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Por Mariana Canales
El mayor ícono feminista de la crisis de octubre fue la performance de Lastesis, un colectivo integrado por cuatro mujeres de Valparaíso que, a través del arte, busca difundir las tesis de algunas autoras feministas especialmente influyentes. A fines del 2019, en los días de la crisis, el colectivo estrenó la canción que denunciaba la violencia político-sexual[1] y, aunque se enmarcaba en el contexto del estallido social, sus cuestionamientos abarcaban un período más largo de tiempo. El objetivo de llevar el mensaje a todas las mujeres pareció cumplirse. “Un violador en tu camino” y el baile que acompañaba la canción no solo se interpretó por muchas mujeres en Santiago, Valparaíso y otras ciudades chilenas, sino también en lugares como Bogotá, Barcelona o París.
El drama de una realidad
¿Fue sorpresivo su éxito? Sí y no. Las demandas feministas de todo tipo habían alcanzado, hace tiempo, cierta resonancia en la esfera pública, logrando hacer visible distintos niveles y clases de descontento. Si este fue el denominador común de una crisis con múltiples caras, no era extraño que el feminismo encontrara su lugar en ese mar de demandas y manifestaciones. Basta observar la multitudinaria marcha de principios del 2019, en donde cientos de miles de mujeres le mostraron su malestar al país. Sin duda, el feminismo iba a tener algo que decir en el contexto de la crisis de octubre; en cierto sentido, ya lo venía diciendo. Sobre todo, porque una dimensión de la crisis era propiamente material —reclamos por una mayor igualdad en el acceso a prestaciones sociales—, y en esto las mujeres suelen ser las grandes perjudicadas.
Acá no hay ningún misterio. En 2017, el 38,5% de los hogares tenían mujeres como principal fuente de ingreso, y de los hogares chilenos, el 31,1% era liderado por mujeres en soledad. Sin embargo, la participación laboral femenina era de un 48,9% (en comparación al 70% de los hombres) y una de cada cinco mujeres no era parte del mercado laboral por estar a cargo del cuidado de la familia[2]. Sumado a esto, en 2019, el 60% de las pensiones alimenticias no se pagaban (y esto sin contar aquellas que no se demandan)[3]. Desde luego, hay que atender a muchos factores para hacer una lectura completa de los datos anteriores. Los números no son autoexplicativos, pero sirven para ilustrar la precariedad en la que viven muchas mujeres. Lamentablemente, abundan los contextos de poca estabilidad económica, enorme precariedad laboral y pocas perspectivas para un futuro digno.
Pero la canción de Lastesis protesta más allá de lo material. Representa una denuncia a la violencia en contra de la mujer, al maltrato, a las violaciones. Examinar su impacto es necesario, en primer lugar, por la gravedad de la denuncia. Cualquier sociedad saludable y respetuosa de la dignidad humana debe escandalizarse ante el mínimo signo de abuso en contra de cualquiera de sus miembros, independiente de quiénes sean o de dónde provengan. Y, en segundo lugar, porque todo lo que rodea la performance es sintomático de la realidad de nuestra sociedad. Las huellas de la intervención artística no se reducen al mundo del feminismo; más bien, revelan gran parte de las características del Chile que estalló en octubre con manifestaciones pacíficas y violentas. De ahí que sea pertinente examinar e interpretar, en particular, a Lastesis, su canción y sus efectos. En ella se condensan muchos fenómenos superpuestos.
La interpretación de “Un violador en tu camino” es un verdadero espectáculo. La imagen de muchas mujeres juntas —en ocasiones, miles—, perfectamente coordinadas y ordenadas, bailando y cantando al unísono “y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni cómo vestía” no deja de sorprender. Quizás no es solo la puesta en escena lo que llama la atención, ni siquiera la letra entonada, sino la adhesión masiva que suscita.
Una vez más, se hace evidente la extensión de la violencia, muchas veces oculta, en contra de las mujeres. Esa puede ser la razón que explique que la primera reacción de muchos espectadores fuera de emoción y empatía. La semilla del mensaje era innegable. Además, la gran adhesión de la intervención artística y su mensaje no implicó en ningún momento el descontrol de las masas ni actos de violencia física. Siguiendo la tónica de las manifestaciones feministas, no hubo quemas de semáforos, piedrazos ni destrozos. Sin duda, ello contribuyó a reconocer la seriedad en la denuncia.
La violencia a la que se ven expuestas millones de mujeres en Chile es dramática. Los maltratos físicos y sexuales al interior de los hogares son una realidad trágica, cuyas consecuencias alcanzan a mujeres, niñas y, por supuesto, a todo su entorno familiar. Y las heridas que ellos dejan son profundas y difíciles de cicatrizar. Por otro lado, la amenaza constante de abuso en algunos rincones de nuestro país todavía impide que mujeres y niñas puedan caminar tranquilas y a cualquier hora por la calle, como si la libertad fuese solo para algunos. Desde luego, en contextos de alta vulnerabilidad el asunto es todavía más crudo. La pobreza muchas veces pareciera obligar a las mujeres a mantener vínculos de dependencia con el abusador; “¿a dónde voy?” o “¿de qué vivo?” son preguntas inevitables, y suelen referirse también a los hijos. Se produce así un círculo del que es muy difícil salir. En situaciones límite, la desesperación por contar con los medios económicos suficientes para sobrevivir lleva a muchas mujeres a recurrir, como Fantine, el agobiado personaje de Víctor Hugo, a la prostitución. Ahí, las ocasiones de violencia, qué duda cabe, no faltan. Por si fuera poco, los intentos por liberar de culpa a quienes ejercen la violencia, haciéndola recaer en la víctima, oscurecen aún más el panorama. En estas ocasiones no solo las condiciones son especialmente adversas para las mujeres, sino que, además, se las hace responsables de su suerte.
Nadie podía mantenerse ajeno ante la denuncia masiva de una realidad tan trágica y palpable como invisible. Probablemente por motivos como los descritos, la intervención artística conmocionó a muchas personas, incluso a aquellas alejadas del feminismo.
Mirar más allá
El mensaje de Lastesis, sin embargo, es algo más profundo que la sola denuncia de una injusticia, y sus premisas parecen suponer algunas otras realidades que vale la pena observar más de cerca. La necesaria y pertinente condena a la violencia no debería hacernos renunciar a un examen crítico de sus demás implicancias. Ellas dicen mucho de nuestra sociedad.
Sin lugar a duda, las diversas puestas en escena de “Un violador en tu camino” tienen el mérito de su carácter pacífico; en un contexto de violencia recurrente, como lo fue la crisis de octubre, no es una característica que podamos soslayar. En circunstancias en que el desorden público alcanzó tan altos niveles, es bastante loable que las multitudinarias interpretaciones no se transformaran en un escenario de agresiones desatadas. Tal carácter, sin embargo, se refiere a la falta de violencia física. La ausencia de golpes, incendios o piedrazos no quitan que el contenido de un mensaje exhiba elementos inculpatorios, y en ocasiones violentos. La canción acusaba a carabineros, políticos, autoridades y a los hombres en general de violadores, sin más. Se les apuntaba con el dedo sin distinguir a quién y por qué. No se trata de una acusación irrelevante. Un violador es un criminal que se apropia de otra persona y que dispone de ella cual objeto. Es alguien que desconoce el valor del otro y lo utiliza para sí mismo en uno de los modos más crudos y brutales en que alguien puede usar a otro. El violador, en definitiva, deja de ver al resto como ser humano y se pone a sí mismo en una posición de superioridad, de dueño y señor. ¿No hay, acaso, cierta banalización de esta acusación —si son todos, no es ninguno— que puede terminar siendo contraria a los objetivos a los que aludimos antes?
Acusar a alguien de violador no deja de ser problemático. Con esa etiqueta se le atribuye al acusado una cualidad despreciable y se le desconoce cualquier capacidad de relacionarse con el resto en plano de igualdad. Una acusación como esta, que no distingue entre personas y que se salta todo tipo de proceso o presunción de inocencia, está lejos de ser pacífica. Además, por momentos cae en algo similar a lo que condena: denuncia la posición que adopta el hombre por sí mismo como dueño del cuerpo de la mujer, pero lo hace desde una posición de justiciera autoatribuida. Si el violador se toma la libertad de decidir sobre el destino del cuerpo femenino, la canción decide, sin más elementos que su propio designio, qué son todos los hombres. ¿No traspasa límites similares a los que dice resguardar? Parece ser, sin embargo, que nuestra convivencia social está cruzada de manera creciente por modos agresivos de relacionarnos. No es, entonces, un defecto exclusivo de la canción, sino que ella solo refleja cierta manera de tratar este tipo de problemas. En nuestra sociedad el espacio para el diálogo es progresivamente escaso y tendemos a hacer una división binaria entre buenos y malos, los que están de acuerdo y los que no. Pareciera que la lógica del enfrentamiento ha permeado la manera de abordar los distintos asuntos sociales.
Visto de ese modo, da la impresión de que se tildara a todos los hombres de violadores, de culpables, o al menos es una de las interpretaciones que quedan abiertas. De alguna manera se traza una línea entre ellos y nosotras. Se ha objetado que esta es una lectura excesivamente literal de una intervención artística. ¿Acaso no deberíamos leer este texto de modo figurado? ¿No es evidente que no hay una acusación personal a todos los hombres, sino que el mensaje que se busca transmitir es algo distinto, más sofisticado? Y es cierto: una obra artística debe mirarse desde una óptica específica. Sin embargo, hay elementos que no pueden dejarse de lado. Si consideramos que el objetivo de dicho colectivo es difundir las tesis de teóricas feministas influyentes, no puede descartarse de antemano la literalidad del mensaje. Por otro lado, la distinción entre lo literal y lo figurado no deja de ser difusa. Desde luego, que un mensaje sea radical no lo transforma de inmediato en uno metafórico (y la evaluación de una performance de esta naturaleza es distinta al modo en que comprendemos una frase como “me muero de hambre” o alguna equivalente). En algunos casos, han existido corrientes o posturas feministas que, a pesar de la radicalidad de sus implicancias[4], en ningún caso están intentando expresar algo distinto de lo que literalmente dicen. Como fuere, esa misma laxitud en el lenguaje es la que muchas veces se critica por promover estereotipos o ser poco tolerante. Estamos muy atentos ante algunas estigmatizaciones, y somos muy ciegos frente a otras. ¿Cómo explicar este desequilibrio? Para referirse a ciertos asuntos se exige elegir las palabras con sumo cuidado, pero el estándar no es el mismo cuando se trata, en este caso, de los hombres. Podría objetarse que la dominación masculina justifica ese lenguaje, pero no es seguro que ese camino nos permita superar nuestros problemas. En rigor, pareciera que solo nos gusta la metáfora cuando confirma nuestras propias premisas.
El mensaje, en todo caso, es un conjunto y se transmite como tal. La letra de la canción se suma a la disposición de sus intérpretes en el espacio (enfrentadas al resto, en general frente a una institución o lugar simbólico y en muchas ocasiones con el rostro cubierto), al baile y a su contexto; todo tiende a separar y a enfrentar. La canción, se podrá afirmar, intenta denunciar una separación que ya existía desde antes: el silencio transformó a la autoridad en cómplice de la violencia; así, fue ella quien trazó la línea divisoria. Sea cierto o no, aquello implica leer la realidad bajo la lógica de la división. Y si acaso es verdad lo que algunos dicen —incluyendo a algunos grupos feministas— sobre la capacidad del lenguaje de crear realidades, esa tendencia a la división eventualmente tiene consecuencias para la convivencia en una comunidad política. Se trata de efectos que en ningún caso son deseables. Si todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad en la consecución del bien común, el enfrentamiento excesivo o a priori entre un sector de la población y otro logran justamente lo contrario. ¿Por qué he de interesarme y trabajar por el bien de todos y cada uno de los miembros de la comunidad? La existencia de algún tipo de vínculo con el resto es necesaria para que todos trabajen por el bien de todos, y ese vínculo debe ser lo suficientemente sólido como para justificar ese trabajo. Sin embargo, la interpretación de “Un violador en tu camino” puede corroer la relación entre mujeres y hombres, autoridades e instituciones. A fin de cuentas, sugiere que están excluidos de la solución quienes pueden (y deben) ser parte de ella. Esta aproximación es criticada dentro del propio feminismo por exponentes como Camille Paglia[5].
Por último, la performance feminista es sintomática de un rasgo muy característico de nuestra sociedad contemporánea: el desprecio a la autoridad y a la institucionalidad o, al menos, la creencia de que ellas son prescindibles. Detrás de la letra de “Un violador en tu camino” y del baile que la acompaña (que apunta con el dedo a jueces, a carabineros, al presidente de la república, entre otros) se esconde la idea de que la autoridad y la institucionalidad son pura opresión. Una cuota de esto, por supuesto, está alimentada por casos reales de abusos y por la ineficacia de las autoridades en muchas situaciones; pero ello no implica que la autoridad sea en sí misma opresora o nociva. Sin embargo, a la atendible crítica a la autoridad le sigue, como sacada del sombrero, su total deslegitimación. No obstante la autoridad es necesaria para coordinar la acción de una comunidad con vistas a lograr propósitos compartidos, ella se equipara a un mal, a puro ejercicio ambicioso y egoísta del poder, lo mismo con la institucionalidad que la encarna. Apuntar con el dedo al “Estado opresor” sin los debidos matices o distinciones no es sino la muestra de que esas autoridades e instituciones son consideradas irrelevantes para cualquier buen propósito.
Lo anterior no está exento de peligros. ¿Cómo obedecer normas, leyes y dictámenes de cualquier tipo si no se acepta la legitimidad de quien las da? En ese caso, es difícil que las personas acepten lo que la autoridad dice como una razón suficiente para actuar, y para nadie es un misterio que todo esto es necesario en una comunidad política. Por otro lado, a falta de autoridad legítima, ¿quién y cómo suplirá esa carencia? Nada de esto busca liberar a la autoridad de su responsabilidad de autolegitimarse a través del ejercicio correcto y justo de sus potestades, sino solo puntualizar los riesgos que supone mirarla como pura imposición y desconocer su carácter indispensable en cualquier comunidad política.
El mensaje de Lastesis, entonces, no carece de problemas. Y vale la pena tomárselo en serio, no solo por su expansión y el riesgo de asumir el contenido de manera acrítica, sino porque es sintomático del mundo en el que vivimos. Independiente del contexto del feminismo y la crisis social desatada en octubre, la violencia, la comprensión binaria de la sociedad y la relación problemática con la autoridad pública son cuestiones que se han ido instalando en nuestras sociedades contemporáneas, y pareciera que no somos conscientes de los riesgos que traen aparejados. Desde luego, todo esto se manifiesta de distintas maneras y grados, pero no por ello deben pasar desapercibidos. Además, podemos preguntarnos cuál es el efecto en la misma agenda feminista. ¿No es necesaria una cooperación decidida de los hombres para conseguir sus objetivos? ¿No se necesita a la autoridad para hacer frente a la violencia y a los abusos? ¿Gana el feminismo con las lógicas del conflicto y la excesiva división?
Era verdad, la culpa no era de ella
Volvamos por un momento a la crítica inicial. La denuncia de la violencia sufrida y la exoneración de responsabilidad de la mujer no deja de ser cierta. Pero, además, si se mira con cuidado el texto, hay algo interesante en el reproche que se realiza: en cierto sentido, en vez de tratar al hombre como alguien absolutamente dominado por sus deseos, se le reconoce un lugar entre los que pueden conducirse a sí mismos. Al hacerlo, se lo resalta y valora, y, entre otras cosas, lo trata como a un igual. En el fondo, cuando Lastesis cantan “y la culpa no era mía” apuntan a la capacidad de toda persona de tomar el control de sí mismo y dirigir sus actos racionalmente, sin sucumbir al imperio de los impulsos. Detrás de la denuncia hay un llamado a comportarse de acuerdo a esa capacidad, con esa dignidad propia de todo ser humano. En otras palabras, al hombre se le exige estar a la altura de sus facultades, y no conformarse con su peor versión.
Esa exigencia —no abusar de una mujer por cómo está vestida o por los lugares por donde transita— pasa por algo más que la sola reivindicación de vestir y comportarse como uno quiera. Además de la condena a la violencia en cualquiera de sus formas por el hecho de ser tal (independiente de sus motivaciones), esa demanda supone, en último término y de manera más o menos consciente según el caso, una comprensión determinada de la persona. Una visión que no separa su cuerpo de lo que la persona siente o piensa, sino que, por el contrario, los integra. Se trata de un todo imposible de dividir. Gracias a eso, el ser humano es capaz de controlar sus impulsos y no dejarse dominar por ellos.
No es el cuerpo el que maneja el timón de la persona y dirige su conducta, pues no actúa aislado. ¿Quiere decir esto que el cuerpo es algo contra lo que hay que luchar? ¿Que es un obstáculo que solo tiene sentido en tanto es dominado y superado? Muy por el contrario: la realidad corporal adquiere un significado especial. El cuerpo humano no es puro impulso, sino justamente lo opuesto. Puede convertir en carne los más profundos sentimientos. Dotado de un sentido de entrega, es capaz de la expresión más alta de amor. Se trata de una realidad que tiene un valor más allá de lo material. Por eso el feminismo hace bien en condenar un aparente derecho sobre el cuerpo de la mujer que no conoce límites y que es alimentado, supuestamente, por escotes y tacones.
De ahí que sea posible formular un llamado categórico a terminar con la violencia física y sexual fundado en un profundo respeto a la mujer y su autonomía, pero también, al hombre, pues apunta justamente a su dignidad. Tal llamado reconoce y subraya que él es capaz de dirigir su acción según los dictados de su propia razón. Se distingue así el cuerpo masculino de una pura materialidad dominada por su naturaleza, y entonces apela a la humanidad del hombre, no a su bestialidad. En otras palabras, no es un llamado que lo denoste, sino uno que lo eleva y, por lo mismo, le exige.
Lo anterior interpela, principalmente y en primer lugar, a los propios hombres. Ellos son los primeros llamados a respetar esa dignidad de la que están dotados. Son las conductas impulsivas y violentas las que los minimizan y denostan en la medida en que ese actuar no se condice con sus características y facultades más elevadas. En ese sentido, con mayor razón lo hacen las exoneraciones de culpa y responsabilidad, pues ellas equivalen a mirar al hombre como alguien que no puede conducir su vida y responder por sus decisiones. “Y la culpa no era mía” puede ser leído precisamente como eso: te reconozco como una persona capaz, igual que yo, y sé que puedes asumir las consecuencias de aquello que decides hacer.
Se trata de una lectura, un primer paso, que permite superar las lógicas conflictivas que a ratos nos dominan.
[1] https:// https://www.biobiochile.cl/noticias/sociedad/ debate/2019/12/11/lastesis-explican-letra-de- su-himno-feminista-y-se-refieren-a-su- repercusion-mundial.shtml
[2] Encuesta CASEN 2017, http://observatorio.ministeriodesarrollosocial.gob.cl/casen-multidimensional/casen/docs/CASEN_2017_EQUIDAD_DE_GENERO.pdf
[3] htps:// www.24horas.cl/data/el-60-de-los-demandados-no-la-paga-que-es-la-pension-de- alimentos-y-como-acordar-su-pago-3292842
[4] Piénsese por ejemplo, en la equiparación de la prostitución, el matrimonio y el abuso sexual.
[5] Ver Camille Paglia, Feminismo pasado y presente (Madrid: Turner Minor, 2018); https://www. abc.es/cultura/cultural/abci-camille-paglia-resentimiento-contra-hombres-ensena-feminismo-moderno-puro-veneno-202002160057_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google. com%2F; https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-02-04/camille-paglia-entrevista-sexual-personae_2434175/
