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Se ha dicho que hablar de Tomás de Aquino es como intentar trazar el plano de una ciudad laberíntica: de su vida podrían escribirse solo unas pocas páginas (Santo Tomás, a diferencia de San Francisco, no dejó tras él mayores leyendas), pero lo que es posible aprender de su obra llena bibliotecas completas, y ello solo aumenta con el tiempo. “Amó los libros y vivió de ellos”, apunta Chesterton en una célebre biografía dedicada a este santo, quien, frente a la pregunta de qué agradecía más a Dios, respondió con su característico reposo: “He entendido todas y cada una de las páginas que he leído”.
Nacido en 1225 en Roccasecca, el joven italiano se unió a la recién fundada Orden Dominicana, lo que le valió una intensa disputa con su familia. Con el hábito dominico, dedicó gran parte de su trabajo a explorar la intrincada relación entre filosofía y teología. Corrían tiempos especialmente desafiantes para la Iglesia. En pleno siglo XIII, de golpe y sin aviso, el re- descubrimiento de la obra de Aristóteles supuso para el mundo cristiano un cuestionamiento total a sus fundamentos. Se trataba de una revolución filosófica y científica sin precedentes, acentuada además por un ambiente de marcada efervescencia intelectual, contrario a lo que suele pensarse de la Edad Media. En dirección opuesta a varios de sus contemporáneos, Tomás fue uno de los primeros en atreverse a apreciar el valioso acervo que constituía para la teología cristiana la obra del Estagirita, logrando así reconciliar y armonizar ambas tradiciones.
El método de Santo Tomás da cuenta de sus múltiples virtudes intelectuales: fue un hombre de profundo espíritu crítico y que se esforzó por presentar siempre la mejor versión del otro. Reconocido como uno de los filósofos y teólogos de mayor alcance en la historia, su Summa Theologiae y su Summa Contra Gentiles son, probablemente, sus obras más célebres. Una de sus grandes contribuciones fue la de asegurar que la realidad de Dios podía ser probada con las herramientas de la filosofía y que era esencial realizar ese esfuerzo intelectual. Esta inquietud era particularmente interesante, sobre todo vista en retrospectiva: a diferencia de hoy, en el mundo cristiano de Santo Tomás la existencia de Dios se consideraba una evidencia. En otras palabras, no había necesidad de probarla. Aunque hubiera un afán de persuadir racionalmente —manifiesto, por ejemplo, en la Summa Contra Gentiles—, la demostración de la existencia de Dios obedece de modo fundamental al impulso por comprender la propia creencia. Sin mayores necesidades apologéticas, viviendo en un mundo en el que la realidad de Dios parece patente, ofreció, a falta de uno, cinco argumentos a favor de su existencia, sus famosas “cinco vías”.
Tomás, bien advierte Chesterton, no solo se adelantó a su época; en realidad, “él va muchas épocas delante de la nuestra”. Y en los tiempos actuales, donde la filosofía plantea más dudas que certezas, su obra sigue siendo una referencia ineludible, incluso para sus detractores. Contrario a ciertas corrientes dominantes, el dominico reconoce que la realidad existe más allá de la conciencia, y que la mente se alimenta de ella: el hombre se encuentra naturalmente llamado para estar en la realidad y conocerla. “Es cosa de sentido común, que el tomismo es la filosofía del sentido común”, escribe también Chesterton.
Como buen predicador, Tomás fue maestro desde temprana edad, donde medió entre las preguntas más difíciles sobre la condición humana, y el deseo —también tan humano— de entender. Su reflexión brilló precisamente por su claridad y capacidad de síntesis de las tradiciones que lo precedieron, de las cuales fue también recopilador y transmisor. De prosa simple y transparente, intentó hacer inteligible un mundo que, a menudo, resulta tan fascinante como elusivo a la comprensión.
Al momento de educar, Tomás era consciente de que se le encomendaba a la persona toda, y no solo su dimensión intelectual. El acto de enseñar no consiste, según él, en un mero traspaso de información: se participa nada menos en la “conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud”. Ello implica tener a la vista la totalidad del discípulo, sus luces y sombras. Y ser, como maestro, un modelo. Se trata de despertar, en todos y en cada uno, la apertura hacia el conocimiento auténtico, formar en la verdad. De ahí que no sean indiferentes las enseñanzas ni las costumbres que se inculcan. Solo basada en dicha verdad, la enseñanza produce ciencia o sabiduría; sin ella, la mente queda sin alimento. Inmóvil, sin vigor. Los ritmos del mundo antiguo y renacentista parecieran ser cada vez más lejanos; lo mismo la pregunta que se formula Tomás cierto día, a propósito de la actividad de enseñar. ¿A qué modo de vida pertenece este acto? ¿A la vida contemplativa o a la vida activa? Si el mundo antiguo ponía ante los hombres la elección radical entre esos modos de vida, Tomás concluye que enseñar pertenece a ambos modos. Enseñar es devoción por lo que se enseña, pero también entrega y servicio al estudiante. Y así, de pronto, las preguntas de Tomás interpelan al presente. A los hombres de hoy y a los del futuro.
