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Dicen que no se perdía noticia y que escribía como si le faltara tiempo. Sentado en su escritorio y con sus pies rodeados de papeles, tecleaba con dos dedos su Olivetti. Como se le habían soltado varias letras, las reemplazó con piezas de otras máquinas, sin importarle que se repitieran. Solo él era capaz de descifrar ese artefacto que zumbaba con tres letras I y dos letras A.
Abogado, periodista e historiador; agudo columnista, fundador y director emblemático de revistas de corte político como Portada o Qué Pasa, Gonzalo Vial Correa fue un hombre público por vocación. “Lo sabe y lo lee todo (…) No he visto en la prensa chilena prodigio igual”, dijo alguna vez Cristián Zegers, testigo de su frenético tecleo. El tiempo vino a confirmar que su sentido de urgencia frente a la hoja en blanco estaba justificado. Vial intuyó —como pocos— las tensiones de un país cuyo proceso de modernización dejó a muchos varados en el camino. Y, lejos de tomar palco, se involucró en la tarea de ayudar a rehabilitar el alma de una sociedad que aplaudía eufórica el progreso, mientras la angustia de los más desposeídos bullía bajo sus pies. “Los que integramos sectores altos o medios relativamente acomodados —escribió en La Segunda—, no sabemos nada. Tampoco querríamos saber nada, pero la realidad de los pobres tiene la mala e incómoda costumbre de asomarse a través de las estadísticas, y echarnos a perder el día”. A sus ojos, la indiferencia ante el desmantelamiento de la “familia de libreta”, con las mujeres y niños más vulnerables impactados por las altas tasas de abandono paterno, era la muestra más elocuente de esa desidia.
Nacido en 1930 en el seno de una familia católica y tradicional —“un aristócrata en el mejor sentido de la palabra”, según lo describe un cercano—, Vial cultivó desde temprano la afición por la historia de Chile gracias a su abuelo, Juan de Dios Correa, quien interrogaba con paciencia a sus nietos: “¿Qué ha leído del libro que le presté? —Nada, Tata. —Vamos para atrás, como los cangrejos”.
Su inquietud por el pasado no hizo más que ahondarse en la Universidad Católica, donde ingresó para estudiar Derecho y, luego, Pedagogía en Historia bajo la guía atenta de Jaime Eyzaguirre. Contrariando a su maestro, el discípulo no quiso ser historiador. “Quería estar en los hechos”, contaría. “Solo en libros y sin contacto con la realidad, se empobrece la interpretación”.
Observó la historia de Chile siempre desde un ángulo singular: “Yo en la historia busco una verdad”, explicaba, irritando a más de un colega. Prolífico autor, entre sus obras destacan los cinco volúmenes de Historia de Chile (1891-1973), las biografías de Pinochet y Arturo Prat, y las conferencias donde analiza el gobierno de Salvador Allende, El fracaso de una ilusión.
Vial captó que el oficio de historiador trasciende la recolección de datos: es ocasión de encuentro con el presente y con una realidad de la que somos tan herederos como responsables. Para él, ambas dimensiones se iluminan y alimentan, por lo que la idea de un progreso lineal difícilmente tenía cabida en su pensamiento: “la historia no es necesariamente una línea ascendente. Todos los días tomamos decisiones buenas y malas. El futuro permanece en el misterio”. La fe católica, por el contrario, fue un faro desde el cual su trabajo intelectual cobró pleno sentido, llenando sus preguntas de lucidez y ampliando su alcance y profundidad.
Incluso muchos de sus críticos vieron en él a un hombre valiente y libre de espíritu. A pesar de oponerse con decisión a la UP, de participar en la edición del polémico Libro blanco e incluso de liderar brevemente la cartera de Educación durante el régimen de Pinochet, denunció firmemente los crímenes cometidos por la dictadura. En 1985 los calificaría “como un cáncer”, perdiendo el saludo de varios. Su compromiso era con la verdad: de ahí su participación en 1990 en la comisión Rettig, donde cuentan que nadie leyó de forma más minuciosa los casos informados.
“Mi familia para mí es todo”, decía el historiador. Casado con María Luisa Vial y padre de siete hijos, se acostumbró a escribir bajo la estridencia de un piano a lo lejos y siendo permanentemente interrumpido por el trajín doméstico. En medio de ese ajetreo, el matrimonio logró impulsar la Fundación Educacional Barnechea, bajo la convicción de que solo una educación de calidad puede favorecer una auténtica integración social.
La enseñanza fue uno de sus grandes amores. Dicen que nunca tuvo habilidad para las manualidades, pero que de niño construyó una escuelita con una caja de cartón para las muñecas de su hermana, que no tenían sala de clases. Años más tarde, escribirá: “Seamos honestos: o asignamos más recursos o educamos a menos jóvenes. No continuemos con la estafa de hoy de educar mal a tres niños con la plata que bastaría para educar bien a uno”. Quizás será señal de que hemos llegado a buen puerto el día en que sus palabras, plenamente vigentes, nos dejen de incomodar.

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