Desde su conversión al catolicismo, a los cuarenta y cuatro años, John Henry Newman (1801-1890) fue algo así como un huérfano de la fe: para muchos anglicanos era un traidor; para ciertos católicos, un hombre cuyo lenguaje —formado en otra tradición teológica— resultaba sospechoso. Defensor del diálogo entre fe y cultura, promotor de la educación liberal, Newman hizo de la búsqueda honesta de la verdad una condición de su pensamiento. De ahí que su figura suela interpretarse como la de alguien que vivió en fidelidad a su conciencia más que a la pertenencia a un grupo. “Diez mil dificultades no hacen una sola duda”, escribe en Apología Pro Vita Sua, autobiografía teológica y espiritual con la que quiso responder a los ataques del clérigo Charles Kingsley, quien lo acusaba de deshonestidad en su tránsito al catolicismo.
Canonizado en 2019, Newman fue proclamado en 2025 el doctor número 38 de la Iglesia católica por el papa León XIV. Este título se concede a santos que han realizado una contribución especialmente significativa a la teología o a la doctrina cristiana. Algunos de ellos desarrollaron su obra en el marco de la vida universitaria; tal es el caso de pensadores eminentes como Alber-to Magno y Tomás de Aquino. Pero Newman tiene una característica especial: pensó la universidad a mediados del siglo XIX y en una época en que esta institución atravesaba una crisis de sentido.
Antes de su conversión Newman era un respetado académico anglicano de Oxford, donde se formó en el Trinity College. Más tarde, desde su posición en el prestigioso Oriel College, promovió una renovación cristiana de la universidad y del anglicanismo. Durante los años treinta del siglo XIX, junto con otros destacados intelectuales, dio impulso al llamado “movimiento de Oxford”, que buscaba reconectar a la Iglesia anglicana con las fuentes rituales y doctrinarias de los primeros tiempos. Conocido también como “tractarianismo”
—debido a la serie de folletos titulada “Tracts for the Times”, con la que difundieron sus principales tesis—, este movimiento tenía un propósito claro: anclar la autoridad de la Iglesia en la inspiración divina antes que en el Estado. Uno de los grandes legados de este esfuerzo de renovación fue volcar al inglés a los Padres de la Iglesia y ponerlos al alcance del mundo moderno —traducción que aún hoy sigue siendo leída—.
La Universidad de Oxford adquirió un nuevo rostro gracias a Newman y sus amigos. Sin embargo, su giro definitivo hacia el catolicismo, ocurrido a mediados de la década del cuarenta, lo obligó a abandonar su querida universidad. En 1847 fue ordenado sacerdote católi-co y, en 1879, nombrado cardenal por León XIII. Desde el primer momento su vida como católico fue difícil: muchos lo consideraban demasiado anglicano. “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado con frecuencia”, escribe en su ¿Ensayo sobre el desarrollo de la vida cristiana.
En 1854 se le encomendó colaborar, desde el puesto de rector, en la fundación y organización de la Universidad Católica de Irlanda, ubicada en Dublín (hoy University College de esa ciudad). Durante los cuatro años que permaneció en el cargo también fundó y mantuvo operativa la Sociedad Literaria e Histórica. Su salida vino acompañada de la aparición del libro La idea de una universidad, donde defendió una visión de la vida universitaria que combinaba la libertad académica con una sólida formación espiritual y religiosa. Tras su periodo irlandés siguió participando en distintos proyectos educativos.
Con la Revolución Industrial como telón de fondo, Newman hizo frente a la pregunta por la utilidad de disciplinas como la filosofía. La “idea” de la universidad consistía en proporcionar un saber desinteresado, orientado siempre hacia la verdad, un horizonte difícil de alcanzar en medio de la creciente parcelación y tecnificación del conocimiento. “La verdadera expansión de la mente es aquella que está en condiciones de considerar muchas cosas unitariamente como un todo, referirlas de manera específica a su auténtica ubicación en el sistema universal, establecer la forma de captar sus respectivos valores y determinar su mutua dependencia”, afirma.
La figura de Newman apela de modo particular al mundo de hoy, donde el sentido de la educación en general —y, en especial, el de la universidad— se encuentra de nuevo en crisis. Las universidades luchan con dificultad para no naufragar en su propio éxito: la sociedad moderna ha cargado sobre sus hombros un volumen excesivo de expectativas, subordinado el saber a fines instrumentales y a lógicas de mercado. Aún más compleja es la pregunta por el rol de la fe en esos espacios (y todavía más en el caso de las universidades católicas), cuestión que Newman también abordó en su crítica al liberalismo religioso, que la ha reducido a la condición de mera subjetividad (“La doctrina religiosa es conocimiento […]. La teología tiene por lo menos el mismo derecho que la astronomía a aspirar a un lugar en la enseñanza”).
En Chile, la fiebre universitaria recién comienza a ceder, en parte por la frustración que provoca un sistema masificado que no responde a las expectativas generadas. Hoy, más que nunca, parece importante preguntarnos qué es razonable esperar de la universidad y cuál es el sentido de su existencia. Y el ejemplo y los escritos de John Henry Newman están ahí, tan vigentes como siempre, para guiarnos en la búsqueda de nuevas respuestas.


