Entrevista a Ryszard Legutko

"El argumento de que el monopolio liberal aumenta la libertad y la pluralidad es terriblemente erróneo: ningún monopolio aumenta la libertad, tal como ningún monopolio induce a la pluralidad. Es como decir que el emblanquecimiento aumenta el ennegrecimiento o la homogeneidad genera diversidad. El único riesgo que veo en el cambio que socava el dominio del liberalismo es que un nuevo monopolio puede reemplazar al antiguo", dice Ryszard Legutko.

Entrevista a Ryszard Legutko

Profesor de filosofía política y miembro del Parlamento Europeo, las opiniones del intelectual polaco Ryszard Legutko no son fáciles de digerir para muchos de sus interlocutores. En su libro The Demon in Democracy (Encounter Books, 2018) y en sus intervenciones públicas se distancia abiertamente de la democracia liberal. Durante décadas el principal foco de sus críticas fue el comunismo que imperaba en Polonia, pero sus dardos contra el liberalismo no son menos severos. Mientras realizábamos esta entrevista, una conferencia suya era suspendida en el Middlebury College por temores de la administración a las reacciones de los estudiantes. Para algunos, esta censura parecía confirmar su crítica a la homogeneidad liberal.

En The Demon in Democracy realizas una audaz comparación entre el comunismo y la democracia liberal, subrayando además la facilidad con que las antiguas élites comunistas se adaptaron al nuevo sistema. ¿Observar esa adaptación te preparó para los desafíos que enfrenta la política europea actual?

Sí, creo que lo hizo. Esa adaptación, así como la disposición de quienes acogieron a los comunistas en su medio, es un hecho empírico crucial que nos habla no solo sobre los comunistas, sino sobre todo respecto de los demócratas liberales. Esto prueba que, al elegir entre los conservadores anticomunistas y los excomunistas, los políticos e intelectuales liberal-democráticos ciertamente se alinearán con los últimos. Ambos grupos —demócratas liberales y comunistas—comparten los mismos prejuicios: la modernización, la inclinación hacia la ingeniería social, los sentimientos antirreligiosos, la creencia en el progreso, etc. Los liberales podrían estar de acuerdo con los conservadores solo en una condena moral muy general de las más aborrecibles prácticas de los regímenes comunistas. Pero una vez que esos regímenes desaparecieron o las prácticas se frenaron ligeramente, y una vez que los comunistas prometieron, aunque solo fuera de palabra, arrepentirse y expiar sus pecados, los corazones y las mentes de los demócratas liberales se volvieron hacia ellos.

¿Qué consecuencias tuvo esto para la legitimidad de ambos grupos?

No hay nada en la corriente política actual que pueda socavar la legitimidad de los excomunistas como participantes en la vida política; sí hay, en cambio, muchas cosas que socavan la legitimidad de los conservadores: su defensa de la familia, su lealtad a las raíces cristianas, sus puntos de vista sobre la educación y la moral. En la práctica, los demócratas liberales consideran indigerible cada uno de los principios nucleares del conservadurismo moderno. Por lo tanto, veo la agenda liberal-democrática como una versión modificada de aquello que los comunistas intentaron implementar en el pasado. No es de extrañar que los desafíos que enfrentamos hoy no sean tan diferentes de los que enfrentamos antes. En mi trabajo en el Parlamento Europeo con frecuencia tengo la sensación de que estoy volviendo a vivir el viejo drama, aunque con diferentes disfraces y en un entorno distinto.

Una de las formas en que planteas el problema contemporáneo es hablando del “carácter intrusivo de la democracia liberal”. Incluso hablas de la democracia liberal como la principal fuerza homogeneizadora en el mundo contemporáneo. Sin embargo, la democracia liberal típicamente se entiende a sí misma aparejada con el pluralismo.

Si el liberalismo se entiende a sí mismo como coextensivo con el pluralismo, entonces estamos frente a un autoengaño. Durante siglos, el pluralismo fue una realidad: hubo diferentes naciones, tribus, comunidades, grupos sociales, clases, diferentes idiomas, diferentes dialectos, diferentes jerarquías, diferentes estilos, diferentes acuerdos políticos. Desde tiempos inmemoriales, las sociedades se estratificaron y diversificaron. El supuesto principal del liberalismo como teoría es que, de alguna manera, podemos desmantelar todas estas estratificaciones y diversificaciones por ser contrarias a la libertad y comenzar desde cero, construyendo una nueva sociedad consistente en individuos con derechos. El liberalismo es, entonces, esencialmente tan destructivo como reconstructivo, pero nunca respetuoso de la realidad.

Pero incluso quienes están de acuerdo con su evaluación de los peligros contemporáneos para la libertad podrían argumentar que ello es así simplemente porque el liberalismo se ha descarrilado (o, tal vez, porque “no se ha intentado”). ¿Cómo responderías a tales consideraciones?

La naturaleza paradójica del liberalismo es que comienza con la destrucción de las sociedades pluralistas existentes. Por eso, el argumento de que el liberalismo se ha descarrilado o que no ha sido probado me parece espurio. Mientras más políticas liberales tenemos, menos diversa se vuelve la sociedad; cuanto menos liberales son las sociedades, más diversas pueden llegar a ser. Hace varias décadas el mundo era más pluralista de lo que es hoy. El engaño del liberalismo es que se identifica etimológicamente con la libertad. Pero, como enfaticé en mi libro, el núcleo del liberalismo no es la libertad, sino una nueva organización de la sociedad cuyo objetivo es reemplazar a la existente. Esto explica por qué el liberalismo es tan intrusivo y por qué interfiere con todos los aspectos de la vida social.

La situación contemporánea se puede abordar preguntando por la relación (tal vez “matrimonio de conveniencia”) entre liberalismo y democracia. Algunos sostienen que necesitamos más democracia para contrarrestar la tendencia elitista de la democracia liberal contemporánea. Otros argumentarían que necesitamos más bien un elemento aristocrático liberal que contrarreste la tendencia igualitaria de la democracia. ¿Dónde te ubicas en este debate?

Contrariamente a una visión estándar, no veo un conflicto inherente entre liberalismo y democracia. Valoro bastante lo que algunos llaman “liberalismo aristocrático” del tipo que encontramos en Tocqueville y Ortega y Gasset, pero estoy bastante descontento con el término. El liberalismo no puede ser “aristocrático” porque por definición es igualitario. Y también la democracia es igualitaria. Buscar una versión aristocrática del liberalismo es como buscar una versión aristocrática de la democracia. Cualesquiera que fueran los modos en que Tocqueville y Ortega se describieran a sí mismos, o como quiera que otros los describieran, no eran liberales; eran pensadores que querían preservar tanto la libertad como la jerarquía, concepto ajeno a los liberales. El igualitarismo, como sabemos, genera su propia versión del despotismo. Para preservar la igualdad, uno tiene que construir una estructura burocrática fuerte para evitar que emerjan las desigualdades. Por lo tanto, mi posición es que es inútil corregir el liberalismo mediante la democracia o la democracia mediante el liberalismo.

¿Y cómo describirías entonces el tipo de régimen al que debiéramos aspirar?

Debemos liberarnos de pensar en términos de sistemas políticos generales, ya sean liberales, democráticos, socialistas o capitalistas. El liberalismo, la democracia, el capitalismo o el socialismo no son ídolos a los que deberíamos ya no contrarrestan la ortodoxia liberal democrática hacer reverencia. En su lugar, deberíamos tratar de organizar una buena sociedad, es decir, una sociedad que cumpla con muchos  criterios,  también con aquellos que no son necesariamente liberales o democráticos. Tal sociedad debe respetar la libertad, la igualdad, la jerarquía, la ética de la virtud y varios otros principios e ideales que son difíciles de reconciliar entre sí, pero que son necesarios. Uno de los prejuicios de hoy es que existe un cielo político que consiste en el liberalismo y la democracia; el primero aseguraría nuestra libertad y la segunda nuestros derechos colectivos. Pero teniendo en cuenta que el liberalismo y la democracia se refuerzan mutuamente, deberíamos alentar a las instituciones no liberales y no democráticas, como las iglesias, las familias o las escuelas, siempre que conserven su esencial carácter jerárquico. Una vez que esas instituciones pierden ese carácter ya no contrarrestan la ortodoxia liberal-demodemocrática. La presión de esta ortodoxia es formidable. Incluso la Iglesia Católica, que durante siglos simbolizó los valores de jerarquía y autoridad, se está rindiendo a ella. Habiéndose opuesto de modo valiente a las represiones brutales de los regímenes comunistas, la Iglesia de hoy parece capitular ante la presión mucho menos brutal, pero implacable, de la democracia liberal. 

Esto parecería entroncar con el ideal de régimen mixto, un aspecto de la tradición clásica que usted recoge con mucho entusiasmo. ¿Cuál consideras que es la intuición fundamental tras este concepto?

Creo que el concepto de régimen mixto es una de esas pocas ideas brillantes que dieron al pensamiento europeo un nuevo rumbo. Hasta que Platón en LDs Le)es y luego Aristóteles en la PolťticD sugirieron la idea de un régimen mixto, la filosofía política estuvo determinada por lo que muchos siglos más tarde Max Weber denominó tipos ideales. Se creía que existía un conjunto limitado de opciones políticas al construir regímenes políticos, y que cada opción excluía a la otra. Si somos monárquicos, tenemos que ser antidemocráticos y antiaristocráticos; si somos democráticos, tenemos que ser antimonárquicos y antiaristocráticos, etc. Sorprendentemente, este modo de pensar ha sido bastante influyente en los tiempos modernos, cuando la noción de democracia se convirtió en la única solución aceptable. En el mundo que aparentemente elogia el pluralismo y la ambigüedad, la noción de democracia se elevó a la posición de lo absoluto. Pero tras haber sido santificada, la idea de “democracia” se ha vuelto cada vez más esquiva, adoptando un carácter evaluativo en lugar de descriptivo.

Y aquí estamos hablando ya no solo de lo que ocurre en la filosofía política, sino de cómo esto determina nuestra discusión cotidiana.

Lo que merezca ser llamado democrático lo deciden quienes tienen el poder político e ideológico, y no precisamente a la luz de criterios independientes. La Unión Europea, por ejemplo, que es una típica institución oligárquica. Ella ha secuestrado la palabra “democracia” y la ha estado utilizando para encubrir sus políticas oligárquicas. Todo lo que hace la Unión Europea se declara automáticamente “democrático”, sin tener en cuenta el contenido de lo que efectivamente hace. Como resultado, no es posible un debate sobre la esencia no democrática de la “democracia” de la Unión Europea, o sobre la democracia como tal, sus lados buenos y malos, y sobre cómo debería ser limitada. Si me preguntan por qué la idea de un régimen mixto debería tomarse en serio hoy, diría que es precisamente porque abre un debate sobre qué arreglos institucionales son preferibles, un debate que hoy en día no solo es filosóficamente impedido por el mendaz lenguaje político, sino también políticamente por las grandes organizaciones como la Unión Europea, así como por muchos tribunales constitucionales y regulaciones internacionales.

Hay quienes han descrito nuestra situación global como un momento posliberal. No solo a los movimientos no liberales les va bastante bien en términos de organización política, sino que también poseen una inmensa vitalidad intelectual. ¿Cuáles son, en tu opinión, los aspectos más esperanzadores de este movimiento? ¿Ves en él riesgos significativos?

No estoy seguro de que el mundo de hoy sea posliberal. El problema del liberalismo es que exige una rendición incondicional, y cada vez que aparecen dudas y críticas se califican de inmediato como un ataque total contra el liberalismo. Por supuesto, todos los cambios, también los ideológicos, producen algunos riesgos, pero la mantención del statu quo también es arriesgada. Yo diría que el socavamiento del monopolio del liberalismo es en general positivo, principalmente  porque aumenta la libertad y nos hace sensibles a la pluralidad. El argumento de que el monopolio liberal aumenta la libertad y la pluralidad es terriblemente erróneo: ningún monopolio aumenta la libertad, tal como ningún monopolio induce a la pluralidad. Es como decir que el emblanquecimiento aumenta el ennegrecimiento o la homogeneidad genera diversidad. El único riesgo que veo en el cambio que socava el dominio del liberalismo es que un nuevo monopolio puede reemplazar al antiguo. Pero por ahora es difícil ver quién podría tener tal nuevo monopolio: no hay un candidato obvio.

Aunque el liberalismo se encuentre bajo fuerte crítica, no lo percibes entonces como un fenómeno en retirada. ¿Ves su permanencia como inevitable?

 Es cierto que hoy se ha hablado más sobre los defectos del liberalismo que, digamos, hace diez años, y esa es una buena señal. También es cierto que hay algunos movimientos que desafían la regla liberal; y creo que en general son positivos, aunque hoy no tienen suficiente influencia y aún no se han liberado del lenguaje liberal. Por otro lado, la presión del liberalismo ha aumentado constantemente en campos como la educación, la regulación social y la moral. También hay una creciente reacción histérica a esas pocas y más bien dóciles formas de disidencia de la corriente liberal que hemos estado observando últimamente. Tal histeria se deriva de la suposición de que no existe otra ruta concebible para la civilización occidental que no sea la liberal. Y este es, todavía, un supuesto ampliamente aceptado hoy. Rechazo este supuesto por muchas razones, también porque veo en él una creencia en la inevitabilidad histórica, similar a la que los comunistas intentaron inculcar en las mentes respecto del comunismo. Esta creencia llevó a una capitulación intelectual en ese entonces, y está conduciendo a tal capitulación también hoy.

La reciente cancelación de una conferencia tuya en Middlebury parece confirmar las cosas que has escrito. ¿Qué sentimientos prevalecen luego de esta experiencia? ¿La ves como un signo de un cierre fatal y quizá final de la mente occidental? ¿O la situación se ha vuelto tan grotesca que más bien debería abrir los ojos de más personas y eventualmente inspirar correcciones de nuestra situación?

Como siempre, uno puede interpretar el mismo incidente en dos sentidos, como una confirmación de las prácticas recurrentes o como un signo de cambio. Es cierto que el incidente de Middlebury confirmó la crisis existente en la academia y, en particular, la aceptación de la fuerza en la vida académica. Las universidades han sido capturadas por la ideología de la izquierda política, y los ideólogos (estudiantes y profesores) han eliminado sin piedad todas las ideas que no son Como siempre, uno puede interpretar el mismo incidente en dos sentidos, como una confirmación de las prácticas recurrentes o como un signo de cambio. Es cierto que el incidente de Middlebury confirmó la crisis existente en la academia y, en particular, la aceptación de la fuerza en la vida académica. Las universidades han sido capturadas por la ideología de la izquierda política, y los ideólogos (estudiantes y profesores) han eliminado sin piedad todas las ideas que no concuerdan con las suyas. El lema de la Universidad Jaguelónica en Cracovia, es “plus ratio quam  vis”, la razón es superior al poder. En Middlebury, así como en muchos otros lugares, un lema más adecuado sería uno que afirmara lo contrario, que el poder es superior a la razón. Esto en sí mismo ya es malo, pero la enfermedad es aun más grave. El triunfo de la vis resultó en la corrupción del pensar y del hablar. Aquellos que tienen poder político e ideológico, y que imponen censura y castigan todas las formas de inconformidad, se presentan como víctimas de discriminación, como una minoría indefensa, marginada y oprimida. Y esto es precisamente lo que hicieron los manifestantes de Middlebury. Al leer su versión del incidente, uno podría tener la impresión de que fui yo el agresor y que fueron ellos los que fueron rechazados y dolorosamente humillados por el mero hecho de mi presencia. Permitirme hablar les habría causado un sufrimiento insoportable. Claramente, la ideología que defienden ha contaminado sus mentes y su lenguaje.

¿Hay alguna salida posible a esta situación?

Uno puede mirar el incidente con más optimismo. Por primera vez, pudimos ver una rebelión: algunos estudiantes se resistieron a este poder ideológico y dijeron que estaban hartos de la intimidación y la censura Desafiando a la administración de la universidad y la presión de los fanáticos, me llevaron de contrabando a una de las salas de la universidad y me pidieron que diera una conferencia “ilegal”. Me divertí un poco, porque me recordó mis días de juventud bajo el régimen comunista, cuando junto a mis colegas sosteníamos conferencias y seminarios ilegales. Lo encontré bastante significativo. Tal vez este acto de desafío marcará el comienzo de un cambio.