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Por Sol Serrano
Una primera versión de este texto fue leída en el IES el martes 5 de diciembre de 2023, con motivo del lanzamiento del libro Enseñar entre iguales. La educación en tiempos democráticos, de Daniel Mansuy. Agradecemos a la autora permitirnos reproducir este texto en Punto y coma.
Antes que nada y por sobre todo quiero agradecer a Daniel Mansuy por este libro. Creo que lo harán todos cuando lo lean. Su título es algo enigmático, y su portada lo es aún más. Es una profesora, no una institutriz; con su delantal impecable espera que ese niño repita una lección por medio de la lectura. Es una escuela porque hay un pupitre, el de ella. El niño está sentado en una banca frente a un mesón. Hay un pizarrón y, aunque se vea poco, una campana.
Esa escena que nos parece antigua es, sin embargo, tan moderna. El tiempo medible se ha alejado del tiempo natural, que es obviamente el de ese niño a pie pelado. Es un cuadro ambiguo, porque refleja las críticas mucho más tardías a la educación moderna por su carácter autoritario, disciplinador, que inserta a ese niño en la cultura escrita a través de una mediación que se yergue como una autoridad, sacándolo de su estado natural. Es un niño pobre y está ahí por un ideal que suponemos democrático, que busca hacer lo igual a otros niños con encajes y zapatos de charol. Esa igualdad deviene en la autonomía del individuo. La misma autonomía que ese niño posiblemente reclame después ante cualquier tipo de autoridad.
Este libro que presentamos hoy trata sobre la pedagogía moderna, la degradación de la autoridad y, por ello, la degradación del profesor en cuanto mediador.
Bien se podría haber escogido otra portada. ¿Por qué no la de los overoles blancos en la Alameda de Santiago, que en la argumentación del texto representan la quintaesencia de la emancipación moderna y una igualdad que no admite autoridad de ningún tipo? O podría haber sido un retrato del enamoramiento por aprender de otro y con otro, esa alteridad que rompe con la soberanía del individuo que solo se reconoce a sí mismo como absoluto. Esta portada, por el contrario, es enigmática, porque deja abierta la imagen a muchas escenas que vendrán después, durante la lectura. Puede encarnar todas las interpretaciones. Es una escena con puntos suspensivos.
Nadie menos dotada de imaginación pictórica que yo, pero ese cuadro me representó el razonamiento del texto. Daniel Mansuy nos lleva por el despeñadero del concepto educacional moderno. Y va haciendo ese recorrido con el lector y no solo consigo mismo y con su ego, como suelen solazarse parte de los intelectuales hoy. Tampoco va con el lector en plan paternalista para hacérsela fácil. Su razonamiento es en sí mismo un vínculo, un diálogo y un encuentro. En este sentido es un texto performático.
Mientras leía el libro y tomaba notas, pensé en dar cuenta hoy del camino que este ensayo recorre alrededor de los conceptos de la pedagogía moderna. Estos son, al fin y al cabo, una observación de la cultura moderna en sí. Y no sé si es por pereza o porque sencillamente mi relato del libro lo empobrecería, pero me permití reaccionar como lectora un tanto desordenada ante un texto que me llegó hondamente. Al terminarlo sentí que recorría un drama del cual no logramos escapar, sino a lo más reconocer: la tensa y amorosa tensión entre soledad y lenguaje.
Mansuy explica que, en Rousseau, el estado de naturaleza es la autonomía del noble salvaje, porque no requiere del lenguaje. Esa es la autonomía que la civilización coarta. “Los individuos —cito— podían conocerse sin necesidad de mediación, sin entrar en las opacidades propias del lenguaje y de la comunicación (…). En la lengua original “cantaríamos en lugar de hablar (…). Esta lengua (…) persuadiría sin convencer y pintaría sin razonar”. Se produce un mundo sin necesidad de hermenéutica, concluye el autor. Claro que esa lengua prístina solo podría darse en un amor perfecto que la historia humana no conoce. Puedo concluir que al final, en Rousseau, la hermenéutica es una pretensión fracasada de ser sucedánea de la soledad. Rousseau está buscando desesperadamente cómo escapar a la opacidad del lenguaje que es, a mi juicio, arrancar de la soledad, porque sabemos que la comunicación humana es opaca. Hay algo lúcido y a la vez dramático, y también monstruoso, en descartar el lenguaje por sus limitaciones. Esa autonomía se pierde con la civilización, por lo cual el noble salvaje solo puede ser parte de un todo, de la voluntad general a la que se sirve como ciudadano. Finalmente, una salida totalitaria a las limitaciones humanas.
Este texto, que al inicio parece una lectura crítica de Tocqueville y de Rousseau, aunque de muchos más, va construyendo en finos hilos una genealogía de este camino: la igualdad democrática de la educación, siguiendo a Tocqueville, lleva a una autonomía que no reconoce autoridad superior que pueda ser una mediación legítima. De Rousseau deriva con mucha claridad a los posmodernos, para los cuales el lenguaje es un poder opresivo. Todo mediador, como sería el profesor, es cómplice de esa opresión. Mansuy ofrece algunas citas para el bronce: para Foucault la poesía se inventó debido a oscuras relaciones de poder; o la de Barthes: “La lengua, como performance de todo lenguaje, no es reaccionaria ni progresista, es simplemente fascista”. Así, el lenguaje deja de ser un vehículo de transformación, porque el diálogo pierde todo sentido. Y así también, en consecuencia, la democracia misma. Es aquí donde el autor bien podría colocar la fotografía de los overoles blancos en la Alameda. Concluye que el deconstructivismo termina siendo una lengua fragmentada, una jerga, una sospecha sistemática del lenguaje sobre el habla humana. Creo que en el caso chileno no hemos conmensurado hasta qué punto aquel ideario ha penetrado en las aulas universitarias precisamente a través de sus profesores en tiempos de masificación.
Para nadie es un misterio que los intelectuales, especialmente de las humanidades —las ciencias sociales en general han asumido como propio el lenguaje de las ciencias naturales—, ya no solo escriben para ellos mismos, sino casi solo para sí mismos. Un lenguaje que en la actualidad no parece tener visos de una realidad que otros puedan comprender, sino una autoalimentación del propio lenguaje. Eso se traspasa a las universidades y, más directamente, a los planes de estudios escolares, como muestra Mansuy con cierta ironía citando algunos párrafos del currículum de lenguaje hoy vigente en el sistema escolar.
Mansuy es un intelectual que no se solaza en sí mismo ni tampoco pretende establecer una verdad en piedra, sino que efectivamente busca el diálogo. Y con ello ha logrado un diálogo mucho más amplio, que es el que se da entre las distintas disciplinas. Insisto, su reflexión de la educación como la necesidad de otro la encarna en su propia argumentación.
Por ello el texto no vale solo por la conclusión a que conduce, sino por el camino que lleva a ella. Su último capítulo es “Educar según el eros”, la educación como oportunidad para salir de la propia alteridad para encontrarse con otro, un encuentro que supera, que rompe la soberanía absoluta del individuo para construir vínculos y sentidos compartidos. La familia, la política, la educación, nos dice, son modalidades de nuestra necesidad de otros.
Este capítulo es su proposición ante el nihilismo individualista de la pedagogía moderna. Sin embargo, tiene algo de degustación del postre, más que de postre mismo. Hace algún tiempo le comenté a Daniel que en su excelente libro sobre Allende había escrito dos libros en uno. Y ahora creo que escribió medio libro en uno. Porque, como corolario, su crítica denuncia en cada uno de sus apartados la ausencia del auténtico don, la antropología del don. En la conclusión no desarrolla propiamente aquello, sino que lo sintetiza en la educación según el eros. Obviamente esto implica la antropología del don, pero creo que falta entonces un segundo tomo que desarrolle la tradición intelectual que comprende aquella antropología.
Para terminar: ahora agradezco la invitación de Daniel a decir unas palabras hoy. Me imagino que esperaba un comentario no solo como lectora, que es lo que he hecho, sino como historiadora. Obviamente en cada una de las reflexiones me surgían escenas de la historia; solo contaré una:
Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile. Alguna sesión, a fines de 1840 que no recuerdo, en su calidad de superintendencia recibe los informes de las autoridades locales. Una de esas autoridades, que no era profesor, da cuenta con gran alegría de que hay una escuela en Concepción que funciona muy bien porque todos los niños aprenden, y el profesor puede recibir un sueldo porque los niños ricos pagan y los pobres no. Los niños ricos se sientan en la primera banca y los pobres al final de la sala. Terminada la clase, los niños ricos se retiran y los pobres hacen el aseo del aula.
No había una gota de sorpresa en su elogioso relato, pero los nuevos académicos se detuvieron: eso ya no podía permitirse en un régimen republicano que establecía la igualdad ante la ley. Por tanto, lo prohibieron. ¿Y qué creen que pasó? Los ricos armaron su propia escuela y los pobres se quedaron sin profesor hasta que el Estado se los financió. Esos niños no volvieron nunca más a encontrarse. Igualdad y exclusión podían ir tan dramáticamente juntas. La modernidad está llena de estas paradojas. Como la búsqueda de emancipación de formas de autoridad ilegítima y al mismo tiempo el interés por mantener un orden social. Aquello definió muy profundamente la formación de sistemas nacionales de educación.
Mi única crítica, para no ser tan complaciente con mi querido autor, es que ¡la palabra Estado no aparece en todo el libro! Es la modernidad política la que hace una educación democrática en la escuela. Y lo es en sus contenidos como en su extensión. Hace algo más de 200 años que aquello fue considerado un deber del Estado. La educación pública en el ideario de la política moderna cumple tanto con el concepto de la igualdad ante la ley como con la formación del individuo en cuanto poseedor de la legitimidad de la soberanía. La educación pública forma al individuo inserto en el orden social, era una contención al riesgo de fragmentación del orden social. Es allí donde debía construirse la unidad que la salida de la legitimidad religiosa del poder político abría a la anomia social.
Y claro, me ayudó a meditar sobre las distintas temporalidades del proceso educativo moderno en distintas partes de Occidente y en los distintos sectores sociales.
Mansuy lleva un pequeño —aunque grande, diría yo— historiador adentro, y una de sus principales críticas al debate actual (aunque también podríamos decir que es un debate bien antiguo), es pedirle a la educación que ella misma repare los daños de la sociedad. Todo problema nuevo que aparece en el debate se le delega a la escuela. Y a ella le damos muy poco. Sobre todo a los profesores.
Mi última alabanza: centrar el problema en los profesores y situar su degradación no en ellos mismos, sino en distintas epistemologías modernas, es situar el problema en la sociedad, que es donde verdaderamente radica. Su dura crítica a la degradación actual es sustantiva a la crisis que hoy vive la democracia. No puede haber democracia en el nihilismo individualista, sino en el diálogo, en el vínculo que hace legítimas ciertas formas de autoridad, en el intento de construir algún sentido compartido ante la anomia de un lenguaje degradado. Aquello es la educación según el eros.
Daniel Mansuy nos entrega hoy un texto profundamente erótico.
