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Por Joaquín Castillo
Desde hace al menos un lustro, el feminismo está al centro de todos nuestros debates. El surgimiento de #MeToo en Estados Unidos, las marchas del 8M en las principales ciudades alrededor del mundo, la violencia contra las mujeres, las discusiones sobre paridad e inclusión de las mujeres en puestos directivos en la política y la empresa, las demandas de ciertas prestaciones médicas o una creciente sensibilización en torno a prácticas añejas son solo algunos de los ejemplos más visibles de ello. El feminismo es —junto con el auge de los populismos y las consecuencias de la pandemia— el gran tópico político de nuestra era. Sin embargo, como todo movimiento que ha cosechado éxitos y aumentado su popularidad de manera exponencial, ha debido hacer frente a problemas internos que tensionan sus distintas ramas y producen, quizás de manera inevitable, facciones difícilmente conciliables entre sí. Aunque a veces en nuestra opinión pública pase desapercibido, el feminismo actual se expresa desde distintas vertientes o familias teóricas, y justamente uno de los objetivos del presente número de Punto y coma es mostrar esa pluralidad y vitalidad intelectual.
Como afirma la intelectual francesa Chantal Delsol en un texto que hemos traducido para este número, el feminismo suele interpretarse desde una lógica progresista que comprende de modo puramente positivo todo lo nuevo. Algo similar señala Mary Harrington en una entrevista aquí publicada: no cabe duda de que en el plano político, académico o empresarial esos avances han sido relevantes. Aunque haya todavía muchas dificultades prácticas para hacer efectiva la participación de las mujeres, es evidente que ellas pueden, hoy en día, participar de manera activa en lugares de responsabilidad que antes se encontraban restringidos, explícita o implícitamente, a los hombres. La envergadura de los cambios, empero, ha invisibilizado una serie de problemas o debates que todavía no se enfrentan con la debida profundidad. En ese sentido, la ausencia de corresponsabilidad en el plano de la crianza, el hecho de que la pobreza tenga principalmente rostro femenino o el poco énfasis en la compatibilidad entre trabajo y maternidad son asuntos en los que nuestra sociedad todavía tiene desafíos importantísimos sin resolver.
Con todo, si bien a la hora de identificar problemas parece haber cierto consenso en los distintos feminismos, la relevancia que cada corriente le da a cada uno de ellos, los diagnósticos desde los cuales los abordan y, sobre todo, las formas de solucionarlos son muy distintas entre sí. Sin embargo, donde el asunto es todavía más complicado es en lo que respecta al alcance que han tenido, en las últimas décadas, el avance de las teorías de género, que han desplazado al sexo como categoría significativa y que parecen disolver la relevancia de las realidades propiamente femeninas de la existencia. A partir del feminismo de la segunda ola, el género se ha alzado como el primer principio identitario, y las consecuencias están, aquí y en el resto del mundo, en plena eclosión. La complejidad aumenta, sobre todo, porque no siempre estamos de acuerdo con el modo en que debemos hacernos cargo de las cuestiones prácticas que esas teorías conllevan. ¿Qué implicancias debe tener la autopercepción genérica cuando debatimos acerca del lugar de la mujer en la sociedad? ¿En qué medida la búsqueda de paridad debe considerar la emergencia del género (o de los muchos géneros existentes) a la hora de definir sus reglas?
¿Qué consideración debe tener el género en actividades de la vida social profundamente marcadas por la sexualidad, como es el caso de ciertos deportes de alto rendimiento? ¿En qué medida el género puede o debe condicionar las políticas públicas, por ejemplo, en temas de salud o educación? Este tipo de preguntas no solo revela profundas diferencias en el modo de comprender la vida social entre grupos radicalmente distintos, sino que ha producido al interior del mismo feminismo enormes disputas y tensiones. Así, la inclusión de los grupos trans o el protagonismo de las demandas LGTBI+ son considerados por algunas importantes dirigentes o intelectuales como medidas que desconcentran de una preocupación esencial por la realidad femenina, la que queda diluida, o al menos dejada de lado, por este tipo de luchas.
La autonomía, los cuidados, la familia, el aborto o el género son algunos de los muchos temas que se abordan en este número de Punto y coma. Siguiendo el camino abierto por Erika Bachiochi en su libro The Rights of Women —del cual publicamos un fragmento en este número—, buscamos mostrar una corriente del feminismo que muchas veces ha palidecido por el protagonismo que han alcanzado la autonomía y el individualismo en este tipo de debates. Así, profundizando en la importancia de la virtud, de la diferencia sexual o de la “mixitud” de la que habla Agacinski, es posible reflexionar en torno a estos tópicos de manera que la complementariedad alcance un lugar más relevante; no solo la complementariedad entre hombres y mujeres, sino también entre vida profesional y vida familiar o entre ciertas demandas históricas y el respeto a la dignidad humana.
Es probable que el feminismo siga estando por décadas muy presente en nuestras discusiones públicas, pues los problemas que identifica y que busca solucionar no se resolverán rápida ni fácilmente. El desafío, por tanto, será conciliar las demandas y necesidades de las mujeres con los nuevos elementos que van apareciendo en el escenario político y cultural —la baja demográfica, la alta inmigración, la inestabilidad económica—; elementos que un feminismo más atento a la virtud, a la complementariedad entre los sexos y entre las generaciones, y no solamente a la autonomía, puede contribuir a enfrentar de manera más plena.

