Lewis y Orwell: dos escritores en busca de la claridad

En medio de sus profundas diferencias, se trata de autores que comparten una preocupación fundamental por los perversos proyectos totalitarios de cualquier signo, atentos a la crítica a la dominación de otros mediante la dominación de la naturaleza, y preocupados por la manipulación y corrupción del lenguaje como un capítulo fundamental de estos procesos.

Lewis y Orwell: dos escritores en busca de la claridad

[Contenido liberado. Suscríbete a Punto y Coma para acceder a la revista completa y a contenido exclusivo del IES]

 

En marzo de 2023 se hizo público que el gobierno británico tenía en la mira a un singular grupo: autores fallecidos, películas, libros y documentales, todos estaban siendo evaluados en el marco de la agenda antiterrorista. La Unidad de Investigación, Información y Comunicaciones, de Prevent, una subsección de Contest —la agencia de contraterrorismo del Reino Unido—, había elaborado una lista de obras que, según juzgaban, pueden contribuir a la radicalización de la juventud[1]. Al escuchar esta jerga burocrática nos introducimos de lleno en el mundo de Lewis y Orwell, dos escritores célebres por sus obras de ciencia ficción y fantasía, pero que nunca dejaron de observar con preocupación el crecimiento de un Estado intrusivo. Lewis mismo imaginaba el infierno como la burocracia de un estado policial o una gran corporación, en la que cada uno está preocupado por el progreso de su carrera y su dignidad.

No sé si ese es el ambiente que se vive en Prevent. Pero lo que me interesa aquí es el singular hecho de que entre las obras que dicha agencia catalogó por su potencial radicalizador se encuentran las de Tolkien, Joseph Conrad, Aldous Huxley, C. S. Lewis y George Orwell. Este último sería tal vez el menos sorprendido de estar allí. Su célebre 1984 no solo goza de merecida fama por anticipar este tipo de fenómenos. Dicha obra termina con un apéndice sobre la neolengua —la jerga del régimen, conocida ya por el lector de la novela— y en dicho apéndice señala que ninguna obra escrita antes de 1960 podría ser traducida a este idioma del futuro. Si la apuesta de Orwell iba en serio, naturalmente vaticinaba con ello su propia censura.

Pero como fuere que piense sobre Lewis y Orwell la burocracia antiterrorista contemporánea, aquí nos guía una pregunta distinta. ¿Qué pensaban ellos el uno del otro? En agosto de 1945, George Orwell publicó una reseña de Esa fuerza maligna, la novela con que C. S. Lewis cierra su trilogía cósmica, y que él mismo presenta como versión literaria de La abolición del hombre, el célebre libro de 1943 donde anticipa muchos de los sueños contemporáneos de dominación y transformación tecnológica del ser humano. Un año antes, Orwell había reseñado, de modo bastante más crítico, la primera parte de lo que pronto sería mero cristianismo. Ahí advertía a sus lectores sobre el “exagerado aprecio” del que Lewis estaba siendo objeto: “Desde hace sesenta años”, nota Orwell, hay en Inglaterra una exitosa apologética cristiana a nivel popular, y describe la afiliación política de estos apologetas como “invariablemente reaccionaria”. Sobre Lewis mismo, Orwell escribe que “no es tan apolítico como parece”. Eso es lo que tenemos de la pluma de Orwell sobre Lewis, dos textos de 1944 y 1945.

¿Qué ocurre desde el otro lado de la relación? Solo una década después de esas reseñas, y cinco años después de la muerte de Orwell, Lewis escribe un pequeño texto sobre su compatriota. La escasa atención recíproca que parecen prestarse no quita, sin embargo, que haya aquí cuestiones de sumo interés. Aquí tenemos dos vidas que corren en paralelo —Lewis nace cinco años antes y muere trece años después de Orwell—, que están intensamente preocupadas no solo por el presente sino por el destino de la humanidad, que no se cruzan salvo por estas tres interacciones que apenas suman diez páginas en conjunto, y que, sin embargo, siguen hablando a una cantidad enorme de lectores. Contrastan de modo patente en su orientación política, y también en la religiosa. Pero en paralelo a esas diferencias aparecen hondos puntos de contacto.

Quizás el mejor punto de partida sea la relación de Orwell con el cristianismo, ya que este es un ingrediente que el autor de Rebelión en la granja destacó de manera negativa en sus dos reseñas de Lewis. Aunque pidió ser enterrado en una ceremonia anglicana, Orwell tuvo durante su vida más bien un pronunciado rechazo al cristianismo. Pero es un rechazo que va acompañado de genuino interés, de lectura de grandes autores cristianos, e incluso en algunos momentos de cierta participación religiosa activa que a la vez guarda la distancia. Tal vez puede decirse que su distancia respecto del cristianismo es parte de un rechazo orwelliano a todas las ortodoxias de su tiempo. En todo caso, lo fundamental, como ha subrayado D. J. Taylor, su más reciente biógrafo, es el hecho de que no veía qué podría reemplazar al cristianismo como fuerza dominante en la cultura[2]. No hay nada de optimismo ingenuo respecto de su reemplazo. Puede decirse que Orwell está buscando algún tipo de moralidad secular que pueda cumplir esa función, pero es una búsqueda escéptica: confía en los recursos del hombre común y corriente, en la decencia común, pero es muy desconfiado de las visiones de mundo que hoy pretenden guiar a ese hombre. Ante esto se podría responder que no siempre mantuvo ese escepticismo respecto del socialismo; parece haber aquí una ortodoxia en la que confía. Pero su confianza —al menos la confianza militante— fue de corta duración. En Orwell hay interés permanente por los márgenes de la sociedad, pero su interés propiamente político siempre fue menor —en esto último es como Lewis—. La guerra civil en España despertó por un tiempo algo distinto, una genuina preocupación política; pero su participación en ese conflicto le abrirá los ojos a las tensiones internas de la izquierda: sería testigo de la influencia soviética en acción, y sus intuiciones se verían confirmadas con el pacto Ribbentrop-Mólotov de 1939. Así va descubriendo las posibilidades totalitarias del socialismo, que tal vez no sería la alternativa que él había soñado al fascismo. En 1943, mientras Lewis publicaba La abolición del hombre, Orwell ya estaba escribiendo Rebelión en la granja.

¿Cómo habría Lewis de mirar ese libro? Este es el corazón de su breve texto sobre Orwell: lo que le parece la incomparable superioridad de Rebelión en la granja sobre 1984. La reseña de Lewis arranca de su sorpresa frente a la mayor popularidad de 1984, un hecho que le parecía incomprensible. Para Lewis, en esta última las víctimas carecían de estatura y los tiranos eran simplemente odiosos; no había, a fin de cuentas, verdadera tragedia. Con su brevedad, en cambio, Rebelión en la granja lograría todo lo que 1984 pretende decir; una frase como “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros” tendría más mordacidad que todo 1984. En la obra menor, insiste Lewis, el humor y el ingenio se despliegan con efecto devastador. Ambas obras son, para Lewis, textos de un escritor de envergadura, pero solo Rebelión en la granja podría erigirse como un texto clásico capaz de perdurar en el tiempo. Un nuevo mito, como el que ambos autores seguramente dirían que necesitamos.

El problema fundamental de 1984 sería, pues, que hay cosas que sobran. Este punto es digno de notar, ya que Orwell lanza una crítica similar a Esa fuerza maligna. La primera línea de su reseña dice “Como regla general, las novelas son mejores sin milagros”. Cabría notar que no es una molestia cualquiera con lo sobrenatural lo que mueve a Orwell: el punto, para él, es que todo el drama de la lucha contra el mal reside en que no se tiene ayuda sobrenatural en su contra. Esa fuerza maligna, en cambio, presenta una literal intervención divina y angélica en la lucha final contra este mal, un deus ex machina en toda regla. Lewis hubiera preferido 1984 con menos escenas sexuales; Orwell hubiera preferido Esa fuerza maligna con menos milagros. Pero si hacemos a un lado esa crítica cruzada, lo llamativo es el aprecio de Orwell por esta obra. Subrayo esto, porque las pocas voces que se han referido a la relación entre ambos autores tienden a quedarse en la reseña crítica de Mero cristianismo, ignorando el aprecio crítico en la reseña de Esa fuerza maligna, o a veces ignorando la reseña del todo[3]. Se trata de un libro, según se expresa Lewis en una carta, “unánimemente condenado” por sus comentaristas[4]. Tal vez no tuvo acceso a la reseña de Orwell, quien está lejos de emitir un dictamen simplemente condenatorio.

¿Qué clase de novela es esta? Las fuerzas oscuras que habían sido expulsadas en las dos obras anteriores de la trilogía, Más allá del planeta silencioso y Perelandra, se lanzan aquí sobre el planeta tierra mismo, y lo hacen a través de la National Institute for Coordinated Experiments, usualmente designada por el sintagma NICE —es evidente el tono terapéutico—. Además de destacar que este Instituto está alojado en una universidad, cabe notar que, en buena medida, la novela ilustra el drama de un joven académico tironeado entre la tecnocracia transformadora de la NICE y una sabiduría ancestral que se le opone. Sobran las razones para releerla en nuestro momento. Según Orwell, Esa fuerza maligna describe una sociedad en que Toda vida inútil es eliminada, toda fuerza natural es domesticada, la gente común es usada en la esclavitud o en la vivisección por parte de la casta reinante de científicos que ven aquí un modo de autoconferirse inmortalidad. El hombre, en suma, toma por asalto el cielo para derribar a los dioses, o para volverse él mismo un dios[5].

Estas son también las preocupaciones de Orwell. En medio de sus profundas diferencias, se trata de autores que comparten una preocupación fundamental por los perversos proyectos totalitarios de cualquier signo, atentos a la crítica a la dominación de otros mediante la dominación de la naturaleza, y preocupados por la manipulación y corrupción del lenguaje como un capítulo fundamental de estos procesos. “Si no estuviese constantemente introduciéndose lo sobrenatural”, comenta Orwell sobre la obra de Lewis, esta novela “se podría recomendar sin reservas”[6]. Por mucho que se diferencien respecto de los legítimos aliados naturales y sobrenaturales en la lucha contra el mal, no es tanta su diferencia respecto del carácter de ese mal. Escribiendo tras el fin de la guerra, Orwell recuerda a los lectores que no hay nada de improbable en los escenarios descritos en la distopía de Lewis. En Orwell, a su vez, hay una tensión patente entre cierto conservadurismo cultural y su radicalismo político. En esto son con sus ilustraciones del Tao (como llama a la ley natural) en distintas culturas encontrará algo no muy distinto de una “decencia común”: no levantar falso testimonio, anteponer la preocupación por el débil, preferir la muerte antes que hacer algo vil. También eso se encuentra en Esa fuerza maligna: a la NICE se opone no una organización burocrática de signo contrario, sino una alianza de personas muy distintas; hay algún sabio entre ellos, pero los une más la decencia compartida que algún plan deliberado.

Otra dimensión en la que coinciden, como hemos notado, es en su preocupación por el lenguaje. En medio de su crítica mirada a 1984, Lewis describe el apéndice de Orwell sobre la “neolengua” como “magnífico y afortunadamente separable de la novela”[7]. Orwell había descubierto lo terrible que es un mundo dominado por la consigna, el vínculo entre el declive de un idioma y la autocracia. Todo esto sigue siendo de importancia crucial para nuestras propias discusiones sobre propaganda, anticultura y desinformación, y en 1946 Orwell le dio forma célebre a esta preocupación en su ensayo “La política y la lengua inglesa”. Quisiera, antes de terminar, recordar las célebres reglas que entrega ahí para el buen uso del idioma. O al menos algunas de ellas.

 1. Nunca uses una palabra larga donde puedas usar una corta.

2. Si es posible suprimir una palabra, hay que suprimirla.

3. Nunca uses la voz pasiva cuando puedas usar la voz activa.

4. Nunca uses una locución extranjera, una palabra científica o jerga técnica si puedes encontrar un equivalente en el lenguaje cotidiano[8].

 Eso lo escribe en 1946. Diez años más tarde, Lewis se dirigía a otro joven escritor con una serie no muy distinta de reglas, cuya lectura nos recuerda otro de los puntos de contacto entre nuestros dos autores.

 1. Siempre intenta usar el lenguaje que torne más claro lo que quieres decir; vela porque tu frase no pueda significar algo distinto.

2. Prefiere siempre la palabra sencilla y directa antes que la larga y vaga. […]

3. Nunca uses un sustantivo abstracto donde se puede usar uno concreto. Si quieres decir que “murieron más personas”, no digas que “ascendió la mortalidad”[9].

Si algo los une, es su atención a las posibilidades totalitarias de la abstracción y la vaguedad. En respuesta, cada uno con sus acentos, Orwell y Lewis nos transmiten una preocupación sobresaliente por la claridad. Difícilmente puede criticarse a los censores de Prevent por haber detectado ahí algo de subversivo.

 

 [1] “CS Lewis, Tolkien, Orwell among works tagged as triggers for ‘far-right’ extremism by antiterrorism group”, Fox News, 28 de marzo de 2023.

[2] D. J. Taylor, Orwell. A New Life (Londres: Constable, 2023), 12.

[3] La ignora no solo Taylor en la biografía ya citada, sino también un texto como el de Peter J. Schakel, “That ‘Hideous Strength’ in Lewis and Orwell: A Comparison and Contrast,” Mythlore 13, no. 4 (1987): 36–40.

[4] C. S. Lewis Collected Letters. Volume II. Books, Broad- casts, and the War, 1931-1949, ed. Walter Hooper (San Francisco: HarperOne, 2004), 682 y 701

[5] George Orwell, “The Scientists Take Over”, Manchester Evening News, 16 de agosto de 1945.

[6] Ibid.

[7] C.S. Lewis, “George Orwell”, en On Stories and other Essays on Literature (Nueva York: Harcourt Brace, 1982), 101.

[8] George Orwell, “Politics and the English Language”, en Why I Write (Nueva York: Penguin Books — Great Ideas, 2005), 119.

[9] C. S Lewis, Collected Letters. Volume III. Narnia, Cambridge and Joy 1950-1963 (Nueva York: HarperCollins, 2006), 766.