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So, after you burn down your own home, what do you have left but char and ash?
Killer Mike
Músico y activista afroamericano
Atlanta, 2020
1.
A inicios del siglo XX, el famoso ensayo de Augusto Orrego Luco titulado La cuestión social tuvo una enorme difusión. Allí daba cuenta del dramático escenario de precarización de la sociedad chilena producto de las transformaciones ocurridas en las décadas anteriores, destacando sobre todo los efectos de la migración campo-ciudad. Para Orrego Luco había una novedad en la pobreza que observaba, vinculada, más que a su magnitud, al modo en que ella se experimentaba. En el traslado desde el rancho en la hacienda hacia los arrabales de la capital, los otrora campesinos se sumían en un estado de “sorpresa”: ante sus ojos se abría un horizonte de posibilidades desconocidas que, sin embargo, permanecían inaccesibles para ellos. Si, como reza el dicho, la felicidad está en la ignorancia, al llegar a la ciudad el migrante abandonaba ese estado para descubrir, por efecto de las abismantes diferencias y de la opulencia de la “civilización”, la radicalidad de su propia miseria. “Era aquello como si un rayo de luz penetrara en los ranchos, oscuros hasta entonces, alumbrando y poniendo de relieve las miserias que antes el ojo no veía”, apunta Orrego Luco[1]. Para el autor, el “despertar” de estos “hijos de inquilinos” estaba lejos de ser inocuo: de no ser contenido a tiempo por el Estado, amenazaba con alimentar un proletariado que podía poner en riesgo el orden social.
Las motivaciones de Orrego Luco eran, sin duda, bien intencionadas. Su objetivo era alertar a una clase política adormecida e indiferente al estado de las grandes masas de población urbana, y su reflexión forma parte del acervo intelectual que sentó las bases para reformas sociales fundamentales de inicios del siglo XX. Sin embargo, subsiste en su perspectiva un punto ciego que inevitablemente da cuerpo a su aproximación: en su relato, el campesino nunca despierta por lo que tiene —y que no estaría siendo protegido, resguardado o respetado por quien está delante—, sino porque descubre, en virtud de una luz que proviene de fuera, que no posee absolutamente nada. Su despertar es siempre a una total miseria, y no lo inspira su propia agencia —por ejemplo, la consciencia de su dignidad—, sino procesos externos y ajenos a él. Son ellos los que lo movilizan a su pesar y permiten que la historia avance, en el ritmo y dirección que esperan aquellos que creen dirigirla. Orrego Luco observa con preocupación a ese sujeto y reclama ayuda y sostén, pero no es capaz de ver en él nada afirmativo; lo relevante es “su condición oscura”[2]. El autor, por su parte, no tiene nada a lo cual despertar ni abrir los ojos, y reproduce así una lectura ya instalada en el Chile de la época. El Estado chileno y latinoamericano se expandió por el territorio nacional asumiendo que la cultura republicana debía nutrir una tierra vacía de contenido, sin cultura. Una página en blanco. Las tensiones y dificultades de esa extensión —o en el caso de Orrego Luco, de la miseria y pobreza que observa— no conducen nunca a una segunda hipótesis posible: que quizás, del otro lado, haya un sujeto con algo valioso que reclama ser considerado para que esa misma expansión pueda hacerse efectiva (y que, de paso, en su avance no violente y atropelle todo aquello que existe desde antes)[3].
A pesar de la enorme distancia temporal que nos separa de Orrego Luco, y de las muy distintas aproximaciones que tenemos a la realidad de la pobreza o de la desigualdad, el prejuicio descrito se ha mantenido como un problema de larga duración. Esto se verifica en las interpretaciones que, desde el estallido de octubre de 2019, se han hecho de nuestra propia crisis social y política. Si antes fue el impacto de la migración campo-ciudad lo que gatilló el despertar, ahora habría sido la repentina toma de conciencia de la farsa meritocrática. Según se dice, esta no solo se mostró como una mentira para la gran mayoría, sino también como una promesa reservada para unos pocos. Tanto a principios del siglo XX como en el periodo que precedió a la reciente crisis chilena, los recién despertados habrían vivido, hasta ese momento, “a ciegas”, sumidos en su “condición oscura”, resignados a promesas vanas o bien a su ignorancia. Su aceptación, su quietud previa, nunca es activa y deliberada. Y la rabia que genera su despertar sería, también hoy, la misma que ayer: aparece al descubrir la miseria propia frente a aquel que todo lo tiene.
La fractura que se abrió en Chile aquel viernes 18 de octubre se ha leído primordialmente, aunque tal vez sin mucha consciencia, desde esta premisa. Repitiendo el gesto de Orrego Luco, la clase política e intelectual reproduce en versión criolla la problemática hipótesis de la enajenación, y contamina de paso la comprensión de lo que ocurre en nuestro país[4]. Esto puede verse de modo nítido en la interpretación dominante de la demanda más transversal que emergió en octubre, aquella que reclamaba dignidad. Ante la constatación de su protagonismo, así como de la profundidad que indica respecto de la magnitud de la crisis y de los reclamos que enfrentamos, se ha intentado elevarla a eje articulador y orientador de las posibles salidas a ella. Sin embargo, la permanencia no asumida de este punto ciego conlleva el riesgo de que no logremos encontrar en la dignidad un marco compartido, sino un nuevo instrumento para establecer los bandos en que cada uno, en tiempos difíciles como este, suele atrincherarse; y que con ello dejemos de lado aquella realidad digna y valiosa que se supone que habíamos descubierto.
2.
Pocos negarán la preponderancia del concepto de dignidad en la crisis de octubre. “Hasta que la dignidad se haga costumbre” fue una de las frases que alcanzó más eco en las sucesivas y masivas marchas que solo fueron contenidas por la pandemia a inicios de este año. Aparentemente, el concepto permitía dar cuenta de la profundidad a la que llegaban los abusos y desigualdades que encontraron su símbolo en el aumento de la tarifa del metro, y cuyo masivo rechazo fue inicialmente abordado con tanta indolencia por las autoridades. Es como si de pronto se hubiera tomado consciencia de que la experiencia de muchos se caracterizaba por ser “pasados a llevar” cotidianamente, lo que hería el reconocimiento y respeto de su estatus de persona[5].
Tal vez eso explica que, al día siguiente del incendio de las estaciones del metro, una porción importante de chilenos no despertara indignada ante las inéditas manifestaciones de violencia, sino concediendo que, esta vez, en ese descontento quizás había algo más profundo. Se instalaba la idea de que podría haber cierta justicia en la demanda que estaba tras el arranque de furia. Y llegados a ese punto, terminamos enfrentados a una tensión que no hemos logrado resolver: cómo volver a justificar la legitimidad de las instituciones que, para muchos, han sido ocasión activa o cómplice de los abusos que están en la base de ese malestar. Y cómo evitar que, en el camino, la violencia misma se valide como medio de acción política, echando así por tierra los fundamentos de cualquier convivencia posible.
El concepto de dignidad parecía sugerir también un eje articulador entre tantas reivindicaciones dispersas, mostrándose como lo único constante en marchas que carecían de interlocutores y liderazgos claros. Esto desesperaba aún más a una clase política completamente paralizada por la explosión de una crisis que no pudo anticipar, sin saber por dónde ni con quién establecer el tan invocado diálogo. Quizás esa misma desesperación explica la perplejidad inicial del Ejecutivo que, sumido en la angustia, prefirió hablar de un “enemigo poderoso” sin precisar a quién se refería, en lugar de mostrar con humildad su disposición para empezar una nueva y difícil reconstrucción. Otros más atentos, o tal vez con mayor sentido de la oportunidad, miraron con esperanza esa demanda por dignidad que empezaba a asomarse, como si en ella apareciera la posibilidad de un punto de encuentro en medio de tantas disputas; como un nuevo piso mínimo que, ante la completa desorientación e incertidumbre, ayudaría a establecer el punto de partida para recomponer una vida en común que de pronto se reveló tan tensionada y frágil.
El problema es que, si bien la dignidad se ofreció para muchos como concepto aglutinador de la crisis, el uso que se hace del término no indica nada muy preciso. No orienta respecto de las tendencias políticas que predominan en las personas que llenaron por meses las calles; tampoco establece jerarquías en torno a los reclamos; menos aún nos indica si acaso las demandas apuntan a un cambio total del modelo o a un perfeccionamiento del mismo. Y, sin embargo, ahí está, en el centro, como una reivindicación ineludible, tan básica como esencial, tan estructural como difusa. Una aspiración que ha mostrado las luces y potencialidades de un movimiento social inédito, pero también sus oscuridades pues, así como ha aparecido en medio de marchas pacíficas, con familias de protagonistas reclamando cuestiones fundamentales, también ha estado presente en manifestaciones violentas que creíamos olvidadas. Así, lo que al principio era una demanda tan potente, se reveló también como una exigencia total que no está dispuesta a someterse a las reglas mínimas de la convivencia, porque pareciera que ya ninguna es legítima. De ese modo, la dignidad termina cuestionada por la misma furia incontenible que la levanta, porque repentinamente se muestra, al menos en algunos, dispuesta a pasar por encima de todo, incluso de aquellos límites que la hacen justamente posible.
Se puede observar entonces que, por más protagonismo que tenga esta demanda, su uso y sentido parecen ser ambiguos, algo que, por lo visto, quienes siguen levantándola no han podido (o querido) asumir. Podemos constatar su magnitud, pero ignoramos su sentido e implicancias, en parte porque hemos dado por resuelto su contenido y pasado directamente a las soluciones para satisfacer su grito. A pesar de ser el reclamo más profundo, aquel que indica que esta crisis no solo remueve dimensiones técnicas o institucionales de nuestro ordenamiento social, sino las bases mínimas de nuestra convivencia, no nos hemos detenido en la indispensable reflexión sobre qué la constituye. Hemos dado por sentado su significado, porque lo asumimos como autoevidente. Y de este modo, sin darnos cuenta, reproducimos el viejo prejuicio que Orrego Luco formuló tan bien (aunque sin querer) hace más de cien años: pensamos que se trata de un fenómeno nuevo, de una exigencia que nace de la repentina iluminación de una mirada que hasta hace poco tiempo no solo era ciega a los abusos que se ejercían sobre ella, sino también ignorante de su propia valía.
3.
La interpretación aparentemente dominante en nuestra discusión pública tiende a asumir que la demanda por dignidad, que adquirió protagonismo con el estallido, se consolidó al alero de las transformaciones ocurridas en Chile durante las últimas décadas. Ahí es donde aparece otra expresión que acompañó en varios momentos a la dignidad en las manifestaciones de octubre: “no son 30 pesos, son 30 años”. En la aparición rabiosa de ambos no se habrían levantado voces y reclamos antiguos, sino terminado de fortalecerse las exigencias de una población más consciente de sus derechos y hastiada de un sistema que los vulnera. El modelo de desarrollo instaurado en dictadura y sostenido en democracia habría generado, a un tiempo, el cambio y aumento de las expectativas, así como un marco institucional para frustrarlas sistemáticamente, en una suerte de combinación potencialmente explosiva.
Así, por un lado, desde hace varios años contamos con estudios que recopilan la extendida y cotidiana experiencia de ser pasados a llevar; trayectorias marcadas por encuentros que tienen la forma del roce antes que de la colaboración, en el contexto de un sistema demasiado exigente para lo que retribuye y donde cada uno debe rascarse con sus propias uñas[6]. Por el otro, esos mismos estudios indican que, desde hace algún tiempo, estaríamos experimentando “empujes a la democratización de las relaciones sociales”, fenómeno que se traduciría en una demanda cada vez más fuerte de horizontalización de los vínculos y expectativas de buen trato[7]. El origen de esta nueva exigencia estaría en la combinación de un horizonte de aspiraciones cada vez más amplio —gracias a un modelo que, aunque a muchos disguste, ha rendido frutos— y el llamado proceso de “ciudadanización” que, según se indica, instaló con éxito en Chile y América Latina las nociones de derechos e igualdad[8]. ¿Cuál fue la consecuencia natural del encuentro de esos dos procesos? El posicionamiento de la demanda por dignidad en el centro de nuestro debate público, debido a que adquirió un nuevo contenido: se ha transformado lo que hoy se considera el “mínimo digno vital” y en función de ello es que se articulan las diversas expectativas, exigencias, y por supuesto, frustraciones[9]. Solo por esto es que la reivindicación por una vida digna, al fin, despierta.
Es allí donde se encontraría la base de la furia desatada en octubre y la explicación de la innegable relevancia de la idea de dignidad en las manifestaciones. Si acaso el reclamo tiene raíces previas, nadie parece identificarlo, y tampoco interesa demasiado. Pero bastaría simplemente con volver la mirada sobre la serie de tradiciones centenarias de afirmación de la dignidad en que todos participamos para descubrir que se trata de una demanda de larga data: reconocimientos antiguos de la singularidad racional, reconocimientos cristianos del hombre como imagen de Dios, reconocimientos ilustrados de que una cosa es tener valor y otra es tener dignidad. A nivel local, ellos aparecen tempranamente en el canto y la poesía popular, donde la lira de fines del siglo XIX y la misma Violeta Parra a mediados del XX lo confirman. Si fuéramos capaces de observar y valorar esas distintas matrices, podríamos descubrir que la consciencia de la dignidad no apareció repentinamente en octubre, como si hasta ese momento hubiéramos estado sometidos a su vulneración sin ningún atisbo de queja, como ovejas detrás de la vara de quien dirige. Ella estaba desde mucho antes, también en los hoy despreciados tiempos de la aceptación y del consenso. ¿Cómo, si no, podríamos saber cuándo ella está siendo pasada a llevar? De eso nadie parece tomar nota, y cuando cobra vigencia en octubre, su contenido se da por hecho y se la asocia con una agenda política específica, avanzando rápidamente a otra discusión: la defensa o condena del modelo vigente. La dignidad pasa así a segundo plano, instrumentalizada en función del programa que otros han definido para satisfacerla.
Ocurre que, en alguna medida, la dignidad afirmada en el discurso ha sido ensombrecida en la práctica por otro gran lema que simbolizó la crisis de octubre, y que a juicio de quien escribe es el que se ha articulado como la verdadera base interpretativa de lo que ocurre en nuestro país: Chile despertó. Volvemos así al mismo despertar de Orrego Luco, a una población que al fin habría abierto los ojos para adquirir plena consciencia de una dignidad que a diario es vulnerada por un modelo que, en paralelo, le ha permitido hacerse más lúcida. Desde estos términos, la dignidad queda vinculada, casi inevitablemente, a una orientación política inequívoca. Esto deja al gobierno vigente en una posición incómoda, pues vuelve prácticamente imposible su identificación con el reclamo, aunque fuera parcial; identificación indispensable para recoger y hacerse cargo de esa demanda. Sus miembros no serían otra cosa que los defensores de un sistema que es causa de esa dignidad quebrantada y, por lo mismo, carecen de legitimidad para poder responder a ella. Entre tanto, nadie parece notar que en esa lógica perdemos todos, y no solo la autoridad cuestionada. La demanda es así apropiada por una izquierda que, sin embargo, no está interesada principalmente en ella, sino en afirmar la negatividad total del ordenamiento actual que, como hemos visto, la vulnera. Lo que podía servir de guía conjunta se convirtió, de ese modo, en una herramienta de disputa política donde cada bando se atrinchera; unos mirando con culpa y sin distancia crítica el reclamo, otros con una actitud escéptica y mezquina, incapaces de aceptar que en él hay experiencias reales de abuso y desigualdad.
4.
Orrego Luco no habló de dignidad, sino de miseria. Quizás en ello reside una diferencia importante con el Chile previo a la crisis de octubre —aunque tristemente ahora, después de la pandemia, quizás volvamos a hablar de esa miseria—. En ese sentido, hoy contamos con un concepto afirmativo con respecto al que la ciudadanía parece estar reclamando: al hablar de dignidad, se intuye que hay algo valioso que aquellos que ahora se levantan intentan proteger. Sin embargo, la discusión pública ha pasado demasiado rápido delante de esa dimensión, tentada por responder sin demora a gritos que son todavía confusos. Después de todo, la dignidad se ha visto entremezclada con la violencia, con el rechazo a la institucionalidad y la deliberación, así como también con hipótesis enteramente negativas de nuestro presente, todas incompatibles con una noción que supone que siempre hay algo que se busca resguardar. El “no tenemos nada que perder” que llenó las marchas de nuestro octubre quizás ha cobrado demasiado protagonismo y, con ello, no hemos logrado alejarnos realmente del prejuicio con que Orrego Luco miró a los inquilinos recién llegados a la capital, a inicios del siglo XX.
Alejarse de ese punto ciego exigiría estar dispuestos a mirar también si, como dijo la historiadora Sol Serrano, a pesar de todo el malestar que se ha hecho evidente, “hay algo que defender de aquello que tenemos”[10]. Eso obligaría a plantearnos también la pregunta de si acaso más que estar dormidos hasta octubre de 2019, por mucho tiempo se confiaba —afirmativamente y con razón— en un modelo que no era mera herencia y reproducción de la dictadura, sino resultado de una transición inédita a una añorada democracia que, a inicios de los noventa, una gran mayoría valora como nada en el mundo. ¿Hasta qué punto hemos errado en el diagnóstico, identificando la dignidad con un despertar al abuso e ilegitimidad del sistema, confundiendo dónde reside finalmente la experiencia de pasar a llevar, dónde y cómo es que realmente se violenta una dignidad que es anterior a todo?
Plantear esa pregunta implica sin embargo abrirse también a la posibilidad de que el problema fundamental no sea, como tantos han creído, el “modelo” —un modelo en particular, sea cual sea—, sino un modo de actuar y de interpretar, de larga data e inconsciente, que sigue hasta hoy atravesando a nuestra clase política y también a parte importante de la intelectualidad. Una lógica que, en cada nuevo ciclo histórico, en cada punto de inflexión, al constatar el protagonismo de la gente común, no sabe sino confirmar que ella al fin ha despertado y adherido al programa que ya se tiene definido de antemano. Nunca, en cambio, ve allí una ocasión para detenerse, para volver los ojos sobre quien no es solo objeto de la acción política, sino sujeto; una página llena de historia donde no solo la indignación sino también el consenso, la aceptación, la confianza o la fe dan cuenta de la consciencia profunda de su dignidad. Una dignidad aprendida y recibida en ámbitos que quienes creen saber interpretarla no han empezado siquiera a observar.
[1] Augusto Orrego Luco, La cuestión social (Santiago: Imprenta Barcelona, 1884), 41.
[2] Ibid.
[3] Esta idea es deudora de la reflexión del sociólogo Pedro Morandé. Véase particularmente su texto “Identidad local y cultura popular”, rescatado en este mismo número de Punto y coma.
[4] La tesis de la enajenación es originalmente formulada por Karl Marx en su reflexión sobre el trabajo capitalista, desarrollada en los Manuscritos económico-filosóficos. Véase en los apéndices de Erich Fromm, Marx y su concepto del hombre (Buenos Aires: FCE, 1962). Acá, sin embargo, seguimos la crítica formulada a una interpretación dominante de esa tesis en la tradición marxista. En ella, la enajenación queda identificada con la falsa consciencia que caracterizaría las acciones del mundo popular que no han incorporado en su autocomprensión los términos marxistas. Véase sobre todo la lectura de Chantal Delsol, Populismos. Una defensa de lo indefendible (Buenos Aires: Ariel, 2015).
[5] La idea de ser “pasados a llevar” es tomada del trabajo empírico de Kathya Araujo. Véase sobre todo Habitar lo social. Usos y abusos en la vida cotidiana en el Chile actual (Santiago: LOM Ediciones, 2009); también la reformulación del término como “roce” en Kathya Araujo (ed.), Hilos tensados. Para leer el octubre chileno (Santiago: USACH, 2019), 31.
[6] La idea de la “desmesura” en las exigencias del sistema es descrita por Araujo en Hilos tensados,
21. A su vez, los informes del PNUD han registrado sistemáticamente bajos índices de seguridad en la población asociados a una experiencia de vulnerabilidad constante en sus trayectorias vitales. Véase por ejemplo Informe sobre el Desarrollo Humano en Chile 2012. Bienestar subjetivo: el desafío de reprensar el desarrollo (Santiago: PNUD, 2012), especialmente la parte 5, 202.
[7] Araujo, Hilos tensados, 24.
[8] Ibid., 25. Es importante notar cómo ese proceso de “ciudadanización” vinculado a la demanda actual de dignidad, es descrito como un proceso construido desde arriba: una agenda promovida por el Estado, los medios de comunicación, organismos internacionales, etc.
[9] Ibid., 20
[10] Sol Serrano, “Violencia y política en la historia de Chile”, columna publicada en El Mercurio, 9 de noviembre de 2019.

