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“Cuando, por muy reverentemente que lo hagas, asesinas una palabra, también has eliminado de la mente humana la cosa que la palabra originalmente significaba. Los hombres no continúan por mucho tiempo pensando en aquello que han olvidado cómo nombrar”, decía C. S. Lewis (1898-1963) en su ensayo “La muerte de las palabras”. Podría decirse que Lewis siempre se ocupó de las distintas dimensiones del lenguaje. Por un lado, era un reputado especialista en literatura inglesa medieval; por otro, un lúcido ensayista que abordó muchas de las discusiones más acuciantes de su tiempo. Su faceta más conocida, sin embargo, es la de escritor de la saga Las crónicas de Narnia, que en sus siete libros relata las aventuras de los cuatro hermanos Pevensie en el mundo fantástico que da nombre a la serie.
Huérfano de madre a los diez años, no tuvo una relación fácil con su padre. Asimismo, su biografía está marcada por su experiencia como soldado en la Primera Guerra Mundial y por la vida universitaria —primero como estudiante, luego como tutor— en Oxford. Una mirada a su obra de no ficción nos muestra una personalidad compleja y profunda: El problema del dolor, Los cuatro amores, La abolición del hombre o Mero cristianismo son libros que exploran una serie de temas de enorme actualidad desde la filosofía, la antropología y la teología.
Lewis siempre intentó que sus textos fueran comprensibles para un público amplio, por lo que su escritura está lejos de las jergas académicas, del lenguaje abstruso del especialista o del narcisismo del mundo de la cultura. En ese sentido, el autor de Las crónicas de Narnia tuvo la capacidad para abordar debates complejos con sencillez y gracia. No es casualidad que algunos de los libros mencionados hayan sido, en primer lugar, conferencias radiales dirigidas al público general: su interés en la divulgación nos dice mucho de su vocación, pero también de su intuición de que los problemas del siglo XX exigían hablarle a audiencias mucho más amplias que las puras élites intelectuales.
Durante sus años como estudiante en Oxford, Lewis se formó en filosofía y literatura, las que supo complementar a lo largo de toda su vida. Como le escribe a un amigo, “La razón es el órgano de la verdad; la imaginación, el órgano del sentido”. En contra de lo sugerido por una común lectura, según la cual habría abandonado la filosofía luego de ser derrotado en un debate por una jovencísima Elizabeth Anscombe, Lewis siempre alternó entre la literatura y la práctica de una filosofía más divulgativa. El hecho, por ejemplo, de que tras el debate con Anscombe trabajara en afinar la argumentación de Milagros —libro que había provocado el debate y que tuvo una nueva edición tres años antes de la muerte de Lewis— es signo de que la reflexión minuciosa y acabada siempre fue una de sus preocupaciones.
Muchas de las coyunturas que vivió este escritor y profesor inglés tienen un gran paralelo con los desafíos de nuestro tiempo. Como ha destacado Alan Jacobs —autor de una importante biografía de este “viejo hombre occidental”—, el humanismo cristiano que cultivó Lewis tiene mucho que aportar en un mundo desencantado, donde los fundamentos que sostenían a las democracias parecen derrumbarse y donde la educación, en lugar de apuntar a la búsqueda de la verdad y al cultivo de la imaginación, suele estar orientada a alimentar la producción de una máquina voraz donde jamás se encontrará el sentido profundo de las cosas humanas.
La obra en que más nítidamente se reflejan estos rasgos —y acaso el más actual de sus ensayos— es La abolición del hombre. Para talar un árbol, nota ahí, había que quitarle primero todo carácter trascendente; solo cambiando el modo de mirar el mundo, este se convirtió en algo que queda por completo a nuestra disposición. Pero cuando Lewis escribía este ensayo, y aún más cuando nosotros lo releemos, es el ser humano el que ha quedado a disposición de nuestra manipulación por ese mismo proceso de desencantamiento. “No es tan apolítico como parece” escribió una vez George Orwell sobre Lewis. La actualidad de La abolición del hombre parece confirmar ese juicio.
