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Por Claudio Alvarado
“¿Bajo qué condiciones se puede hablar todavía de progreso?”, se preguntaba en 1980 el filósofo alemán Robert Spaemann, en una conferencia titulada del mismo modo. La pregunta no tiene nada de trivial, considerando el curioso derrotero del siglo XX. En la primera mitad de esta centuria el mundo conoció, de la mano del Holocausto y los totalitarismos de distinto signo, los crímenes más brutales de la historia humana. Casi sobra decir que este crudo escenario parecía echar por tierra el excesivo optimismo decimonónico, esa arcaica creencia en un progreso unidireccional o necesario de la humanidad. Desde fines de los ochenta, sin embargo, comenzó a instalarse una creencia análoga, derivada de una lectura demasiado simplista de la obra de Francis Fukuyama, según la cual —democracia y capitalismo mediante— nos acercábamos al “fin de la historia”. Aunque tal desenlace obviamente nunca llegó, hubo décadas en que vivimos bajo esta ilusión.
Han pasado muchas cosas desde ese entonces, pero tanto en Chile como a lo largo y ancho del globo, los años recientes se han caracterizado por múltiples tensiones políticas, económicas y sociales. En los números anteriores de Punto y coma hemos revisado algunas de ellas, como el auge de los populismos, la crisis de la democracia y el estallido de octubre de 2019. En esta ocasión quisimos detenernos en un cuadro político y cultural más amplio, vinculado al ideario del IES —que celebra sus 15 años— y que nos remite nuevamente a la interrogante formulada por Spaemann: el progreso, su sentido y sus límites.
Desde luego, esta pregunta siempre admite nuevas formulaciones, en la medida en que cada época enfrenta sus propios dilemas, pero hoy resulta especialmente pertinente, considerando las sucesivas crisis que hemos padecido en el último tiempo, y que vuelven a poner en tela de juicio la noción misma de progreso. En términos globales, a la grave situación climática se sumó la pandemia del coronavirus, con sus trágicas secuelas no solo sanitarias, sino también políticas y económicas. A modo de ejemplo, las libertades personales se han visto afectadas de un modo inédito en contextos democráticos, la inflación volvió a ser un problema de primer orden y las fronteras terrestres mostraron renovada vigencia, pese a que cierta sensibilidad cosmopolita ya las daba por superadas.
En el plano local, este difícil panorama tiene como telón de fondo el mayor remezón político y social que ha vivido el Chile posdictadura, cuya deriva constituyente avanza de modo sumamente incierto. Si se quiere, los chilenos hemos experimentado de manera privilegiada que ni el florecimiento político ni económico se encuentran garantizados; que cada generación debe trabajar arduamente por su prosperidad. Durante mucho tiempo se perdió de vista esa realidad, sobre todo en el lado derecho del espectro. No pocos creyeron que el progreso carecía de tensiones y que la sola inercia de las cosas era suficiente, como si la estabilidad política estuviera asegurada o el desarrollo económico se bastara a sí mismo.
Hoy, sin embargo, son los sectores de izquierda los que parecen haber olvidado en igual o mayor medida que la condición humana siempre está sujeta a límites de distinto orden. El fenómeno tiene un correlato político, cuya expresión más visible son los nuevos autocomplacientes; aquellos que, ante la más mínima crítica a los procesos en curso —como la Convención Constitucional—, denuncian campañas del terror. Con todo, el fenómeno también tiene una manifestación antropológica y cultural respecto de la cual, ciertamente, ningún sector político está exento (y el gobierno de Sebastián Piñera fue el mejor ejemplo).
En efecto, cuando surgen voces críticas a la idea de aprobar nuevas leyes en materia de aborto, matrimonio, eutanasia u otros debates polémicos para la sensibilidad contemporánea, una respuesta habitual consiste en presentar cada una de estas controvertidas agendas como un nuevo avance en la emancipación humana, cuyo contenido estaría resuelto de antemano. Se trataría, básicamente, de un tránsito de la oscuridad a la luz, de las cavernas a la “sociedad abierta”, del medioevo a la modernidad; un itinerario que en el caso de Chile se remontaría a las leyes laicas del siglo XIX e incluso más atrás.
El presente número de Punto y coma puede ser leído como una réplica reflexiva a ese tipo de planteamientos. Por supuesto, es clave abordar esos y otros asuntos semejantes de manera dialogante, razonada y rigurosa, evitando las caricaturas y atendiendo a los argumentos en juego. Pero esto opera para todas las posiciones y no solo para algunas. Dicho de otra manera, también es indispensable analizar de modo crítico aquellas narrativas conceptuales e históricas que asumen un único marco lineal dentro del cual sería posible inscribir toda disputa política o moral. Nuestra convicción es que aquel progresista que solo ve cosas positivas en el cambio, como si su postura pudiera ser identificada D priori con el futuro, la esperanza o el “lado correcto de la historia”, también debe preguntarse si su concepción del mundo no lo vuelve ciego a las carencias o sombras de nuestra vida común.
Es a partir del lente descrito —desde una mirada ajena a todo maniqueísmo, que busca tomarse en serio la noción de límite y analizar siempre en concreto los cambios políticos y sociales— que en las páginas siguientes se explora un vasto elenco de temas. Ellos abarcan desde la obra de Gabriela Mistral hasta las nuevas autocracias y el debate constitucional, pasando por la relevancia de las fronteras, la crisis ecológica y las disputas en torno al conservadurismo; aproximación que suele presentarse como la alternativa disponible ante el auge de las corrientes progresistas (aunque también es mirada con distancia por ciertos pensadores críticos del mismo progresismo, desde Leo Strauss hasta Patrick Deneen).
Como es habitual en Punto y coma, durante este recorrido asoman autores del IES y otros provenientes de diversas tradiciones intelectuales; artículos de diversas disciplinas y extensiones; entrevistas y reseñas de libros tan antiguos como Antígona y tan recientes como una de las novelas de Ishiguro; una sección central, dedicada al tópico descrito hasta aquí, y una sección miscelánea, con énfasis artístico, literario e histórico. Es parte del diálogo que buscamos abrir con nuestros lectores. Según podrán ver, no se trata de un cuadro uniforme, sino más bien de una pluralidad de miradas y perspectivas unidas, no obstante, por un hilo conductor.
El propósito de este número, en suma, es contribuir a elevar la calidad de nuestra reflexión pública y reivindicar la legitimidad e importancia de aquellas tradiciones religiosas y seculares que interpelan a quienes hoy parecen gozar de la hegemonía política y cultural. Siempre recordando, como decía el historiador Gonzalo Vial, que “la historia no es necesariamente una línea ascendente. Todos los días tomamos decisiones buenas y malas, el futuro permanece en el misterio”[1].
[1] Entrevista en Capital, 19 de octubre de 2007.


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