Contrapunto. La democracia en Chile. Trayectoria de Sísifo

El reciente ensayo de Joaquín Fermandois analiza en detalle los fundamentos filosóficos e históricos de la democracia chilena y dibuja un panorama apasionante acerca del modo en que dicho sistema se desplegó a lo largo del último siglo. Sylvia Eyzaguirre y Gabriel Cid reseñan el libro de Fermandois y destacan su lucidez para comprender mejor nuestras actuales coyunturas.

septiembre del 2021
Contrapunto. La democracia en Chile. Trayectoria de Sísifo

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La historia de la democracia chilena está llena de altibajos. Aunque a mediados del siglo XX estaba instalado el mito de la excepcionalidad democrática de Chile —cuyo sistema político sería, a diferencia de otros países latinoamericanos, más sólido y firme—, nuestra institucionalidad demostró ser igualmente propensa a la polarización y a la inestabilidad. El reciente ensayo de Joaquín Fermandois analiza en detalle los fundamentos filosóficos e históricos de la democracia chilena y dibuja un panorama apasionante acerca del modo en que dicho sistema se desplegó a lo largo del último siglo. Sylvia Eyzaguirre y Gabriel Cid reseñan el libro de Fermandois y destacan su lucidez para comprender mejor nuestras actuales coyunturas.


Historia crítica de la democracia chilena

POR SYLVIA EYZAGUIRRE

La obra La democracia en Chile. Trayectoria de Sísifo busca sintetizar dos siglos de nuestra historia nacional a la luz de la idea de democracia. Esta empresa colosal (16 capítulos y casi 600 páginas) narra la historia de nuestra democracia desde los inicios del siglo XIX hasta hoy. ¿Cómo hacerle justicia a un texto de esta envergadura en 1.500 palabras? Imposible. De ahí que me limite a presentar tres reflexiones que surgen de la lectura de esta obra.

La primera tiene relación con el concepto de democracia, que Joaquín Fermandois trata en el capítulo tercero. La segunda, con la tesis central del libro: la democracia como el sistema de la crisis; y la tercera, con el rol de la historiografía.

Concepto de democracia

En el capítulo tercero de La democracia en Chile, el autor se propone darle forma al concepto “democracia”, que luego le permitirá ir hilando acontecimientos que en principio podría pensarse como aleatorios. A través de un minucioso análisis, el autor saca a la luz 17 rasgos esenciales del concepto “democracia”, para luego pasar a su origen histórico en la antigua Grecia y su evolución empírica hasta hoy. La descripción de estos elementos permite ver el complejo entramado de este tejido, que anuda hebras múltiples en busca de un precario equilibrio. Acertadamente se menciona en primer lugar la autonomía y el autogobierno y en segundo lugar la participación igualitaria como rasgos constitutivos de la democracia. Ambos están intrínsecamente ligados con la libertad —examinada en décimo primer lugar— y con un orden social que pone en el centro al individuo, al sujeto —rasgo noveno—.

El texto, aunque sin mencionarlo explícitamente, roza constantemente la condición de posibilidad de la democracia. Ella solo es posible sobre una determinada comprensión del ser humano, la comprensión del hombre moderno, que se funda en dos ideas fundamentales: libertad e igualdad. Solo bajo estos supuestos tiene sentido la democracia contemporánea. Los rasgos esenciales que saca a luz Fermandois orbitan en torno a esta comprensión de hombre, pero sus órbitas y el sistema en su conjunto no son evidentes a primera vista por falta de luz en el centro. La conceptualización de democracia ganaría claridad si se explicitara la relación de los distintos rasgos esenciales que destaca el autor con este concepto de hombre.

Teniendo esto a la vista, la historia de nuestra democracia aquí narrada podría entenderse como el devenir de la idea de ser humano hecha carne. La pregunta a la cual permanentemente estamos confrontados parece ser cuán libres y cuán iguales somos. El devenir del ser humano en estos dos siglos se deja interpretar como el parto doloroso de esta idea del hombre moderno; una lucha constante por ampliar la esfera de la libertad y la igualdad.

El conflicto, como consecuencia de los intereses contrapuestos de los miembros de una comunidad, es el origen de la democracia y de toda forma de gobierno. La democracia es un arreglo institucional cuyo objetivo principal, como bien dice el autor, es resguardar la libertad individual. De aquí se desprenden los rasgos formales de la democracia, como la separación de poderes, la transparencia o la representatividad. Otro rasgo propio de la democracia es su capacidad de renovación. Ella es circular en la medida en que se examina a sí misma y se reforma constantemente. Esta capacidad de renovación y reforma es fuente de incertidumbre, pero al mismo tiempo de esperanza; y es precisamente lo que estamos viviendo en Chile actualmente. Y justamente por eso es también un proceso inacabado.

Tal vez se podría ir más allá y decir que la materialización de la libertad y la igualdad universal, condición de posibilidad de la democracia, choca permanentemente con la voluntad de poder; de ahí el riesgo permanente de la vida en comunidad. El ajuste constante de los poderes fácticos a través de las instituciones democráticas constituye una de las fuerzas que obligan a la democracia a renovarse constantemente, a estar permanentemente en crisis. Aquí tocamos la tesis central del libro: “la democracia es, por excelencia, el sistema de la crisis” (119). 

Democracia como sistema de crisis

“La sociedad humana —a diferencia de la sociedad animal— es propensa a los desórdenes y a las crisis creadas por la libertad consciente o instintiva de los mismos hombres. La democracia es, por excelencia, el sistema de la crisis. Este es el elemento que verbaliza y que a veces por lo mismo lo profundiza, y que, sin embargo, de alguna manera que no siempre podemos racionalizar, le da fuerzas para poder superar los desafíos inherentes al tiempo histórico” (119).

Esta tesis aparece implícita y explícitamente una y otra vez en el libro, así como en los distintos momentos de nuestra historia republicana, al punto que los momentos de paz política y social parecen ser una absoluta excepción en nuestra acontecida historia. Si bien la historia de nuestra democracia está narrada desde la perspectiva de los gobernantes y la evolución de las instituciones, omitiendo la perspectiva del pueblo, este aparece constantemente ante los ojos de los dirigentes, y casi siempre en confrontación.

En los primeros cuarenta años de nuestra república primó la efervescencia social, los disturbios y el autoritarismo. El origen del orden republicano está lejos de ser democrático, como muestra Fermandois. Por el contrario, las instituciones del Estado que habilitarían una protodemocracia y más tarde una democracia imperfecta fueron establecidas por medio de la fuerza. Es interesante, sin embargo, notar que a pesar de los regímenes autoritarios que gobernaron el país en la primera mitad del siglo XIX, ya se habían instalado en la élite política e intelectual los valores esenciales de la democracia. Las crisis de la república oligárquica durante el siglo XIX parecieran responder principalmente a crisis de las élites que gobiernan el país, mientras que las crisis de la segunda mitad del siglo XX tienen su foco principalmente en lo social. Esto nos muestra cómo la democracia no solo está amenazada por las tensiones propias de la vida en comunidad, sino también por la polarización de la élite política.

Al leer los análisis sobre las distintas crisis que vivió Chile en el pasado es imposible no reconocer elementos comunes en el acontecer actual. Por ejemplo, la Guerra Civil de 1891 o la época parlamentarista, que termina con la intervención militar en 1924: “La base del quiebre [de 1891] estuvo en una sensación muy parecida a la de 1924. Por una parte, había la impresión de una inacción general en el país por la progresiva parlamentarización de la práctica política, al irse interpretando de una manera diferente la Constitución de 1833, fenómeno muy típico de la historia de Chile y de muchos otros países.”

Durante el período parlamentario nuestro país sufre otra crisis. Surge la cuestión social, donde la pobreza aparece como un obstáculo para el ordenamiento democrático moderno. Por otra parte, el sistema político se muestra ineficaz ante estos desafíos. “Parecía un desgobierno, la impotencia del ejecutivo representado por presidentes percibidos como carentes de poder y voluntad, y por los continuos cambios ministeriales que reforzaban la sensación de falta de eficacia y dirección. La política fue apareciendo progresivamente desprovista de atributos para darle un sentido al país, otra recurrencia de la democracia. […] Estos estados de ánimo fueron acompañados por una sensación creciente de que el país se encontraba en una decadencia”. Los mismos problemas de entonces parecen estar brotando hoy.

Fermandois pone especial énfasis en iluminar las tensiones presentes tanto en la esfera política como económica y social, precisamente porque es una historia de las crisis, de nuestras crisis políticas, historia que atraviesa no solo la democracia, sino también otros regímenes como los autoritarios a comienzos del siglo XIX y los oligárquicos a fines del siglo XIX. Por cierto, por su constante renovación, la democracia se muestra más flexible para enfrentar aquellas crisis. Sin embargo, no debemos olvidar que los regímenes autoritarios han surgido en nuestra historia como respuesta a la incapacidad de la democracia de gobernar esos momentos de inestabilidad. Tal vez la democracia está siempre en crisis no por su constante renovación, sino primeramente porque la política es crisis; de no haberla, esta sería superflua. 

¿Cuál es el rol de la historiografía? 

¿Qué se puede esperar de la historia? ¿Hay algo ahí que podamos aprender? La lectura de esta obra me ha dejado un sabor amargo, pues parece ser poco probable que las nuevas generaciones puedan aprender de los acontecimientos del pasado. Parece inevitable seguir cometiendo los mismos errores. Al igual que Sísifo, pareciera que la democracia está condenada a fracasar una y otra vez. Hemos empujado con fuerza la roca gigante montaña arriba y esta ha rodado varias veces montaña abajo, pero siempre hemos vuelto a buscarla para volver a subirla. La pregunta que cae de cajón es si tiene sentido seguir intentándolo. La respuesta no es evidente, pero el libro parece sugerir que no tenemos una mejor opción.

¿Para qué la historia como ciencia, si no nos ayuda a evitar los errores? Porque nos hace más conscientes de nuestra condición humana. La lectura de La democracia en Chile nos permite estar más abiertos a reconocer en los acontecimientos del presente las fuerzas ocultas que los motivan y con ello comprender mejor nuestra propia época y el rol que nosotros mismos jugamos en ella. La historia nos ofrece un punto de partida para la comprensión de nuestra propia historia.

Este libro va más allá de una construcción histórica de la democracia en nuestro país. Lo que nos ofrece Fermandois es una historia crítica de su propia historia, matizando las conclusiones e incluso poniendo en duda o explicitando las limitaciones de las interpretaciones dadas y en permanente diálogo con otras interpretaciones históricas. Esta obra es una invitación a mirar nuestra historia a luz del concepto de democracia, que no es otra cosa que la materialización del concepto de hombre moderno, que nos convoca a todos.

El emblema frágil: la paradoja de la democracia chilena

POR GABRIEL CID

Desde octubre de 2019, en el así llamado “estallido social”, un sinnúmero de edificios fue rayado con diferentes consignas que intentaban describir las razones de la movilización social. Algunas de ellas criticaban la democracia chilena o derechamente desmentían su existencia, homologándola a la idea de dictadura: “No es democracia, es oligarquía”, “Nuestra democracia es la dictadura del capital”, “Nunca fue democracia”, “Falsa democracia”, “Le llaman democracia y no lo es”, consignaban algunos rayados que he registrado personalmente. Pese al carácter provocador de las frases, el criticismo con el que se ha mirado la experiencia política chilena no es nuevo. En realidad, parece ser algo consustancial a la democracia.

El libro de Joaquín Fermandois, terminado al calor de estos eventos, permite poner en perspectiva epítetos de esa índole y examinar un debate bicentenario sobre los límites y alcances del “gobierno del pueblo” en el escenario chileno. Su apuesta es necesaria por varias razones. La más evidente es la necesidad de elevar la mirada y poner en un contexto histórico amplio estas cuestiones. Esto contribuye a paliar el déficit de densidad temporal que caracteriza a las discusiones sobre la democracia en la opinión pública, síntoma del presentismo que, como expresión de un narcicismo temporal, cae en juicios anacrónicos, generalizaciones gruesas, comparaciones improcedentes e interpretaciones indóciles a la fuerza de la evidencia. En ese sentido, estamos frente a una obra contundente, de alcances interpretativos ambiciosos y que contribuye a depurar la visión histórica de lo que ha sido la experiencia democrática en el país, con especial énfasis en el último medio siglo.

La tesis principal que recorre las páginas de La democracia en Chile. Trayectoria de Sťsifo puede resumirse como sigue: si la democracia ha sido desde sus inicios objeto sistemático de críticas y reticencias —que en el caso chileno se remontan ya al período de la independencia—, esto se debe a uno de sus rasgos inherentes como sistema político. “La historia de la democracia es y será la historia de la discusión —duda y afirmación— sobre ella misma”, señala Fermandois. Tales dudas se han intensificado en tiempos recientes, especialmente desde 2011, donde el autor percibe un punto de inflexión en el que estos cuestionamientos han arreciado, deslizándose hacia una suerte de “neopopulismo” que, atizando la crítica contra la modernización económica chilena, le reprocha sus insuficiencias democráticas tributarias de su “pecado original”: la dictadura.

¿Cómo entender esta dimensión inherentemente conflictiva de la democracia que el autor describe en el libro? Fermandois acierta al sugerir una explicación que está en los orígenes de la experiencia de la modernidad: la transición desde un orden político legitimado de modo trascendente a uno inmanente. Este cambio, que proviene desde el siglo XIX para el caso chileno, hace que la democracia se encuentre en constante tensión entre la nostalgia por un pasado irrecuperable y la tentación por abrazar el absoluto, cuya realización se posterga de modo indefinido. Una crisis permanente que reside en la problemática construcción de una nueva legitimidad, en este caso histórica, en el sentido profundo del término: contingente, inestable y prosaica. Humana, demasiado humana. Así, la democracia queda sujeta a un vértigo que le es propio y que acentúa una sensación permanente de crisis. La democracia vive en esta constante revisión sobre sus logros y deficiencias, su permanente adaptabilidad y evolución. Vive de los conflictos irresueltos, pero esto no es un déficit democrático, sino consustancial a la naturaleza finita de las comunidades humanas. Como acota con proverbial sabiduría su autor, “lo humano es lo no resuelto y en ello radica su abismo, su gracia y grandeza”. Como régimen político fundado en la limitada capacidad humana, la democracia está así condenada permanentemente a redefinirse y readaptarse. De ahí el título provocativo y sugerente del libro, que evoca el mito clásico de Sísifo.

Si la democracia como régimen político vive en estado de permanente cuestionamiento, ello se debe también al contraste entre la finitud de la experiencia humana y lo que podríamos llamar la “inflación semántica” del concepto de democracia. Esto es, la tendencia a proponer una visión extremadamente estilizada, normativa y amplia de la democracia, que la convierte en un significante vacío. Este punto me parece uno de los más debatibles del texto. En el tercer capítulo del libro, Fermandois expone su comprensión politológica de la democracia, homologándola a lo que él llama “modelo occidental”, compuesta de 17 “rasgos fenoménicos” que remiten a las nociones de autogobierno, participación igualitaria, libertad, su dimensión representativa, la competencia por el poder, la transparencia en el ejercicio del mismo, la división de poderes, etc.

¿En qué régimen confluyen, sincrónicamente y con intensidad, esta serie de factores que constituirían un sistema democrático? La amplitud semántica de la democracia, que homologa su trayectoria a la historia política de Chile, incide en que se diluya la potencia del argumento del autor, o que el argumento se torne más convincente para algunos períodos que para otros. Esto se debe al esquema evolucionista que recorre el libro, donde la trayectoria del siglo XIX es calificada de “protodemocracia”, por no ceñirse plenamente a los requisitos del “modelo occidental”, lo que denota una aplicación extemporánea de categorías de análisis a contextos históricos diferentes de los ideales políticos actuales. El argumento se torna más plausible cuando la experiencia política chilena se ajusta a los estándares definidos por el autor, como el período de la “democracia clásica” (1932-1973), donde el país habría consagrado su “excepcionalidad” democrática en el continente; autopercepción —pero también un juicio relativamente asentado en el concierto internacional— que se vio dramáticamente interrumpida con la irrupción del régimen militar. El mismo régimen de Pinochet es examinado agudamente como una experiencia que rompe con la tradición democrática chilena, específicamente por la concentración personal del poder en una dinámica que tendía a confundir “el ego con el Estado” y contrastaba con los ideales de una “sociedad abierta”. El libro alcanza su desarrollo más acabado en su análisis de la llamada “nueva democracia” que emerge tras el fin del régimen militar, cuya crisis y ocaso Fermandois hace coincidir con el momento de elaboración de La democracia en Chile.

En el fondo, las polémicas sobre los alcances de la democracia —sobre su existencia real o espuria, madura o incompleta— remiten justamente a la equivocidad de su significado, siempre polémico y disputable, fruto de la amplitud de factores que la constituyen —dimensiones políticas, institucionales, procedimentales, valóricas, culturales, económicas y sociológicas, etc.—, y a su puesta en práctica en la historia, que deviene en su conflictivo laboratorio. Y es que como la democracia puede remitir a aspectos tan disímiles y se encuentra imbuida en el mundo contemporáneo de una pretensión omnicomprensiva, bajo cuya invocación se amparan las más diversas demandas, resulta evidente la tentación de impugnar la existencia de la democracia cuando no se ajusta a la visión que se tiene de ella. No obstante, y tal como aclaran autores clásicos como Giovanni Sartori y Robert Dahl, una de las actitudes intelectuales básicas para comprender la complejidad de la democracia consiste en ser conscientes del desfase natural entre la democracia concebida como ideal —y, por tanto, vaciada de sus horizontes de posibilidad históricos—, y la democracia realmente existente. Una porción no desdeñable de la crisis de sentido que aqueja a la política chilena contemporánea tiene su explicación en esta incapacidad para lidiar con esta asimetría entre la democracia como horizonte idealizado y el carácter a ratos prosaico de su práctica cotidiana, donde está desprovista de ese sentido épico que se le imputa en el imaginario que ella misma ha forjado de sí y del “pueblo soberano”.

En tiempos de debate constitucional sobre la nueva fisonomía que debería adquirir la democracia chilena, sobre sus límites y posibilidades en un escenario de crisis política, económica y sanitaria, la perspectiva temporal desplegada en el trabajo de Joaquín Fermandois es un recordatorio inquietante de la fragilidad histórica de esta forma de gobierno. Es la paradoja de la democracia: ser el “emblema” del mundo contemporáneo, en tanto “elemento intocable” del orden simbólico que lo rige, al decir de Alain Badiou, y, al mismo tiempo, poseer una fragilidad inherente. Y es que la democracia no sobrevive al desprestigio de los procedimientos, al descuido del lenguaje político, a la ausencia de respeto por la ley, al descrédito de las instituciones, a la apatía cívica, a la carencia de un relato político común y a un incremento sostenido de la desigualdad de condiciones materiales de los miembros de una comunidad. La democracia se ha erosionado históricamente por la confluencia de estos factores, pero también por la pulsión redentora de quienes, movidos por la retórica efectista de “profundizar la democracia”, monopolizar la “voz del pueblo” y acelerar el tránsito hacia la “verdadera democracia” han contribuido irónicamente a su desprestigio. Y del descrédito hacia su declive, como nos recuerda tristemente nuestra historia, hay solo un paso.