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Olimpo: Andrés Bello
Venezolano de sangre y chileno por adopción, Andrés Bello es sin duda uno de los personajes más importantes de nuestra república. Se paseó con comodidad entre la literatura, la lingüística, el derecho, la educación y la historia. Bello fue un codificador, un apasionado por el orden, un educador, un gramócrata. Jugó todos esos roles, aunque se trata de un personaje que rehúye las etiquetas. Su obra, múltiple, trasciende lo escrito; los frutos de esta también perviven en las instituciones y en un modo de pensar.
Bello fue funcionario del imperio español durante los últimos años de los Borbones, antes del derrumbe colonial, lo que marcó a fuego su biografía. Vio luego cómo el fin de ese orden daba paso a las guerras de independencia, generando inestabilidad social y crisis política. La temprana amistad que sostuvo con Simón Bolívar, de quien fue tutor, lo llevó a seguir los acontecimientos continentales muy de cerca. Sin embargo, terminó distanciándose de una revolución que buscaba cambiarlo todo e imponer un orden radicalmente nuevo. Tuvo un profundo conocimiento de la historia de Occidente y de las fuentes de la cultura grecolatina, lo que le permitió observar la historia no solo desde las rupturas, sino también desde las continuidades.
Llegó a Chile en 1830, luego de un largo exilio en Londres, ciudad crucial en su biografía. Allí se casó y tuvo descendencia, allí enviudó y se volvió a casar, allí perdió amistades y un hijo (tuvo quince, pero pocos alcanzarían la adultez), allí soportó también penurias económicas. Su cercanía con distintos grupos de latinoamericanos londinenses le brindó, por medio de Mariano Egaña, la oportunidad para venir a Chile y trabajar en la construcción de esta joven república de fin de mundo. Aquí forjó amistades, influyó en los poderosos y tuvo múltiples trabajos, que le valieron la enorme influencia y reconocimiento de los que gozó en vida. Se granjeó, también, enemigos. La famosa polémica con Lastarria ilustra con claridad un rasgo central de su carácter: confrontado a los afanes ilustrados y refundacionales de algunos pensadores, Bello no se rinde ante un aparente avance incondicional de la historia. Por el contrario, prefiere adecuarse poco a poco a las circunstancias, valorando siempre aquello que pueda quedar atrás.
La amplitud y relevancia de su trabajo, que le valió en 1832 la nacionalidad chilena, tiene pocos puntos de comparación. Trabajó incansablemente para poner en pie instituciones que, con plena conciencia de su contexto histórico —un país que se independizaba luego de tres siglos bajo la corona española—, pudieran generar estabilidad y progreso para el futuro. La Universidad de Chile, el Código Civil y la Gramática de la Lengua Castellana para uso de los americanos son obras que, bajo la impronta de este intelectual, echaron raíces en Chile y se exportaron a las otras nacientes repúblicas hispanoamericanas. Aunque muchas veces se ha querido leer a Bello como un conservador, sería más indicado describirlo como un reformista, como alguien que prefería los cambios graduales a los movimientos radicales. La apertura que demostró hacia el uso de la ortografía o su optimismo frente al progreso que la técnica introduce a la agronomía hablan de un hombre que siempre fijó la mirada en el futuro, sin nunca perder de vista los elementos valiosos de la tradición.
La fama de Bello ha tenido un efecto paradójico. Calles y estatuas que honran su figura no se traducen en un conocimiento demasiado profundo o extendido de su obra y biografía. El interés en Bello ha tenido altos y bajos; hoy en día, con la reedición de antologías (Repertorio americano) o con nuevas y magníficas interpretaciones de su trabajo (Andrés Bello. Libertad, imperio, estilo, de Joaquín Trujillo), pareciera que la marea vuelve a subir. En un momento convulsionado, bien vale volver sobre la figura de este venezolano que, siempre con un pie en la historia y el pasado, supo abrirse ante lo que deparaba el futuro.

