Olimpo: Albert Camus

Camus participó activamente en la prensa de la época, principalmente en Combat, diario de la Resistencia del que llegó a ser redactor jefe y editorialista. Pero fue la publicación de su primera novela, El extranjero (1942), el hito que consolidó su nombre. En medio de una realidad devastada, su voz fue un faro: en ella fue posible encontrar una fuerza inédita para enfrentar el caos que sobrevino a la guerra y un impulso para cuestionar la sociedad que emergía de sus cenizas.

septiembre del 2022
Olimpo: Albert Camus

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“Aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos”, sostiene Albert Camus en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1957. A sus ojos, todo escritor debe ir y volver hacia los demás, como un péndulo, sin jamás desprenderse de la comunidad en la que se ha forjado. Su voz ha de estar siempre al servicio de quienes padecen en silencio, y su vocación solo cobra verdadero sentido cuando acepta las dos tareas que la hacen grande: la verdad y la libertad.

Nacido en Argelia en 1913 en el seno de una familia de colonos franceses, creció en uno de los barrios más pobres de Argel. Su padre, muerto en la Primera Guerra Mundial, lo dejó poco antes de cumplir un año, y su madre, analfabeta, no pudo proveer una educación tradicional. Su paso por los liceos, bajo la tutela de sus profesores Louis Germain y Jean Grenier, fue central en su formación. Relatada maravillosamente en su novela póstuma El primer hombre (1994), la experiencia imprimió en el joven no solo el gusto por la filosofía —especialmente por Nietzsche—, sino también un rasgo que atravesará toda su obra: la gratitud. Tras experimentar en carne propia lo que es no tener un lugar en el mundo, Camus rescata en clave autobiográfica la importancia de los lazos humanos y de la atención desinteresada por otros, ambos contenidos magistralmente en el vínculo educativo. En sus propias palabras, en la clase del señor Germain “se los juzgaba dignos de descubrir el mundo”.

Novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista, Camus participó activamente en la prensa de la época, principalmente en Combat, diario de la Resistencia del que llegó a ser redactor jefe y editorialista. Pero fue la publicación de su primera novela, El extranjero (1942), el hito que consolidó su nombre. En medio de una realidad devastada, su voz fue un faro: en ella fue posible encontrar una fuerza inédita para enfrentar el caos que sobrevino a la guerra y un impulso para cuestionar la sociedad que emergía de sus cenizas.

“La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, un mal sueño que tiene que pasar”, apunta el narrador de La peste (1947). Leída comúnmente como una metáfora de la ocupación nazi en Francia, la novela cuenta la historia de una comunidad golpeada por la enfermedad en pleno siglo XX. Junto al Mito de Sísifo (1942), La peste ofrece al lector un potente relato existencialista, corriente de la que Camus es uno de sus más notables exponentes. Sin un Dios al que recurrir, el hombre enfrenta la oscuridad que define a la condición humana, aunque con la esperanza de dar a la vida un sentido que ni siquiera la muerte podrá arrancarle.

Camus nunca se sintió atado a un grupo ni a una ideología. En la escena intelectual francesa de la posguerra siempre se distinguió por su libertad. Quizás el mayor ejemplo de esto sea su ruptura con Sartre, quien no le perdonó su dura crítica a los socialismos reales, formulada en El hombre rebelde (1951). Mientras Sartre acogía la violencia como un medio para lograr cambios, Camus la repudiaba, sin importar su origen. Para este último, la verdad no era de derechas ni izquierdas, sino un patrimonio de la sociedad que merecía ser cuidado y defendido a toda costa. En ese mismo espíritu, siempre estuvo dispuesto a discutir y escuchar: incluso del error se aprende.

Sus detractores no fueron pocos, ya que jamás transó en algo crucial: los medios informan, no bastan las buenas intenciones. “En estos momentos están poniendo bombas en los tranvías de Argel. Mi madre puede estar en uno de esos tranvías. Si la justicia es eso, elijo a mi madre”, dijo a raíz de los atentados terroristas de independentistas algerinos. En su obra Los justos (1949), Camus se pregunta precisamente por la legitimidad del asesinato de un inocente cuando se persigue una causa noble. Para él no había dudas: eso no era posible. La justicia, para ser real, debe ser concreta. De lo contrario pierde todo valor.

Antes de viajar a Suecia para recibir el Premio Nobel, Camus pidió a los padres de Simone Weil poder pasar un rato a solas en la habitación de la filósofa. Aun cuando no compartía con ella sus creencias religiosas, es posible reconocer en ambos una fuerte apuesta por el ser humano, además de la añoranza por lo absoluto. Tres años después, la muerte le llegaría de manera temprana a causa de un accidente automovilístico. Junto al manuscrito de El primer hombre, se encontraría en el automóvil un ejemplar de El hombre y lo divino, de María Zambrano.