Estallido, pandemia, hipernormalidad

"Sin las redes sociales, Zoom, Whatsapp, el teletrabajo, la teleamistad o el teleparentesco habría sido imposible el confinamiento sanitario. Como en 1918, con la gripe española, nos habríamos tenido que resignar a ver morir a muchos más. La agonía quizás también habría sido más breve".

septiembre del 2020
Estallido, pandemia, hipernormalidad

Los chilenos hemos vivido de manera continua, aunque no simultánea, dos movimientos aparentemente contrarios pero sutilmente entrelazados. Uno se hizo llamar el “estallido social” y consistió en la organización de protestas masivas que bloquearon plazas, avenidas y calles en sucesivas ocasiones a lo largo de varios meses. Uniendo reivindicaciones muy distintas entre sí, los participantes de las protestas crearon, como pocas veces en la historia de Chile, una sensación de cercanía. Estuvieron, estuvimos, juntos. Muy juntos. Estábamos todos juntos, visibles, sensibles; compartiendo un movimiento sensorial antes que político, en el que también jugó el olfato, la vista, los sonidos. Un movimiento también extrañamente inmóvil, que nunca se movió de su comienzo y hasta se complació en su inmovilidad. No llegó a decir nada más que “esto somos”. Tal vez por ello esa sensación de unidad no logró articularse en un programa político o social concreto.

Justo cuando estaba llegando a su cúlmine, el estallido fue reemplazado por la pandemia. Era tan dramático el contraste entre los dos movimientos que los promotores del estallido pensaron que la pandemia era parte de un complot de las autoridades para tomar el control de la calle. Luego entendieron que esta pandemia les permitía seguir en la lucha contra la normalidad, sentida como el gran enemigo. Los mismos que hacían del milagro de estar juntos una razón de ser promovieron con la misma furia el distanciamiento y la cuarentena. Encontraron en esta nueva distancia también una razón moral. Y se prolongó en ella la lucha contra un sistema que lo convierte todo en economía. Aquí, decían, se trataba de salvar vidas. Todo cálculo basado en las ganancias y las pérdidas fue sentido como una traición. La plaza quedó tan vacía como alguna vez estuvo llena. Esa plaza vacía significaba lo mismo que la plaza llena: estamos juntos.

Los amantes de la cuarentena y los del estallido comparten no solo un sentido alterno de la normalidad, sino también algunas herramientas que les permiten experimentar con los límites de esa normalidad. Fueron las redes sociales las que permitieron la movilización del estallido. Fueron ellas también las que lo prolongaron. Gracias a estas redes, si es que debemos agradecerles esto, el movimiento se mantuvo sin líderes y sin pactos. No necesitaba cabeza porque estaba hecho de miles de cabezas. Lo que sin las redes hubiese necesitado articulaciones clandestinas, partidos políticos, células o sindicatos pudo mantenerse, con las redes, libre de toda jerarquía. El Gobierno no tuvo con quien negociar y la oposición tampoco cómo cobrar los puntos que supone que ganaba en la calle. El empate eterno se convirtió en una constante: acciones de arte, represiones sangrientas, murales y mártires alimentaron las redes, mientras que ellas, a su vez, alimentaban la sensación de martirio y efervescencia, de que todos éramos parte de un gran relato continuo que no necesitaba de un narrador. La cosecha de memes, historias de Instagram o peleas por Twitter justificaban la jornada. La sangre pocas veces llegaba al río, pero daba la sensación de ser un mar. La revolución era más revolucionaria porque no necesitaba tomarse ningún Palacio de Invierno. Las imágenes modificadas, los énfasis subrayados creaban una realidad alterna que no necesitaba del concurso de los hechos. O más bien estos hechos obedecían al ritmo frenético de la red en sí.

Lo mismo se podría decir de la cuarentena. Sin las redes sociales, Zoom, Whatsapp, el teletrabajo, la teleamistad o el teleparentesco habría sido imposible el confinamiento sanitario. Como en 1918, con la gripe española, nos habríamos tenido que resignar a ver morir a muchos más. La agonía quizás también habría sido más breve. En 1920 los países asolados por una plaga que mató a 50 millones de personas celebraban felices la era del foxtrot y el jazz. La vieja normalidad incluía la muerte como una posibilidad real. La nueva piensa que quizás podemos no morir. Los expertos en epidemiología, en demografía y en estadística han podido, gracias a las nuevas tecnologías, probar formas de mitigación mucho más allá que cualquier experiencia anterior. Hemos llegado a experimentar el límite del límite en términos de pérdidas de empleos y en daño a la salud mental. No sabemos cómo saldremos de este experimento, pero sabemos que somos parte de un experimento. Como sucedió con el estallido, nadie tiene claro el límite de nada. Nadie manda, nadie sabe, todos adivinan. Los responsables políticos o religiosos, las autoridades morales, intelectuales y artísticas no pueden hacer nada contra el movimiento que se les impone desde un sentido común colectivo que muy luego se hace viral. Si lo intentan se verán tragados por el movimiento. El caso más visible de esa paradoja es el de Boris Jonhson.

Desesperado por distinguirse del resto de los líderes europeos, dejó que el contagio se paseara libremente por el Reino Unido hasta ser él mismo víctima del virus, y se vio obligado a dar un emocionado agradecimiento al sistema público de salud, por el cual no tenía hasta entonces ningún afecto especial. 

Nadie lidera la ola, ni la de los contagios ni la de la opinión pública. A lo más se la controla. En la pandemia como en el estallido la pregunta sobre cuándo, cuánto y cómo es imposible de responder. No estamos en la normalidad sino en la supranormalidad. Este concepto es un viejo conocido para los que estudian el comportamiento de los pájaros y peces. El etólogo Niko Tinberg encontró que el macho territorial gasterósteo (un pequeño pez de agua dulce) atacaba un pez de madera con más fuerza si su parte inferior estaba más roja que lo normal. Otro grupo de biólogos observaron que algunos pájaros preferían incubar los huevos artificiales más brillantes y grandes que los que solían producir. Lo mismo algunas mariposas, que preferían aparearse con figuras pintadas por los hombres. Como estos peces y pájaros, quizás estamos reaccionando ante estímulos supranormales que cambian nuestra conducta de un modo totalmente inesperado e incontrolado.

En cierto sentido, los hombres nunca hemos vivido en la normalidad simplemente biológica y hemos estado sometidos a todo tipo de estímulos supranormales. De alguna forma, los otros estímulos de este tipo —la radio, la televisión, la prensa escrita, la escritura, el arte mismo—cambiaron en su momento nuestro modo de aparearnos y relacionarnos, hasta convertirse en parte de nuestra normalidad. No lo hicieron sin sacrificio ni desconcierto; podríamos relacionar cada nueva invención tecnológica con una revolución, guerra civil o cambio de paradigma. Sería cuestión de relacionar, por ejemplo, el auge del fascismo con el del cine sonoro, o la imprenta con la reforma religiosa, y la televisión y el mayo del 68. Pero la velocidad, la universalidad, la omnipresencia global de estas nuevas tecnologías quizás nos estén deparando transformaciones aún mayores, con consecuencias inimaginables para nosotros. Del cine mudo al cine sonoro y del cine sonoro a la televisión transcurrieron décadas. En el transcurso de mi vida, en cambio, he visto blogs, fotologs, vlogs, MySpace, Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, Tiktok y muchos otros que aún no conozco. Es una revolución tecnológica que, como una bomba racimo, contiene miles de explosiones pequeñas con efectos insospechados. Quizás convenga observar a los peces o pájaros en el proceso de recibir estímulos foráneos que transforman su comportamiento.

Negarse a esta revolución es, por cierto, completamente inútil. Pero mirarla con inocencia como algo irremediable o forzosamente bueno resulta igualmente pernicioso. Los seres humanos somos seres por naturaleza supranormales, porque parte de nuestro medio natural es el lenguaje, que no es estrictamente natural. Sin embargo, hemos creado reglas y formas para incorporar estos estímulos a un cierto orden. De ahí, la religión, la filosofía o la literatura nos proveen de herramientas para comprender esta metamorfosis a la que estamos destinados. Pareciera que esas herramientas que nos permiten incorporar lo nuevo en lo antiguo se han visto severamente destruidas. De ahí la sensación de que esta supranormalidad sucede sin nosotros y que no podemos hacer nada más que seguir la ola. Sin norte, sin embarcación, lo más seguro es el naufragio. De esa deriva de ola en ola, de entusiasmo en entusiasmo, o de terror en terror, pareciera que no queremos salir.