Sobre The Extinction of Experience: Being Human in a Disembodied World (Nueva York: W. W. Norton, 2025), de Christine Rosen
Este libro es una bocanada de aire muy helado: alivia e incomoda al mismo tiempo. Alivia, porque permite descansar de la reiterada y desorientadora idea según la cual la tecnología digital es solo una herramienta más, y que será buena o mala según el uso que le demos. E incomoda, porque muestra que lo relevante no es si la herramienta es buena, mala o neutra, sino, de hecho, cómo la hemos venido usando y las consecuencias que eso ha tenido en nosotros (y no solo en “nuestra sociedad”, mas antes, en la atención y el corazón de cada uno). El punto de partida del libro es, entonces, la realidad de las cosas y no la discusión teórica estéril sobre si acaso es posible decir que “la herramienta es neutral” porque hay, en abstracto, buenos usos posibles.
El título es autoexplicativo: The Extinction of Experience: Being Human in a Disembodied World. Si es cierto que estamos perdiendo la capacidad de experimentar —Rosen es enfática en mostrar que cada vez somos más espectadores de lo que sucede—, hay motivo suficiente para preocuparse: no hay prudencia posible sin experiencia. Dicho de otro modo, no se aprende a hacer ni a decidir —tampoco a disfrutar— por el mero hecho de ver a otros haciendo cosas. Como es sabido desde antaño, nada hay en el intelecto si no está primero en los sentidos. Por otro lado, si reconocemos que la persona humana es esencialmente corpórea —el cuerpo es algo que somos, no un obstáculo por superar ni un utensilio que tenemos a disposición—, entonces es evidente que apartarlo cada vez más de nuestras vidas tendrá consecuencias.
Rosen va demostrando cómo en diversos ámbitos de la vida hemos ido sustituyendo la experiencia por la información. La autora enumera prácticas tan terribles como vergonzosas: hablamos mucho sobre la realidad a los niños, pero los exponemos poco a ella; gozamos viendo un programa de cocina sofisticada mientras comemos comida rápida; sabemos demasiados detalles de gente que nunca conoceremos. Esta descripción exhaustiva hace que volvamos a recordar algo evidente que a ratos parece olvidado: es mejor tomar un café que ver una foto de alguien que fue a tomar un café; es mejor dar un regalo (o recibirlo) que mirar un video de alguien dándole un regalo a otra persona, y es mejor ver una película que reproducir un video de una persona reaccionando a una película (los “video reacción” son uno de los tantos curiosos fenómenos en que Rosen se detiene). Toda esta mediación de la experiencia no solo nos quita la oportunidad de haber estado ahí (un capítulo se titula, sugerentemente, “You had to be there” [“Tenías que haber estado ahí”]), sino que incluso estando ahí lo vivimos como si no estuviéramos; como vicariamente. Así, se va deshaciendo la diferencia entre estar y no estar: siento que estoy cuando no estuve, y cuando sí estuve es como si no hubiera estado.
Hay una idea que atraviesa casi todo el libro: hay cosas importantes que estamos perdiendo sin darnos cuenta. Esto último es lo que más preocupa a la autora, que intenta mostrar el elefante en la habitación. Por ejemplo, dedica un capítulo completo a abordar la riqueza de la comunicación realmente humana, y el abismo de diferencia con la comunicación virtual. Como es obvio, exponerse realmente al otro amplifica la empatía, la confianza, la capacidad de leer todo lo no verbal que comunican el rostro, el cuerpo y sus gestos. Aunque la referencia sea siniestra, en esta narración resuenan los planteamientos de Bauman en Modernidad y Holocausto: “Resulta difícil hacer daño a una persona a la que podemos tocar. Algo más sencillo resulta infligir dolor a una persona a la que solo vemos en la distancia. Todavía es más fácil en el caso de una persona a la que solo podemos oír. Es muy fácil ser cruel con una persona a la que no podemos ver ni oír”. Desde luego el morbo y la curiosidad, el egoísmo y el narcisismo, siempre han existido, pero habría que ser ciego para no ver cómo las pantallas multiplican al infinito estos defectos: es el panóptico digital, en que todos somos exhibicionistas y voyeristas a la vez.
Este constante monitoreo virtual del mundo, paradójicamente, nos mantiene con los sentidos cerrados. De forma inevitable, entonces, nuestra concepción de deber hacia los demás se debilita: si voy por la calle cerrado al mundo —al mundo real, valga la precisión— entonces no estoy disponible para contestar a quien busca una dirección ni para ceder el asiento ni para dar una limosna (o siquiera para contestar que no quiero darla). Por supuesto hay casos más graves: tampoco estoy disponible para ayudar a alguien que se cayó o se lanzó a las vías del tren, según ejemplifica Rosen con trágicos y reveladores casos reales.
La escritura a mano, la espera, el misterio, la serendipia (un hallazgo preciado e inesperado), el aburrimiento y la creatividad son solo algunos de los fenómenos cuya muerte o enfermedad denuncia la autora. Vale la pena detenerse en uno: hemos sustituido la mano por el dedo; hemos pasado de lo manual a lo digital. En línea similar a Rosen, Byung-Chul Han recuerda que “‘digital’ deriva de digitus, que significa ‘dedo’. Con los dedos contamos y calculamos. Son numéricos, es decir, digitales”. En tanto, las manos humanas tienen algo que las hace únicas: son funcionalmente indeterminadas. ¿Para qué está hecha especialmente la mano humana? Así, mientras las garras de un león o las alas de un pájaro tienen unas características claramente orientadas a su supervivencia, la mano humana sirve lo mismo para golpear, acariciar, escribir, construir una casa, tocar el piano, rogar a Dios, cocinar algo o andar en bicicleta. La mano humana no está hecha para algo, sino que está disponible, abierta al telos infinito de la humanidad. Lo digital es como una castración de esta apertura.
El dedo como sustituto de la mano es el ejemplo más nítido de una mutilación mayor: lo digital nos despedaza, nos descuartiza. Nuestros ojos están en un lado, mientras el oído está en otro, y el resto del cuerpo está como inerte en algún otro lugar. Nuestro tacto a estas alturas jubilado siente simplemente la suavidad de una pantalla que, al decir de Byung-Chul Han, no ofrece resistencia ni se nos opone.
Con más descripción que prédica, aunque a veces algo atiborrado de anécdotas y datos, el libro nos conduce a la conclusión de que la preocupación por todo lo que hemos ido perdiendo no es un puro fetiche nostálgico: vamos camino a una nueva forma de barbarie. Frente a esto, parece necesario, al menos, hacerse la pregunta de si esa pérdida es una decisión o algo que simplemente nos está pasando por encima.
¿Y la esperanza? Habrá que esperar al final del libro para, quizá, encontrarla.


