Por Alejandro Valenzuela Aldridge
Escribo esta brevísima reflexión estimulado por la lectura de Paisajes en movimiento. Literatura y cambio cultural entre dos siglos, el libro más reciente del poeta, editor y crítico literario venezolano Gustavo Guerrero. Lo que viene a continuación se ubica a medio camino entre la reseña y la glosa; se trata, si se quiere, de una suerte de diálogo crítico que sostengo tanto con las ideas de Guerrero (y otros autores tan dispuestos como él a descubrir la figura y la textura de nuestro presente) como conmigo mismo.
El cambio cultural al que hace referencia el subtítulo del libro marca el tránsito gradual desde el imaginario internacional que predominó durante la época moderna (entre nosotros, desde el modernismo hasta el Boom) hacia la instalación de un nuevo tipo de imaginario asociado a la transnacionalización global. Como sugiere Josefina Ludmer, si el salto modernizador de fines del siglo XIX posibilitó el surgimiento de nuestra modernidad literaria (José Martí, Rubén Darío, etc.), el salto de fines del siglo XX, es decir, nuestro propio “fin de siglo”, habría de clausurar ese período e inaugurar el tiempo contemporáneo y, junto a él, un nuevo tipo de literatura. Es en ese punto-bisagra o parteaguas donde el ensayo de Guerrero, lúcidamente, se sitúa [1]. En concreto, lo que el libro se propone es restituir los debates que durante los noventa expresaron con claridad la conciencia de este tránsito, organizándolos bajo la forma de tres tipos de paisaje que son también, como dice Guerrero, tres “narrativas del cambio”. Tres narrativas diferenciadas, pero profundamente conectadas entre sí; tres vistas parciales cuyo funcionamiento conjunto acaso vuelva posible asir el horizonte común de transformaciones del cual, por cuenta propia, cada una de ellas participa.
La primera narrativa del cambio presentada por Guerrero pretende seguir la pista de la “transformación profunda en nuestra experiencia del tiempo y en nuestra propia historicidad” [2] que resultó del progresivo agotamiento de la lógica temporal de la modernidad (“el ocaso del futuro” lo llamó en su momento Octavio Paz, quien sin duda fuera uno de los primeros en detectar el cambio) y su reemplazo por un nuevo régimen de historicidad organizado en torno a un “presente absoluto”. La aceleración histórica que el horizonte contemporáneo trajo consigo alcanzó por aquellos años tal grado de intensidad que parece haber hecho que el tiempo, como escribe Paul Virilio, se contraiga en un instante omnipresente. Si el relevo generacional que va marcando el ritmo de los cambios históricos estuvo ligado durante la modernidad al tiempo humano (piénsese en los esquemas generacionales que, a mediados del siglo pasado, fueron ampliamente utilizados para organizar nuestra historia literaria), a partir de los noventa esa medida humana retrocede ante la instalación de una nueva lógica temporal que pareciera delegarle a las generaciones tecnológicas (el recambio cada vez más rápido de dispositivos, sistemas operativos, etc.) la conducción del ritmo histórico. “La impresión de vivir en un período de frenética velocidad — anota Guerrero— forma parte de las principales experiencias que moldean las subjetividades y configuran los imaginarios de una era presentista”. [3] Esta nueva condición temporal no podía sino trastornar las ideas que los escritores se habían hecho sobre la literatura durante la modernidad. ¿Cómo escribir en medio de un presente absoluto donde los principios de continuidad (pasado) y ruptura (futuro), los dos polos de la dialéctica que posibilitó el desarrollo explosivo de la literatura en el período moderno, ya no tienen la gravitación que alguna vez tuvieron? Las respuestas que la literatura de los noventa ensayó ante esta nueva condición, nos dice Guerrero, fueron a menudo tan variadas como desesperadas (desde las poéticas de la inmediatez hasta las estéticas de la repetición).
Es la preeminencia de este nuevo régimen de historicidad lo que quisiera aquí subrayar al referirme a nuestra época, la de la transnacionalización global, como el “tiempo contemporáneo” —en oposición, por ejemplo, a la conceptualización más habitual de “posmoderno”—. El filósofo inglés Peter Osborne, quien ha escrito algunas de las mejores líneas sobre este asunto, establece la distinción entre ambos regímenes temporales sobre la base de que “si la modernidad proyecta un presente en permanente transición, que no cesa de rebasarse a sí mismo, lo contemporáneo fija o envuelve esa transitoriedad dentro de la duración de una conjunción o, en el límite, de la estasis del momento presente”. [4] Esta contradictoria descripción de un acelerado ritmo de cambios (transitoriedad) desplegado sobre una permanencia (la estasis del presente) da cuenta de la singularisima experiencia temporal a la que hemos estado enfrentados quienes, desde hace tres o cuatro décadas, vivimos en el tiempo de la globalización. Como explica Osborne, la lógica de lo contemporáneo no implica simplemente una reunión “en” el tiempo, sino el encuentro “de” los diferentes tiempos sobre un presente compartido que, en lugar de subsumirlos o totalizarlos, produce la figura temporal inédita de una “unidad disyuntiva”. [5]
El célebre filósofo coreano Byung-Chul Han, otro lúcido comentarista de nuestros días, ha señalado en una línea coincidente con la de Osborne (y la de Guerrero) que nuestra experiencia del tiempo estaría fundamentalmente determinada por la instauración de un “hiperpresente”, que no sería en realidad otra cosa que la esencia misma de la globalización. Este hiperpresente, nos dice, funciona con arreglo a la “lógica del y”: no como un encuentro antagónico o dialógico entre los tiempos (el drama moderno de la identidad y la diferencia), sino como una conjunción de carácter adialéctico (y…y…y…) que produciría redes temporales abiertas, de yuxtaposición diferencial (temporalidad contemporánea). [6] Es lo que Han (casi del mismo modo que Osborne) llama “disyunción inclusiva”.
El segundo paisaje propuesto por la escenificación crítica de Guerrero está centrado en el protagonismo que el mercado asumió tras la instauración de la transnacionalización global, particularmente en relación a la esfera de la cultura que, hasta entonces, había logrado conservar su autonomía. Esta preeminencia del mercado volvió históricamente obsoleta la soberanía especular que la literatura y el Estado sostuvieron en el seno de las sociedades modernas. [7] No es difícil constatar esto último en el ámbito de la historia del ensayo literario moderno de Hispanoamérica. Desde el modernismo en adelante (piénsese en los ensayos de Martí o Rodó), la identidad social del género ha sido medularmente construida en base a su interpelación al Estado. Desde este punto de vista, el nuevo protagonismo del mercado (en detrimento del Estado) gatilló una profunda crisis en el posicionamiento de la literatura dentro de nuestras sociedades.
Como puede apreciarse en el recuento que hace Guerrero de las transformaciones que sacudieron el campo editorial latinoamericano de los noventa (el desembarco de las grandes transnacionales de la edición, el retroceso de las editoriales culturales, el reordenamiento de los géneros literarios desde una perspectiva de mercado, etc.), la autoridad detentada otrora por la literatura pierde rápidamente terreno y efectividad al verse inserta en un nuevo medio cultural donde ni la literatura ni los libros ocupan una posición hegemónica y donde los escritores se revelan incapaces de cumplir las tareas que el letrado moderno había venido desempeñado hasta hace algunos años. Resulta a todas luces evidente que la influyente defensa del espíritu que el uruguayo José Enrique Rodó esgrimiera en su Ariel ante el avance de la ramplona burguesía del salto modernizador del otro fin de siglo no pareciera estar ya disponible, como lugar de enunciación, en el nuestro.
En este contexto, nos dice Guerrero, “lo que se plantea no es ya, como en tiempos de Rubén Darío, el problema del lugar marginal o excéntrico del oficio y la escritura poética en nuestras sociedades [excentricidad que, dicho sea de paso, constituye el origen mismo del prestigio social de la literatura moderna]; lo que se plantea es la supervivencia misma de ese no-lugar como un posición culturalmente significativa e incluso necesaria tras la mengua del valor del futuro”. [8] Ésta es, sin lugar a dudas, una de las consecuencias de la transnacionalización global que más fuertemente impactará a la nueva escritura literaria: la imposibilidad de seguir remitiéndose a ese afuera privilegiado en función del cual ésta construyó en el pasado su posición crítica y su autoridad discursiva. En otras palabras, el nuevo horizonte histórico obligó a la literatura a reevaluar desde la raíz aquel perfil crítico que, desde la irrupción del romanticismo (para el caso europeo) o del modernismo (para el nuestro), estuvo a la base de la elaboración de su identidad social.
Los noventa —nos explica la tercera narrativa del cambio de Guerrero— vieron también el desplome “de un concepto y de un cierto modo de sentir colectivo que habían garantizado la cohesión y las dinámicas comunitarias durante casi doscientos años” [9]: el referente de la nación. Como se sabe, el concepto de nación funcionó en las sociedades modernas como el lugar simbólico predilecto para tramitar la negociación crítica de las relaciones entre lo local y lo universal (siendo el nacionalismo y el cosmopolitismo dos soluciones posibles, aunque reduccionistas, de este dilema). A su vez, la literatura fue un actor particularmente relevante en este plano, al conseguir animar una y otra vez la tensión dialéctica entre lo propio y lo extranjero que mantuvo en movimiento constante la marcha histórica de la nación. Esta construcción colectiva del sustrato cultural de la nación fue uno de los ejes de los programas de modernización desarrollista o modernización autónoma que ocuparon un lugar tan central para nuestras sociedades hasta su declive gradual y posterior quiebra en la década del ochenta.
Pero no solo las transformaciones políticas, sociales y económicas vinculadas a la transnacionalización global produjeron a fines del siglo XX una completa reconfiguración de la función e idea heredadas de la nación, sino que esta —como ampliamente demuestra el libro de Guerrero— cayó también por entonces bajo “sospecha teórica”. Las más diversas voces emprendieron en ese nuevo contexto una auténtica deconstrucción del concepto de nación, partiendo de la premisa de que éste “es un producto discursivo, ideológico e históricamente asociado al poder y sus imaginarios”. [10] Estudios de crítica literaria y cultural como los de Roger Bartra, Doris Sommer y Ángel Rama son especialmente representativos del espíritu de ese momento.
Por lo demás, es difícil no reconocer que la temporalidad propia de la nación (ese denso contrato entre la tradición y la modernidad) resulta a esas alturas demasiado lenta para las nuevas dinámicas de producción de identidades que empezarían a darse en el ámbito abierto por la globalización. La identidad nacional cede en los noventa ante una pluralidad de nuevas identificaciones y territorios alternativos (imaginarios subalternos, globales, nómadas, etc.), apuestas cuya principal diferencia frente al referente nacional probablemente resida en su carácter inherentemente frágil y en su correlativa incapacidad de ofrecer esa “garantía de cohesión y continuidad” que la nación parecía estar mucho mejor preparada para ofrecer. Este cambio en la lógica de las identificaciones culturales es lo que Terry Eagleton, hace algunos años, describió como el fin de la cultura en cuanto espacio de reconciliación social. [11]
En último término, si la cuestión de la nación implica la cuestión del lugar, hemos de tener en mente que “la globalización de hoy es más que un intercambio entre lugares diferentes. El hecho de que determinadas formas culturales de un lugar migren hacia otro o que un lugar influya culturalmente en otro no hacen a la globalización. La globalización de hoy transforma el lugar como tal. Lo desinterioriza, le quita esa ‘punta’ que le brinda a un lugar una interioridad”. [12]
[1] Josefina El Coloquio de Yale: máquinas de leer “fin de siglo””, en Las culturas de fin de siglo en América Latina (Rosario: Beatriz Viterbo, 1994).
[2] Gustavo Guerrero, Paisajes en movimiento. Literatura y cambio cultural entre dos siglos (Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2018), 23
[3] Ibid. 46.
[4] Peter Osborne, Anywhere or Not At All. Philosophy of Contemporary Art (Londres-Nueva York: Verso, 2013), 24. Traducción propia.
[5] Ibid., 17
[6] Byung-Chul Han, Hiperculturalidad: Cultura y globalización (Barcelona: Herder, 2018), 47.
[7] Brett Levinson, The Ends of Literature. The Latin American “Boom” in the Neoliberal Marketplace (Stanford: Stanford University Press, 2001), 3
[8] Guerrero, Paisajes en movimiento, 31.
[9] Ibid., 134
[10] Ibid., 139.
[11] Terry Eagleton, Cultura (Barcelona: Taurus, 2017).
[12] Han, Hiperculturalidad, 54.

.png&w=1080&q=75)