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Por medio de un lúcido análisis de la sociedad contemporánea, Jean-Claude Michéa aborda en El imperio del mal menor cómo el liberalismo ha triunfado en su intento por hacernos renunciar a la idea de “bien”, “grandeza” o “virtud”. Así, por medio del imperio del derecho y del mercado, el quehacer político se ha reducido a la coordinación de intereses, teniendo como objetivo primordial el evitar las guerras. El resultado: una izquierda plegada a los principales postulados del liberalismo, ajena a las grandes causas que le dieron sentido en el pasado y cada vez más cercana a banderas específicas de ciertas élites progresistas. En este número de Punto y coma, María Asunción Poblete y Noam Titelman reseñan, desde perspectivas distintas, el polémico ensayo del intelectual francés.
La abdicación de la izquierda
MARÍA ASUNCIÓN POBLETE
El año 2018, Revolución Democrática causó revuelo al cuestionar la celebración del “día de los enamorados” con la siguiente frase atribuida a Ayn Rand: “para saber decir “yo te amo” primero se debe aprender a decir yo”. A primera vista, parece desconcertante que la nueva izquierda remita a autores libertarios como Rand. Sin embargo, una aproximación más profunda nos permite encontrar vínculos —impensados a primera vista— entre el liberalismo económico y las agendas culturales progresistas.
Esta es, precisamente, una de las principales contribuciones de El imperio del mal menor. Ensayo sobre la civilización liberal, del intelectual francés Jean-Claude Michéa. En un tono provocador y persuasivo, el pensador de izquierda sugiere que el progresismo contemporáneo —ese que promueve desde la apertura de fronteras a la deconstrucción del amor romántico—, difícilmente podría ser tildado de socialista.
Según Michéa, las izquierdas contemporáneas se habrían alejado de sus luchas originarias , prefiriendo rendirse a las premisas del orden liberal (o “el imperio del mal menor”). El autor explora de forma detallada el vínculo entre el liberalismo económico y el progresismo cultural, pues, para él, ambas vertientes constituyen una unidad indisoluble. A través de una genealogía del liberalismo, que permea tanto a la izquierda como a la derecha actual, la obra nos ayuda a comprender mejor las contradicciones de nuestra dinámica política, que, dúctil y líquida, está fundada sobre la piedra angular del liberalismo.
Si bien el autor plantea preguntas incómodas que interpelan a todo el espectro político, es particularmente duro con las izquierdas contemporáneas, a las que reprocha haber abandonado a grupos mayoritarios como obreros y trabajadores, para reemplazarlos por una defensa corporativa de agendas elitistas e identitarias. Michéa ve en mayo de 1968 el punto de inflexión: en ese momento la izquierda habría abdicado de sus luchas. Tal revolución no cambió la estructura de poder, pero sí habría tenido un impacto cultural que transformó ideas y valores, pues sus consignas iniciales, que apuntaban a la reivindicación de mayores libertades en la esfera privada, calaron hondo en la izquierda. Que este movimiento haya comenzado con una revuelta estudiantil no deja de ser revelador para el caso chileno, pues el Frente Amplio irrumpe en un contexto similar en 2011, y a todas luces parece ser una fiel representante de la izquierda liberal progresista que critica el autor.
Liberalismo: uno solo
Una de las ideas centrales que desarrolla el autor dice relación con los orígenes del proyecto liberal. El “mundo sin alma” del capitalismo contemporáneo —en palabras de Michéa— constituiría la única forma plausible bajo la cual la doctrina filosófica liberal pudo haberse materializado. Por lo tanto, al filósofo francés le parece ilusoria la separación y categorización que tiende a hacerse en el debate público respecto de un liberalismo económico (encarnado generalmente por la derecha) y otro político y cultural (bandera principalmente de las izquierdas).
La doctrina liberal se hace posible al inscribirse en el proyecto occidental moderno y convertirse en la ideología por excelencia de la modernidad. Según Michéa, una compleja combinación de condiciones contingentes a partir del siglo XVII posibilita esta situación. El devastador escenario de múltiples guerras religiosas, que propició el desarrollo de filosofías y antropologías “pesimistas”, sumado a la invención de la ciencia experimental de la naturaleza, que deviene en el ideal de una Ciencia aparentemente imparcial, proporcionaría las bases para un nuevo método de procesamiento racional y neutro del problema político. De esta forma, pretendía alcanzarse el objetivo central consistente en pacificar y neutralizar todo conflicto. Allí radica el origen del liberalismo.
Este prometedor método implicaría sustraer de la esfera pública todo lo relativo a lo bello, bueno y verdadero, lo que conlleva una privatización de las convicciones y costumbres morales; esto con el fin de aplacar toda fuente de conflicto. El precio a pagar por la pacificación es elevado, pues supone el reemplazo de la política clásica por un dispositivo puramente negativo: “el arte de delimitar, en definitiva, la sociedad menos mala posible”, regulando normativamente los desacuerdos y neutralizando las pasiones que le subyacen. Dicha solución liberal no se concibe a sí misma como una triunfal, sino que corresponde a una estrategia del mal menor impuesta por la naturaleza de las cosas.
Los dos vehículos por medio de los cuales el liberalismo logra su ascenso son el derecho y el mercado. El derecho, abstracto y neutral, brinda reglas mínimas y comunes garantizadas por el Estado, que regulan y aplacan las pasiones del individuo. El mercado, por su parte, tiene el mismo propósito neutralizante: permite que los individuos persigan libremente sus intereses mediante su actividad económica, generando la natural armonía que brinda la mano invisible. Así, se avanzaría hacia la simple unificación jurídica y mercantil de la humanidad.
A lo largo de la obra, el autor analiza de modo panorámico las implicancias de este imperio del mal menor, pues durante las últimas décadas ha logrado situarse ya no como un piso mínimo, sino como “el mejor de los mundos” donde la libertad individual y la “sociedad abierta” se erigen como un ideal de perfección de la naturaleza humana. Al no existir bases filosóficas y morales comunes, se pierde la noción misma de límite: el individuo contemporáneo ve en cualquier frontera un atentado al despliegue de su autonomía, pues su horizonte está en alcanzar la emancipación total.
Aquí el autor dispara la mayor parte de sus dardos contra la izquierda progresista, presa de esta lógica liberal. Dicha izquierda, al abrazar acríticamente las banderas de la autonomía individual y la diversidad, asume la defensa del liberalismo cultural más ortodoxo, el cual, como plantea Michéa, es indisoluble del liberalismo económico. He aquí, entonces, la paradoja: al mismo tiempo que dice combatir el neoliberalismo más extremo, trabaja para él, pues la liberación cultural que promueve termina por expandir las dinámicas del mercado. Así, a pesar de que en su retórica se arroga la superación del “mal menor”, lo profundiza, juega con sus lógicas.
Nadie sabe para quién trabaja
Dicha izquierda se aleja cada vez más de su vocación originaria y se identifica progresivamente con las élites. La fascinación de estas élites con la sociedad abierta, la autonomía total y el movimiento no conecta con las grandes masas populares, cuyas aspiraciones están vinculadas al arraigo por sus comunidades de origen. Este es el motivo que explica que la nueva izquierda tenga tantas dificultades a la hora de captar la adhesión del pueblo. Es más, reacciona indignada calificando de “populista” todo programa que contradiga sus agendas cosmopolitas y que apele directamente a las masas y sus necesidades. A fin de cuentas, es esa abdicación la que en ocasiones ha dejado un flanco abierto para el surgimiento de líderes que sí podrían ser merecedores de aquel epíteto.“Basket of deplorables”, como se refirió Hillary Clinton al electorado que posteriormente le dio la victoria a Donald Trump en 2016.
Por otro lado, la izquierda moderna parece ignorar que esta lógica vanguardista termina inevitablemente favoreciendo el despliegue del capitalismo, su supuesta némesis. Esto es patente en el debate sobre migración, donde los economistas de derecha liberal, interesados en la oferta de mano de obra barata, y las élites de izquierda globalista, que añoran un mundo abierto y sin fronteras, suelen estar en pleno acuerdo. Ahí parecen encontrarse personas tan disímiles como Beatriz Sánchez y Hernán Büchi.
¿Es pura casualidad? No, según Michéa. Cierta izquierda alimenta inconscientemente las dinámicas que dice aborrecer, pues la expansión del mercado necesita de la liberación cultural que ellos promueven.
A esta situación apunta Michéa. Para demostrarla, se vale de múltiples ejemplos y analogías en las que destaca su permanente ironía. El autor también remite frecuentemente a los primeros socialistas, e incluso a la temprana tradición marxista, para ilustrar la desorientación sistemática de la izquierda contemporánea: en esos momentos, la izquierda pudo haber cometido muchos errores, pero no traicionó su vocación fundamental junto al pueblo. Destacan acá sus alusiones a George Orwell, intelectual socialista de cabecera del francés, y particularmente su concepto de common decency. Con dicha noción, Orwell busca explicar algunas virtudes humanas como la solidaridad y la lealtad, que emergen naturalmente en la vida ordinaria de las comunidades humanas. Sin embargo, la nueva izquierda tiende a despreciar esas disposiciones, y las fuerzas transgresoras del progresismo ven en ellas pura opresión. En el imperio del mal menor, la transformación de todos los escrúpulos éticos en tabúes arbitrarios vuelve imposible la defensa de cierto patrimonio moral que, para Orwell y Michéa, merece ser preservado, pues actúa como dique de contención frente a dicha ola transgresora.
Esta obra nos interpela a todos —no solo a la izquierda— a no perder esa decencia común, quizás la única salida a este laberinto. Deja un cierto sabor amargo sobre la realidad, pero, a la vez, inquietudes que movilizan. A fin de cuentas, ante la insuficiencia del derecho y el mercado, no puede concebirse una vida auténticamente humana sin arraigo o vínculos comunitarios, sin una base común subyacente que, a lo largo de este ensayo, el autor nos invita a buscar.
El progresismo y la decencia común
NOAM TITELMAN
En su ensayo El imperio del mal menor el intelectual francés Jean Claude Michéa presenta las contradicciones y puntos ciegos de la que considera la ideología por excelencia de la modernidad: el liberalismo. Pero es más que eso. Inspirado en los escritos de George Orwell, el autor contrapone al liberalismo —en sus formas de izquierda y derecha— la “decencia común” (common decency). Este sentido de decencia sería una especie de brújula moral que pervive, todavía, en las clases populares.
Buena parte del texto recorre algunas de las críticas que realiza el posliberalismo —a estas alturas bastante conocidas— a la sociedad contemporánea. Como sus pares posliberales en Estados Unidos o Reino Unido, Michéa plantea su proyecto como un “desenmascaramiento” de la política establecida y la reivindicación de lo que Patrick Deneen denomina “conservadurismo de clase trabajadora”[1]. En particular, hay una crítica reiterativa a las izquierdas y derechas por su adopción del liberalismo, las primeras en su versión política y cultural, las segundas en su versión económica. Si bien la crítica está dirigida a ambos mundos, el foco está más bien puesto en lo que se presenta como una hipocresía de la izquierda que buscaría “distinguir (…) un ‘buen’ liberalismo político y cultural, y un ‘mal’ liberalismo económico” (27).
El ensayo de Michéa se encarga de desmenuzar la lógica del mal menor que promete el liberalismo. En definitiva, es posible dividir las críticas del autor en dos grupos. El primero es un esfuerzo para mostrar por qué el liberalismo no cumple con su propia promesa de evitar la guerra y los impulsos destructivos de la sociedad y de generar un mayor bienestar gracias a un continuo progreso. El segundo es que la lógica del “mal menor” del liberalismo, fundamentada en una antropología esencialista del egoísmo, está errada. Es decir, Michéa afirma que la paradoja del liberalismo es que está constantemente luchando por reformar al ser humano para hacerlo más cercano a su naturaleza. A esta antropología del esencialismo egoísta se opondría el sentido de decencia de Orwell, presente en las clases trabajadoras.
Michéa afirma que el liberalismo es incapaz de cumplir sus propias promesas. Esta crítica se basa en la “neutralidad axiológica” de las dos fuerzas sobre las que se sostendría el liberalismo: el derecho y el mercado. La crítica a la neutralidad axiológica del derecho se centra en los problemas del liberalismo cultural o político, y por lo tanto en la izquierda. “El socialismo original (…) siempre objeta que una sociedad que no exige de sus miembros más que el respeto de su indiferencia recíproca no es una verdadera sociedad, y que la máxima vive y deja vivir termina donde no hay un mínimo de common decency (…) y se transforma, de hecho, en vivir y dejar morir” (57).
Es más, Michéa llega a exagerar este argumento al punto de afirmar que la búsqueda de lo “políticamente correcto” en las izquierdas liberales sería una falla esencial de la promesa liberal de superar las guerras civiles ideológicas: “es inevitable (…) la aparición de una nueva guerra de todos contra todos, conducida esta vez en los tribunales (…) en la que los defensores de lo ‘políticamente correcto’ se han convertido, como se sabe, en soldados profesionales” (47-48). Así, Michéa cuestiona la fe en el progreso como nuevo credo liberal que “siempre se presenta como una máquina de guerra contra los distintos ‘conservadurismos’” (115).
En cuanto a su crítica al liberalismo económico, Michéa se centra en la idealización del “crecimiento” y progreso económico. Su posición recoge la crítica histórica premarxista del socialismo al liberalismo, distinguiendo entre una sociedad “justa” y una decente. Así, una sociedad marcada por el aplauso al egoísmo sin límites “es una sociedad que en los hechos respalda comportamientos tan indecentes y tan abiertamente contrarios a la dignidad humana que no podría ser moralmente aceptable y que, por lo tanto, no tendría sentido definirla como ‘justa’” (49). En una sociedad en la que el Estado liberal se entrega a la neutralidad axiológica y al escepticismo metódico del derecho liberal, sería el mercado el que terminaría reemplazando el sentido moral. No se trataría de dos liberalismos, uno político y otro económico, sino que serían las dos caras de una misma moneda.
El lector disfrutará mucho más esta parte del texto si se lo toma por lo que es: la obra de un talentoso polemista que defiende una trinchera con abundantes referencias académicas. No es este el intento de hacer un sopesado análisis de las virtudes y defectos de la sociedad liberal, sino la consagración de una posición de combate argumentativo. Desde esa trinchera, se entiende la equiparación un tanto hiperbólica entre una guerra en la que literalmente se cortan cabezas con un sistema jurídico en el que ellas se cuentan.
Más allá de su utilidad como un resumen conciso y clarificador de las posiciones posliberales, el principal valor del texto se encuentra en el rescate, contrapuesto al egoísmo racional, del sentido de decencia común: “ese concepto deliberadamente vago e impreciso, consiste en enraizar, en lo más profundo de la práctica socialista, las virtudes humanas de base (…). Estas virtudes o disposiciones psicológicas y culturales a la generosidad y a la lealtad”.
Como explica Michéa, la exigencia de “racionalidad” a los seres humanos y que “sus decisiones existenciales se acomoden al modelo de la axiomática del interés y cálculo estratégico” lleva a que la lógica liberal destruya “gradualmente las condiciones de toda civilidad y de toda decencia común” (120). Algo así advirtió Hannah Arendt, cuando explicó los orígenes del totalitarismo en el individualismo de las sociedades de masa, desarraigado y solitario. Retirarse al reino de lo privado implicaría que todos los individuos están presos de su experiencia singular[2]. Al final, la convivencia social no puede descansar en mero egoísmo individual.
Es interesante detenerse en la relevancia que ha tenido siempre el sentido de decencia para la convivencia pacífica a la que aspira el liberalismo. Por ejemplo, el concepto de sentido de decencia jugó un rol fundamental en un conocido hecho acontecido pocos años después de la muerte de Orwell: la persecución del senador McCarthy contra las supuestas amenazas al modo de vida liberal y que derivó en una verdadera cacería de brujas. Una de las escenas más conocidas de este proceso, y que significó el fin de la carrera política de McCarthy, fue cuando Joseph Welch lo confrontó, frente a millones de televidentes, con una simple replica: “¿acaso no tiene el más mínimo sentido de decencia?”. No fue la neutralidad o escepticismo metódico lo que salvó la convivencia social de un Estados Unidos embarcado en una deriva autoritaria, sino el sentido de la decencia común.
Por medio del rescate de esta “decencia común”, Michéa reivindica también un sujeto histórico típicamente menospreciado por las ideologías progresistas de izquierdas y derechas. Y lo hace sin caer en el exotismo museológico. El sentido de decencia común está vivo, según el autor, en las clases trabajadoras y es fundamental para el funcionamiento de la sociedad.
Por otro lado, la discusión por la decencia requiere de un cuidadoso análisis. La reivindicación de la noción de decencia está, por cierto, rodeada de peligros. Bien lo sabía el propio Orwell cuando reseñó Mein Kampf, de Hitler, advirtiendo que el dictador sabía que “los seres humanos no solo quieren comodidad, seguridad, jornadas laborales cortas, higiene (...), también, al menos intermitentemente, quieren lucha y sacrificio, sin mencionar tambores, banderas y desfiles de lealtad”[3]. Con facilidad, esa búsqueda de decencia, generosidad y lealtad puede ser el lugar de nacimiento del horror.
Es llamativo que, desde una tradición política completamente diferente, los socialistas democráticos en el mundo han llegado a debates similares. Recientemente, Jacobin, la principal revista de los socialistas democráticos de América, lanzó una edición titulada “La izquierda en el purgatorio”, en cuya editorial se preguntaba si el sueño de una “coalición de coaliciones” de izquierda que “una a movimientos colineales sin organización partidaria o una jerarquía de prioridades” corra el riesgo de exacerbar el desalineamiento de la clase trabajadora con la izquierda[4]. Una pregunta que ciertamente resuena en el progresismo y la nueva izquierda chilena.
En cualquier caso, el ensayo de Michéa es una excelente provocación para las nuevas y no tan nuevas izquierdas, que obliga a replantearse algunas de sus certezas más profundas. La reflexión descrita es una oportunidad para recoger la necesidad de tomarse en serio a ese sujeto que sufre las desigualdades económicas, no solo como un receptor pasivo de las ideas socialistas, sino como alguien con un conocimiento e interés propio, anclado en esa decencia que no ha desaparecido. En definitiva, es un potente recordatorio de que si el socialismo pretende ser un movimiento de la clase trabajadora, no puede ignorar ese sentido de decencia común que la mueve.
[1] Patrick Deneen, “Why Conservatism Is The Natural Home For Working Class Americans”, The American Conservative, 8 de julio de 2020.
[2] Hannah Arendt, The Origins of Totalitarianism (Londres: Penguin Classics, 2017).
[3] Gorge Orwell, “Review of Adolph Hitler’s Mein Kampf”, The New English Weekly, 21 de marzo de 1940.
[4] Bhaskar Sunkara, “The Left in Purgatory”, Jacobin 44, Invierno 2022.

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