Editorial: octubre en perspectiva

"Más allá de los indudables avances de las últimas décadas, ¿por qué nuestra clase dirigente fue incapaz de oír las advertencias sobre la grave crisis que venía incubándose? Los llamados de atención no vinieron dados solo por fenómenos como la “revolución pingüina” del año 2006 o el movimiento estudiantil de 2011. Hay quienes anticiparon expresamente diversos aspectos de la crisis; lo hicieron desde distintas disciplinas, con diferentes registros y a partir de variadas sensibilidades políticas. Desde Mario Góngora hasta Tomás Moulian, pasando por Alfredo Jocelyn-Holt y los informes del PNUD, no fueron pocos quienes criticaron, desde mediados de los años noventa, la complacencia que embriagó progresivamente a muchas de nuestras élites".

Editorial: octubre en perspectiva

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Por Claudio Alvarado

Durante este año, la inquietud por los efectos económicos, políticos y culturales de la pandemia recorre todo el planeta. Sin embargo, la incertidumbre es aún más aguda en nuestro país. Naturalmente, este problema se explica por los hechos que comenzaron a desencadenarse el 18 de octubre de 2019. Las manifestaciones pacíficas y violentas que siguieron a la brutal quema del metro de Santiago gatillaron una crisis inédita para quienes crecimos en democracia. En rigor, en apenas un par de semanas temblaron los cimientos mismos del orden político que dábamos por garantizado. La incapacidad de contener los múltiples e inaceptables episodios de saqueo y vandalismo primero, y las graves denuncias de violaciones a los derechos humanos después, tensionaron los supuestos más elementales de nuestra convivencia pacífica. En paralelo, se revelaron las severas dificultades de nuestras élites para sintonizar con el malestar —tan difuso como innegable— que se expresó masivamente en esos días; basta recordar las múltiples demandas que confluyeron en la “marcha más grande de Chile”.

Ese convulsionado escenario puso en tela de juicio, como nunca antes durante las últimas décadas, la capacidad del mundo político —en especial del Ejecutivo— para desempeñar sus funciones básicas. No se exagera al decir que la segunda semana de noviembre parecíamos vivir la antesala de una angustiante e inesperada interrupción del régimen democrático. El acuerdo constitucional, facilitado por La Moneda pero protagonizado e impulsado por un elenco transversal de parlamentarios, intentó procesar institucionalmente el conflicto (anticipando, dicho sea de paso, el irregular “parlamentarismo de facto” que luego se instaló en el país). Con todo, fue recién a mediados de marzo, con la llegada del nuevo coronavirus, que el gobierno consiguió cierto control del orden y la agenda pública, aunque por muy poco tiempo, y siempre bajo un clima de aguda polarización política. Al escribir estas líneas tal vez la única seguridad sea que la crisis sanitaria agravó nuestros problemas en todos los planos posibles. El hambre, la pobreza y el desempleo volvieron a percibirse como amenazas reales para una porción significativa de la población, y ante el crispado manejo político de la pandemia nuestra clase política por momentos cree que la solución es simplemente desconocer la institucionalidad vigente. En muchos sentidos, el futuro de Chile es más incierto que nunca, y todo esto nos remonta a octubre. Reflexionar acerca de la crisis iniciada ese mes, con la relativa distancia que permite el transcurso de casi un año, es el propósito de la sección central de Punto y coma Nº 3.

Hay varios motivos —varias interrogantes— que justifican este ejercicio de reflexión. Por de pronto, una de las preguntas más acuciantes que dejó la revuelta puede ser formulada como sigue. Más allá de los indudables avances de las últimas décadas, ¿por qué nuestra clase dirigente fue incapaz de oír las advertencias sobre la grave crisis que venía incubándose? Los llamados de atención no vinieron dados solo por fenómenos como la “revolución pingüina” del año 2006 o el movimiento estudiantil de 2011. Hay quienes anticiparon expresamente diversos aspectos de la crisis; lo hicieron desde distintas disciplinas, con diferentes registros y a partir de variadas sensibilidades políticas. Desde Mario Góngora hasta Tomás Moulian, pasando por Alfredo Jocelyn-Holt y los informes del PNUD, no fueron pocos quienes criticaron, desde mediados de los años noventa, la complacencia que embriagó progresivamente a muchas de nuestras élites.

En particular, se trata de una pregunta incómoda pero inevitable para las corrientes dominantes en el oficialismo: su perplejidad era demasiado notoria en los primeros días de la crisis. Por motivos que deberán continuar estudiándose, vastos grupos de centro y de derecha fueron reacios a escuchar a aquellas voces que se tomaron en serio los antecedentes del descontento que explotó en octubre. Estas voces incluían a intelectuales más o menos afines a dichos sectores, y hoy merecen una lectura renovada. Entre otros, basta pensar en Mario Góngora, quien a mediados de los ochenta ya auguraba en su Ensayo revanchas culturales; o en los múltiples textos de Gonzalo Vial quien, desde comienzos de siglo, denunciaba una “fractura social” de muy peligrosas consecuencias. En esta entrega de Punto y coma, además de reseñar algunas de esas voces, rescatamos y reproducimos un lúcido artículo del sociólogo Pedro Morandé, que anticipa tempranamente las tensiones de la nueva democracia chilena. Visto en retrospectiva, su lectura confirma que si bien nadie podía prever exactamente los acontecimientos del 18 de octubre, sí contábamos con insumos para abandonar la ilusión noventera según la cual —democracia y capitalismo mediante— nos acercábamos al fin de la historia.

Todo indica que el optimismo de nuestra clase dirigente, y en especial de la derecha política, fue influido por una lectura demasiado parcial de la realidad: se sobredimensionó el potencial de los instrumentos económicos para comprender el mundo. Es indudable que ellos son muy pertinentes en su ámbito, pero por sí solos no permiten alcanzar una visión de conjunto; esta supone necesariamente la concurrencia de variados lentes y perspectivas, que no se agotan en la economía. Sin ir más lejos, quienes lograron vaticinar aspectos fundamentales de nuestra crisis se ubican, por lo general, dentro del ámbito de las humanidades y las ciencias sociales. En las páginas que siguen es precisamente desde este tipo de lecturas —desde la filosofía, la historia, la sociología y la literatura— que se examinan diversas aristas legadas por el estallido social. Entre otras, la noción e implicancias de un nuevo pacto social, la violencia y la anomia, las experiencias de vida que subyacen a la dimensión pacífica de la protesta, el auge del movimiento feminista, y los claroscuros de la dignidad como eje de las manifestaciones que remecieron al país.

Este tercer número de Punto y coma se enmarca en el trabajo y el estilo que el IES viene cultivando hace varios años. Por un lado, intentamos analizar minuciosamente las tendencias que constituyen el telón de fondo de los gravísimos problemas que reveló octubre: la incapacidad de controlar el orden público con pleno respeto a los derechos humanos, el descrédito de nuestras principales instituciones, la desconexión entre la ciudadanía y el sistema político, la falta de empatía con el malestar de enormes masas ciudadanas, y las pasiones antidemocráticas que a ratos azotan al país. Nuestra convicción es que únicamente un diagnóstico fino de la situación permitirá contar con orientaciones adecuadas para el Chile pospandemia. Por otro lado, y a partir de los planteamientos que hemos realizado tanto antes como después de ese mes, entramos en diálogo con otras aproximaciones que, más allá de sus diferencias, también se toman en serio el conjunto de fenómenos que componen nuestra crisis.

Solo así, nos parece, podremos realizar un ejercicio de comprensión que ayude a dilucidar algunas paradojas que caracterizan nuestro escenario. Por mencionar apenas un ejemplo, urge entender en qué medida puede decirse que las manifestaciones pacíficas y violentas que coparon el país marcaron un contraste con el individualismo dominante. ¿Acaso no fueron también una expresión más de esta mentalidad? Después de todo, en ellas se observó una inédita falta de orgánica, de voceros y de petitorios. Más aún, parecía que cada quien podía ir y colocar su propia bandera, sin necesariamente preguntarse por el modo en que las necesidades personales y ajenas se articulan en el contexto más amplio de la polis. Desde luego, el fenómeno es ambiguo y no se agota en esa dimensión; pero todo ello confirma que debemos examinar con sumo cuidado lo que ocurrió en esos días.

Otra pregunta ineludible remite a la singular vía elegida para encauzar la crisis de octubre.

¿Por qué se apostó por un proceso constituyente? Un cambio constitucional eventualmente permitirá organizar y distribuir mejor el poder político, pero nuestras carencias —los motivos que subyacen al estallido social— exceden ese plano.

¿Por qué, entonces, se intentó canalizar así la revuelta? Acá de seguro confluyen factores simbólicos, políticos e intelectuales, que van desde la aparente cultura legalista del país hasta la ruptura de los consensos de la transición. En particular, cabe explorar los efectos inesperados de la impronta refundacional del régimen de Pinochet (cierta izquierda hoy sueña con una refundación de signo contrario); la incomodidad de la antigua Concertación con su propia historia (la Constitución vigente refleja la transición pactada); y en fin, la sistemática falta de reformismo por parte de la centroderecha, que nunca logró dimensionar ni conducir este debate.

A continuación el lector podrá explorar esas y otras interrogantes, de la mano de artículos, entrevistas y reseñas de libros. También encontrará nuestra habitual sección miscelánea que, desde un ángulo distinto, igualmente contribuye a esa reflexión. Como ya dijimos, necesitamos diversas miradas, y solo recurriendo al amplio elenco de las humanidades y las letras podremos entender nuestra propia situación.