Olimpo: Christopher Lash

"Si algo confirman los escritos de Lasch, en cualquier caso, es que la más lúcida crítica cultural nace precisamente de la conciencia de los límites".

septiembre del 2021
Olimpo: Christopher Lash

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“Es la idea misma de una carrera la que debe ser puesta en cuestión”, sostenía Christopher Lasch en una de sus últimas entrevistas. Dejaba caer esta afirmación en medio de una discusión sobre la vida familiar y, en particular, sobre la necesidad de intentar que la carrera profesional de mujeres y hombres no sacrifique la crianza y educación de los hijos. A la insistencia en que los hombres deben asumir más tareas domésticas, notaba Lasch, había que sumar un cuestionamiento de la noción de desarrollo profesional. Su exhortación parece plenamente vigente: la búsqueda del éxito debe reemplazarse por el ideal de una vocación; un ideal que no absorba nuestra vida entera y cuya dignidad puede medirse, en último término, por su servicio a la comunidad.

Se trata de una observación característica de este historiador y crítico social que vivió entre 1932 a 1994, y cuya fama se debe principalmente a su cuestionamiento de la cultura narcicista. En palabras de la filósofa Jean Bethke Elshtain, Lasch se caracterizaba por una “obtusa insistencia en que hay que llamar las cosas por su nombre”. Hijo de un periodista y una trabajadora social, ambos de izquierda, formó parte por mucho tiempo de dicha tradición política. De sus padres proviene también su capacidad de escribir para un público amplio, alejado de lo que llama “el lenguaje incomprensible de la rebelión académica”. Fue dueño, sin embargo, de una mente extraordinariamente independiente, que en las décadas de 1960 y 1970 lo acabaría separando de la orientación política que predominaba en sus orígenes.

Es precisamente de ese proceso que surgen los libros en que anticipa y desmenuza problemas fundamentales de la cultura política contemporánea, entre ellos La cultura del narcicismo (1979) y La rebelión de las élites (1996). Fue en esta última obra que subrayó la inaudita desconexión en que viven las élites contemporáneas, cuya visión de mundo sería “esencialmente la de un turista”. En ese célebre ensayo, publicado a fines del siglo XX, vuelve sobre el famoso texto de Ortega y Gasset. Para el pensador español, la rebelión de las masas residía en que estas se resistían a todo ideal exigente, se negaban a toda dirección y tenían un culto casi religioso en torno al propio cuerpo y al propio bienestar. Según el lacónico comentario de Lasch, sin embargo, “estos hábitos mentales son hoy más característicos de los niveles superiores de la sociedad”.

La mirada de Lasch recaía ante todo sobre los efectos políticos de esta transformación de las élites, mayoritariamente ciegas a las desigualdades ancestrales que amenazan con volver a establecerse. Apunta que, incluso cuando una élite adquiere conciencia de que hay problemas, ella se caracteriza por la fe en que estos se verán superados con el lenguaje correcto: con derechos, diversidad y compasión.

Como es natural, estos singulares rasgos, que lo habían alejado de su trasfondo biográfico en la izquierda, le dieron también a Lasch independencia respecto de la derecha de su época. “La defensa de los valores conservadores ya no puede ser confiada a los conservadores”, concluye en un ensayo de 1990. La razón para esta desconfianza se encuentra en las extrañas alianzas que la mentalidad conservadora había forjado con la fe en el progreso, la ideología dominante de la modernidad. Después de todo, un conservadurismo que absorbe ideales de crecimiento ilimitado y que no cree en la educación del insaciable apetito humano no puede sino acabar traicionando la conciencia de los límites que está en su propia base. En su penúltima obra, The True and Only Heaven (1991), levanta precisamente la pregunta por las formas en que esta creencia en el progreso ha logrado subsistir a pesar de toda la evidencia que las tragedias del siglo XX montaron en su contra. Si algo confirman los escritos de Lasch, en cualquier caso, es que la más lúcida crítica cultural nace precisamente de la conciencia de los límites.