Editorial: Educación escolar: nuestra crisis

"Urge rectificar aspectos esenciales del camino recorrido en los últimos años, aunque sin abrazar aventuras refundacionales de ninguna especie. Ya sabemos dónde terminan esos cantos de sirena".

Editorial: Educación escolar: nuestra crisis

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Por Claudio Alvarado

Visto en retrospectiva, pocos temas públicos han gozado de tanto protagonismo en las últimas dos décadas como la educación, en sus distintos niveles. Con la llamada “revolución pingüina” de 2006 comenzaron a instalarse una serie de debates y propuestas que resurgirían con renovada fuerza a partir de las movilizaciones de 2011 y bajo el gobierno de la Nueva Mayoría, para luego alcanzar inédita radicalidad en la propuesta constitucional rechazada el 4 de septiembre de 2022 —una iniciativa tan hostil a la educación particular que ni siquiera reconocía el derecho preferente de los padres para educar a sus hijos—. La derrota de la fallida Convención modificó a primera vista la orientación del debate político en este y otros ámbitos, aunque a la fecha el país sigue careciendo de algo así como un proyecto o estrategia nacional de educación medianamente compartidos.

Lo que sí resulta cada vez más patente y difícil de refutar es una extendida sensación de precariedad, estancamiento o franca decadencia en esta materia. Basta reparar en la clase de problemas discutidos en el último tiempo: múltiples testimonios de inconvenientes con la admisión escolar, colegios sin clases por varios meses en Atacama, alumnos sin útiles en julio (¡julio!), profesores golpeados y bañados en bencina, y así. En paralelo, el país ha padecido el ocaso de muchos liceos emblemáticos —cruciales para la diversificación socioeconómica de las élites— y, en particular, del Instituto Nacional. Aunque el presidente Boric habló en agosto de que ahora es “un crisol de encuentro de diferentes realidades” y de que estaríamos viviendo “una nueva época para la educación pública”, lo cierto es que se trata de una retórica sin mayor asidero. Por mencionar solo un ejemplo, en los últimos 18 años el tradicional establecimiento retrocedió del 9° al 267° lugar en los resultados de la prueba PAES.

Naturalmente, en el cuadro descrito más arriba influyen diversos factores, comenzando por los efectos de la pandemia, cuyas secuelas en el aprendizaje tampoco se han enfrentado de manera adecuada; pero una mirada más larga sugiere que este inquietante panorama también representa una clara frustración de las expectativas que se desataron con las protestas de 2011, así como con las reformas que se implementaron luego del movimiento liderado por dirigentes de apellido Boric, Jackson y Vallejo. En efecto, su cruzada contra el “lucro, el copago y la selección” y en favor de la “educación pública, gratuita y de calidad” tuvo un alto impacto en las prioridades del sistema político —la ley de inclusión, la gratuidad universitaria y varias otras se convirtieron en realidad—, pero sus ejes centrales hoy se encuentran en el ojo del huracán. La última encuesta CEP (junio-julio 2024) es muy reveladora al respecto: un 61% de los encuestados declara estar de acuerdo o muy de acuerdo con “que en Chile los establecimientos públicos de alta exigencia seleccionen a los estudiantes por sus méritos académicos”.

Como puede verse, se trata de un escenario sumamente complejo, que pone sobre la mesa no solo las distintas dimensiones de la cuestión educacional, sino también el derrotero que ha seguido el país desde el segundo gobierno de la expresidenta Bachelet, y la frustración acumulada de la ciudadanía ante un sistema político que no ofrece las respuestas esperadas. De ahí que el presente número de Punto y coma dedique su sección central a la crisis de la educación escolar considerando sus aristas específicas, pero también ese contexto más amplio. Todo ello bajo la convicción de que urge rectificar aspectos esenciales del camino recorrido en los últimos años, aunque sin abrazar aventuras refundacionales de ninguna especie. Ya sabemos dónde terminan esos cantos de sirena.

En las páginas que siguen el lector encontrará artículos, entrevistas y reseñas que buscan iluminar las dificultades y desafíos previamente señalados. Un primer ámbito examinado es la reticencia de muchos actores durante demasiado tiempo a siquiera hablar de autoridad y disciplina. No es casual que la agresión de María Música Sepúlveda a la entonces ministra de Educación, Mónica Jiménez —un hecho que presencié a pocos metros de distancia sin prever a cabalidad qué fenómenos anticipaba—, hoy sea considerada un auténtico símbolo de nuestras angustias venideras. Después de todo, la necesidad de rehabilitar el principio de autoridad se ha vuelto evidente con los reiterados hechos de violencia al interior de colegios y aulas. Sin embargo, tal como explica en su artículo Manfred Svensson y tal como reveló el episodio del jarro de agua del año 2008, dicha rehabilitación es indispensable no solo para evitar la violencia extrema de los “overoles blancos” y otros crímenes de esa índole, sino ante todo porque se trata de una condición básica de la tarea educativa en su más amplio sentido.

Por idéntico motivo, el lector también podrá encontrar reflexiones de diverso tipo acerca de la relevancia de padres y profesores, quizá los grandes olvidados al momento de pensar la educación, según subrayan Francisca Figueroa y Leonard Sax. Esas reflexiones también abordan otros tópicos dignos de atención, como la trayectoria histórica de nuestra educación pública, de la mano de una entrevista a Sol Serrano y un documento que relata la fundación del Instituto Nacional; la curiosa uniformidad curricular criolla —Gonzalo Letelier dibuja un provocativo diagnóstico al respecto— o la creciente preocupación que a nivel global genera el masivo acceso de niños y jóvenes a redes sociales. En este punto la entrevista a Jonathan Haidt levanta preguntas tan ingratas como urgentes.

Cierro simplemente recordando que, como es habitual, la sección central de Punto y coma va acompañada de un valioso apartado misceláneo donde tienen cabida distintas expresiones de las humanidades y las ciencias sociales. Este número dedicado a la educación no podía, desde luego, ser la excepción.