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Por Álvaro Vergara
Tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, la izquierda latinoamericana atravesó un proceso de reconstrucción. Corría la primera década de los noventa y Cuba, el mayor exportador latinoamericano de revolucionarios, se encontraba cada vez más sola y endeudada: con el fin de siglo, la isla había visto caer a sus principales socios estratégicos. Por esos días, Fidel Castro seguía con cautela los acontecimientos en Venezuela, un país que despedía el siglo sumido en una fuerte recesión y descontento social. Allí, su viejo y agudo ojo identificó una gran oportunidad: un militar con arrastre popular y dispuesto a utilizar la fuerza si era necesario.
En 1992 el teniente Hugo Rafael Chávez Frías había intentado un golpe de Estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez. En esa ocasión, las tropas a su cargo actuaron a sangre fría: bombardearon el palacio de Miraflores, secuestraron al gobernador Oswaldo Álvarez y causaron la muerte de cientos de personas. Con posterioridad, Hugo Chávez fue contactado por agentes cubanos, viajó a la isla, se reunió con Castro y juntos trazaron un plan que tendría efectos directos en la izquierda del continente, incluida la chilena. Con Castro en las sombras, Chávez colgó el uniforme verde olivo y lo reemplazó por camisa y corbata para ser ungido como el líder de un nuevo proyecto político y económico. A partir de ahí, también parte de la izquierda chilena, aún marcada por el internacionalismo cultivado durante los años de exilio, vio en el plan de Chávez una nueva oportunidad para reconstruir su proyecto político.
Décadas después, cuando aquel proceso muestra evidentes signos de descomposición y un creciente autoritarismo, muchos reniegan de su líder actual. Sin embargo, la historia de nuestra izquierda con el chavismo ha sido larga y compleja. En estas páginas me propongo reconstruir la historia de esta relación ambivalente y explorar la naturaleza de dichos vínculos. La exposición se organizará en atención a los tres bloques que conforman el oficialismo actual: el Socialismo Democrático, el Partido Comunista y el Frente Amplio. Desde luego, resulta imposible recoger toda la variedad de la izquierda chilena en este texto, así como tampoco es posible describir las diversas opiniones que allí conviven respecto a Chávez y su legado. Pero la relevancia del líder revolucionario ha obligado históricamente a las corrientes progresistas a tomar posición frente a su figura, lo que permite identificar las tendencias predominantes.
Socialismo Democrático: del recelo a la complacencia
Dentro de la izquierda chilena, el grupo que mostró mayor suspicacia hacia la Revolución Bolivariana desde sus inicios fue la ex Concertación, hoy diseminada en el Socialismo Democrático y otros partidos. La razón: diferencias de fondo entre ambos proyectos, que representaban dos formas incompatibles de socialismo. Por un lado, se levantaba el Socialismo del Siglo XXI, encarnado por Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y Néstor Kirchner; por otro, el socialismo socialdemócrata ligado a Alan García, Tabaré Vázquez y Ricardo Lagos. Las divergencias entre Chile y Venezuela eran varias y se vinculaban tanto a las tradiciones e instituciones políticas como a factores contingentes. Lagos entendía que el crecimiento económico debía preceder a la redistribución, mientras que Chávez no mostraba temores en reventar el sistema a punta de estatizaciones. El exmandatario chileno cuenta haberle expresado esto a Chávez en persona: “Hugo, la diferencia entre tú y yo es que tú tienes una chequera abundante, y yo primero tengo que hacer crecer un poquito al país y luego ver cómo ese crecimiento se distribuye mejor”.
Ambos proyectos tenían, además, una visión distinta de la política. Aunque Lagos debería haber sido uno de los aliados regionales cercanos a Chávez, tuvo fuertes diferencias en todos los aspectos fundamentales para Chile. Entre ellos, la salida al mar de Bolivia, las relaciones con Estados Unidos, su concepción de la economía y las políticas sociales, el respeto hacia las instituciones y su visión de la democracia. Las tensiones personales también alimentaron el enfrentamiento. Recordemos los impasses de Chávez con el excanciller José Miguel Insulza —a quien llamaba “insulso” mientras estuvo en la OEA—, las presiones del presidente del PS y de la comisión de relaciones exteriores del Senado, Ricardo Núñez, y la reacción chilena ante el intento de golpe de Estado en Venezuela en 2002. Lagos llegó a decir que el episodio fue responsabilidad del propio Chávez: “El gobierno de Chile lamenta que la conducción del gobierno venezolano haya llevado a la alteración de la institucionalidad democrática, violentando la Carta Democrática Interamericana”.
Ahora bien, si el primer tiempo en esta relación entre la Concertación socialista y el régimen bolivariano estuvo marcado por la animosidad, el segundo tuvo otro tono y comenzó cuando Lagos entregó la banda presidencial a Michelle Bachelet en marzo de 2006. Chávez fue uno de los primeros en felicitarla por su triunfo, y la presidenta chilena siempre cultivó con el venezolano una extraña cercanía. A pesar de ello, la relación entre ambos como jefes de Estado no estuvo exenta de tensiones. Bachelet se vio obligada a enfrentar algunos excesos del venezolano, lo que terminó deteriorando su vínculo personal. Los episodios críticos, como la intromisión de Chávez en el conflicto con Bolivia, la expulsión de Human Rights Watch de Venezuela en 2008 y sus intentos por fijar los precios del petróleo, complicaron la comunicación entre ambos. A pesar de estas diferencias, al morir Chávez, Bachelet lo recordó como “un gran amigo” que destacó por el “profundo amor por su pueblo”.
La relación entre Bachelet y el régimen se deterioró tras la muerte de Chávez en 2013. En 2014, durante su segundo mandato, la presidenta propuso que Chile actuara como mediador de la crisis humanitaria por el menoscabo de la economía y del sistema político, hecho que implicaba reconocer que su par venezolano había contribuido al colapso de la institucionalidad. Sin embargo, el régimen rechazó la idea: no estaba dispuesto a negociar. La mandataria se mostró cuidadosa en ejercer cualquier tipo de presión, y la postura de su gobierno no fue crítica; simplemente se evitó intervenir en los asuntos de Venezuela. Un ejemplo de esta cautela tuvo lugar en 2015, cuando, pese al auge de la oposición venezolana, la persecución de sus líderes y la sugerencia del presidente del Senado chileno, Bachelet se negó a recibir a las esposas de Leopoldo López y de Antonio Ledezma.
Ante el evidente deterioro democrático del país caribeño desde 2010 en adelante, en 2016 el entonces canciller Heraldo Muñoz impulsó junto al Grupo de Lima una mesa de diálogo entre el régimen y la oposición socialista democrática venezolana, cercana a la ex Concertación (en ese entonces, ya transformada en la Nueva Mayoría). Bachelet marcará mayor distancia en 2017, cuando la izquierda internacional rechaza a Maduro tras la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente, las protestas masivas y la crisis humanitaria. Muñoz señaló que la situación de Venezuela se había “agravado” y se volvía “más compleja”, y criticó que el órgano encargado de redactar una nueva Constitución solo incluía simpatizantes chavistas. Finalmente, el alejamiento de Bachelet alcanza su punto más álgido en 2019, ya con Sebastián Piñera en el poder, cuando publica dos informes críticos como Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU. Allí, instaba al gobierno de Maduro a “detener y remediar las graves vulneraciones de derechos económicos, sociales, civiles, políticos y culturales”.
Esos documentos sellaron el quiebre entre el socialismo democrático y el chavismo. A pesar de la oposición de algunos, la mayoría terminó por seguir el camino trazado por Bachelet, cuya postura en el ala más izquierda del PS añadió un peso aún mayor a su decisión. De este modo, Maduro se quedó sin apoyo en la centroizquierda chilena.
Partido Comunista: lealtad y negocios
En Chile, el sector más cercano a los líderes del régimen han sido los comunistas y otros movimientos afines de ultraizquierda. El Partido Comunista (PC), a diferencia del Socialismo Democrático, ha rechazado sistemáticamente hablar de una dictadura en Venezuela. No es un secreto que sus miembros siguen rechazando dicha calificación: en el marco de los últimos y escandalosos comicios venezolanos, la diputada Carmen Hertz sostuvo que en “Venezuela hay una libertad de expresión bastante más grande que acá”. El actual presidente de la colectividad, Lautaro Carmona, también respaldó a Maduro en 2024, afirmando expresamente que Venezuela “no es una dictadura” y que “sí existe separación de poderes”. Además, el diputado Boris Barrera, quien viajó como observador internacional en las últimas elecciones presidenciales, sostuvo que, dada la presencia de observadores externos, “nadie va a tener excusa para no validar” la elección.
Para describir el vínculo entre el PC y el régimen, destacaremos diversas interacciones, comenzando por aquellas relacionadas con la Universidad Arcis. Si bien existen testimonios de que los vínculos entre el plantel universitario y Venezuela se remontan al año 2000, podría decirse que la relación se intensificó a partir de 2007, cuando el establecimiento chileno distinguió con el título de “Doctor Honoris Causa” a Hugo Chávez. Tras ello, el “Comandante” ofreció aumentar el apoyo a la universidad. En esa época Arcis pertenecía a tres organizaciones cercanas al PC: el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz, la fundación Joel Marambio (de Max Marambio) y la Fundación Salvador S.A. (asociada a Jorge Arrate, José María Bulnes, Adil Brkovic y Roberto Celedón). Sergio Trabucco Ponce, esposo de Faride Zerán, expresidenta del Consejo Nacional de Televisión y miembro del directorio de la universidad, recurrió a su relación con la embajadora venezolana de la época para obtener financiamiento tras la negativa de los bancos chilenos. Trabucco, quien había vivido exiliado en Venezuela, mantenía diversos contactos con el mundo intelectual y político de izquierda de ese país. Aprobado el préstamo por el ejecutivo venezolano, viajaron a concretar la operación Juan Andrés Lagos (encargado de relaciones internacionales del PC en ese tiempo y exasesor de la Subsecretaría del Interior con Boric), Galo Eidelstein (actual subsecretario de Fuerzas Armadas) y Max Marambio (empresario con vínculos con Cuba). Asimismo, varios otros militantes comunistas tuvieron relación con la universidad, incluidos Marcos Barraza (exconvencional constituyente), Daniel Núñez (actual diputado), Patricio Palma Cousiño (hoy asesor en la Subsecretaría de Fuerzas Armadas) y Jaime Insunza Becker (asesor actual del Ministerio de defensa en “funciones en materias gremiales”).
En enero de 2008, el Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela otorgó el préstamo de 9 millones de dólares a la Universidad Arcis. El documento que certifica el préstamo está disponible en Ciper Chile, pero no hay pruebas de que la Universidad Arcis haya pagado la deuda; tampoco se conoce el monto adeudado al momento de su liquidación. De hecho, unos años más tarde, un informe del Banco Central de 2015 advirtió que gran parte de los fondos nunca llegaron a la universidad. Hasta ese momento, el traspaso de dineros del régimen venezolano a instituciones extranjeras afines era una práctica común: en 2008 se reveló otro documento del Ministerio de Finanzas Venezolano que confirmaba un pago de 7 millones de dólares a dirigentes de Podemos de España para expandir el “movimiento bolivariano”.
Destacan también los viajes de militantes y simpatizantes del PC chileno a Venezuela y otros países alineados con el Socialismo del Siglo XXI. El régimen venezolano, en su misión de exportar la revolución, sigue organizando periódicamente encuentros con jóvenes, intelectuales y políticos latinoamericanos, donde reciben formación e instrucciones. Son conocidos los viajes de Karol Cariola y Camila Vallejo, incluso a Cuba, donde la actual vocera de gobierno en 2012 destacó en un medio local el acercamiento entre las juventudes comunistas de ambos países. En 2019, la exvocera de la CONES y militante PC, Valentina Miranda, llegó a Venezuela para participar en un encuentro chavista. Ese mismo año también viajó Florencia Lagos, hija del ya mencionado Juan Andrés Lagos, hoy presentadora de Telesur y excandidata a diputada por el PC. Por su parte, en el marco del XXV Encuentro del Foro de São Paulo, también pasó por Caracas en 2019 el diputado Boris Barrera, donde compartió con altos jerarcas del régimen y con elementos de las FARC. Lo mismo hizo la diputada Marisela Santibáñez, quien además de participar de dicho encuentro, defendió al régimen de Maduro en una sesión del Congreso, frente a sus pares que reconocían a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela. Daniel Jadue, hoy imputado por delitos de corrupción, asistió en 2022 a la “Cumbre Internacional contra el Fascismo”, también celebrada en Caracas, y en 2024 intentó viajar a Venezuela días antes de su audiencia de formalización.
Todas las declaraciones disponibles muestran que el PC ha mantenido una sola posición: apoyar el proyecto bolivariano desde sus inicios, en las buenas y malas. La ausencia de voces críticas en el mundo comunista tras el asesinato de Ronald Ojeda en 2024, ante las sospechas de una posible colaboración entre los asesinos y agentes de Maduro, es tal vez el mejor ejemplo de la persistencia de su posición. ¿Hubo liviandad por parte de miembros del Gobierno chileno? ¿Se transfirió información del Estado al régimen venezolano? ¿Cómo limitarán la acción directa del régimen chavista en nuestro país quienes apenas ayer negociaban con él? Todas esas incógnitas quedan abiertas ante la presencia de este partido en el Gobierno.
Frente Amplio: los duros y blandos
En una entrevista con Beatriz Sánchez en 2013 tras el fallecimiento del “Comandante”, el entonces presidente de la FECH Gabriel Boric afirmó que la tarea de la izquierda era que “el gran legado de Chávez […] no se acabe con Chávez”. En Twitter también escribió: “Somos muchos los chilenos que estamos con ustedes! A seguir profundizando la revolución bolivariana” y “Podrá tener defectos pero democracia es mucho más real y participativa que en democracias liberales”. Por esos días, la situación de deterioro era ya insostenible: el 87% de la población vivía en pobreza, el 60% padecía hambre y la misma proporción de adultos había perdido once kilos en el último año. Las declaraciones del actual mandatario no dejan dudas de la posición original del Frente Amplio respecto del régimen, mucho más complaciente, hay que reconocerlo, que la que mantiene hoy en día. La represión que siguió a las protestas tras la Asamblea Constituyente en 2017 y la reelección de Nicolás Maduro en 2018 llevó finalmente a la izquierda internacional a distanciarse del chavismo. El Frente Amplio, que nació a la vida política con Maduro en el poder, pese a cierta resistencia inicial, solo se dejó llevar por la corriente.
En marzo de 2017, Boric fue uno de los primeros de su mundo político en cambiar de postura, al llamar a la izquierda a condenar la situación en Venezuela y Cuba: “no podemos permitirnos continuar con el doble estándar en esta materia, ni escudarnos en el principio de autodeterminación de los pueblos para justificar violaciones a los derechos humanos”. Este giro fue provocado por la decisión del Tribunal Supremo venezolano de asumir las funciones de la Asamblea Nacional. Para entonces, casi 4 millones de venezolanos habían huido del país y el 60% de la población restante vivía en inseguridad alimentaria. Giorgio Jackson respaldaría en esa ocasión a su amigo, no así su partido.
En agosto de 2017, Revolución Democrática emitió un comunicado fuertemente criticado por su ambigüedad. “En los últimos años, este país hermano ha experimentado un innegable debilitamiento en estas materias, lo que, sin embargo, no hace del gobierno venezolano una dictadura, como la oposición de ese país y diferentes sectores de la comunidad latinoamericana han tratado de instalar en la opinión pública internacional”. Esta posición hacia el régimen fue predominante en el Frente Amplio ese año, aunque algunos sectores importantes continuaron siendo fieles a Maduro. Beatriz Sánchez, por ejemplo, tras presentar la “hoja de ruta” de su campaña presidencial, insistió en que Venezuela no era una dictadura, que no se debía caer en el juego mediático de la derecha y que conocer la posición del Frente Amplio al respecto se había transformado en un “fetiche”.
Con el tiempo, sin embargo, la admiración hacia la obra bolivariana comenzó a desdibujarse. En 2018, Gabriel Boric profundiza su crítica al régimen, a pesar de las reacciones negativas de algunos de sus compañeros. En una entrevista radial afirmó: “No podemos mirar hacia el lado frente a lo que, desde mi perspectiva, es un evidente debilitamiento de las condiciones democráticas en Venezuela”. Pese a esas críticas, en diciembre de 2018 el diputado frenteamplista Diego Ibáñez elaboró su propio diagnóstico: “el proceso bolivariano […] avanzó en sacar a gente de la pobreza y hoy se ha constituido como una clase media cuyas expectativas no necesariamente responden a los principios de la solidaridad y del comunitarismo, sino que más bien a principios de competencia neoliberal”. El dirigente omitió cualquier tipo de crítica política al régimen, para centrarse en cambio en la desviación moral generada en una población hambrienta.
Recién en 2019, otras figuras del Frente Amplio comenzarán a criticar al régimen con más firmeza. Pablo Vidal, militante RD y presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, lo calificó por primera vez como dictadura: “Maduro se convirtió en un dictador, y la izquierda chilena no puede seguir siendo cómplice de él”. Beatriz Sánchez respaldó las palabras de Vidal, mientras otras figuras del Frente Amplio, como Tomás Hirsch, Diego Ibáñez y Claudia Mix, todos observadores internacionales de la elección de 2018 que dio cómo ganador a Maduro, defendieron la legitimidad del proceso.
Miembros del PC no tardaron en acusar a Pablo Vidal de fomentar un golpe de Estado en Venezuela. Estos cambios de opinión llevaron a la disolución del Grupo de Política Internacional del FA, a petición de algunos diputados debido a su tono favorable a Maduro. Esta ruptura, al menos en parte, reflejaba la profunda identificación interna que mantenían algunos con el régimen.
Aunque Revolución Democrática, Convergencia Social y Comunes tenían en sus filas a seguidores de Chávez, la mayoría se concentraba en este último partido, especialmente dentro del subgrupo “Movimiento Ukamau”. Cuando Pablo Vidal llamó a Maduro “dictador”, Comunes, que entonces formaba parte de RD, declaró que las opiniones de sus parlamentarios eran “personales” y no reflejaban la postura del partido. En 2021, Doris González, exvicepresidenta de Comunes y vocera de la campaña presidencial de Boric, se reunió con Maduro en Venezuela y fue objeto de una cálida bienvenida por parte del mandatario. Tras esa visita, González, quien se desempeña actualmente como Secretaria Ejecutiva de Condominios del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, afirmó: “Volvemos a Chile con el legado de Chávez”.
Reflexiones finales
El vínculo de la izquierda con el régimen ha tenido altibajos, generados por la situación interna de Venezuela y los dictámenes de organismos internacionales. Sin embargo, su relación histórica sigue planteando interrogantes sobre la valoración que algunas corrientes progresistas tienen de la democracia. Desde sus inicios, el chavismo incorporó la irrupción violenta del poder, y desde este sector se omitió cualquier crítica. Asimismo, el distanciamiento del régimen de buena parte de la izquierda solo se materializó cuando el colapso económico amplificó la evidente hambruna, el éxodo masivo y la persecución de opositores. ¿Qué hubiera ocurrido si Venezuela hubiese mantenido la bonanza económica de los primeros años de Chávez? Probablemente, la historia sería otra.
Está claro que la “Revolución Bolivariana” tiene al menos dos etapas: una bajo Chávez y otra con Maduro. En Chile, sectores importantes de la izquierda siguen reivindicando al primero, mientras reniegan de su sucesor. Pero ¿no son ambos parte de un mismo problema? ¿Por qué se omiten los errores de Chávez, quien llevó el sistema al límite? Porque, en lo esencial, no tenían problemas con ese modelo: los fines de la revolución justificaban todo. Por eso, una parte de la izquierda identificó tales déficits desde el inicio, mientras la otra prefirió ignorarlos hasta que la crisis humanitaria se hizo insostenible. Esa es precisamente la historia no oculta entre nuestra izquierda y el régimen: el “Comandante” tenía piel, orejas y hocico de lobo; sedujo a muchos, más no pudo hacerlo con todos.

