Olimpo: Joseph Ratzinger/Benedicto XVI

Su hermenéutica de la fe basada en el estudio del Evangelio y la Patrística, su diálogo con la fenomenología de Husserl y Heidegger, y sus intensos debates con filósofos contemporáneos, como Jürgen Habermas, lo llevaron a ser considerado uno de los teólogos más relevantes del siglo XX. Creyentes y no creyentes fueron interpelados por su pensamiento, siempre atento a la experiencia del hombre moderno y sus dificultades.

abril del 2023
Olimpo: Joseph Ratzinger/Benedicto XVI

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Joseph Ratzinger nació en la madrugada de un Sábado Santo. Sus padres, Joseph y María, decidieron bautizarlo cuatro horas después del alumbramiento. Sumergido en agua y ungido con crisma, signo de profetas y reyes, el niño nace nuevamente ante la Iglesia el 16 de abril de 1927, mientras nieva en el pequeño municipio de Baviera, Alemania. Por todos lados aún asoman las huellas de la guerra, cuyo cese solo será pasajero. “Sábado Santo, día de la sepultura de Dios. ¿No comienza a convertirse nuestro siglo en un gran Sábado Santo, en un día de la ausencia de Dios (…)?”, se preguntará Ratzinger años más tarde. Luz y oscuridad se funden en ese día, que siempre llamará su atención por ser reflejo de su propio tiempo, donde Cristo está tan ausente como presente. O, como resumirá él mismo al reflexionar sobre su biografía: un “estar a las puertas de la Gloria, sin entrar todavía en ella”.

Su infancia se ve marcada por un constante peregrinaje a medida que Hitler aumenta su poder. En 1935, fecha en que se desata la feroz persecución contra los judíos, Joseph recibe su primera comunión, con ocho años. Poco tiempo después ingresará al seminario, pero sus planes se verán truncados, una vez más, por la guerra: junto con otros seminaristas es enrolado forzosamente por la Wehrmacht para prestar servicios antiaéreos en Múnich. Solo con el fin de la Segunda Guerra podrá retomar su camino vocacional en el Seminario de Frisinga, donde comenzará sus estudios de teología. El 29 de junio de 1951, en la festividad de San Pedro y San Pablo, él y su hermano son ordenados sacerdotes.

Su trayectoria destaca por un fecundo trabajo teológico y docente, así como por su labor en las sesiones del Concilio Vaticano II. En 1977 será nombrado arzobispo de Múnich por el Papa Pablo VI y su lema episcopal, “Colaborador de la verdad”, sintetizará una de sus preocupaciones centrales: “Es cierto que no podemos decir: ‘Tengo la verdad’. Pero la verdad nos tiene a nosotros, nos ha tocado, nos ha rozado (…). Con la verdad se puede colaborar porque es persona. Es posible comprometerse con ella”. Sin temor a ser minoría, el arzobispo —y luego Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe— no huye de la reflexión intelectual, sino que sale a su encuentro: la fe cristiana debe aspirar a dialogar permanentemente con la razón y expresarse a través de ella.

Su hermenéutica de la fe basada en el estudio del Evangelio y la Patrística, su diálogo con la fenomenología de Husserl y Heidegger, y sus intensos debates con filósofos contemporáneos, como Jürgen Habermas, lo llevaron a ser considerado uno de los teólogos más relevantes del siglo XX. Creyentes y no creyentes fueron interpelados por su pensamiento, siempre atento a la experiencia del hombre moderno y sus dificultades.

El 19 de abril de 2005, luego del fallecimiento de Juan Pablo II y después de afirmar que una dictadura de relativismo afecta al mundo moderno, Joseph Ratzinger es elegido Sumo Pontífice, con 78 años. A partir de ese día el mundo lo conocerá como Benedicto XVI, nombre que eligió en honor a San Benito y en recuerdo del Papa Benedicto XV.

Su inquietud intelectual no flaqueó con los años. Además de cuatro encíclicas dedicadas al amor, la esperanza, la fe y la cuestión social, entre sus obras destacan tres volúmenes sobre Jesús de Nazaret y numerosos escritos acerca del papel de la liturgia. Con la claridad que distingue a quienes comprenden verdaderamente aquello de lo que se habla, Benedicto XVI se abocó a proclamar el misterio que da sentido a la vida cristiana: aquel de la locura de la cruz, la idea de que la muerte puede ser derrotada y la convicción de que un Dios inconmensurable sale al encuentro de sus hijos para tener con cada uno de ellos una relación personal. Y es precisamente en la Eucaristía, tan querida para Ratzinger, donde dicha comunión entre Dios y sus criaturas alcanza para él su punto cúlmine.

Tras poco menos de ocho años de pontificado, en medio de una profunda crisis de la Iglesia, Benedicto XVI renunció repentinamente el 23 de febrero de 2013. Ya en los años 70 había vaticinado, de algún modo, los difíciles tiempos que se avecinaban: “De la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio (…). La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro”. Fue sucedido por el cardenal argentino Jorge María Bergoglio, quien asumirá bajo el nombre de Francisco.

Desde su dimisión, sus apariciones públicas fueron escasas. Sus últimos años los vivió en recogimiento en el pequeño monasterio Mater Ecclesiae del Vaticano, donde falleció el 31 de diciembre de 2022. A sus 95 años, regresó como lo hace un hijo a la casa de su Padre, luego de intentar vivir “con la conciencia de que toda la vida se dirige hacia un encuentro”. Sus últimas palabras, según la prensa, fueron “Jesus, ich liebe Dich” (Jesús, te quiero).