Contrapunto de Rodrigo Pérez de Arce y Cristóbal Karle sobre Dignos, de Pablo Ortúzar
Contrapunto de Rodrigo Pérez de Arce y Cristóbal Karle sobre Dignos, de Pablo Ortúzar

Octubre de 2019 fue un momento en que nuestra democracia estuvo en riesgo. Mientras se esgrimían consignas por mayor justicia y dignidad, Chile fue escenario de una profunda inestabilidad política, de decisiones erráticas por parte del oficialismo de la época y de una oposición que negó toda validez al diálogo con el gobierno y puso en jaque nuestra institucionalidad. Tanto en las calles como en el debate público irrumpieron con una fuerza inédita actores y grupos de la más diversa índole, levantando banderas y demandas difíciles de articular en un solo relato coherente. De límites difusos y múltiples expresiones, el caos y la violencia que dieron forma al estallido social es abordado por Pablo Ortúzar en su libro DťgGos, donde el autor se propone volver sobre los hechos cotidianos que configuraron una crisis que sigue siendo objeto de análisis. En este contrapunto, Rodrigo Pérez de Arce y Cristóbal Karle evalúan y ponderan su lectura de este aconteci- miento que, luego de dos debates constitucionales y un gobierno de la nueva izquierda, sigue dando forma a nuestro presente.


En octubre no cayó un rayo

RODRIGO PÉREZ DE ARCE 

Sobre Dignos. Crónica del estallido social. (Santiago: IES, 2025), de Pablo Ortúzar

Es probable que nunca terminemos de entender por qué ocurrió el estallido. Eso no impide fijar los hechos, buscar responder a la pregunta sobre qué pasó  durante esos días. Por el contrario, lo vuelve indispensable de cara a ofrecer una interpretación adecuada de lo sucedido. Dicho de otro modo, la pregunta por el qué es urgente, precisamente porque el proceso se vivió como una fuerza de la naturaleza que irrumpió en una sociedad con más problemas de los que aparentaba.

La imagen de la fuerza de la naturaleza no es casual: octubre se nos aparece como una maraña de hechos sucediéndose a toda velocidad. Para quienes vivimos el estallido es difícil orientarnos en esa secuencia: las evasiones, la quema de estaciones de metro, los militares en la calle, el “estamos en guerra contra un enemigo poderoso e implacable” del presidente Piñera, el acuerdo del 15-N, la Convención, el ocaso de todo esto con la pandemia y, aunque no forme parte del libro, el plebiscito del 4 de septiembre de 2022.

Desde un comienzo, el 18-O se vivió como acontecimiento: no solo desbordó las categorías de quienes intentaban explicarlo, sino que se percibió como una ruptura en el tiempo, que se estiró, se comprimió, dio saltos. La sociedad chilena entró en trance; se suspendieron las normas y se aceptó —aunque fuera por un lapso breve— una fiesta destructiva, poblada más de símbolos que de personas. El perro Matapacos, la primera línea, la Tía Pikachu, Pareman: figuras sin rostro fijo, proyecciones que difícilmente podían ser responsabilizadas de algo concreto.

Dignos, el más reciente libro de Pablo Ortúzar, es un antídoto contra la lectura del estallido como terremoto o diluvio, contra el intento de dar por sentadas sus causas y, desde ahí, justificar o validar lo que vino después. El autor aparece poco. Contra su estilo habitual, la mayor parte de sus tesis quedan en segundo plano. Ortúzar ordena los hechos, los sitúa en el tiempo y muestra su cadencia terrible: la irracionalidad desplegándose en las ca- lles, el desborde de las instituciones, la falta total de control.

Fijar los acontecimientos en papel es el primer paso para hacer pie y comprender lo que antecede al estallido, lo que ocurre durante y lo que sigue. Pero el libro no se limita a ello, y cumple un rol más importante: nos recuerda que los hechos no apare- cen eK Gť7ťlo. Son el resultado de acciones concretas de personas identificables, no de proyecciones ni fantasmagorías, no de la ilusión del pueblo o las fuerzas de la historia. Con ello, reaparece en escena la idea de agencia, de decisión libre y, por lo mismo, de responsabilidad. Sí, se trataba de circunstancias excepcionales, pero eso no anulaba la capacidad de elegir un curso de acción por sobre otro ni de preferir un tono de cuidado a uno de impugnación o franca destrucción. El libro muestra a los protagonistas tomando decisiones a partir de diagnósticos determinados, anticipados, y proyectando expectativas que, como sugiere la lectura, a menudo resultaron erradas. De ahí que entender las cir- cunstancias fuera condición necesaria para actuar bien; de ahí, también, que los malos diagnósticos hayan tenido consecuencias nefastas.

Es cierto que, durante los primeros días y semanas, Piñera y su gobierno no entendieron qué estaba ocurriendo. Esa falta de comprensión los llevó a responder con una retórica zigzagueante que enardeció los ánimos y fue aprovechada por sus adversarios. Tampoco disponían de las herramientas necesarias: no había capital político suficiente, las policías no daban abasto, los insumos escaseaban. El gobierno utilizó casi todo lo que tenía a mano y no fue suficiente, pero las dificultades de Piñera no se explican solo por errores propios. Pese a sus dificultades, en DťgGos se observa a un presidente que intenta una y otra vez recuperar la iniciativa política. Al frente tenía a una izquierda que, derrotada en 2017, se reagrupaba como fuerza de oposición con una dureza inusitada en el Chile posdictadura. Las negativas para negociar —incluso a reunirse en La Moneda— y las acusaciones constitucionales operaron como herramientas para unir a una coa- lición que compartía un diagnóstico: el pueblo había abierto “por la vía de los hechos” una grieta para desmantelar “el modelo”, una que los partidos no habían logrado abrir por sí solos.

El diagnóstico de las izquierdas no se tradujo solo en la insistencia en el reemplazo constitucional como la única salida viable al conflicto. Durante esas semanas abundaron los proyectos destinados a acortar el gobierno de Piñera. El 29 de octubre, por ejemplo, cinco diputados de izquierda presentaron una moción para facultar al Senado a convocar elecciones tras la inhabilidad o renuncia del presidente. El 5 de noviembre, otro grupo ligado al Frente Amplio y al Partido Comunista propuso incorporar un referendo revocatorio para el mismo cargo. Eran mecanismos institucionales, sí, pero orientados a un mismo fin: aprovechar la crisis para forzar la salida de Piñera y promover un cambio de régimen. Apenas cinco días después del Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución un grupo transversal de parlamentarios, provenientes de partidos que habían firmado dicho acuerdo, presentó una acusación constitucional contra el presidente, la primera de dos durante su mandato.

La oposición de la época, cegada por su lectura de las circunstancias, no vio —o no quiso ver— que había más en juego que la continuidad del gobierno de Piñera. Como señala Tocqueville en sus Kecher- dos de lD KevolhcťóG de 1848, era el poder mismo el que estaba por los suelos: la capacidad de gobernar, de ejercer autoridad legítima. La deslealtad no era simplemente hacia un presidente, sino hacia la política como forma de gestionar el conflicto. Es en ese contexto donde se vuelve viable la salida constitucional como el botón de pánico de un sistema que ya no hacía pie, no solo porque estuviera desacoplado de la ciudadanía, sino porque una parte de la élite política prefirió apostar por el desborde antes que por la contención. Con todo, aunque la iz- quierda intentaba aprovecharse de las circunstan- cias, la calle no respondía a ningún partido. Varios dirigentes de izquierda —Daniel Jadue y Gabriel Boric entre ellos— recibieron muestras de repudio cuando intentaron aparecer en las protestas.

Otro componente de la dramaticidad de octubre fue el uso de la fuerza y su ineficacia para contener la crisis. Hubo amplio despliegue policial y militar, pero, aun así, no se logró restaurar el orden. Es cierto que muchos efectivos emplearon mal su poder —las lesiones oculares lo atestiguan— y ello merece reproche jurídico. Sin embargo, la crítica legítima a esos excesos fue amplificada e instrumentalizada: el Frente Amplio y el Partido Comu- nista equiparar la situación con los crímenes de la dictadura y promovieron denuncias difíciles de verificar —o derechamente falsas—, aunque políticamente eficaces en medio de la crisis. Es probable que la acusación de un supuesto centro de torturas en la comisaría de la estación de metro Baquedano fuese la que generó más daño, sobre todo porque fue mantenida incluso después de que dos jueces y el INDH descartaran su veracidad (Beatriz Sánchez aún no borra su tuit). Así, la violencia policial, el enardecimiento social, la confusión del gobierno y la apuesta opositora por el desborde convergieron en un cuadro que nadie controlaba. Como bien muestra el libro de Ortúzar, una vez desatada, la violencia se alimenta a sí misma y se vuelve casi imposible de contener.

Solemos cometer el error de leer el pasado a la luz del presente, lo que nos lleva a imputar a los acontecimientos una dirección inevitable. DťgGos nos permite recuperar la contingencia: las cosas pudieron ser diferentes, y no siempre mejores. El proceso constituyente, que hoy parece el desenlace natural de la crisis, fue una salida frágil entre dos abismos. Por un lado, una izquierda que presionaba sin importar una eventual caída del gobierno; por otro, voces en la derecha que exigían imponerse únicamente mediante la fuerza, sin importar el costo. Ortúzar plantea un contrafactual inquietante: ¿qué hubiera ocurrido si el 12 de noviembre se hubiera dado la orden de intervención militar?

Lo que rescata la crónica de Pablo Ortúzar es, en último término, el sentido más incómodo de la contingencia: que el orden social descansa sobre fundamentos más frágiles de lo que suponemos. Cuando esos fundamentos se resquebrajan —por acción u omisión— no siempre se abren horizontes luminosos; también pueden irrumpir el caos, la violencia, el precipicio. Por lo anterior, DťgGos es una advertencia. No basta con entender lo que pasó: hay que cuidar las condiciones que sostienen la convivencia. Ese es, quizás, el llamado escondido en el título: una invitación a estar a la altura de las instituciones que hacen posible la vida en común y a actuar con responsabilidad frente a ellas.


Las cosas que perdimos en el fuego

CRISTÓBAL KARLE 

Sobre Dignos. Crónica del estallido social. (Santiago: IES, 2025), de Pablo Ortúzar

Recuerdo que, en alguna de esas eléctricas tardes

de octubre de 2019, me topé con una colección de viejos poemas de Pier Paolo Pasolini, proveniente quizás de qué rústica editorial algo extemporánea. Uno de estos poemas se titulaba, precisamente, “Manifestar”: “Han venido a arreglar el mundo / y, manifestando, se declaran a la altura / la fuerza está en la virilidad, como antes / pero se ha perdido la gentileza / Cualquier cosa que se manifiesta

/ no manifiesta otra cosa que la fuerza / incluso la de los destinados a la derrota”. Otro poema, “El PCI para los jóvenes”, me pareció del todo atingente mientras observaba el fogoso enfrentamiento entre universitarios y fuerzas policiales en el frontis del Campus San Joaquín, donde entonces estudiaba: “En Valle Giulia, ayer / hemos tenido un fragmento de lucha de clases / y ustedes, amigos (aunque de la parte de la razón) eran los ricos, / mientras que los policías (que estaban de la parte equivocada) eran los pobres / ¡Linda victoria, entonces, la de ustedes!”.

La referencia autobiográfica no es casual. El formato de crónica que ha escogido Pablo Ortúzar para su retrospectiva de los acontecimientos ocurridos entre octubre y noviembre de 2019 obliga al lector, necesariamente, a repasar su propia memo- ria: dónde estuvimos, qué hicimos, qué pensamos, qué rol jugamos o buscamos jugar durante aquel tránsito histórico donde el horizonte de expec- tativas y la aproblematicidad del mundo parecían haberse roto. En DťgGos. CróGťcD del estDllťdo socťDl, Ortúzar despliega con destreza la capacidad narrativa y el análisis mordaz que lo han convertido en una de las plumas más reconocibles del debate público reciente. Como en el célebre poema que cita Óscar Landerretche en el prólogo al volumen, leer a Ortúzar equivale a recorrer el camino de vuelta para conocer, por primera vez, el lugar en el que cada uno estuvo durante aquellos días. Vivir es recordar y recordar es vivir, escribía Samuel Butler.

Por cierto, este libro no presenta un recuerdo neutral ni pretende hacerlo. Aunque sirve como material de referencia, expresa también una posición —o, mejor dicho, varias posiciones— desde la cual el lector puede enfocar de mejor forma su propia reflexión, sea desde la crítica o la aceptación de las tesis que presenta el autor. En ellas, por lo pronto, cabe advertir dos lecturas, que bien vale la pena distinguir.

Hay, primero, una interpretación antropológica anclada en dinámicas rituales y sacrificiales, que enmarca el estallido dentro de la “fiesta” caracterizada por Octavio Paz y los rituales de “inversión de estatus” descritos por Victor Turner, amén de otras referencias intelectuales análogas, resaltando la imposibilidad de atribuirle racionalidad al estallido en un sentido tradicional. Segundo, una tesis menos explícita, pero que emerge a borbotones durante el curso de la narración central: la izquierda política se embriagó de un relato inconsistente, jugó de forma irresponsable con la estabilidad institucional del país y mostró una asombrosa falta de lealtad con principios básicos de la convivencia democrática. Entre ambas vive la miríada de “personajes, consignas, ilusiones, rumores, mentiras, traiciones y expectativas que se entrelazaron para producir resultados muchas veces sorprendentes, ambiguos o derechamente contradictorios”.

El libro se divide en tres partes: antes, durante y después de los acontecimientos de octubre, con abril de 2020 como límite temporal último. Cada una de estas secciones, además de presentar una descripción pormenorizada de los hechos en recorrido histórico, ofrece pinceladas de análisis crítico y “casos”, digresiones que profundizan en asuntos tangenciales que el autor considera pertinente desmenuzar. El resultado es una lectura fluida y dinámica, que abre preguntas, ensaya respuestas y conecta eventos y declaraciones de una forma que solo la perspectiva del tiempo permite hilar. No obstante sus méritos y algunas observaciones puntuales, hay —al menos— dos énfasis transversales que ameritan mayor profundidad.

En primer lugar, es valioso detenerse en aquello que Ortúzar —recurriendo a una fórmula habitual en la literatura especializada— denomina “el lado oscuro de la sociedad civil”. El libro cita profusamente ejemplos de organizaciones sociales, claramente alineadas con la izquierda radical, que reivindicaron para sí la representación de un “pueblo” excluido del sistema político y agitaron el ambiente de todas las formas posibles. Sin embargo, allí donde el libro parece observar instrumentalización política y extremismo desnudo —que lo hubo—, pueden leerse también expresiones patológicas de un fenómeno social más amplio: la crisis de la sociedad civil y las organizaciones representativas de masas en su relación con la política. Como en la famosa metáfora de MacIntyre, las condiciones han cambiado de tal modo que nuestras palabras han quedado vaciadas de su significado original: los movimientos sociales del siglo XX no existen ya, y su desaparición ha permitido que cualquier agrupamiento circunstancial de activistas pueda erigirse en vocero de la sociedad civil.

Este problema no afecta solamente a la izquierda, aunque sea más palmario en ella por su cultura específica. Cabe recordar que un conspicuo dirigente de la UDI observaba, en tiempos de la Nueva Mayoría, “muestras de genuino gremialismo” en los camioneros y apoderados de colegios subvencionados que generaban oposición callejera a las reformas en curso. Como ocurre también con otras aristas del fenómeno, el hecho de que dichas organizaciones alcancen una relevancia inusitada responde a una crisis subyacente. La mejor forma de restarles poder no es reprimirlas ni desacreditar las, como una lectura parcial del libro podría llevar a creer, sino reconstruir una sociedad civil articulada en torno a organizaciones representativas de masas capaces de interpretar efectivamente el conflicto social.

En segundo lugar, es posible discutir los límites de la responsabilidad política que el autor asigna a la izquierda. Pienso que, sin tiempo ni alternativas hermenéuticas para procesar los hechos, la izquierda perdió el juicio en el fuego. Al sobreinterpretar el estallido y utilizar su energía —que no controlaba— como ariete para conseguir objetivos cuya afinidad con la mayoría social era dudosa, la izquierda se colocó en una posición similar a la de Carlos Altamirano en 1973. Cual aprendiz de brujo, atizó fuerzas respecto de las cuales no tenía herramientas para adquirir un grado suficiente de control. Y así como los flamígeros discursos de Altamirano fueron utilizados luego por los militares para justificar la barbarie, el pretendido monopolio de la izquierda sobre las demandas y el significado del estallido fue también motivo de su deslegitimación cuando sus contradicciones quedaron expuestas —un pacto fáustico cuyos efectos inmediatos están a la vista en la configuración actual del escenario político.

Pese a lo anterior, el libro sobreestima la perversidad y el cálculo de cierta izquierda —Hanlon tendría algo que decir— y también la radicalidad de algunas de sus propuestas. Después de todo, la exigencia de un proceso constituyente no era, en aquellos momentos, descabellada ni ajena. En algún sentido, la heterogeneidad inasible de las demandas exigía una respuesta más procedimental que sustantiva: la política debía ofrecer, más que un contenido, un nuevo camino institucional que recorrer. Hoy suele reconocerse, como lo hace Ortúzar, que la apuesta del gobierno por la vuelta larga fue acertada. Ello importa también una revalorización del “momento constituyente”, aunque en una clave diferente a la que imaginó la izquierda radical. Aunque no ahonda en ella, creo que Ortúzar concede también excesiva plausibilidad a la hipótesis de la intervención extranjera. No es claro por qué, en qué condiciones y bajo qué mecanismo causal podría razonablemente esperarse que un ataque terrorista semejante produjese una reacción popular violenta contra los garantes del orden. Las calamidades públicas a gran escala suelen consolidar el apoyo de la población a los gobiernos, no al revés. Hay ahí un desafío para las insinuaciones

conspirativas: el hecho de que, en lugar de intimidar a la población, las imágenes que recorrieron Chile durante la tarde y noche del 18 de octubre hayan sido el prolegómeno de movilizaciones multitudinarias y altamente temerarias. Los “chalecos amarillos”, en los cuales cierta derecha depositó sus esperanzas iniciales, no pasaron de ser un fenóme- no aislado y algo patético.

En un sentido más profundo, de todas formas, la pregunta acerca de los incendios que se desataron por Santiago el 18 de octubre resulta menos relevante. Desde Kant, las ciencias humanas han enfocado el conocimiento de los fenómenos sociales respecto de sus condiciones de posibilidad. El nivel de coordinación intersubjetiva requerido para incendiar simultáneamente un puñado de estaciones de metro es significativamente menor al de movilizar a millones de personas en las calles.

¿Cómo llegó a ser posible algo así? Por momentos, DťgGos parece más una crónica del descenso a las tinieblas de un sector político más que de la socie- dad —o de los manifestantes— en su conjunto. La interesante tesis antropológica que plantea Ortúzar en la introducción es escasamente revisitada en su desarrollo. Dicha orientación exige, también, dos lecturas. Por una parte, su crudeza resulta indispensable para comprender hasta qué punto la izquierda debe examinar no solamente sus acciones pasadas, sino los presupuestos que la llevaron a caer en un abismo semejante. Por otra, corre también el riesgo de trivializar inadvertidamente la discusión acerca del significado y las causas del acontecimiento.

Si durante el primer proceso constituyente la sociedad chilena se enfrentaba al peligro de cristalizar permanentemente una visión idealizada de octubre, hoy está amenazada por un desafío especular, tan políticamente interesado como el anterior: su identificación oficial con la violencia política y la sedición. Quizás sea un momento propicio para reconocer que no hemos arribado todavía a la síntesis, aunque una lectura ponderada de este libro podría acercarnos un poco más. Y es que, acompañado de otros, representa también una invitación abierta a recuperar colectivamente las herramientas interpretativas y la gentileza que perdimos en el fuego.