Joan Garcés y su premonitorio análisis del fracaso
Joan Garcés y su premonitorio análisis del fracaso

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Joan Garcés y su premonitorio análisis del fracaso

Ricardo Brodsky

Sobre 1970. La pugna política por la presidencia en Chile, de Joan Garcés (Editorial Universitaria, Santiago, 1971)

Corría 1971, un momento de altas expectativas para el gobierno de la Unidad Popular, que venía saliendo airoso de las elecciones municipales, cuando la Editorial Universitaria publicó el libro de Joan Garcés, asesor del presidente Allende, titulado 1970. La pugna por la presidencia en Chile. Aunque el libro busca explicar y afirmar la posibilidad de éxito de la “vía chilena al socialismo”, no es ingenuo con respecto a los problemas que el proceso podría (y habría de) enfrentar: “imaginemos por un momento que la mayoría de la oposición que controla el parlamento hubiera adoptado una postura absolutamente obstruccionista a las iniciativas del Ejecutivo (…) El conflicto de poderes no hubiera tardado en ser insoluble. El Ejecutivo, aislado institucionalmente de ese modo, al no contar con el respaldo irrestricto y comprometido de las fuerzas armadas, se hubiera enfrentado a una situación de aislamiento y bloqueo institucional que lo hubiera asfixiado. Demasiado débil para adoptar medidas de fuerza hasta sus últimas consecuencias, el gobierno de Salvador Allende hubiera sido reducido a la impotencia. El desenlace no es difícil intuirlo”.

El texto de Garcés es un intento por explicitar los fundamentos de la insólita pretensión, hasta entonces, de hacer “la revolución hacia el socialismo en pluralismo, democracia y libertad”, proceso que llamó la atención a nivel mundial por sus carácter inédito y esperanzador. El libro contiene tres ensayos que forman una unidad coherente: el primero “Salvador Allende, Presidente de Chile”, analiza las condiciones y el comportamiento político de los chilenos que dan contexto a la campaña presidencial. El segundo, “El equilibrio de fuerzas sociales y los partidos políticos de 1963 a 1971”, analiza el sistema de partidos en Chile, la conformación de los tres tercios, el rol de la DC, el aislamiento de la derecha y la relación de los partidos comunista y socialista. La tercera parte, “La opción de 1970 y la ideología. Análisis de los tres programas presidenciales”, incluye un innovador examen de los programas en disputa, inspirado en los estudios del lenguaje en boga por aquellos años.

Según Garcés, la posibilidad de que Allende ganara las elecciones presidenciales y pudiera conformar un gobierno viable descansaba en tres factores decisivos de la realidad política y social chilena. Por una parte, el hecho de que el país gozara de amplias libertades políticas en un contexto institucional liberal y pluralista, donde se conformaron claras y diferenciadas alternativas con fuerte carga ideológica. En este sentido, Garcés valora como una condición necesaria para el triunfo de Allende la mantención del esquema tripolar y la unidad de la izquierda “para obtener la mayoría relativa y después para sobrevivir políticamente más allá del 4 de septiembre”. En un esquema polarizado de izquierda y derecha, como el que terminó imponiéndose hacia 1973, hubiera sido imposible el triunfo de la UP o su reconocimiento por parte del Congreso Nacional, en cuyo caso, “las compuertas de la violencia política quedaban abiertas de par en par”.

En segundo lugar, estaba el hecho de que, a su juicio, “la línea de escisión entre clases sociales no enfrenta, actualmente, en términos excluyentes a la gran masa de trabajadores y sectores populares, por un lado, con un frente único, pequeña /mediana/ gran burguesía”. De lo anterior, el autor deduce que la UP podría extender sus alianzas hacia los sectores medios, aislando a la gran burguesía. Para Garcés, “la base popular de la DC y los símbolos semánticos revolucionarios de que ha hecho uso hacían de su izquierda el terreno político ideal para buscar alianzas”. Según su lectura, lo anterior se veía reforzado por la buena relación de Allende con una Iglesia Católica, y en especial con el Cardenal Raúl Silva Henríquez, sensibilizada por el Concilio Vaticano II.

La tercera característica de la situación chilena que hacía posible la revolución era que “el movimiento obrero y políticamente más beligerante está agrupado tras los partidos marxistas, socialista y comunista”, partidos que habían venido colaborando sólidamente entre ellos desde hace décadas. Esto haría imposible el desbordamiento de sectores de trabajadores, como ocurrió por ejemplo en la Segunda República española con la existencia de una central anarcosindicalista. Como sabemos, el desbordamiento no vino por el lado del anarquismo (entonces inexistente), sino por una ultraizquierda que, abstrayéndose de la correlación de fuerzas, aspiraba a “avanzar sin transar”.

El análisis de Garcés hace pensar que, para ser exitoso —donde lo exitoso habría sido cumplir con los aspectos centrales de su programa y completar su período abriendo paso a una transformación socialista—, el gobierno de la UP requería vigorizar al extremo estos tres factores: fortalecimiento de la institucionalidad democrática, extensión de las alianzas hacia un centro político progresista y disciplina de los partidos ejes detrás del programa y del gobierno. Desafortunadamente, como sabemos, ninguna de esas tres cuestiones ocurrió.

Por qué no ocurrieron es harina de otro costal. Es lógico pensar que las condiciones que ofrecía el sistema político chileno posibilitaron el experimento de la UP, un proyecto que hoy parece algo exótico, no solo por lo pacífico, sino sobre todo por ese deseo de avanzar hacia un socialismo que se derrumbó estrepitosamente unos años más tarde. Hay en este análisis, sin embargo, un uso del lenguaje propio de la época que hoy puede parecer distante, y una subvaloración de los aspectos del contexto global en que se desarrollaría el proceso chileno. Como sabemos, el proyecto de la UP fue leído en clave de Guerra Fría por el gobierno de EEUU, con todas sus consecuencias; además, el gobierno de Allende no buscó instalar otra lectura posible, alejado de la retórica revolucionaria que Fidel Castro, en su excesiva visita a Chile, alimentó hasta el paroxismo. ¿Debió Allende, como propuso a posteriori el dirigente comunista italiano Enrico Berlinguer, separar aguas del socialismo burocrático de la URSS y apostar todas las cartas a un entendimiento histórico con la Democracia Cristiana que permitiera consolidar los avances sociales y fortalecer la democracia?

Muchos han intentado explicar o comprender el fracaso de esta experiencia chilena. Lo definitivo es que esos años alimentan una memoria traumática entre los chilenos: para unos, el trauma de la UP, la violencia en las calles, las expropiaciones, la amenaza comunista; para otros, el martirio de Allende, el trauma de la dictadura y las violaciones a los derechos humanos. Como hemos visto en estos últimos meses, estas memorias no nos abandonan.