Editorial: La gran fractura: ideas y política en el Chile actual

La fractura entre política e ideas nos sitúa en un escenario crítico y desafiante. En un sentido más amplio, parte importante de esta crisis se relaciona con una desconfianza de larga data en todo tipo de mediación: pareciera que en nuestra vida privada e interacciones públicas, en el mercado o en las redes sociales, queremos acceder de manera directa a la información, a las mercancías o al trato con los demás.

abril del 2023
Editorial: La gran fractura: ideas y política en el Chile actual

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Por Joaquín Castillo y María Josefina Poblete

Es sabido que nuestra actual crisis tiene diversas causas, entre las que destacan la dificultad para dar respuesta a las principales preocupaciones ciudadanas como orden público, economía y pensiones; una deslegitimación creciente de las principales instituciones públicas y privadas; unas élites políticas cada vez más polarizadas; una frustración y malestar respecto del sistema institucional que no han encontrado soluciones satisfactorias, y un debate político de bajo nivel y absorbido por las lógicas del espectáculo. Pero a esos factores cabe además añadir otro elemento menos tratado en nuestras discusiones, aunque igualmente relevante: una fractura entre ideas y política. Ella se traduce, por un lado, en la dificultad que tiene parte importante de nuestra institucionalidad para procesar o mediar aquello que se elabora y propone desde las universidades o los centros de investigación. Por otro lado, el problema también reside en quienes ven la política como un campo libre para llevar a cabo sus proyectos abstractos sin consideración alguna por la realidad que quieren modificar.

En este contexto, el presente número de Punto y coma busca preguntarse cómo lograr una relación sana y fructífera entre ideas y política, conscientes de que la especificidad de cada uno de estos ámbitos exige distinguir aquello en lo que pueden aportar de cara a los desafíos de una sociedad crecientemente compleja. Después de todo, el cortoplacismo o la búsqueda del aplauso fácil, o el lenguaje enrevesado y abstracto, hacen que política e ideas parezcan ir por carriles paralelos, con el consiguiente empobrecimiento de nuestro debate político.

Sobre este problema resulta tentador culpar a la clase política. En los últimos años abundan los ejemplos de dirigentes que han sido impermeables a la evidencia y que han empujado proyectos con consecuencias nefastas para nuestro futuro. Los retiros de los fondos de pensiones han sido el ejemplo más elocuente de este problema, pero lo cierto es que abunda una política de la performance o de la pura reacción, incapaz de generar proyectos con visión de Estado que perduren en el largo plazo.

No obstante, sería un error asumir que el problema existe solo en ese ámbito. También quienes se dedican al cultivo de las humanidades y las ciencias sociales han experimentado obstáculos para colaborar de manera más útil a nuestra discusión pública. El ejemplo más preclaro de esta desconexión es lo ocurrido con la Convención, autora en 2022 del fallido borrador constitucional allí, a pesar —y, en parte, por culpa— de la presencia de académicos con vasta experiencia universitaria, se desplegó un discurso autorreferente y autosuficiente que desconoció la institucionalidad arraigada en Chile, ignoró las preocupaciones urgentes de una población cada vez más frustrada con el sistema político e intentó rehacer nuestra sociedad a partir de modelos abstractos o importados de otras latitudes. De ese modo, no pudieron contener o canalizar ciertas prácticas perniciosas de nuestra clase política, que incluso se mostraron de manera más nítida en dicho órgano.

El problema, sin embargo, también está presente en las universidades, las que han tendido en el último tiempo a encerrarse en lógicas de producción de conocimiento —papers, publicaciones, fondos de investigación— que suelen interpelar, en el mejor de los casos, solamente a los especialistas, más que a un público general interesado en las cuestiones comunes. El problema de fondo, en una y otra dimensión, es que su solución no pasa simplemente por el hecho de que nuestros políticos tengan muchos grados académicos o que los intelectuales participen en la “batalla” de las ideas, sino en buscar modos sanos en que uno y otro mundo se relacionen.

La fractura entre política e ideas nos sitúa en un escenario crítico y desafiante. En un sentido más amplio, parte importante de esta crisis se relaciona con una desconfianza de larga data en todo tipo de mediación: pareciera que en nuestra vida privada e interacciones públicas, en el mercado o en las redes sociales, queremos acceder de manera directa a la información, a las mercancías o al trato con los demás. Ya no aceptamos con tanta facilidad las demoras o distancias que implican las grandes instituciones por medio de las cuales interactuábamos en el pasado, las que se encuentran envueltas en un manto de desconfianza y deslegitimación. Es quizás ese mismo fenómeno el que se observa entre políticos e intelectuales, cuya labor, por antonomasia, es de mediación: mediación entre grupos humanos o regiones que tienen intereses contrapuestos, entre el mundo de las ideas y el de la acción, entre quienes piensan diferente y se ven compelidos a compartir espacios e instituciones. ¿Cómo se pueden relacionar de manera más sana estos mundos que necesitan de la mediación si es justamente ese principio el que está puesto en entredicho? ¿Cómo pueden los ciudadanos valorar, confiar e interactuar con otros si quienes debieran ser los primeros en mediar no logran su cometido? ¿Cuánto influye en este escenario la sobrepoblación de medios, personas y estímulos de todo tipo que luchan por nuestra atención?

¿Cómo construir lo común si la fragmentación es una marca constitutiva de nuestro presente?

Este número de Punto y coma quiere dar cuenta de esa desconexión que existe entre la política y las ideas, así como esbozar algunas vías que permitan cultivar una relación más saludable entre ambas dimensiones. Tomando en cuenta la particularidad de esa distancia en el mundo actual, la política con sus lógicas propias del espectáculo y tentada por el cortoplacismo, o una academia encerrada en sí misma y en sus jergas propias de especialistas, urge la búsqueda de políticos e intelectuales que quieran construir vínculos entre dos áreas tan relevantes para la vida social.

Los ensayos y entrevistas que aquí se incluyen subrayan la importancia de una intelectualidad atenta a las particularidades de la realidad, de la vida concreta: no sirven las abstracciones, las planificaciones globales o los modelos ideales que ignoran la propia historia y la cultura de las comunidades en las que buscan incidir. La lectura que subyace a toda esta reflexión es que necesitamos reconstruir los lazos entre ambos mundos, cuidando la función específica de cada uno, pues solo así podremos dotar de mayor fundamento la acción política permitiendo, al mismo tiempo, que esta última actividad esté anclada en la realidad. Tal como destacan los autores y entrevistados en las páginas que siguen, tanto las universidades y centros de estudio como la clase política deben estar particularmente atentos a la realidad que buscan comprender y sobre la que quieren influir. Es esa realidad la que debiera ser punto de partida para toda reflexión y acción; es ella la que da sentido a todos sus esfuerzos.