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Por Joaquín Castillo
Los problemas políticos rara vez se circunscriben al país donde surgen, pues sus coletazos suelen manifestarse más allá de sus fronteras. La actual crisis venezolana es un claro ejemplo de ello, ya que sus repercusiones continentales han sido, desde hace varios años, bastante elocuentes. No solo por los más de ocho millones de migrantes que han dejado Venezuela a causa de la represión, la persecución, la ausencia de bienes básicos o la falta de oportunidades laborales y profesionales, sino también por la inestabilidad que han generado con la exportación del crimen organizado y el apoyo constante que Chávez y Maduro han prestado a los autoritarismos de izquierda en el resto de América Latina desde hace décadas. Esta intromisión también ha quedado en evidencia, por ejemplo, en el escandaloso crimen del exmilitar Ronald Ojeda, asilado en Chile y aparentemente asesinado por el régimen venezolano.
A pesar de los graves y enormes efectos negativos que el régimen chavista ha tenido para sus vecinos más o menos próximos, a la hora de escribirse esta revista no se avizora un fin cercano de la dictadura que rige aquel país. Las elecciones presidenciales de julio de 2024, que enfrentaron a Nicolás Maduro con Edmundo González, fueron la más reciente pantomima de la dictadura para disimular su autoritarismo desbocado y su voluntad radical de aferrarse al poder. Aunque el fraude fue denunciado por la oposición —el cual, como señala el politólogo José Natanson en una entrevista incluida en este número, mostró el alto nivel de chapucería e improvisación del régimen de Maduro— y el comando de González y Machado exhibió detalladamente los datos que les dieron un triunfo aplastante en dicho proceso, el régimen sigue en pie. En enero de 2025, frente a la frustración de sus vecinos que vieron burlados los acuerdos de Barbados de 2023 y las más mínimas garantías a un proceso democrático, Nicolás Maduro volvió a jurar como presidente de Venezuela por un nuevo período que lo tendrá en el poder hasta 2031.
Las reflexiones y entrevistas contenidas en este número buscan describir de manera panorámica la crisis venezolana, interrogando sus causas y consecuencias. A pesar de que este asunto ha sido un tópico recurrente en las discusiones políticas chilenas desde hace años, vale la pena volver a recorrer sus hitos principales —muchos desconocidos u olvidados— y tomarle el peso al tipo de dificultades que enfrenta aquel país. Quizás la principal lección que nos deja esta historia es que la democracia es más frágil de lo que parece, incluso cuando se mantienen aparentemente sus formas electorales mínimas. El caso venezolano nos ha demostrado que un sano sistema democrático es inseparable de un entramado institucional y un respeto por ciertos principios elementales, que hace mucho tiempo dejaron de regir en la tierra de Bolívar.
Revisar la historia larga del chavismo, desde la irrupción de aquel carismático teniente coronel que en 1992 buscó derrocar con un golpe de Estado el gobierno de Carlos Andrés Pérez, hasta la crisis que hoy atraviesa Venezuela, más de treinta años después, permite identificar ciertos requisitos que nos impone este sistema para no sucumbir ante las amenazas que lo rodean. La corrupción, la ineficacia, la polarización o el estancamiento económico que parecen atravesar los sistemas democráticos alrededor del mundo han sido un caldo de cultivo para que tirios y troyanos imaginen soluciones que, en el mejor de los casos, quizás permiten sortear algunos de esos desafíos, pero traen aparejadas otras dificultades. La experiencia venezolana revela, en particular, el fracaso de una nueva fórmula socialista que arrojó por el despeñadero la riqueza, la institucionalidad y la república de una nación que adolecía de muchos problemas, pero que hoy, a un cuarto de siglo de la elección de Hugo Chávez como presidente, está en todo sentido peor que antes.
Además de las enseñanzas que puede arrojar esta reflexión para el cuidado de la democracia, profundizar en la crisis del chavismo nos obliga a mirar con atención el escenario geopolítico por diversas razones. La primera es que, a pesar de las advertencias, a gran parte de la izquierda chilena le tomó muchos años reconocer la gravedad de la situación. Como bien documenta Álvaro Vergara en su artículo, la izquierda local ha tenido distintas actitudes con respecto al devenir del régimen de Chávez. Sin embargo, la mayor parte de ella fue al menos indolente ante los sucesivos signos autoritarios que convirtieron paulatinamente a la democracia venezolana en el régimen dictatorial actual; y muchos además callaron hasta pocos años atrás, siendo que hace bastante más tiempo consta de modo fehaciente el carácter dictatorial del régimen. Para las izquierdas mundiales, a su vez, el Socialismo del Siglo XXI y el liderazgo de Chávez fueron una ilusión en medio del páramo que significó la caída del muro y de la URSS, y no tuvieron la disposición ni el ánimo para interrogarse por las implicancias y consecuencias de dicho modelo. En ese sentido, cabe recordar que el cuidado de la democracia exige lealtad hacia sus instituciones y figuras, algo que en el Chile actual —en particular en torno al estallido de 2019 y la crisis que le sucedió— no ha sido para nada evidente.
Adicionalmente, que Nicolás Maduro siga en el poder es un reflejo de un reordenamiento del panorama geopolítico. En este contexto, las intromisiones de China, Irán o Rusia están a la orden del día, y otras potencias u organismos internacionales que debieran resguardar los derechos humanos o cierta institucionalidad democrática básica han mostrado una incapacidad flagrante para cambiar la dirección de los hechos. Todo esto, además, en un momento en que medios de comunicación e intelectuales alrededor del mundo denuncian con estridencia las amenazas que significa el auge de la ultraderecha o de las derechas radicales —en ocasiones catalogadas así de manera arbitraria—, pero que en paralelo parecen simplemente haberse acostumbrado a una crisis humanitaria gravísima que se ha arrastrado por años.
Esperamos que una reflexión detenida sobre la crisis venezolana como la que aquí proponemos —acompañada por artículos y entrevistas que en la sección miscelánea abordan otros temas relacionados a las artes y las humanidades— sirva no solo para revisar con mayor detalle uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente de América Latina. Asimismo, confiamos en que contribuya a reafirmar nuestro compromiso con una serie de principios, como el estado de derecho y el respeto a la dignidad de la persona y sus asociaciones libres, que se violan flagrantemente todos los días en una Venezuela a cuya tragedia sencillamente no podemos acostumbrarnos.


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