Las familias y el nuevo pacto

"Pocas veces nos hacemos cargo de observar a las familias en términos positivos, es decir, desde sí mismas, desde aquello que cumplen por su propia vocación, desde el lugar y el significado que tienen para sus miembros".

septiembre del 2021
Las familias y el nuevo pacto

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Consuelo Araos y Catalina Siles


El reconocimiento social de la dignidad de cada persona está en el corazón del creciente clamor popular por renovar el pacto democrático en Chile. En este marco, cuya punta de lanza es la creación de una nueva Constitución, la pregunta de este ensayo es cuál es el lugar que le corresponde a la familia en este proceso.

Para responder a esta cuestión no basta con articular una lista de derechos o una serie de medidas de política pública aplicables a los grupos domésticos, sino que se requiere repensar las premisas desde las cuales la sociedad en su conjunto, y el Estado en particular, observan y valoran ese ámbito de la realidad que llamamos familia. ¿Qué tiene que ver la familia con la persona y, más específicamente, con el reconocimiento de su dignidad? ¿Qué define la especificidad de la realidad familiar y por qué esta debe ser tomada en cuenta a la hora de reconstruir las bases de nuestro orden democrático?

Relevancia (e irrelevancia) funcional de las familias

La sociología tiende a definir a las familias desde la óptica de su función, es decir, de cómo estas contribuyen a resolver ciertos problemas que se generan en otros ámbitos de la vida social. En esta línea, las respuestas clásicas, todavía muy vigentes, han definido la familia, entre otras posibilidades, como el lugar de la socialización primaria de las personas, donde estas aprenden las competencias básicas para vivir en sociedad; como la unidad mínima de producción y consumo vitales para la subsistencia; o como el ámbito basal de la seguridad social frente a las diversas fuentes de vulnerabilidad que enfrentan los individuos a lo largo de su vida. Sin embargo, a medida que la sociedad ha ido transitando desde una estructura basada en estratos jerárquicamente diferenciados hacia una distinción por funciones especializadas, las familias han visto reducida su exclusividad y centralidad en el cumplimiento de tales funciones, las cuales han pasado crecientemente a manos del sistema educativo, de la economía de mercado, del sistema de seguridad social, etc. Así, aunque las familias sigan cumpliendo un papel en estos ámbitos, especialmente en contextos con sistemas de bienestar débiles, resulta poco plausible encontrar en esos criterios funcionales aquello que define primaria y exclusivamente el ámbito familiar.

Frente a esto, una respuesta desde la ciencia social ha sido una suerte de banalización del rol social de las familias, cuyo correlato es el incremento de las descripciones de ellas como “la esfera de lo privado” (private realm), un ámbito íntimo cada vez más definido por criterios individuales de afinidad y elección, y destinado fundamentalmente a satisfacer las necesidades afectivas de sus miembros.

En cuanto a su dimensión pública, en cambio, solo se logra demostrar negativamente la relevancia de las familias para la performance social de los individuos. Es decir, se apunta a los efectos negativos que tienen ciertas “fallas” o “problemas” del entorno familiar sobre el modo en que los individuos cumplen las expectativas que los diversos sistemas sociales les atribuyen: cuando un escolar deserta de la escuela, cuando un anciano es abandonado, cuando un padre no paga la pensión alimenticia o una familia vive allegada. Así, tendemos a destacar aquello que les falta a las familias, sus fallas y problemas. Pero señalar que un buen entorno familiar “ayuda” a la adaptación educativa, laboral o cívica de los individuos no alcanza para definir positivamente su lugar en la sociedad contemporánea. Pocas veces nos hacemos cargo de observar a las familias en términos positivos, es decir, desde sí mismas, desde aquello que cumplen por su propia vocación, desde el lugar y el significado que tienen para sus miembros.

Inclusión total de la persona y relacionalidad constitutiva

La lectura anterior resulta muy difícil de contestar si mantenemos la mirada puesta exclusivamente en la relevancia (o irrelevancia) funcional del ámbito familiar. Una mirada positiva de la realidad familiar necesita de otros puntos de vista. De acuerdo con el sociólogo alemán Niklas Luhmann, la paradoja de las familias en la sociedad contemporánea es que solo accedemos a observar su función cuando revelamos su carácter no funcional. En otras palabras, es gracias a la “pérdida del contenido funcional de la familia”[1], que su contenido específico e irreductible a otros ámbitos se hace manifiesto.

Luhmann ofrece una salida a esta paradoja al mostrar que, en cuanto sistemas sociales, las familias se distinguen por su orientación en extremo personalista. Lo que caracteriza a las familias es que las expectativas recíprocas entre sus miembros están referidas no a un rol delimitado sino al portador del rol, que es la persona. Así, en el contexto de una sociedad diferenciada funcionalmente, solo cada familia puede llevar a cabo la inclusión de la totalidad de cada persona (Vollperson) y en este sentido, dice Luhmann, “la familia se configura como el modelo de una sociedad que ya no existe”[2].

Desde aquí, entendemos que las familias resultan fundamentales en el proceso de constitución de personas. Los sociólogos Pedro Morandé y Pierpaolo Donati, chileno e italiano respectivamente, han rescatado la originalidad y pertinencia de esta lectura luhmanniana sobre la especificidad de la familia contemporánea, pero han criticado su limitación al nivel puramente social. Proponen, en cambio, llevarla más lejos. De este modo, Morandé afirma que al interior del ambiente familiar la persona no solo actúa, sino que “se hace a sí misma, construye la figura de su personalidad, crea hábitos, desarrolla sus virtudes, descubre la verdad de sí misma, el sentido del por qué y del para qué de su existencia”[3]. Desde esta mirada, podemos definir familia como el ambiente relacional que acoge el proceso por el cual una persona llega a constituirse. Solo porque quienes participan de la vida familiar lo hacen en virtud de la totalidad de su existencia personal, es que sus miembros pueden configurar recíprocamente sus identidades. La familia se revela así como el locus o la morada de la persona.

Por su parte, Donati destaca que lo anterior implica que la naturaleza relacional de la familia es diferente de cualquier otro ámbito social, lo que él denomina “reciprocidad plena”[4]. No se trata de meros intercambios entre individuos previamente constituidos, sino de relaciones constituyentes, es decir, donde quienes entran en relación van siendo constituidos por esas mismas relaciones. Por ello, las responsabilidades implicadas en estos vínculos no son limitadas en duración, ubicación o contenido, sino totales e incondicionales. Algo similar es lo que ha descrito el antropólogo norteamericano Marshall Sahlins, como aquello que distingue las relaciones de parentesco de cualquier otra, en los términos de mutuality of being: ser familia “consiste en una pertenencia intersubjetiva, en la cual las personas se perciben a sí mismas como participando intrínsecamente de la vida de los otros. (...) Considerado en términos generales, los parientes son personas que se pertenecen unos a otros, que son miembros unos de otros, que son copresentes unos en otros, cuyas vidas son vinculadas e interdependientes”[5]. La idea central es que el parentesco, en su realización efectiva, constituye una forma de intersubjetividad radical o, como diría Morandé, “dramática”, un “estar hechos los unos de los otros” que se sostiene no solo en el acontecimiento de la procreación, sino en la experiencia de convivir cotidiana y durablemente, de ser nutrido y nutrir, de ser cuidado y cuidar, de ser nombrado y nombrar. En este dinamismo, las personas cuya identidad corporizada va emergiendo y delimitándose, se pertenecen recíprocamente en un sentido dramático, es decir, no elegible ni relativo a características superficiales de su existencia. Así mismo, quien surge de este proceso no es un “individuo”, sino lo que Donati y Archer han llamado un “sujeto relacional”[6].

En síntesis, hay una serie de autores que aportan una mirada teórica alternativa tanto a la perspectiva neofuncionalista como a la postmoderna sobre el lugar de las familias en la sociedad contemporánea. Sin negar que las familias son un apoyo relevante en la educación, la subsistencia o la seguridad social, entre otras, ello no alcanza para definir lo que las caracteriza positiva y exclusivamente. Cada familia se constituye como el único lugar donde cada quien puede ser reconocido y acogido como totalidad y, por lo tanto, llegar a ser y aprender qué significa ser persona. Esta es probablemente la experiencia más básica y primordial sobre la que puede fundarse cualquier reconocimiento y reclamo de dignidad como una condición intrínseca y absoluta de cada persona. Tanto la intuición de la diferencia profunda entre persona y rol como la experiencia de una relacionalidad constitutiva están detrás de la demanda por dignidad. Ambos factores descansan en la pertenencia familiar.

Presencia, cuidado, corresponsabilidad

Todo proyecto político que busque poner a la persona al centro debe ser capaz de situar a esta al interior de aquellas circunstancias que hacen posible su existencia y velar por que sean resguardadas y potenciadas. Si entendemos a la familia en el sentido anterior, este ámbito debe ocupar un lugar central dentro de los distintos niveles que componen el ordenamiento político, desde las premisas y definiciones hasta las leyes y las políticas sociales.

Esto de ningún modo conlleva una idealización de la familia, como si se tratara de un ámbito necesariamente armónico y virtuoso. Sobran datos que demuestran que la familia puede ser un lugar donde sus miembros experimentan desigualdad, dominación, abuso y violencia. Es justamente en virtud del alto grado de intimidad, confianza e interdependencia que distinguen las relaciones familiares, y del hecho de que en ellas las personas queden implicadas de forma total, que los abusos que allí ocurren pueden adquirir expresiones especialmente profundas y dañinas. Así lo ha puesto de manifiesto recientemente el incremento de la violencia intrafamiliar, en particular hacia las mujeres, producto del confinamiento obligado durante la pandemia Covid-19 en nuestra región[7]. Sin embargo, resulta difícil sostener que la respuesta a ello sea “liberar” a las personas de los vínculos familiares, como algunas corrientes feministas o liberales sugieren. En la medida en que ningún otro ámbito de participación o pertenencia social puede llevar a cabo la inclusión total e incondicional de cada persona, la ausencia o debilitamiento de los vínculos familiares solo incrementa la vulnerabilidad de los individuos, llevándola quizás a sus formas más extremas, como lo muestran dramáticamente los casos de niños, niñas y adolescentes que entran al Servicio Nacional de Menores por carecer de una red familiar capaz de acogerlos, con resultados nefastos. Por mencionar un ejemplo, según un estudio de la Fundación San Carlos de Maipo, en Chile un 50% de la población penal adulta pasó por el Sename en alguna etapa de su vida.

Al contrario, prevenir que se desarrollen formas de abuso dentro del ámbito familiar requiere apuntalarlo en sus debilidades y potenciar sus fortalezas. Esto exige, a su vez, un conocimiento profundo de la realidad empírica de la familia en Chile, algo en lo que también estamos en deuda. La mayoría de los datos producidos sobre ella en Chile tienden, por ejemplo, a igualar familia y “hogar”, a pensarla por lo tanto como unidad de ingresos y de consumo, a subvalorar las lógicas de parentesco que sobrepasan las categorías administrativas y las estrategias de subsistencia, y a desconocer sus fundamentos culturales y sus expresiones cotidianas[8]. Deberíamos preguntarnos cuáles son las condiciones para que las familias, en sus contextos concretos, puedan llevar a cabo la tarea de inclusión y reconocimiento personal total y, al mismo tiempo, cuáles son los obstáculos que fragilizan su capacidad de sostener las relaciones de reciprocidad entre los géneros y las generaciones, como la define Donati[9].

A continuación, destacamos tres dimensiones de la reciprocidad familiar que debieran ser tenerse en cuenta en las discusiones conducentes a fortalecer la capacidad inclusiva de las familias : la presencia, el cuidado y la corresponsabilidad.

Una primera dimensión de la reciprocidad familiar es la presencia, es decir, la compañía durable entre sus miembros, que les permite ser parte de la existencia del otro. Esta presencia puede adquirir diversas modalidades, pero supone una proximidad espacio temporal que permita el encuentro cara a cara, tanto en el tiempo cotidiano como en tiempo excepcional de las celebraciones. La obligación de aislarse y distanciarse físicamente durante la pandemia nos ha hecho bruscamente conscientes de esta condición basal de la vida familiar que en tiempos normales damos por sentada. Siguiendo al antropólogo portugués João de Pina-Cabral, “participar” en la existencia del otro, implica entregar tiempo, “es- tar” cotidianamente, no solo en términos físicos sino a través de numerosos actos de “consideración”, por medio de los cuales mostramos un genuino interés por el otro[10].

Sin embargo, numerosas circunstancias actuales atentan constantemente contra este elemento tan sustancial de la vida familiar. Los extensos horarios de trabajo y las largas distancias urbanas entre trabajo y hogar, por ejemplo, dificultan que madres y padres puedan pasar tiempo con sus hijos, participar en actividades de cuidado cotidiano o conversar con ellos; los cónyuges tampoco encuentran espacios para dedicarle tiempo a la relación en medio de los avatares cotidianos, y los adultos mayores se ven cada vez más expuestos a la soledad. Una insuficiente comprensión y valoración de la copresencialidad en la familia se observa también en el diseño de las políticas de vivienda social. Por ejemplo, la gran mayoría de las soluciones residenciales para las familias allegadas no consideran el factor de proximidad con las familias de origen, posibilitando así la mantención de las redes de interdependencia. Así, paradójicamente, acceder a una vivienda propia provoca, en muchos casos, un incremento en la vulnerabilidad de los núcleos familiares[11].

Una segunda dimensión de la reciprocidad familiar es el cuidado. El cuidado es la forma de relación constitutiva donde se expresa con mayor hondura el lugar que ocupa la comunidad familiar en el sostenimiento de la persona. Rescatando el sentido que Heidegger da al término[12], el cuidado es la realización concreta y encarnada de la preocupación por el destino total del otro, sobre todo de aquellos más vulnerables: niños, adultos mayores, enfermos. Una mirada utilitaria sobre el cuidado tiende a reducirlo a su dimensión puramente técnica, desde la cual se plantea una lógica de sustitución entre cuidado familiar y cuidado profesional, donde se asume que el primero es resultado de la imposibilidad de contar con el segundo. Sin embargo, son numerosos los ejemplos que muestran que la entrega pública o privada de servicios de cuidado difícilmente puede sustituir el cuidado familiar cuando está disponible, el cual en muchos casos sigue siendo preferido por las personas, sin desmedro de que resulte fundamental como apoyo y complemento[13]. Esto no ha sido suficientemente entendido en las políticas públicas. Por ejemplo, el actual proyecto de sala cuna universal no contempla la posibilidad de que los padres escojan cuidadores dentro de la familia mientras ellos trabajan, aun cuando los datos disponibles (CASEN 2006) muestran que la mayor parte de ellos, fundamentalmente mujeres, prefiere esta alternativa a la institucional, al menos en esta primera etapa de vida de los niños.

La disposición a alimentar, vestir, sanar, acompañar y todo lo que implica concretamente el cuidado cotidiano de otros supone un previo “asumir”, un hacerse cargo que va más allá de cualquier medida. En este sentido, una tercera dimensión de la reciprocidad familiar es la corresponsabilidad. Las familias se sostienen por la imbricación de responsabilidades recíprocas de forma dinámica a lo largo del tiempo entre generaciones y entre géneros. No obstante, las condiciones de vida actuales en muchas ocasiones dificultan y ponen mayores cargas en esta tarea. Tener hijos, por ejemplo, puede ser muy gravoso en la medida en que los padres, y en mayor medida las madres, cuentan con escaso apoyo en el ejercicio de su responsabilidad por parte del Estado y del mundo privado. Por de pronto, los bajos salarios, las altas exigencias laborales y el limitado acceso a bienes y servicios básicos de calidad —vivienda, seguridad, salud y educación—, que no están pensados desde una lógica familiar sino individual, hacen muy difícil contar con las condiciones materiales adecuadas para formar una familia y hacerse cargo de ella. Esto puede explicar, al menos en parte, la creciente disminución del número de hijos por mujer que experimentamos en Chile (la tasa de natalidad es de 1,65 hijos por mujer según datos del INE 2018). Asimismo, la corresponsabilidad parental todavía es un tema pendiente: sobre las mujeres recaen la mayor parte de las responsabilidades asociadas a la crianza de los hijos y las labores domésticas, lo que se traduce en una agotadora doble jornada laboral o en la imposibilidad de obtener un trabajo remunerado, lo cual se intensifica en el caso de los hogares monoparentales.

Lo que nos recuerda mirar a las familias

 La perspectiva hasta aquí planteada para observar la realidad familiar nos aporta no solo una mirada capaz de dar cuenta de forma positiva y no instrumental del lugar de las familias en la sociedad contemporánea, sino que también hace visibles ciertos aspectos de las personas y de la vida en común que la sociedad en su operación funcional tiende a ocultar.

Un primer elemento tiene que ver con la conciencia de la diferencia entre persona y rol como el fundamento de la dignidad de cada ser humano. Al existir un ámbito “dramático”, donde cada uno es reconocido incondicionalmente por el hecho de existir y no en función de su performance con respecto al cumplimiento de ciertas expectativas, recordamos que ese nivel es exigible más allá de los límites de la familia. Es esa la intuición que está detrás de las demandas por un “trato digno”, sea en el consultorio, en la oficina del Registro Civil, en el banco o en el transporte público.

Un segundo elemento es la reinterpretación y revalorización del lugar que ocupan las relaciones de dependencia en la vida de las personas, algo que resulta contraintuitivo en una cultura donde la autonomía se alza como un valor absoluto. Pasar de observar la familia como un obstáculo para la afirmación de la persona en sus capacidades, derechos y libertades, a una condición de posibilidad esencial para su ejercicio, permite superar la definición negativa de la dependencia como restricción al desarrollo individual. Esta idea subyace, por ejemplo, al principio de autonomía progresiva de niños, niñas y adolescentes, que ha presidido la elaboración del proyecto de garantías para la niñez y mediante el cual se busca defender la independencia de los niños con respecto a la autoridad parental para decidir sobre aspectos fundamentales de su vida, aún en contra de la opinión de sus padres.

Desde la mutualidad de existencias, en cambio, la dependencia puede ser comprendida positivamente como corresponsabilidad, es decir, un “asumirse” unos a otros desde la libertad. En muchos casos la mantención de las relaciones de interdependencia entre padres e hijos adultos a lo largo del curso de vida es condición, y no obstáculo, para que ambas generaciones puedan desarrollarse. Asimismo, es un criterio de realismo reconocer que, en cualquier ámbito de la vida social, el ejercicio de la autonomía y la libertad de cada persona se sostiene sobre una red de dependencias primarias, cuya falta solo hace a la persona más vulnerable e incapaz de autoafirmarse.

Por último, creemos que hay un tercer elemento que nos recuerda el mirar atentamente a las familias, y que nos parece particularmente relevante para el desafío actual de renovar el pacto democrático y pensar el fundamento del orden constitucional. Se trata del necesario equilibrio entre las lógicas subsidiaria y solidaria para mediar la relación entre el Estado y las familias. Ello implica, por una parte, recuperar un sentido no reduccionista ni mercantilizado de la subsidiaridad, reconociendo que existen ámbitos fundamentales para la persona que no pueden ser sustituidos ni por la acción del Estado ni del mercado, pero que al mismo tiempo requieren ser sólidamente apoyados, complementados y potenciados. En este sentido, se requiere una lógica solidaria capaz de garantizar un piso mínimo universal a todas las familias que les otorgue cierta seguridad económica y dé acceso a servicios esenciales ante los avatares de la contingencia. Asimismo, en un ámbito frecuentemente dominado por la rigidez y el reduccionismo ideológico, la creación de políticas realistas y respetuosas solo pueden llevarse a cabo sobre la base de un conocimiento profundo y dinámico, empíricamente fundado, de la realidad familiar en sus distintas dimensiones. Un conocimiento capaz de elaborar una mirada comprensiva de sus configuraciones, ethos, estilos y prácticas tanto actuales como históricas que informen las categorías y herramientas normativas que la afectan.


[1] Niklas Luhmann, “El sistema social familia”, en Distinciones directrices (Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 2016), 101.

[2] Ibid., 102

[3] Pedro Morandé, “La familia como comunidad de personas” (2010), en Pedro Morandé. Textos sociológicos escogidos (Santiago: Ediciones UC, 2017), 276, de Andrés Biehl y Patricio Velasco (eds.).

[4] Pierpaolo Donati, Manual de Sociología de la Familia (Pamplona: EUNSA, 2003).

[5] Marshall Sahlins, “What kinship is”, Journal of the Royal Anthropological Institute, 17 (2011): 11 (traducción propia).

[6] Pierpaolo Donati y Margaret Archer, The Relational Subject (Cambridge University Press, 2015).

[7] ONU Mujeres, Informe sobre el impacto del Covid-19 en la violencia contra las mujeres en América Latina y el Caribe. Disponible en: https://lac.unwomen. org/es/digiteca/publicaciones/2020/04/prevencion-de-la-violencia-contra-las-mujeres-fren- te-a-covid-19 (Acceso junio 2021)

[8] Consuelo Araos, Rapprochements. Proximité résidentielle, parenté pratique et conditions de vie à Santiago, Chili. Tesis para optar al grado de doctor en sociología, École Normale Supérieure de París, París (2019).

[9] Donati, Manual de Sociología de la Familia.

[10] Joao Pina-Cabral y Vanda Aparecida da Silva, Gente Livre: Consideração e Pessoa no Baixo Sul da Bahia (Sao Paulo: Terceira Pessoa, 2013).

[11] Consuelo Araos, “El allegamiento o la proximidad invisible”, en Los invisibles. Por qué la pobreza y la exclusión social dejaron de ser prioridad, de Catalina Siles (ed.) (Santiago: IES, 2016).

[12] Martin Heidegger, Ser y tiempo (Santiago: Editorial Universitaria, 2018).

[13] Consuelo Araos y Catalina Siles, ““Juntos pero no revueltos”: Family residential dependence and care vulnerabilities along the life course”, Advances in Life Course Research (2021, en prensa).