Olimpo: Raymond Aron

"La capacidad de Aron de escrutar la realidad sin hacerse falsas ilusiones permitió su agudo análisis de las bondades y carencias de la sociedad moderna. En ello también influyó su confianza en las posibilidades de la filosofía para iluminar la praxis. Lector atento de los grandes autores —Aristóteles, Maquiavelo, Tocqueville, Montesquieu, Marx y Weber—, Aron fue ante todo un pensador de la política".

septiembre del 2020
Olimpo: Raymond Aron

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Aron (1905-1983) es un autor difícil de encasillar. Desde luego, forma parte de la tradición liberal, concebida en términos muy amplios. Pero debe agregarse que por liberalismo entendemos acá —para usar las palabras de Pierre Manent, uno de sus discípulos más relevantes— aquella corriente que en la limitación del poder ve las “mejores posibilidades de racionalidad”, de modo de “proveer el cuadro de una vida humana digna de ser elegida”. Al mismo tiempo, Aron cultivó siempre un sano escepticismo, conservando distancia de toda clase de utopías; y, por lo mismo, se definía como un espectador comprometido.

Se formó en la prestigiosa École Normale Supérieure y en la Sorbona, donde obtuvo su doctorado en 1938. Antes, a principios de la década, había vivido y trabajado en Alemania, donde observó atentamente el auge del nazismo. Fue en ese contexto en el que, según propia confesión, recibió su formación política, aprendiendo a no confundir la realidad con sus deseos. Aunque tuvo cierta cercanía con el socialismo en su juventud, siempre miró con recelo el régimen soviético. Aron sospechó tempranamente del exceso de entusiasmo provocado por las ideologías y, quizá por eso, siempre se mantuvo lejos de las dos grandes corrientes de aquella época, el comunismo y el fascismo. Como muestran sus trabajos posteriores, Aron nunca creyó que estructuras contingentes pudieran cambiar la naturaleza humana; de ahí que siempre excluyera la posibilidad de un paraíso en la tierra.

Tal vez sea precisamente esta moderación lo que explique su lugar singular en la afiebrada opinión pública francesa de los años de la posguerra, y su célebre conflicto con Sartre, su gran amigo de juventud. La capacidad de Aron de escrutar la realidad sin hacerse falsas ilusiones permitió su agudo análisis de las bondades y carencias de la sociedad moderna. En ello también influyó su confianza en las posibilidades de la filosofía para iluminar la praxis. Lector atento de los grandes autores —Aristóteles, Maquiavelo, Tocqueville, Montesquieu, Marx y Weber—, Aron fue ante todo un pensador de la política. Frente a quienes la comprendían como una realidad secundaria o marginal, siempre rescató la primacía de los fenómenos políticos para dar cuenta de la vida común.

Aron fue un autor muy prolífico, que escribió sobre casi todos los temas relevantes de su tiempo. Y vaya época: la Guerra civil española; las guerras mundiales; el auge y caída de los intelectuales de izquierda; las tensiones del progreso y la posterior desilusión; mayo del 68; el mundo soviético; las abundantes discusiones en torno a la objetividad de la ciencia o las filosofías de la historia. Su obra, sin embargo, no es puramente académica: Aron también fue un activo comentarista de la contingencia francesa e internacional en periódicos y revistas como Combat, Le Figaro y L’Express. No sorprende, entonces, su influencia en intelectuales de muy distinto cuño, como Claude Lefort, Jon Elster, François Furet, François Fejtö, Alain Besançon o Pierre Hassner. Quizá fue el propio Furet quien resumió de mejor manera la particular vocación de su maestro y su relevancia para el mundo contemporáneo: “todo demuestra su incapacidad esencial de sacrificar su oficio intelectual a un compromiso político de tipo profesional. Hay en él, curiosamente mezclados, una pasión ardiente por el acontecimiento y un alejamiento casi instintivo de la acción”.