Contrapunto
La cientista política Gloria de la Fuente y el historiador José Manuel Castro reseñan Nos fuimos quedando en silencio. La agonía del Chile de la transición, del investigador senior del IES Daniel Mansuy. Publicado originalmente en 2016, y ad portas de reeditarse (en conjunto con la editorial Tajamar), el ensayo de Mansuy se adentra en los intersticios de la transición a la democracia y los gobiernos de la Concertación. Así, el autor explora por qué se produjo la ruptura de los consensos políticos que permitieron transitar los difíciles años noventa, así como los méritos y deficiencias de las propuestas alternativas que habían surgido hasta entonces.
Transición y crisis democrática: consenso y crítica
José Manuel Castro
¿Qué elementos de la historia reciente permiten explicar los procesos de cambio que Chile experimenta en la actualidad? Este libro de Daniel Mansuy ofrece una original y oportuna respuesta a esa pregunta, buscando comprender nuestro presente mirando el pasado, ofreciendo al mismo tiempo una valiosa reflexión de cara al futuro.
La propuesta de Mansuy podría sintetizarse de la siguiente manera: el proceso de transición a la democracia produjo una inercia tal en los actores encargados de implementarla, que el sistema político chileno posterior a 1990 ha sido incapaz de procesar el cambio y resolver sus principales tensiones internas. Tanto izquierdas como derechas habrían guardado sus respectivos silencios: la izquierda concertacionista, en lugar de rechazar y transformar la herencia legada por el régimen militar, asumió y se adaptó a este esquema no solo sin cuestionamientos de fondo, sino que además renunció a ofrecer las debidas explicaciones de tal decisión. Escondió el factor Pinochet debajo de la alfombra y pretendió vivir sobre este, haciendo como si no existiera. La derecha aliancista, por su parte, valoró y defendió el nuevo orden en virtud del crecimiento económico y la estabilidad que ofrecía, aunque sin brindar —o siquiera esbozar— una respuesta a los desafíos políticos y culturales que el establecimiento del libre mercado trajo consigo.
Como ha sostenido Mansuy tanto en el libro como en medios de prensa y foros, la preponderancia del economicismo ha impedido que la derecha cuente con las herramientas conceptuales suficientes para comprender las transformaciones que han ocurrido en la sociedad chilena. De este modo, según el planteamiento de Nos fuimos quedando en silencio, los treinta años del proceso político 1990-2020 habrían quedado determinados por las condiciones políticas en que se desarrolló la transición 1980-1990, tiempo en el que el régimen militar definió, en acuerdo con la centroizquierda, las características fundamentales de la nueva democracia. Desde el movimiento estudiantil de 2011, y sobre todo tras el “estallido social” de 2019, Chile estaría experimentando el ocaso de esa democracia.
Aun cuando se trata de una interpretación apropiada y sumamente útil para comprender los últimos cuarenta años de desarrollo político de Chile, el propio Mansuy es consciente de las limitaciones de esta obra, que ha sido concebida por él mismo como un “ensayo cartográfico”. Por esto, cualquier intento de dibujar un mapa político explicativo de la realidad, debe ser capaz de incorporar la variedad y complejidad de los elementos que hacen históricamente inteligibles los procesos políticos del pasado. En este sentido, la interpretación de Mansuy merece algunas revisiones y precisiones.
Guerra Fría y transición ideológica
Aunque el colapso de la Unión Soviética sorprendió al mundo, la década de los ochenta mostró en Chile y en el extranjero indicios de la prevalencia del orden político y económico liberal, así como de un marxismo en recesión. Países que habían experimentado modelos socialistas en el pasado eran testigos del avance del liberalismo; lo mismo sucedía con actores políticos que, habiendo adherido al marxismo en el pasado, para entonces renunciaban a sus ideales revolucionarios. Si bien es posible interpretar los años ochenta en Chile —como parece hacerlo Mansuy— seleccionando la acción de personajes puntuales —Pinochet y Guzmán, Aylwin y Boeninger—, la delicada operación política de la transición no habría sido posible sin la existencia de un consenso ideológico previo que orientó la acción de las élites políticas.
Así como en los largos años sesenta tres tercios políticos ofrecían proyectos ideológicos divergentes en Chile, una década después la derecha, el centro y parte de la izquierda asumieron los conceptos fundamentales de libertad política y económica. Esa convergencia ideológica no puede ser omitida a la hora de explicar la transición chilena, por cuanto fue el escenario que posibilitó el encuentro de posiciones políticas antagónicas. En ese contexto, el papel jugado por la renovación socialista fue fundamental: alejados del proyecto político de Allende —aunque reivindicarían su figura en el plano simbólico—, los socialistas chilenos, especialmente aquellos en el exilio, abrazaron la democracia representativa, la economía libre y la propiedad privada como parte de sus principios. Se trata de uno de los giros ideológicos más espectaculares de la historia política chilena de quienes, apenas diez años antes, aspiraban a construir el socialismo a través de un proyecto revolucionario que se definía marxista-leninista.
Jaime Guzmán, subsidiariedad y liberalismo económico
Por otra parte, las ideas políticas de Jaime Guzmán merecen ser examinadas históricamente, considerando la variedad de fuentes disponibles. Aunque, para Mansuy, Guzmán habría realizado “una interpretación sumamente singular del principio de subsidiariedad”, inclinándose a “identificar la subsidiariedad con el programa económico del liberalismo, sin hacerse mayores problemas ni insistir demasiado en los mentados matices” (39-40), una mirada atenta a la documentación disponible nos conduce a conclusiones distintas. En efecto, durante el debate educacional al interior de la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución, Guzmán expresó una aplicación del principio de subsidiariedad congruente con la Doctrina Social de la Iglesia. Marcando un contrapunto con el Estado Docente conocido hasta entonces, Guzmán manifestó que no es el Estado el que “tiene un derecho preferente o primordial frente a los demás sujetos para ejercer esta tarea [educativa]”, sino que su rol es subsidiario respecto de instancias prioritarias como los padres de familia o la Iglesia. Por eso, añade: “respecto de la órbita que las instancias prioritarias no alcanzan a cubrir, el Estado tiene no solo el derecho, sino también el deber de entrar a actuar” (sesión N° 141).
Por otra parte, el propio Guzmán era consciente de las tensiones generadas por el liberalismo económico, y entendió que la aplicación de un sistema de economía libre debía fundamentarse sobre valores morales esenciales. En “El sentido de la transición” (1982), Guzmán expresó: “las mayores opciones de consumo abren nuevas y saludables perspectivas de bienestar material y progreso cultural para todos los habitantes, pero ellas requieren un acento en la formación moral de las personas, que les permita utilizarlas entendiendo siempre que las cosas deben servir y no esclavizar al ser humano. Que el ‘consumismo’ no está en la abundancia de vitrinas, sino en las carencias de los espíritus”. Así, cualquier esquema interpretativo de nuestro pasado reciente debe construirse a partir de las fuentes históricas disponibles, evitando aquellos anacronismos conceptuales que hacen decir a un autor algo que no dijo o que expresó de otra manera.
Crítica a la transición
Finalmente, aunque Mansuy acierta en detectar la potencia política y simbólica del movimiento estudiantil de 2011 —así como la relevancia intelectual de su principal ideólogo, Fernando Atria—, es necesario mirar este fenómeno en un tiempo más largo, vinculado a la crítica a la transición esbozada por intelectuales chilenos entre 1990 y 1999. Por lo pronto, el movimiento estudiantil de 2011 no surgió por generación espontánea ni planteó demandas caracterizadas por su novedad. Al contrario, durante la década de los noventa, en medio de las querellas entre autocomplacientes y autoflagelantes, autores como Tomás Moulian, Manuel Antonio Garretón y Gabriel Salazar fijaron las coordenadas conceptuales que darían sentido desde entonces a la crítica a la transición que asumiría más tarde el movimiento estudiantil.
No puede decirse que desde la vereda de enfrente en ese entonces hubo silencio: Edgardo Boeninger, Genaro Arriagada, Eugenio Tironi y José Joaquín Brunner defendieron el Chile de la transición, valoraron el crecimiento económico, la disminución de la pobreza, la estabilidad política y los bajos niveles de corrupción. Sin embargo, y como bien propone Mansuy, con el paso del tiempo los defensores y orgullosos protagonistas de los éxitos de la transición y de la democracia chilena se fueron quedando en silencio. Su voz muchas veces fue reemplazada por una calle más vociferante que los mostró desnudos frente a su propia historia.
Resignificar el pasado y construir futuro
Gloria de la Fuente
Hasta hace pocos años, el movimiento estudiantil del año 2011 parecía la coyuntura crítica —aquellos momentos fundantes o puntos de inflexión en la historia— más significativa desde, al menos, el retorno a la democracia. No por nada es el hito que elige Mansuy para desarrollar su reflexión sobre el quiebre de los consensos de la transición y el nuevo mapa político, configurado por una socialdemocracia arrinconada y avergonzada de su pasado, una derecha perpleja y paralizada, y una izquierda que, según el autor, padece de lirismo adolescente. La segunda edición, de próxima aparición, introduce un nuevo prólogo donde el autor intenta hacerse cargo de las interrogantes que abre el estallido social, aunque vuelve a insistir en que el mapa político que se configuró en aquella coyuntura crítica vinculada al movimiento estudiantil es la que permanece hasta hoy.
Mi primera reflexión al aproximarme al texto nuevamente, después de algunos años, fue la constatación de lo vertiginosa que ha sido esta última década. Tras el quiebre del pacto transicional en 2011 hemos tenido, cual si fuera un déjà vu, una alternancia en el poder con las mismas figuras a la cabeza, aunque con diferentes conducciones. De algún modo, el segundo gobierno de Michelle Bachelet quiso impulsar una coalición política más amplia que, por medio de reformas estructurales y cambios a la “sacrosanta” Constitución, se hiciera cargo de ese difuso malestar que, a la larga, por los límites de la propia política para entender y procesar adecuadamente sus contenidos, se transformó en 2019 en estallido. Mansuy aborda en su prólogo esta nueva coyuntura crítica, que asume como un fenómeno aún en desarrollo, pero que cristaliza varias de las tesis de principios de la década. No obstante, como si el vértigo no fuera suficiente, nos sobrevino la peor crisis sanitaria en un siglo —con sus consecuencias sociales, económicas y políticas— a partir de la llegada de la pandemia del Covid-19. Esta última coyuntura no alcanza a ser parte de la reflexión de esta segunda edición, lo que abre desafíos mayúsculos por delante: pensar el futuro en condiciones cambiantes requerirá un esfuerzo importante y sin duda necesario.
Sin embargo, tal como señala el autor, pese a lo vertiginosa que ha resultado esta última década, hay nudos gordianos que permanecen, y la imposibilidad de desatarlos ha generado, desde mi punto de vista, una agudización de la crisis política que tiene cada vez más dificultades para encontrar caminos de salida. En efecto, el nuevo prólogo del texto nos recuerda que a partir del estallido de octubre “la derecha ha tratado de salvar los (pocos) muebles que le quedan, pero parece constitutivamente imposibilitada de proyectar algo más. Esto no debería sorprender: al entregar la Constitución vigente sometiéndola a un plebiscito, la derecha perdió su principal punto de referencia, su eje fundamental”. Probablemente en esta misma reflexión es donde estriba el problema más relevante en la situación actual de una parte importante de esa derecha, más preocupada por años en resguardar el modelo refundacional construido por la dictadura en lo político (la Constitución) y económico, que en redefinir las bases de un proyecto político que, para pasar la prueba de la blancura, ha debido una y otra vez tomar distancia del legado de esa misma dictadura cívico-militar. Vaya paradoja para una generación, como la del propio Mansuy, que no tiene por qué cargar con ese complejo. De hecho, es el propio autor quien reconoce —y también aquí cabe la metáfora del silencio— que este sector renunció a desarrollar nuevos marcos interpretativos de la realidad, tener una propuesta renovada e intentar entender una sociedad que se ha ido transformando.
Volviendo a la idea del nudo gordiano, lo más curioso del libro es que, si bien uno podría creer que su objetivo es hacer un llamado de atención a la derecha y a su incapacidad para renovarse, se trata en realidad —o al menos así lo interpreto yo—de interpelar a la izquierda socialdemócrata que fue la Concertación (y una parte importante de la Nueva Mayoría) por su incapacidad de generar un marco adecuado entre continuidad y cambio, incapacidad que la llevó finalmente a abjurar de su pasado. Es en estos actores donde Mansuy encuentra un relato que se perdió, un espacio que quedó vacío en la política y, en definitiva, donde uno puede leer la síntesis de la mayoría de los males que redundan en el malestar, la falta de respuesta política y posteriormente en el estallido.
Sin perjuicio de lo anterior, si bien ha sido explícita la ruptura con respecto a la transición, creo que el autor se equivoca en asumir que esto es solo un déficit en la disposición a encontrar consensos y un abandono de la moderación por parte de una generación que debió liderar este proceso.
Desde la derecha, la añoranza respecto a los consensos no se hace cargo de que el pacto transicional se hizo bajo las reglas del juego impuestas por la dictadura, debiendo aceptar también que Pinochet fuera el Comandante en Jefe del Ejército hasta el año 1998 para luego asumir como senador vitalicio, cargo que dejó el año 2000 después de un proceso de desafuero. Los consensos de esos años eran posibles bajo la amenaza de la espada de Damocles que pendía sobre nuestra gobernabilidad y sobre la democracia recién conquistada. Lo que vino después fueron acuerdos anclados en una institucionalidad también heredada, con pocas posibilidades de transformación hasta las reformas constitucionales de 2005. Por esos años, tal vez por el mismo temor a perder la gobernabilidad y generar una fisura en la coalición gobernante, se acalló un debate —la discusión entre autoflagelantes y autocomplacientes— cuya omisión, a la luz de los años transcurridos, parece haber sido un error.
La centroizquierda también se fue quedando en silencio. No fue capaz de asumir que durante sus administraciones hubo grandes avances, como también importantes déficits que, de haberse develado a tiempo, tal vez habría sido posible encauzar de manera más adecuada. Es esta, y no la pérdida de la moderación o la vocación por los consensos, la que a mi juicio se convirtió en el talón de Aquiles de la coalición. Así, la aparición de la Nueva Mayoría pareció una especie de antítesis de la Concertación, cuando en realidad debió plantearse como un proceso de evidente continuidad con un legado que había sembrado sus semillas durante el retorno a la democracia. Es por esta razón, entre otras cosas, que la Concertación nunca tuvo un sepelio a la altura de su contribución a la historia del país, sino que sufrió una muerte súbita.
Así, el fin de los consensos de la transición en lo político y económico parece el resultado natural de un debate que no se logró jamás actualizar conforme la sociedad chilena fue evolucionando. La derecha se quedó prisionera en la defensa del modelo, especialmente en lo económico, y la centroizquierda se encerró en sus propias contradicciones, sin ser capaz de construir un relato coherente que vinculara su pasado con su proyecto.
Lo que depara el futuro es una incógnita, y Mansuy ofrece varias claves para poder enfrentar estos debates. Por lo pronto, a diferencia de lo que señalaba la consigna durante el estallido social, en realidad no son 30 años, sino 46. Lo que estará en juego en el futuro será la necesidad de mirar el proceso sin complejos y renovar la oferta política, porque incluso los sectores que emergieron al calor de las movilizaciones de 2011 se han visto superados por las propias lógicas que ha impuesto el estallido social y recientemente, la crisis del Covid-19.

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