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Por Pablo Ortúzar
Hace un tiempo Noam Titelman, expresidente de la FEUC como representante del NAU, afirmó que la izquierda chilena joven —de la que él forma parte y que hoy gobierna— tenía un serio déficit de intelectuales, mientras que la centro-derecha joven sufría una carencia similar de políticos. Esta afirmación podría ser rápidamente descartada haciendo un repaso del sinnúmero de académicos jóvenes de izquierda que hoy controlan —por volumen— el mundo universitario de las humanidades y las ciencias sociales. Sin embargo, se nota fácilmente que el punto de Titelman no es que no hayan intelectuales que sean de izquierda —la mayoría lo son— sino que muy pocos entre ellos parecen dedicados a pensar el proyecto político de dicho sector, aunque siempre estén disponibles para azuzar y batallar en las redes sociales o firmar declaraciones colectivas. Lo que le faltaría a la nueva izquierda, entonces, no serían militantes dedicados al trabajo no manual (de hecho, casi nadie en sus partidos trabaja con las manos), sino una discusión de ideas.
¿Se ajusta este postulado a los hechos? Bien podría uno dudarlo. Después de todo, pensadores como Fernando Atria (hoy dedicado de lleno a la política, incluso cuando está en el aula) y Carlos Ruiz Encina, ambos con una importante red de seguidores y discípulos en los mundos de la izquierda joven, han venido desarrollando una amplia obra de reflexión política durante los últimos 15 años. Bastaría, entonces, poner ese trabajo sobre la mesa y mostrar el alcance de su influencia para descartar lo señalado por Titelman o, al menos, para matizarlo: quizás no hay pensadores políticos de izquierda de la generación del Presidente Boric, pero sí de la anterior, y su proyecto ha encontrado gran recepción en la nueva generación.
Todos contra el neoliberalismo, sea lo que sea
Sin embargo, la cosa se complica si intentamos definir ese proyecto. Atria y Ruiz pertenecen a una generación opacada y anulada por la élite dirigente de la Concertación, cuya juventud transcurrió entre la frustración de crecer en medio de una dictadura y la de tener que agachar el moño ante los mayores, que decidieron pactar para desmantelarla de a poco. Ambos comparten la convicción de que las tres décadas de mayor desarrollo humano y económico de la historia nacional (1989-2019) son producto de una renuncia ideológica y política por parte de la izquierda, que habría reproducido, a su vez, un vacío moral y político llamado “neoliberalismo”. Luego, los dos definen su propia postura como “antineoliberal”, incluyendo bajo el arco de lo “neoliberal” tanto la dictadura militar de Pinochet (reconvertida en la derecha política) como la Concertación.
¿Pero qué sería el “neoliberalismo”? En ambos casos se entiende como la dominación de la razón instrumental y económica por sobre todos los demás valores y consideraciones. Razón que asocian directamente con los mercados. Luego, el “antineoliberalismo” sería la afirmación de “la sociedad” (en el caso de Ruiz) o bien de “la ciudadanía” (en el caso de Atria) contra la coordinación mercantil del tráfico social. Y, en ambos casos, el retroceso del mercado se asocia con el reemplazo de las formas institucionales privadas por formas estatales sometidas a la dirección democrática o popular.
Este movimiento hacia el Estado es entendido por Ruiz desde un razonamiento que siempre remite hacia atrás, hacia una era dorada mesocrática supuestamente destruida por el golpe de Estado de 1973 (orden que, por otro lado, le parecía tan radicalmente injusto a la izquierda chilena de esa época que buena parte de ella estaba dispuesta a combatirlo por las armas). Atria, en cambio, lo ve como una progresión sacramental hacia la constitución de un pueblo entendido como comunidad de salvación. Es decir, el primero utiliza una forma mítica clásica, la de la restauración de la Edad Dorada, mientras que el segundo asocia la superación del “neoliberalismo” con la escatología cristiana de la construcción del Reino.
En este sentido, Ruiz es menos radical que Atria[1]. Su horizonte se resuelve en una especie de peronismo difuso, donde la “sociedad civil” consiste en grupos activistas de interés clientelizados por el Estado a cambio de apoyo político-electoral, todo sobre un fondo de desarrollismo nacionalista. Atria, en cambio, se mueve en un plano teológico abstracto, con pretensiones salvíficas. Un nuevo cielo y una nueva tierra estarían detrás de la comunidad forzada de bienes temporales. Tal como ha señalado Hugo Herrera, para Atria el mercado representa el “mundo de Caín”, del cual la humanidad podría purgarse utilizando la ley como herramienta sacramental y el Estado como instrumento pedagógico.
El problema que ambos comparten, eso sí, es el carácter mítico de su estatismo. Esto, debido a que lo sostienen no comparando la realidad del mercado con la realidad del Estado, sino la realidad del primero con una versión idealizada del segundo. De este modo, no se hacen cargo de ninguno de los problemas reales que muestran las ideas socialistas una vez que entran en contacto con el mundo, ni tampoco tienen un programa de modernización del Estado. Escriben como socialistas utópicos de comienzos del siglo XIX, como si todos los fracasos prácticos—y los horrores políticos— de las recetas socialistas de los últimos 150 años nunca hubieran ocurrido.
¿Les importa esta falta de objetividad? La respuesta, probablemente, es que no. Ambos son miembros de una izquierda posmaterialista, que luego del fracaso y derrumbe de los socialismos reales (y sus distintas formas de capitalismo de Estado) renunció a tratar de competir en el plano de lo real con el orden capitalista liberal. El concepto de “neoliberalismo” es para ellos, en realidad, lo que Ernesto Laclau llamaba un “significante vacío”. Es decir, un concepto sin contenido positivo propio, pero que es capaz de representar y articular la negatividad a la que se culpa de la imposibilidad de la plenitud de sentido de la comunidad. Así, el “antineoliberalismo” es un símbolo de antagonismo más o menos indeterminado, que permite aglutinar distintas identidades bajo un mismo paraguas imaginario. La suma de todas “las luchas” contra las fuerzas que amenazan la plenitud comunitaria imaginada. El confluir de todos los enojos y fastidios contra el reino de este mundo.
Y es que solo en este antagonismo radical e imaginario, pensaba Laclau, puede construirse un “pueblo” en oposición a ese “otro” generalmente identificado con las “élites”. El “antiliberalismo” es, de este modo, un catalizador de frustraciones sociales y existenciales, a las que se invita a orientarse y encontrarse en una lucha hegemónica épica pero de contenidos y bordes dudosos. Lo único que amalgama al conjunto es el deseo de conflicto, el antagonismo total.
Todo esto, hay que recordarlo, es muy generacional. Está empapado del enojo de los “jóvenes de la transición”, que nunca lograron revelarse contra sus padres políticos. No es coincidencia que Fernando Atria decida comenzar su libro Neoliberalismo con rostro humano—donde despliega una crítica radical a la Concertación— citando el hit de fines de los ochenta “First we take Manhattan”, de Leonard Cohen: “Me sentenciaron a veinte años de aburrimiento/ por tratar de cambiar el sistema desde adentro/ vengo ahora, vengo a darles su merecido”. Ahí está la clave de lectura de la revancha generacional que ese texto encarna, aunque aparezca envuelto en principios generales: la frivolidad de un adulto que no tuvo la juventud que creía merecer, y que hoy vampiriza la adolescencia ajena.
¿Por qué Atria y Ruiz consideran los treinta años de mayor desarrollo económico y paz política de la historia de Chile como un calvario? Justamente porque identifican la ausencia de tensión antagónica y el repliegue hacia la prosperidad privada como un hundimiento en el sinsentido. Y todos los enemigos y víctimas de ese orden pasan a ser, entonces, sus amigos bajo la gran carpa “antineoliberal”. De eso se trata, en general, su visión política.
Nihilismo de los medios
En la práctica, lo que se termina configurando como el “campo antineoliberal” es una mezcolanza de activismos identitarios dispersos y grupos de interés. Va desde las minorías sexuales hasta los nacionalismos étnicos, pasando por ambientalistas, universitarios, animalistas, indigenistas, veganos, feministas y varios más. El lenguaje económico es desplazado por el de los “excluidos”, pues esta izquierda no tiene realmente propuestas económicas (más allá de “redistribuir” entre los lotes). El lenguaje y la reflexión sobre las clases sociales quedan, por lo tanto, en un plano secundario. Ni hablar de convocatorias a proyectos comunes. Es lo que advirtió Mark Lilla en El regreso liberal, y que ha sido señalado, en el contexto nacional, por Alfredo Joignant.
Para darle algún grado de coherencia a este revoltijo, el recurso lógico es declarar tan terrible e invivible el orden existente que, por la razón y medios que sean, su destrucción misma parezca un programa aceptable. La incongruencia de los fines se resuelve por el nihilismo de los medios: todo lo que muerda al neoliberalismo sirve. Anarquistas antifronteras y etnonacionalistas que quieren expulsar de su territorio a personas de otra raza se pueden dar la mano en ese punto. Feministas que creen que las mujeres se definen biológicamente y constructivistas de género también. Hasta abogados progresistas millonarios y estudiantes pobres de regiones. Todos quieren demoler, y después ya habrá tiempo para ver qué se construye sobre las ruinas. Se espera que el antagonismo tenga la respuesta.
Esto explica, de hecho, la incapacidad para condenar el violentismo callejero de la protesta octubrista o el terrorismo étnico de grupos extremistas mapuches en el sur. La dirección de esas violencias les parece amiga, aunque sea inmanejable. Nunca se plantean qué pasaría si el viento cambiara de dirección y el incendio que alimentan se volviera contra ellos.
En este sentido, es notable la similitud entre el nihilismo político de entreguerras examinado por Karl Löwith —que concentró sus furias contra el liberalismo— y nuestro antineoliberalismo. No por nada Carl Schmitt aparece como el intelecto tutelar de ambos momentos. Intelectualmente, Ruiz y Atria ya no pretenden entender, sino ‘decidir’. Sus palabras ya no buscan “hacer más manifiestas las cosas, sino ‘confrontar, combatir, negar y refutar’”[2]. Y, por lo mismo, se han vuelto simples eslóganes que orientan una decisión nihilista[3]. En sus manos, el lenguaje político no tiene un contenido positivo. Es meramente polémico, referido a una oposición concreta[4]. De ahí que Atria, por ejemplo, siempre alegue que lo están malinterpretando cada vez que alguien intenta hacerlo responsable de lo que dice o escribe: él considerará, en cada momento, que la interpretación adecuada de sus dichos es la que más le convenga. Las palabras, como le gusta repetir en contra de sus contradictores, ya dan lo mismo.
El nihilismo de los medios de Schmitt, en todo caso, se basaba en la expectativa de que contra la violencia extrema desatada “alguna potencia, algún poder bueno y racional haría el papel de katechontos… la violencia del mito siempre habría de aspirar, por su telos inmanente, a fundar un derecho nuevo”[5]. Un dios político, parido por la destrucción sacrificial, vendría a salvarnos. Es lo que estos intelectuales esperaban de la Asamblea Constituyente: la encarnación del signo “pueblo”. Pero el “signo celestial” que persiguieron a través de la “belleza de sus armas” (Cohen de nuevo) se apagó a mitad de camino.
Un callejón sin salida
La Convención Constitucional mostró que un conjunto de minorías compactadas en torno a un significante vacío no conforman una mayoría ni producen un pueblo. La polémica no engendra política necesariamente. Y lo que sirve para confrontar no rinde frutos a la hora de organizar un orden. El actual gobierno de Gabriel Boric sufre por las mismas razones: toda su práctica es la de una movilización permanente. Pero gobernar es organizar y proveer, no irritar y demandar.
Puestos al otro lado de la mesa, ha quedado claro que no hay realmente proyecto. Que el vacío solo engendra vacío.
Noam Titelman, bajo esta luz, tendría razón: la nueva izquierda no tiene intelectuales. Las recetas tomadas de la generación anterior han alcanzado su estéril límite. Y no hay nadie de la generación joven, todavía, haciéndose cargo de ese problema. El proyecto político de demolición que los llevó al poder también los vuelve impotentes en él.
Superar el nihilismo identitario, recuperar la racionalidad y la objetividad en los análisis y actualizar las banderas de lucha de la izquierda en el plano de la justicia social son tareas enormes y que difícilmente pueden ser abordadas mientras se gobierna. Se gobierna, en general, ejecutando lo reflexionado fuera del poder. Y a la fuerza política liderada por Gabriel Boric lo reflexionado se le agotó al poco andar. Lo único que queda flotando, detrás de las modas izquierdistas pasajeras, es el mezquino leninismo del Partido Comunista, cuyo negocio siempre es exactamente el mismo: el reemplazo brutal de una élite del poder por otra.
Íñigo Errejón —que, a diferencia de Pablo Iglesias, no tiene contraparte en Chile— dice que luego de la conquista política, al otro día, hay que ocuparse de recoger la basura. Con eso se refiere a lo concreto, cotidiano, material y objetivo. A la labor poco épica y nada de escatológica de proveer buen gobierno. Pareciera que cumplir esa tarea nunca le interesó a la “generación perdida” de la transición, pero es lo único que podrá darle futuro a la izquierda “encontrada” del nuevo ciclo político que despunta.
[1] Aunque no mucho. Resulta clarificador, para entenderlo, leer su texto del 2001 “Perfilar la nueva sociedad desde las luchas actuales”.
[2] Kark Löwith, Martin Heidegger and European Nihilism (Nueva York: Columbia UP, 1995), 158.
[3] Ibid.
[4] Ibid. 156
[5] José Luis Villacañas, Poder y conflicto. Ensayos sobre Carl Schmitt (Madrid: Marcial Pons, 2008), 24. Katechon, en griego, significa “lo que contiene” o “lo que retiene”. En su segunda carta a los Tesalonicenses, Pablo de Tarso afirma que la venida del anticristo depende de la supresión de aquello que lo retiene. Originalmente se pensó que este “contenedor” era la Iglesia, pero luego el concepto fue asociado al Imperio Romano (que, se pensaba según otras profecías bíblicas, sería el último imperio antes de la destrucción del mundo).

