Olimpo: Simón Bolivar

"Bolívar consideraba que una América liberada caería desde lo alto si no lograba afianzarse en su autonomía, para la cual no creía que estuviera preparada. La falta de educación, las rencillas internas, la escasa experiencia para el autogobierno y la inestabilidad latente eran algunas de las amenazas para su proyecto libertador; no solo para Venezuela, sino para toda América Latina. Él mismo, en ese momento, padecía la fragilidad y múltiples contradicciones que sostenían el sueño revolucionario".

Olimpo: Simón Bolivar
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Por María Josefina Poblete

“La historia del mundo no es más que la biografía de los grandes hombres”, escribió con su pluma decimonónica el historiador escocés Thomas Carlyle, desatando, probablemente, gran alboroto a la hora de definir quiénes merecían subir a ese ilustre podio. Pero si existe algo así como el “Gran hombre”, el mismo Carlyle dejó en claro que de las entrañas de Latinoamérica había nacido un candidato que no tenía nada que envidiarle ni al propio Aníbal: “Si este no es un Ulises, Politlas y Polimeto, ¿quién habría de serlo?”, se pregunta reverencialmente ante Simón Bolívar, el “Washington de Colombia”. El Libertador.

Como siempre, el tiempo no ha hecho más que reforzar el mito. Más aún cuando el venezolano hubo de padecer, en medio de su gesta independentista, un destierro que muchos han equiparado al de Napoleón. Dolido, escribe Bolívar desde su exilio en Kingston, en 1815: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”. Con treinta y dos años, plasmaba en su “Carta de Jamaica” su visión para una tierra cuyos problemas, advertía, no terminarían con el logro de la anhelada independencia. Como Ícaro, cuyas alas de cera se derritieron al acercarse al sol, Bolívar consideraba que una América liberada caería desde lo alto si no lograba afianzarse en su autonomía, para la cual no creía que estuviera preparada. La falta de educación, las rencillas internas, la escasa experiencia para el autogobierno y la inestabilidad latente eran algunas de las amenazas para su proyecto libertador; no solo para Venezuela, sino para toda América Latina. Él mismo, en ese momento, padecía la fragilidad y múltiples contradicciones que sostenían el sueño revolucionario.

De voluntad indomable, se ha dicho de Bolívar que nació para gobernar y no para recibir órdenes. Llegó al mundo en 1783 y, en menos de diez años, ya era huérfano y heredero de una inmensa fortuna, como descendiente de la más alta aristocracia criolla venezolana. Según se cuenta en su biografía más reciente, creció como un niño “ingobernable”, por lo que, tras pasar por la Academia Militar, fue enviado a Madrid, donde se codeará con la élite cortesana. Allí conocerá a quien será su mujer, María Teresa Rodríguez del Toro. La pareja se instalará en Caracas, pero la joven esposa morirá de fiebre amarilla en 1802, solo ocho meses después de celebrado el matrimonio.

Sus biógrafos han sindicado la tragedia como un factor determinante en su obsesión con la independencia, ideal al que se volcó completamente y en el que depositó toda su energía. “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”, habría exclamado diez años después, ya convertido en coronel, tras el terremoto que azotó a Venezuela en plena guerra contra España. Por esos días recién se instalaba una frágil Primera República, bajo un orden político vulnerable y sumido en interminables disputas de poder. Además de las enormes pérdidas materiales que siguieron al desastre, el coronel vio emerger ese día (¡un Jueves Santo!) un nuevo enemigo: el miedo popular a haber sido castigados por dar curso a la causa revolucionaria. Pero el mítico Bolívar no le temía ni siquiera a la muerte. Una vida sin gloria, ese sí era castigo. Para ella se sabía predestinado.

“No hay fuerza comparable a la del hombre que tiene confianza en su destino y cuenta con el triunfo, por tardío y difícil que este pueda ser”, escribe sobre Bolívar en 1884 el historiador colombiano José María Samper. En su genio, explica, residía su fuerza: no creía en la ciencia, pero sí creía en sí mismo; no comprendía bien la democracia ni las instituciones “preconizadas por los filósofos de la revolución”, pero amaba la gloria de la independencia y la lucha que conducía a esa meta. Y ese deseo trascendía la emancipación de España. Lector de clásicos y célebre por su pluma rápida e incisiva, soñaba con la unidad latinoamericana, lo que vio brevemente materializado en la “Gran Colombia”: la unión, entre 1819 y 1831, de los territorios que actualmente comprenden Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá.

“No se habitan impunemente las grandes alturas (…) al borde de cada cima deslumbradora está un abismo que fascina y atrae”, reconoce también Samper, en medio de su elegía al Libertador (y solicita disculpar, dadas sus incontables virtudes, sus “arrebatos dictatoriales”). Ya experimentado en la fragilidad de las nuevas repúblicas y quizás algo embriagado de poder, Bolívar promovió para su Gran Colombia —y luego en la Constitución de Bolivia— un ejecutivo fuerte, tensionado entre el ideal republicano y su determinación por domesticar el caos. De ahí su particular relación con la democracia: una mezcla de amor y desconfianza permanente (“Atenas la primera nos da el ejemplo más brillante de una democracia absoluta, y al instante la misma Atenas nos ofrece el ejemplo más melancólico de la extrema debilidad de esta especie de gobierno”, escribirá).

Terminó su vida en Santa Marta, Colombia, retirado de la vida pública y consumido por la frustración. Murió sintiéndose incomprendido, aunque sin rencor, según se ha escrito. Y así, el caudillo sellaba también su destino romántico.

Figura omnipresente en cada rincón de Venezuela, desde hace un tiempo ya que Bolívar, distorsionado más allá del límite, es héroe, santo o dios para todas las causas. De patriota americano a marioneta de la propaganda, se modelaron a conveniencia sus virtudes y faltas. Y, de paso, se despojó también de su héroe a toda Venezuela.