunca llegó.

En el marco de esas inquietudes, la derecha parecía más cómoda y aparentaba tener más que ofrecer. Sus adversarios, al contrario, lo hicieron a regañadientes.

En comparación a una izquierda que tropezaba a diario ante la constatación de que el simple recambio de élites no resolvía los problemas estructurales de nuestra política —de paso, profundizados trágicamente por su modo de administrar el Ejecutivo—, la derecha gozaba por fin de una relativa bonanza. Sin embargo, un nuevo plebiscito a fines de 2023 vino a quebrar esa ilusión, rechazándose la propuesta del Consejo donde Republicanos y Chile Vamos fueron mayoría.

Más allá de la relevante discusión respecto del triunfo del ‘En contra’ y de la interpretación de esa votación –ambos procesos fueron muy distintos entre sí–, lo evidente es que constituyó algo más que una derrota para el sector: fue también una oportunidad perdida. Recordó, de paso, que el apoyo ciudadano es inestable, pero no a causa de una suerte de arbitrariedad o indefinición extendida en los electores, o bien de un único deseo de castigo sistemático a sus representantes, sino porque hoy la política no termina de entender las razones que explican sus triunfos y derrotas, y es así una y otra vez inconsistente. La borrachera electoral es un vicio transversal de nuestros representantes y, más allá de las soberbias sucesivas de los ganadores, hay algo más estructural: una fractura entre política y ciudadanía que impide contar con criterios para asegurar adhesiones de largo plazo. Pareciera que los votos son siempre prestados y los apoyos circunstanciales y precarios, mientras el equilibrio entre responder a las bases fieles y mantener una convocatoria amplia se vuelve cada vez más difícil de lograr. La política no entiende por qué gana ni pierde: ya no tiene cómo hacerlo, pues cortó los lazos que se lo permitían. Que el comportamiento ciudadano se presente a menudo como arbitrariedad, como péndulo sin más, es clara expresión de esa incomprensión y de la fractura en su base.

Ahora bien, una mirada más optimista podría afirmar que no está todo tan mal, que la ilusión no se rompió por completo. En el último plebiscito más de cinco millones de votantes se mostraron a favor de la propuesta (una disposición que solo fue creciendo en el tiempo) y las prioridades ciudadanas, a pesar de un nuevo rechazo, no han cambiado. Seguridad, migración e inflación siguen siendo los temas preponderantes, con un gobierno con baja aprobación y severas dificultades para avanzar en las reformas prometidas. Tal escenario podría favorecer, por cierto, un análisis autocomplaciente, pero es justamente lo que hay que evitar. Todavía no se ha articulado ningún proyecto político para el nuevo ciclo, abierto en 2019. La derecha solo ha navegado en medio de circunstancias favorables aunque cambiantes, logrando mantenerse a flote en base a sus intuiciones. Pero no hay mucho más. El fracaso en el último plebiscito revela que la derecha no fue más exitosa en construir un proyecto de adhesión mayoritaria y de largo plazo, y que no pudo mantener cerca a la masiva ciudadanía que votó ‘Rechazo’ el año anterior. Tal como la izquierda, la actual oposición tampoco ha resuelto ese difícil equilibrio entre fidelidad a las bases y convocatoria amplia. Los tiempos favorables, en el fondo, se sostenían en cimientos débiles, porque no descansan más que en cuestiones externas, inmanejables. Cambiar eso exige un proceso de elaboración intelectual aún pendiente, y a eso hay que abocarse. ¿Qué alternativa puede ofrecer la derecha a la tesis del despojo, al cuestionamiento total de los treinta años, al fracaso en el diagnóstico de una Convención que pensó que el enojo ciudadano implicaba el desmontaje radical de la institucionalidad vigente?

 Cuando la realidad se impone

La necesidad de un nuevo proyecto político nace de un hecho que se hizo evidente para el estallido de 2019: en medio de la crisis más grave desde el retorno a la democracia, la derecha en La Moneda sencillamente no tuvo nada que decir ni ofrecer. Se quedó paralizada ante la magnitud de los acontecimientos que tenían lugar y, al menos en un primer momento, no pudo ver nada más que un enemigo articulado que se alzaba contra ella. Tal vez le hubiera ocurrido a cualquiera (basta ver lo difícil que ha sido gobernar para la actual administración), pero es evidente que el entonces oficialismo ya tenía severos problemas para leer y guiar los procesos en curso, y ello solo se radicalizó con el estallido. Y aunque enumerar esos problemas es una tarea en sí misma, gran parte tenía que ver con las categorías (o la falta de ellas) con que se explicaba y entendía la sociedad. Quizás prisionera del ánimo de fin de la historia de los noventa, que coincidió en Chile con la consolidación de un exitoso proceso modernizador, la derecha no consideraba relevante hacer su propia crítica respecto de los costos y tensiones implicados en tales avances. Estos venían advirtiéndose desde mucho antes de 2011, año en que irrumpe el movimiento estudiantil y la denuncia que dará forma a la nueva izquierda. El denominado malestar no fue tomado en serio por el sector —o al menos por quienes tenían la hegemonía—, por más señales que hubieran de su extensión, y se lo asumió como un mero invento del adversario. Apropiarse de él era rendir se a la izquierda, cuando en realidad habría sido la oportunidad de explicar en sus propios términos lo que ocurría. Algo que implicaba, por cierto, un doloroso ejercicio de autocrítica. Cuando llegó el 18 de octubre, sobra recordarlo, la derecha hablaba de un oasis en América Latina, ciega a las severas y transversales experiencias de precariedad de la sociedad chilena, autocomplaciente con un progreso que había que dejar avanzar solo, pues iría distribuyendo de modo automático sus beneficios. Los pobres simplemente tenían que tener paciencia; ya les llegaría lo suyo. No se daban cuenta de que la paciencia se agotaba, porque el esfuerzo era desproporcionado: la retribución del sistema no estaba a la altura de lo entregado y se instaló la sensación de que cada uno se tenía que rascar con sus propias uñas. Fue tanta la ceguera que, en el segundo mandato de Sebastián Piñera, la derecha pasó de una promesa de apoyo a la clase media vulnerable en su campaña (que les dio, además, un triunfo inesperado y contundente), a un gobierno sin complejos que defendía a rajatabla el “modelo”. Ignoraban aún que la mejor manera de cuidar la herencia de los treinta años (de la que repentinamente, sin saber muy bien por qué, se presentaban como herederos) era reconociendo lo que ya no estaba funcionando. Convencida de que su identidad se jugaba simplemente en la defensa unilateral y abstracta de la libertad, la derecha olvidó todas las condiciones que la hacen posible, así como su entrelazamiento con otros principios que le dan su sentido. No somos (no podemos ser) libres en solitario, sino con otros, para vivir con otros. Nada de eso estaba en el horizonte de la derecha en 2019.

No había categorías entonces para explicar lo que pasaba, y pareciera que cuatro años después la situación sigue siendo más o menos la misma. Tras dos procesos sucesivos de trabajo constitucional que concentraron gran parte de los esfuerzos, hoy el desafío para la derecha es pensar si acaso es posible encontrar un lenguaje que le permita leer el presente y construir, a partir de ello, un proyecto de largo aliento. ¿Cómo hacerlo sin repetir los errores del pasado, con una identidad propia y claramente articulada?

La respuesta a esa pregunta requerirá un trabajo colectivo y detenido, pero me permito ensayar una sugerencia que, sin ser suficiente ni exhaustiva, puede ayudar en ese desafío: es preciso superar las premisas que estuvieron en la base del denominado mundo piñerista y, asimismo, resistir las tendencias nuevas de guerra cultural —cuya lógica adversarial fue protagónica en los últimos procesos constituyentes— que han empezado a instalarse en ciertos sectores. A mi juicio, ambas son las alternativas dominantes entre las que se debate hoy la derecha y que le impiden dar forma a un proyecto movilizador y distintivo. La trágica muerte de Sebastián Piñera, que ha sido por el momento ocasión de reencuentro del sector y de reivindicación justa de su estatus democrático, arriesga al mismo tiempo profundizar las dificultades para pensar ese proyecto. El mito que ya se esboza en torno a su figura puede implicar una oportunidad, pero también el peligro de seguir dejando pendiente el ejercicio autocrítico. Las severas dificultades del actual gobierno y la evidencia de su hostilidad injustificada cuando fue oposición, pueden conducir a pensar que los únicos equivocados eran ellos y que no hay nada que revisar. Es justamente eso lo que se debe evitar, con vistas a que la muerte del expresidente sea ocasión no de lecturas autocomplacientes, sino de compromiso con un Chile al que se le deben horizontes para proyectarse al futuro.

Pero ¿dónde buscar ese proyecto? Pienso que es precisamente en directrices que han estado en la reserva cultural de la derecha como tradición política, la mayoría olvidadas o ignoradas, donde le será posible encontrar el lenguaje que hoy necesita, dando forma a un proyecto que no parte de la nada. Una reserva vinculada sobre todo a una matriz o temple más conservador; no progresista, pero no por ello reaccionario. Ahí, tal vez, se hallen claves fundamentales para abordar lo que viene.

Cuidar en la adversidad

En una columna reciente, el historiador británico Richard Vinen recomienda al laborismo inglés (favorito para las próximas elecciones) inspirarse más en la Margaret Thatcher de los ochenta, que en el Tony Blair de los noventa. Al Blair que marchaba al ritmo de “Things Can Only Get Better”, Vinen opone una Thatcher pesimista que “flotaba en un mar de desesperación”. Su sugerencia no es por una cuestión ideológica, sino de atención a las circunstancias: atrás quedaron los auspiciosos noventa, con su desarrollo y crecimiento material evidente y prometedor, y un modelo institucional que encontró en la democracia liberal la máxima y única aspiración. Los años veinte del siglo XXI son de adversidad e incertidumbre en todo orden de cosas; basta mirar los efectos devastadores y no controlados del cambio climático, el impacto de la pandemia y de la posterior inflación, las consecuencias del desarrollo tecnológico o la fragmentación social. Vienen tiempos difíciles, advierte Vinen, y ello exige un temple escéptico o pesimista, pues es lo que permite ser realistas. Las esperanzas deben fundarse a partir de lo real.

La sugerencia es persuasiva; en Chile también se avecinan tiempos complejos. A los desafíos ya mencionados se suman nuestros propios problemas: crisis económica, crisis de seguridad, crisis migratoria, demandas insatisfechas de certidumbre y protección, un malestar a la espera de respuestas que se prometieron en una constitución que, ni incluso siendo exitosa en cualquiera de sus intentos, habría podido enfrentar sola, una clase política tensionada y polarizada, y así, suma y sigue. Ante eso, ni el tono optimista de una derecha liberal que seguía afirmando contra toda evidencia los beneficios del progreso, ni la épica redentora de una izquierda que funda su esperanza en una utopía abstracta, son demasiado eficaces. Al contrario, solo exacerban la frustración y el hastío en los ciudadanos, porque no se logra lo que se promete: la política sigue asegurando que podrá cumplir todos los anhelos en un contexto que dejó de ser auspicioso, mientras en paralelo se muestra incapaz de tomarse en serio la realidad (o el malestar es invento, o nuestra república no es más que expresión de la dominación). De ahí su destino a mostrarse equivocada, vana, a generar desapego con una sociedad que advierte la inconsistencia de las retóricas dominantes. Tal vez convenga entonces apropiarse de la sugerencia de Vinen, de cierto pesimismo o escepticismo político, no por exageración o resignación, sino por realismo. Y una matriz conservadora, que está en el ADN de la derecha, puede avenirse bien con ello, ofreciendo orientación en un escenario donde será requisito aceptar que lo que viene no será fácil y que implicará renuncias que las dinámicas predominantes no tienen cómo justificar: ¿por qué el individuo soberano aceptaría una valla en su camino?

La raíz de este pesimismo escéptico de la tradición conservadora reside en una antropología del ser humano que, contrario al predominio del individuo soberano (una ficción que choca permanentemente con la cotidianidad), subraya la limitada condición humana: su finitud, su dependencia, su fragilidad, sus miserias. En tiempos donde la frustración crece porque constatamos que no podemos eliminar todo obstáculo, puede ayudarnos volver sobre una fuente intelectual para la cual dichos obstáculos no solo son una condición ineludible, sino que son valiosos porque hacen posible todo lo demás. Nuestra dependencia es nuestra riqueza y lo recibido es nuestro principal patrimonio. Con ello podemos orientarnos en el mundo.

Entroncar con esta matriz escéptica —o tal vez convenga denominar realista— exige ampliar los principios inspiradores de una derecha que en las últimas décadas se ha refugiado, y aprisionado, en la exclusiva afirmación de la libertad. Ella es, obviamente, un principio valioso en el que se fundan protecciones y garantías fundamentales, ganancias civilizatorias que deben ser resguardadas. Por lo demás, su importancia fue constatada en un siglo XX que la puso sistemáticamente en riesgo, y nos hizo más conscientes de la necesidad de cuidarla, de no darla por sentada. Sin embargo, la traducción institucional de esa libertad en Chile (que ha tendido a reducirla a la libertad económica) y su identificación casi total con una definición centrada en la pura autonomía individual, se ha vuelto un aglutinador insuficiente. No tanto porque no convoque, sino porque no alcanza a constituir un proyecto de convivencia: demasiados quedan fuera (y los que están dentro no saben bien por qué están juntos).

Necesitamos más que libertades. Necesitamos una libertad enraizada en la vida común. Dignidad, solidaridad y responsabilidad pueden tener algo que decir, recordando nuestras obligaciones recíprocas, al entendernos antes que nada como herederos, receptores de algo más grande y anterior a nosotros, y que vale la pena cuidar (y no solo transformar). Una matriz conservadora, no progresista, puede ayudar a volver sobre tales principios y ampliar así los ejes objetivos de una derecha que se empobreció en su oferta política y en su capacidad interpretativa del presente.

El tono escéptico y el anclaje de la libertad en una red más amplia de principios fundantes de la convivencia, derivados no de la experiencia primera de un yo solitario, sino de uno que viene y está con otros, pueden articular un proyecto más armónico con los tiempos de adversidad e incertidumbre que se avecinan. A partir de allí es posible justificar sacrificios compartidos, sobre la base de obligaciones comunes que tienen sentido porque —y acá aparece lo central de esta matriz— hay cosas que vale la pena cuidar. Este fue quizás el principal aprendizaje del triunfo del ‘Rechazo’ en 2022: la cultura política del pueblo chileno está viva y no está dispuesta a que la echen abajo. Existe una herencia (no todo es despojo) frente a la cual los sacrificios y obligaciones tienen sentido. Así, de hecho, lo experimenta día a día la gente común, indignada tanto con los abusos de la política tradicional como con los nuevos grupos que llegaron supuestamente a renovarla, pero asumiendo erróneamente que eso implicaba rehacerlo todo. No nos mueve al sacrificio una promesa abstracta, sino proteger lo que hoy se tiene y constituye lo que somos. ¿Por qué se pediría certidumbre si no es para cuidar lo que se ha conseguido con esfuerzo? Hemos padecido de una política que, transversalmente progresista, de izquierda o derecha, tiende a despreciar justamente lo que la gente tiene, porque sus valoraciones son pura expresión de dominio, o sus lamentos un invento del adversario. ¿Por qué entonces sacrificarse? ¿Por qué entonces respetar las normas? Si nada nos une, ¿por qué adherir a proyectos colectivos? La matriz no progresista que está oculta en la trayectoria de la derecha tiene aquí, creo, algo que decir.

Ante la destrucción del planeta, la guerra, la explotación económica, la extensión incontrolada del mercado, el desarrollo ingobernable de las tecnologías, y todas las implicancias derivadas de tales procesos, necesitamos dar forma a una política del cuidado, de custodia de lo recibido.

Eso exige, ante todo, poner límites y saber justificarlos, pero también proteger el contexto institucional donde ese cuidado es posible. No contamos con otro marco que el de la nación y el de la democracia para ese esfuerzo. Y eso deben recordarlo progresistas y reaccionarios, que por momentos se vuelven espejo, unos de otros, en la reproducción infinita de la lógica amigo enemigo, que horada las condiciones de posibilidad del diálogo político honesto. Preocupados por afirmar que cada uno está en el lado correcto de la historia, instrumentalizan su presente y terminan transformando sus éxitos políticos en fracasos estrepitosos. Necesitamos una política realista, una política del cuidado, en el marco de democracias que descansan, como dice Chantal Delsol, en el reconocimiento de la grandeza y dignidad de las personas que la constituyen.

Quienes denunciaron la existencia de un Chile donde prima el ‘sálvese quién pueda’ pasaron a liderar, poco después, un esfuerzo transformador que se reveló refundacional pero, sobre todo, como proyecto de desmontaje. Hoy parecen tan a la deriva como el gobierno anterior después del estallido (solo la pandemia logró reivindicarse). Queda un abismo entre medio, un espacio disponible de representación que la herencia no progresista de la derecha tal vez podría llenar. Quizás así se dará por fin una defensa sólida de cuestiones tan relevantes como la autonomía de la sociedad civil, la necesidad de una acción subsidiaria del Estado, la urgencia de proyectos colectivos o de movilización para alcanzar bienes que son de todos. Una política que va despacio no por inmovilismo (ni porque “va lejos”), sino porque sabe que en la premura se puede pasar por encima de lo que es valioso; una política que secunda porque sabe que los protagonistas son las personas y sus agrupaciones más próximas; una política reformista porque está atenta a la novedad que trae cada nueva generación; una política realista que aspira a orientar un presente que importa no porque se identifique plenamente con ella, sino porque tiene algo que ofrecerle. Una política que custodie lo que tenemos, renunciando al fin al desprecio por la realidad que hasta ahora la ha caracterizado, donde todo puede o bien esperar en aras de un progreso asegurado, o echarse abajo porque la utopía terminará con todos los males. Como dice Hannah Arendt, “perseguir una felicidad que en realidad significa secar todas las lágrimas terminará borrando rápidamente toda risa”. Necesitamos de una política que aspire a lidiar con ambas, porque es allí donde reside lo propiamente humano. Y hay un patrimonio disponible en la derecha para darle forma.

Un tono escéptico que, sabiendo que vienen tiempos difíciles, se disponga a proteger lo conseguido con tanto esfuerzo para, a partir de ahí, justificar sacrificios y pensar caminos futuros. Puede ser ese el modo de empezar a articular un proyecto político que conecte con los temores e inquietudes de las personas, no para azuzar ánimos persecutorios, exclusiones, rabias o deseos de venganza, sino para reconocer su fundamento real y encontrar allí criterios orientadores de una política que hace tiempo parece andar a ciegas. Un tono pesimista porque vienen tiempos difíciles, pero no desesperanzado, porque somos ante todo custodios y herederos de algo que vale la pena conservar para otros. Al fin y al cabo, no es sino por esa conciencia que vivimos juntos.


[1] Una primera versión de este texto fue presentada en el marco del Congreso Abdón Cifuentes, organizado por la editorial Tanto Monta y realizado en Santiago el 20 de octubre de 2023. Agradezco especialmente el diálogo con Andrés Biehl que inspiró y dio referencias claves a esta reflexión.