Olimpo — Jean Bethke Elshtain

"Luego de la publicación de su primer libro, se le acusó de ser una autora demasiado religiosa, pues representaba un tipo de feminismo que, si bien implicaba revisar de modo profundo la relación entre hombres y mujeres, no culpaba a la tradición cristiana por los problemas en ese plano. Dicha denuncia tomó por sorpresa a Elshtain, que hasta ese momento era más bien agnóstica, y la hizo volver sobre su luteranismo de origen, en el que permaneció hasta convertirse al catolicismo en los últimos años de su vida".

marzo del 2021
Olimpo — Jean Bethke Elshtain

[Contenido liberado. Suscríbete a Punto y Coma para acceder a la revista completa y a contenido exclusivo del IES]


Con la publicación, en 1981, de Public Man, Private Woman, la filósofa Jean Bethke Elshtain se convirtió en una de las primeras intelectuales conservadoras en tematizar la usual contraposición del hombre como figura pública y la mujer como privada. Ante dicha separación, paradójicamente agudizada en el mundo moderno según Elshtain, la autora subrayaba la necesidad de contemplar ambos lados de nuestra vida como dimensiones de un mundo social compartido. Se trata de un núcleo de problemas que la acompañaría de por vida, como puede verse en la biografía de Jane Addams, la activista y Premio Nobel de la Paz, que Elshtain publicaría el año 2002.

Elshtain nació en Windsor, Colorado, en 1941. Realizó sus estudios en distintas instituciones de dicho Estado, proceso que finaliza con su doctorado en la Universidad de Brandeis. Una destacada trayectoria académica —que desde 1995 desempeñó en la Universidad de Chicago— la convirtió en una de las más reconocidas intelectuales públicas de Estados Unidos. Como dijera Francis Fukuyama, pocas personas tenían la habilidad de Elshtain (fallecida en 2013) para lograr que la consideración teórica y la preocupación cotidiana se iluminaran recíprocamente.

Luego de la publicación de su primer libro, se le acusó de ser una autora demasiado religiosa, pues representaba un tipo de feminismo que, si bien implicaba revisar de modo profundo la relación entre hombres y mujeres, no culpaba a la tradición cristiana por los problemas en ese plano. Dicha denuncia tomó por sorpresa a Elshtain, que hasta ese momento era más bien agnóstica, y la hizo volver sobre su luteranismo de origen, en el que permaneció hasta convertirse al catolicismo en los últimos años de su vida. Pero fue esta encrucijada, también, la que orientó su mirada hacia las preguntas básicas sobre el cruce entre el pensamiento religioso y el político.

Entre los múltiples libros que surgen de dicho vuelco cabe destacar Sovereignty (2008), el resultado de las conferencias Gifford que dictó el año 2005. Ahí presenta una visión panorámica de cómo una trastocada idea de soberanía divina —separada de los restantes atributos divinos— se volvió el modelo tanto de la soberanía estatal como de la posterior irrupción de la soberanía individual. La obra refleja de un modo enérgico su convicción de que las patologías contemporáneas pueden verse iluminadas por una amplia mirada a la historia de las ideas. Pero en ese mismo pasado sabía encontrar también luz para el presente, como de modo ejemplar puede verse en su Augustine and the Limits of Politics (1995). Ese mismo año publicaría Democracy on Trial, una obra sobre la crisis de la democracia que ya entonces advertía el surgimiento de una cultura victimista, el desprecio por el debido proceso y el paternalismo que renuncia a tratar a todos los ciudadanos como responsables. Se trata de una reflexión de honda vigencia para nuestra propia crisis.

El año 2005, recordando las primeras críticas que recibió por su resistencia a plegarse a un feminismo más radical, la filósofa pronuncia unas palabras que captan bien la orientación de toda su obra: “yo pensaba en todos esos hombres y mujeres anónimos que intentaban llevar vidas decentes, cumplir con sus familias y sus comunidades, vivir con alguna dignidad, y que en ese esfuerzo eran sostenidos por su fe”. Frente a un mundo académico muchas veces alienado de la vida ordinaria, Elshtain siempre procuró el reconocimiento de esas virtudes comunes que sustentan la vida democrática.