Visto en retrospectiva, 2006 marcó un punto de inflexión en la marcha de nuestro país. Si en marzo de ese año Ricardo Lagos —un concertacionista orgulloso— entregaba la banda presidencial a Michelle Bachelet —una autoflagelante que, a la postre, abrazaría el “otro modelo”—, pocos meses después se desencadenarían las movilizaciones y protestas más graves (hasta ese minuto) desde la restauración democrática. Todo aquello prefiguró diversas tendencias que terminaron configurando el paisaje político actual: desde la irrupción de los jóvenes en la escena política hasta la incapacidad de los artífices de la transición de defender su obra y su legado. En rigor, para entender el Chile contemporáneo se requiere aquilatar el conjunto de tensiones que comenzaron a visibilizarse entonces y que luego cristalizarían en el auge y caída del proyecto refundacional de la nueva izquierda.
He ahí un primer motivo que explica este número especial de Punto y coma: hoy, veinte años después —cuando el Presidente de la República cita a Diego Portales al asumir su cargo—, es importante comprender cómo y por qué el itinerario de las últimas décadas tuvo, hasta ahora, un desenlace muy distinto del que se vislumbraba en 2006, 2011 y, sobre todo, 2019. A ello se suma, asimismo, un aniversario institucional: 2006 fue el año de fundación del Instituto de Estudios de la Sociedad. Revisar lo ocurrido desde la “revolución pingüina” hasta nuestros días también supone, entonces, conmemorar la trayectoria del IES y sus dos decenios de existencia.
En las páginas que siguen se reflejan los dos motivos indicados: el recorrido del país y el de nuestro instituto en los últimos veinte años. Por un lado, se ofrece una serie de artículos que indagan en las dinámicas políticas y sociales que le han dado su fisonomía al Chile actual. Así, con vistas a sacar las lecciones del caso, Daniel Mansuy ausculta el fracaso de las principales tesis en disputa a lo largo de ese periodo, en el que ni la centroderecha tradicional ni las izquierdas de nuevo cuño lograron sus propósitos originales al llegar a La Moneda; Catalina Siles y Manfred Svensson analizan los claroscuros de cierta hegemonía progresista, hoy enfrentada a problemas para los que carece de herramientas suficientes (el más notorio es la crisis de natalidad); Pablo Ortúzar subraya la trágica paradoja que experimentó la esfera educativa en estas décadas
—nunca se habló tanto de educación, pero, en los hechos, los niños y la educación pública terminaron últimos en la fila—; y María Asunción Poblete y Guillermo Pérez reparan en otra paradoja, tanto o más reveladora de graves puntos ciegos que han perjudicado al país: mientras discutíamos sobre la constitución, el aparato estatal se volvía incapaz de cumplir algunas de sus funciones más básicas.
Por otro lado, el lector también encontrará varias reseñas sobre textos referidos a los temas más acuciantes del periodo, desde el olvido de la pobreza como prioridad política —una meta inicialmente compartida en el Chile posdictadura— hasta la crisis de la Iglesia y sus implicancias. En este sentido, los artículos ya referidos escritos por investigadores vinculados al Instituto son complementados por un puñado de reseñas de libros, elaboradas por académicos e intelectuales externos que examinan obras de autores asociados al IES. A ello se agregan entrevistas a agudos observadores nacionales y extranjeros —Carlos Peña, Daniel Mahoney y Chantal Delsol—, que ayudan a poner en perspectiva los cambios experimentados por Chile y el mundo durante las últimas décadas. Todo esto, dicho sea de paso, busca reivindicar la relevancia de la conversación pública y el intercambio razonado de posiciones. A decir verdad, este ha sido uno de los pilares de nuestro trabajo, y quizá hoy resulte más importan- te que nunca: el propósito del IES ha sido cultivar un diálogo con identidad, es decir, ser al mismo tiempo un punto de encuentro y serlo desde una visión distintiva, acorde con el ideario que nos inspira, sin temor a conversar con quienes piensan diferente ni a disputar o formular contrapuntos frente a ciertas narrativas instaladas.
Por último, y como es habitual en nuestra revista, a la sección central de Punto y coma le sigue un apartado misceláneo en el que las artes y las letras ocupan un lugar protagónico. No se trata solo de una costumbre, sino del reflejo de una convicción compartida por nuestra comunidad intelectual: las ideas tienen consecuencias. Esta premisa, confirmada una y otra vez durante los últimos veinte años, exige observar al ser humano en toda su complejidad y, por tanto, reconocer que el cultivo del amplio abanico de las humanidades y las ciencias sociales es indispensable para la salud de nuestra sociedad. Dedicar tiempo a la literatura, el cine y la música —entre otras expresiones de nuestro esfuerzo por dar sentido a lo que nos rodea— es no solo una exigencia ineludible para quien busca comprender las corrientes que subyacen a la cultura, sino también una vía privilegiada para elevar la condición humana a sus posibilidades más altas. A favorecer ese tipo de prácticas se orienta, en último término, el trabajo de quienes piensan la polis. Este número, y el trabajo que realizamos en el IES, no son la excepción.


