Olimpo: Edith Stein

Por medio de otros pensadores de la época conocerá la vida cristiana y de la Cruz, un mundo totalmente desconocido para ella y que la abrirá “a una esfera de fenómenos ante los cuales ya nunca podía pasar ciega”.

septiembre del 2023
Olimpo: Edith Stein

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Una tarde de verano de 1921 en las afueras de Bergzabern, Alemania, una joven judía enfrentada a la biblioteca de unos amigos tomó al azar un grueso volumen. El título de la obra era El libro de la vida, texto autobiográfico de Santa Teresa de Ávila. Prendada por la lectura, no se ve capaz de dejarlo. Sin apenas advertir que amanece, Edith Stein exclamará para sí: Das ist die Wahrheit! (“¡Esto es la verdad!”). Tiempo después, en sus memorias, describe ese momento como cardinal.

La menor de once hermanos, Edith Stein nació el 12 de octubre de 1891 en Breslavia en el seno de una familia judía. A los quince años abandona la fe, pero no así su inquietud por las grandes interrogantes a las que enfrenta la naturaleza humana. Dicha búsqueda la impulsó a estudiar historia y filosofía en la Universidad de Gotinga y a militar en el movimiento feminista, demandando el voto para las mujeres. Al poco tiempo se incorporará al prestigioso círculo fenomenológico de Edmund Husserl, de quien será discípula y luego asistente en Friburgo.

Renovación profunda de la filosofía europea, la corriente fenomenológica implicaba un cambio de lente desde el cual observar y percibir lo real, una nueva manera de filosofar. El punto de partida dejaba de estar en teorías sobre la experiencia, para descubrir en la experiencia misma una fuente de conocimiento.

La irrupción de la Primera Guerra pone en suspenso sus estudios. Stein se matricula en la Cruz Roja, donde será testigo del sufrimiento sobre el que tanto había teorizado. “Ahora mi vida no me pertenece”, escribirá por esos días. De regreso en la universidad, profundizará intelectualmente en esa experiencia. Por medio de otros pensadores de la época conocerá la vida cristiana y de la Cruz, un mundo totalmente desconocido para ella y que la abrirá “a una esfera de fenómenos ante los cuales ya nunca podía pasar ciega”.

Su investigación filosófica aborda, entre otros temas, la dignidad personal, la nobleza de los ideales y la condición femenina. Sobre este último destacan una serie de ensayos en los que medita sobre la mujer moderna, su vocación y especificidad. Sin embargo, será la pregunta por la empatía el núcleo en el que confluirá cada hebra de su reflexión. La cautiva el acceso a la vivencia de otro, la capacidad de sumergirse en una experiencia ajena, pues dicho gesto es capaz de arrojar luz sobre el conocimiento de uno mismo.

En 1916 se convierte en una de las primeras mujeres en doctorarse en filosofía en Alemania. Imposibilitada, por ser mujer, de conseguir una cátedra universitaria, Stein da clases en su casa y en una escuela para adultos. Mientras se debate entre la fe católica o protestante, un episodio llama su atención. De paseo por el centro histórico de Frankfurt, visita la catedral. A los pocos minutos ve entrar a una mujer con su cesta de compras y arrodillarse para elevar una breve plegaria. La imagen la impactó fuertemente: “A las sinagogas y a las iglesias protestantes que había visitado, únicamente se iba para la función religiosa. Aquí, en cambio, alguien había entrado en la iglesia vacía, en medio de sus ocupaciones cotidianas, como para ir a un coloquio íntimo”, recuerda. Algo en ella se sacude al ser testigo de esa oración confiada y personal.

Pero fue la lectura de la vida de Teresa de Ávila, a sus treinta años, lo que impulsó en ella un movimiento vital e impostergable. En menos de un año recibe el bautismo y la confirmación. Convencida por su director espiritual de postergar por un tiempo su entrada al Carmelo, continúa enseñando, traduciendo y escribiendo. Su pensamiento, sin negar su formación fenomenológica, se adhiere con fuerza al tomismo conforme avanza su vida en la fe.

En 1934 toma el hábito carmelita bajo el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Dado el peligro que vivía la población judía, cuatro años después es trasladada a un monasterio en Holanda, pero en 1942 es deportada y conducida a Auschwitz, donde muere a sus 51 años en la cámara de gas. Sus restos son arrojados a un campo cercano. Diversos testimonios de sobrevivientes coinciden en una imagen: una serena y recogida Teresa Benedicta, “dueña de sí misma”, tranquilizaba a las mujeres desesperadas por no poder atender a sus hijos.

El 11 de octubre de 1998 es canonizada por Juan Pablo II, quien describe la vida de esta mártir como una “síntesis de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios”.

Ese amor por la verdad era, para Stein, indistinguible de un espíritu abierto: “No tengo preocupación alguna por mi querido maestro —apuntará a propósito de la muerte de Husserl—. He estado siempre muy lejos de pensar que la Misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible. Dios es la verdad. Quien busca la verdad, busca a Dios, sea o no consciente de ello”.