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Por Claudio Alvarado
Un momento estelar. Eso parecían vivir las fuerzas de la nueva izquierda chilena al comenzar este 2022. Mientras la Convención entraba en tierra derecha, Gabriel Boric se disponía a portarse la piocha de O’Higgins luego de un categórico triunfo en el balotaje presidencial. Así parecía consolidarse el éxito de un movimiento político y generacional que, desde 2011, había levantado una crítica lapidaria contra la derecha posdictadura y la antigua Concertación. Ese proyecto ahora alcanzaba el poder, anunciando un ciclo de grandes transformaciones encabezado por los mismos exdirigentes estudiantiles que, apenas una década atrás, habían cuestionado sin piedad al Chile de la transición.
Los problemas, sin embargo, llegarían antes de lo imaginado. Pocos días después de asumir el nuevo gobierno, la flamante ministra del Interior, Izkia Siches, fue expulsada literalmente a balazos de Temucuicui, en lo que sería un crudo anticipo de las dificultades en materia de orden público y gestión del aparato estatal. Como es sabido, la lista de desaguisados es extensa e incluye desde vencimiento de plazos judiciales e incordios diplomáticos hasta polémicas con otros poderes del Estado, con la prensa y con sus socios de coalición —al ministro Jackson llegaron a tildarlo de “destructor de instituciones democráticas” desde las filas socialistas—. En paralelo, el trabajo del órgano constituyente pasaría a estar progresivamente bajo la lupa, y también ocurriría lo mismo con La Moneda: al intentar levantar al Apruebo de cara al plebiscito de salida, el oficialismo sería acusado de un intervencionismo electoral desconocido durante los últimos treinta años.
En suma, y más allá del resultado del plebiscito —estas líneas se escriben los primeros días de agosto—, la entrada de la nueva izquierda al palacio de gobierno ha sido bastante más polémica e ingrata de lo previsto. Y, por lo mismo, las preguntas se multiplican: ¿cómo explicar el desfase entre las expectativas generadas antes de alcanzar el mando de la nación y los vaivenes experimentados ex post? ¿Por qué al mismo tiempo que se plantean grandes transformaciones son tantos los problemas en la gestión cotidiana del aparato público? ¿Cómo habrían actuado ellos frente a la actual administración si fueran oposición? ¿Era prudente arriesgar de esa manera el capital político de Gabriel Boric ante el plebiscito constitucional? En fin, ¿qué desafíos implican esta clase de tensiones para los meses y años que siguen?
La convicción que inspira esta nueva edición de Punto y coma es que para explorar ese tipo de interrogantes hay que intentar levantar la mirada y preguntarse por el trasfondo que subyace al protagonismo político de la nueva izquierda criolla. Dicho de otro modo, para explicar tanto su rápido ascenso al poder como los problemas antes referidos se requiere indagar en el origen e inspiración de este proyecto, en sus elementos distintivos y en sus raíces políticas e intelectuales. Ese es, precisamente, el propósito de la sección central de esta revista.
Como es habitual, en ella se encontrarán artículos más o menos extensos, entrevistas, reseñas de libros y documentos históricos. Naturalmente, se trata de un ejercicio complejo y desafiante, pues se examinan las prácticas e ideas de un grupo político joven y que dirige el país por vez primera. Si se quiere, el fenómeno analizado representa algo así como una noticia en desarrollo y, en consecuencia, los argumentos y conclusiones que se despliegan en las páginas que siguen son inevitablemente parciales o provisorios; y bien podrían cambiar a través del tiempo. No obstante, también es claro que durante los últimos diez años el mundo de la nueva izquierda ha recorrido una trayectoria determinada, que revela ciertas dinámicas políticas, antecedentes conceptuales y conexiones internacionales que ayudan a entender su controvertido presente.
A continuación, el lector podrá profundizar precisamente en ese tipo de contenidos, desde el desempeño de los líderes del Frente Amplio en sus años en la dirigencia estudiantil hasta su relación con el Podemos español, pasando por su singular nostalgia del Chile de los sesenta y setenta —el mismo que, supuestamente, necesitaba una revolución—, sus vínculos con ideólogos locales, su mirada económica, su aproximación a la violencia y el tipo de feminismo y perspectiva de género que hoy los inspira. Se trata de un análisis crítico de muchos de estos planteamientos, pero que se toma en serio las ideas y propuestas de quienes hoy habitan La Moneda. En términos simples, la apuesta es reflexionar sobre los principales ejes políticos e intelectuales de este mundo, con vistas a comprender tanto la coyuntura actual como sus posibles perspectivas de futuro.
En este escenario, la lectura de los textos que componen la sección central de Punto y coma 7 obliga a preguntarse si la nueva izquierda chilena no debió aquilatar mejor la historia de las últimas décadas —la renovación socialista de los años ochenta y sus lecciones parece totalmente fuera de su horizonte—; si cuenta con un proyecto político que permita ejercer con la eficacia que se requiere el poder del Estado, sobre todo a la hora de resguardar el orden público; si acaso no se trata más bien de un sueño de transformación cultural de la vida social, con todo lo que esto implica; si tiene las herramientas para aceptar los cambios, prioridades y vaivenes de la sociedad chilena cuando ellos no calzan con su propia agenda; y, en fin, si acepta o no la legitimidad de sus adversarios políticos.
Esta revista se detiene en asuntos de esa índole, pero también en temas que van más allá de la política de la mano de una sección miscelánea que, como de costumbre, subraya la autonomía e importancia de las artes y humanidades. Porque, a diferencia de lo que cree cierta izquierda, una de las principales convicciones que subyace a Punto y coma —y al trabajo del IES en general—es que no todo es político. Esta dimensión es fundamental para la vida personal y colectiva, pero la condición humana se queda trunca sin el cultivo del conocimiento y el arte; sin la experiencia estética y religiosa; sin aquellos vínculos afectivos y de amistad que el Estado debe apoyar, pero a los cuales jamás podrá reemplazar.

