Las Humanidades Chantas

"La pregunta crucial es entonces: ¿por qué el sistema de producción cuantificable, indexación, puntos y proyectos concursables termina por hundir a las humanidades en el chanterío? Creo que la única forma simple de responder a esta pregunta es acudir a la descripción del ritmo vital propio de las humanidades y compararlo con el ritmo que impone el sistema de papers y puntos".

abril del 2025
Las Humanidades Chantas
[Contenido liberado. Suscríbete a Punto y Coma para acceder a la revista completa y a contenido exclusivo del IES]


Por Patricio Domínguez

Cada cierto tiempo, y de modo cuasi cíclico, nuestro debate público se sumerge por algunos días en torno a las “humanidades”: usualmente alguien (un político, un periodista, un académico) osa cuestionar su utilidad, su pertinencia, su sentido o, lo que parece ser de la mayor importancia, su financiamiento. Acto seguido, comienzan los dimes y diretes, las cartas al director, las columnas de opinión y una que otra sentencia conclusiva sobre “la importancia de las humanidades”. Después todos nos olvidamos hasta que el ciclo se reanude.

En este breve artículo no haré una evaluación de los argumentos a favor y en contra de la existencia de las humanidades en nuestro sistema educativo ni ofreceré razones por las cuales considero que el cultivo asiduo y sistemático de la literatura, la historia, la filosofía y la teología es crucial para nosotros como individuos y como sociedad. Creo que los cimientos de estas razones ya fueron asentados magistralmente por Platón en su Apología de Sócrates y por Cicerón en su Discurso a favor del poeta Arquias; por eso no gastaré tinta en repetirlos ni aggiornarlos aquí. Lo que haré es ofrecer razones en la dirección contraria. Explicaré por qué las humanidades, cultivadas de modo chanta, no valen la pena.

Cuando escuchamos el adjetivo “chanta” vienen a nosotros automáticamente imágenes de cosas o acciones mal hechas, ridículamente mediocres, chapuceras; productos de la flojera, la desgana, la pereza o, simplemente, la pícara deshonestidad. Hay diputados chantas que copian proyectos de ley desde Wikipedia o se presentan con tufillo etílico a la Cámara; futbolistas chantas que se van de juerga antes de un partido importante; alumnos chantas que escriben sus ensayos con chat GTP; profesores chantas que descansan enteramente en sus vetustos power points, y así suma y sigue.

Si continuamos con las imágenes, ¿cómo sería el humanista chanta? Probablemente la mejor representación gráfica sea algo parecido al ethos retratado por el cómic de comienzos de los 2000 Chancho Cero, la parodia del estudiante sacavueltas de ciencias sociales de algún campus tipo Gómez Millas o la UMCE de la década de los noventa. Pedro Peirano, creador del cómic, describió su inspiración en una entrevista en el diario La Tercera: “Ahí cuento mi experiencia de entrar a una universidad y lo que significó caer en cuenta de la estafa que es la educación con profesores que escribían con faltas de ortografía, bibliotecas sin libros, máquinas de escribir sin letras, computadores malos. La mediocridad y el chanterío como materia obligatoria. Era una mugre, una ratonera inmunda”.

El humanista chanta sería entonces quien cultiva la literatura, la filosofía o la historia sin los recursos intelectuales suficientes, utilizando las jergas impenetrables de los autores posmos leídos en fotocopias casi desteñidas, todo esto en un ecosistema de activismo político de izquierda extrasistema refractario al diálogo riguroso, al estudio de las fuentes (sobre todo si no están en español) y a la producción escrita más o menos perseverante. ¿Son esas las “humanidades chantas”?

Es claro que estas humanidades son un despropósito y una pérdida de tiempo y recursos. El uso de un lenguaje enrevesado, solo apto para iniciados, la poca consciencia de los propios límites epistemológicos y la alergia a la mera posibilidad de refutación son, como Platón argumentó convincentemente, características de un estado mental que debería ser llamado “ignorancia” antes que saber.

El filósofo Roger Scruton ha analizado con mucha perspicacia los orígenes de estas humanidades en su libro Locos, impostores y agitadores, de 2017. Allí desmenuza con lucidez la genealogía neomarxista y estructuralista de estas humanidades que infectan los campus universitarios europeos, norteamericanos y sudamericanos, y que con toda justicia se han ganado la desconfianza de científicos, economistas o simples ciudadanos que viven en el “mundo real” y no están iniciados en estos misterios.

Entonces, ¿son estas las humanidades chantas? No completamente. La respuesta sería demasiado fácil si quisiéramos situar la crisis de las humanidades en este cóctel de flojera, activismo político y bajo coeficiente intelectual. Hay otro chanterío en las humanidades, menos evidente y, por lo mismo, mucho más digno de examen como fenómeno epocal: es el fenómeno de las humanidades como “industria del saber”. Lo chanta no aparece aquí bajo el ropaje de la flojera o la vaguedad lingüísticoconceptual, sino bajo la máscara de la laboriosidad y la producción. Es lo que se conoce como la “paperización” de las humanidades, sobre cuyos efectos nefastos parece haber un acuerdo unánime entre los académicos, pero cuya dinámica sigue rigiendo las instituciones que cobijan de modo más sistemático a las humanidades: las universidades.

A primera vista, parecería que el paperismo es un buen antídoto contra el chanterío del cantinfleo, de la vaguedad como virtud y de la ideologización. Después de todo, someter las propias ideas a una especie de “tribunal de la razón” externo y cosmopolita, con reglas claras sobre extensión y formato, debería ayudar a contener los mencionados vicios inveterados del discurseo en filosofía, estudios literarios, sociología, historia, etcétera. Pero esto no ha sucedido. Lo que ha ocurrido es más bien una proliferación del chanterío “posmo” a nivel de artículos en revistas indexadas (ergo “respetables” porque “dan puntos”), administradas por humanistas capaces de domesticar, con el formato más estándar de citas, abstracts y “estado de la cuestión”, los mismos discursos de los profesores y alumnos de la Facultad de Lobotomía del cómic Chancho Cero. Pero imaginémonos que el sistema de papers indexados fuese per se capaz de excluir de las humanidades a los discursos ideológicos y poco solventes del tipo “Las AFP cual hipertexto de una etnicidad que se autodevela” o “El logocentrismo postlíquido en Macbeth” o “El huacho en Chile como espacialidad (no)clausurada: 1973 – 1975”. Imaginémonos un ecosistema de humanidades en el cual la regla sea el artículo indexado con títulos razonables, la puesta en marcha de proyectos de investigación orientados a responder preguntas acotadas y concretas (por ejemplo, “El concepto de “fortuna” en Maquiavelo”), la evaluación de estos en términos cuantitativos (i.e. cantidad de papers de acuerdo con el sistema de cienciometría más sofisticado posible), y la asignación racional de recursos en base a esta cuantificación.

¿Cómo sería este ecosistema?

Hannah Arendt pudo ver este sistema en forma en Estados Unidos a comienzos de la década de 1950, y no dudó en tildarlo de “circo infernal”. En esa misma época, C. S. Lewis y Eric Voegelin coincidían en que la domesticación cuantitativa de las humanidades era un error metodológico, una emulación irreflexiva de las ciencias naturales, un modo algo vergonzante de “ponerse a tono” con la academia norteamericana, un olvido de la misión reflexiva de las humanidades; a fin de cuentas, una forma de ignorancia y de barbarie. Leídos después de setenta años, los diagnósticos de Lewis, Arendt o Voegelin parecen proféticos, pero jamás pretendieron serlo. No hacían más que describir el estado consolidado de la academia estadounidense, que lentamente comenzaba su expansión hacia la vieja Europa. Es digno de notar que esta descripción de la academia no solo era compartida por académicos, sino que también entre personas ligadas a las artes o a la cultura en términos más amplios. No es casualidad que Hermann Hesse, en su novela El juego de los abalorios (1943), haya situado su utopía como una reacción ante una cultura degradada a la sobreproducción de artículos hiperespecializados sobre todos los temas irrelevantes posibles.

La pregunta crucial es entonces: ¿por qué el sistema de producción cuantificable, indexación, puntos y proyectos concursables termina por hundir a las humanidades en el chanterío? Creo que la única forma simple de responder a esta pregunta es acudir a la descripción del ritmo vital propio de las humanidades y compararlo con el ritmo que impone el sistema de papers y puntos.

¿Qué quiere hacer un filósofo o un historiador? Perseguir una gran pregunta con todo el rigor posible. La mera formulación de tal propósito exige sumergirse en muchos libros, atar muchos cabos, entrar en diálogo con muchas mentes del pasado y del presente. Perseguir una gran pregunta implica desandar el camino andado, reconocer que lo que parece evidente puede no serlo, dejarse embargar por el asombro y reconocer constantemente la propia ignorancia. La misma honestidad intelectual que acompaña a esta indagación, al requerir ampliar la mirada hasta sus límites, reclama para sí una dedicación asidua y sostenida en el tiempo.

Describamos este modo de investigación en un historiador y un filósofo: Un historiador se pregunta por las diferencias políticas entre América del Norte e Hispanoamérica: ¿por qué los sistemas políticos son tan diferentes y exhiben resultados tan disímiles? ¿Qué papel tienen la historia de la conquista y colonización en cada caso? ¿Qué factores políticos, económicos o geográficos han determinado estos desarrollos divergentes? Para responder a esta inquietud, nuestro historiador tendrá que estudiar la trayectoria del imperio español y del imperio inglés durante varios siglos, junto con las tradiciones intelectuales y religiosas que acompañaban a los protagonistas de ambas conquistas durante los siglos XVI a XVIII. Revisará la vastísima bibliografía sobre este asunto, nuevos hallazgos en archivos lo obligarán a replantearse su propio método y se preguntará hasta qué punto su investigación está mediada o influida por la misma historiografía en la cual se ha formado; su curiosidad lo llevará a estudiar filosofía de la historia y filosofía política, caerá en la cuenta de que quizás es necesaria una historia de la historiografía de la conquista española, se sentirá completamente ignorante y asombrado, nuevas pistas lo impulsarán hacia el presente o al pasado, y así un largo etcétera. Finalmente, y si tiene la fortuna de llegar a buen puerto, sus investigaciones se verán plasmadas —después de una década, si no más— en un libro que servirá de acicate para sus colegas, inspiración para sus estudiantes y estímulo para el público culto general.

Un filósofo se hace la siguiente pregunta: ¿qué es el tiempo? ¿Existe realmente eso que describimos en términos de pasado, presente y futuro? ¿Cómo existe? ¿Acaso en las cosas, o en la mente? Para acercarse a esta pregunta con todo el rigor posible, el filósofo tendrá que acudir a las grandes mentes que se han planteado esta interrogante fundamental, desde Platón hasta Heidegger, pasando por San Agustín y Kant. Verá que la pregunta por el tiempo involucra aspectos cosmológicos, gnoseológicos y éticos. Tendrá que contrastar las respuestas filosóficas con las que entrega la ciencia moderna. Advertirá que la teología cristiana ha determinado históricamente la cuestión sobre la temporalidad. Se verá, en suma, obligado a acudir a muchas fuentes de diversas disciplinas, épocas y corrientes para poder siquiera plantear correctamente una pregunta filosófica que se tenga por tal. Finalmente, y si tiene la fortuna de llegar a buen puerto, sus investigaciones impactarán en su profundidad docente y serán plasmadas en la escritura de una monografía que provoque a otros filósofos que se hacen preguntas similares.

Si esta descripción del trabajo de un historiador o un filósofo es verdadera, resulta entonces un despropósito intentar someterlo al sistema trepidante de los papers indexados, los fondos concursables y las mediciones a corto plazo. Se trata de dos ritmos vitales completamente contradictorios. Como en tantos ámbitos de la vida, no existe aquí una forma de armonizar lo incompatible. La paperización de las humanidades es incompatible con la tarea humanista de responder grandes preguntas, porque tarea y ritmo no se relacionan como “fin y medios”, sino más bien como como idea musical y forma. Así como una idea sinfónica no cabe dentro del formato breve de un lied, así tampoco una pregunta profunda de la filosofía o la historia no caben dentro del ritmo agitado y superficial del sistema de “producción científica”.

La paperización de las humanidades no significa que estas dejen de existir. Las humanidades paperizadas subsisten, supuestamente integradas al sistema universitario de producción, impacto y medición, pero lo hacen pauperizadas, mutiladas y fragmentadas. El negocio no ha podido ser peor: cada vez que las humanidades intentan dar cuenta pública de su relevancia, no tienen mucho que mostrar, porque han sido privadas de su capacidad de plantearse grandes preguntas. En su afán de ganar en respetabilidad y honra frente a las ciencias experimentales, las humanidades se han quedado sin pan ni pedazo: han renunciado a su aspiración comprensiva y no han ganado prestigio.

En su apuesta por evitar ser chantas, han caído en un chanterío aún más triste: la insignificancia (salvo algunos pocos espacios que luchan por resistirse, quizás sin éxito, a ese régimen).