Por Sofía Brahm
Seis días antes de ser elegido Papa, Jorge Bergoglio se dirigió a los cardenales en un discurso que, visto en retrospectiva, entregaría los lineamientos generales de lo que terminaría siendo su papado, los que sintetizaría meses después en su primera Exhortación Apostólica, Evangelii Gaudium. En este discurso, el entonces cardenal criticó fuertemente al clericalismo, a aquella Iglesia que se vuelve “autorreferencial”, al “narcisismo enfermo” y al “vivir para glorificar unos a los otros”.
Para Francisco, esta Iglesia ensimismada se vuelve problemática y peligrosa, y la conexión que existe entre esos vicios y los abusos eclesiales resulta para él bastante clara. No se exagera al decir que, según Francisco, el clericalismo es el principal factor que explica los abusos de conciencia, de poder y sexuales dentro de la Iglesia.
Un mal del continente latinoamericano
El clericalismo es un peligro latente en todas las iglesias y en todos los tiempos. Ocurre cuando se quiebra el equilibrio entre la Iglesia y la sociedad, y la primera influye indebidamente en los asuntos de la segunda, utilizando el poder temporal como recurso o derechamente buscándolo como fin. También ocurre dentro de la misma Iglesia cuando se tiene una cultura de afección y sumisión infantil hacia el clero, lo que deriva en una fe ciega —fideísta—, con ausencia de participación y discernimiento dentro del laicado.
Por una serie de factores históricos y culturales, el peligro del clericalismo se encuentra fuertemente presente en América Latina, un continente que tiene un marcado sustrato cultural católico que se remonta a los primeros años de evangelización [1].
Para Francisco, el clericalismo en Latinoamérica toma la forma de una “complicidad pecadora” entre el clero y los laicos, donde “el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo”. El clericalismo es cómodo [2] porque genera una fe que no se piensa y, por tanto, no se hace plenamente responsable; que le teme al discernimiento, a la conversión y a la duda. Se contenta con lo que ya dijo otro, y solo se espera el propio asentimiento. Muchas veces se espera que el sacerdote tome decisiones por los propios laicos, incluso cuando guardan relación con sus vidas privadas. Es el clericalismo lo que explica esta falta de adultez y de libertad que “anula la personalidad de los cristianos” [3].
Del clericalismo a la crisis de los abusos
En distintos informes internacionales que han analizado la crisis de la Iglesia se destaca el clericalismo como factor detonante y explicativo de los abusos sexuales en el contexto Asimismo, el clericalismo pareciera haber influido en que las consecuencias de la crisis, tanto para las víctimas como para la comunidad católica en general, sean aún más devastadoras.
En primer lugar, este vicio ofrece la oportunidad del abuso para aquellos sacerdotes que pudieran tener la inclinación de abusar. La confianza excesiva depositada en la figura del sacerdote hace que cualquier acción delictiva quede invisibilizada, y que cualquier denuncia hacia su persona sea considerada poco verosímil.
Todo abuso es, en primer lugar, un abuso de poder. El poder, en principio destinado al servicio, reviste un peligro para las interacciones, pues puede llevar a actitudes de dominio del otro. Mientras mayor es la asimetría de poder, mayor es el riesgo de actitudes abusivas y la tendencia a “trascendentalizar” la figura del sacerdote. Dotarlo de cualidades extraordinarias hace que esta simetría se exacerbe y que el sacerdote se vuelva impermeable al control ético de parte de quienes lo rodean. En Lumen Gentium se cita una frase de San Agustín en que expresa bellamente el riesgo que reviste el poder para las relaciones dentro de la Iglesia: “Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, este una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación [4]”.
Por otra parte, el clericalismo ha generado la tendencia a proteger de manera excesiva la reputación institucional, evitar el escándalo y, por tanto, generar una cultura del secreto, por sobre el interés por la verdad, la justicia y el bien de las víctimas. El nexo entre clericalismo y la respuesta dada por la Iglesia a los abusos del clero, laicado incluido, ya lo había constatado Benedicto XVI cuando debió enfrentar en 2010 la crisis de la Iglesia irlandesa. En una Carta Pastoral a los católicos de Irlanda el Papa emérito afirmaba que existía “una tendencia en la sociedad a favorecer al clero y otras figuras de autoridad y una preocupación fuera de lugar por el buen nombre de la Iglesia y por evitar escándalos, cuyo resultado fue la falta de aplicación de las penas canónicas en vigor y la falta de tutela de la dignidad de cada persona” [5].
Esa idealización reverencial y ciega de la figura del sacerdote y de la Iglesia representa un desorden que se vuelve problemático. El poder sin contrapesos, el endiosamiento de una figura al punto de invisibilizar sus faltas y la reverencia cultural que deriva en impunidad se convierten en un peligro demasiado grande como para ser ignorados. Bajo este escenario, el abuso destruye la misma imagen de Dios, que se expresa para muchos, inconscientemente, en la figura del sacerdote. El abuso se vuelve un “asesinato del alma” [6], en la medida en que el propio mundo religioso se ha visto contaminado por creencias tóxicas respecto a la imagen sacerdotal y de la misma Iglesia.
El Pueblo de Dios y los espacios libres de clericalismo
No todos los espacios son igualmente susceptibles de clericalización. Cuando el Papa habla de este peligro se refiere sobre todo a los espacios más institucionalizados de la Iglesia, donde el clero tiene una presencia decisiva. A estos espacios se los distingue de aquellos donde toma forma la religiosidad popular. Se trata de dos formas de ser Iglesia que se han desarrollado especialmente en el contexto latinoamericano. Una, la popular, es vivencial, simbólica y rica en expresiones artísticas; la otra es más conceptual, moralista e históricamente ha tendido a despreciar la piedad popular. Una corre el riesgo de quedarse en la mera exterioridad, la otra el de clericalizarse.
La Iglesia institucionalizada, más allá de sus virtudes y del hecho de que la institucionalización resulta indispensable, ha tendido a comprender y vivir la fe de una manera demasiado ahistórica, congelando un momento histórico como arquetipo inmóvil del ser cristiano y considerándose “medida” de pureza cristiana y exenta de contaminaciones. Es una Iglesia que muchas veces no se deja convertir, donde el buen cristiano pasa a ser el cristiano de “sana doctrina”, el “bien formado”, el que es “de los nuestros”, de nuestro movimiento, de nuestra parroquia, de nuestra comunidad. A su vez, en ella se da por momentos una tendencia hacia la autocomplacencia y a un encierro cómodo en las propias comunidades. Hay ahí una preocupación marcada por dominar espacios más que por generar procesos de conversión. En el mismo sentido, se desprecia muchas veces al “laico común” y a su capacidad evangelizadora, desvalorizando y olvidando así el sentido básico de la Fe.
El Papa Francisco, formado en la tradición de la teología del pueblo [7], ve en la piedad popular un espacio a reivindicar como fundamento de una nueva evangelización. En esa visión, la eclesiología del Pueblo de Dios es acentuada como una forma de contrarrestar los peligros del clericalismo. Esta es la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios o Pueblo Sacerdotal, que aparece muy tempranamente en el Antiguo Testamento. Las primeras referencias a ella se encuentran en la Primera carta de Pedro:
“Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. […] Sois pueblo escogido, familia real y sacerdotal, nación santa, pueblo adquirido por Dios” [8]. Esta imagen fue secundada luego del concilio
de Trento. El protestantismo fue, en muchos sentidos, una protesta contra el clericalismo, contra el monopolio clerical sobre los asuntos de la fe. Y al criticar Lutero el carácter institucional de la Iglesia y eliminar la estructura sacramental, la Iglesia en Trento respondió reafirmando el carácter institucional y jerárquico de la Iglesia [9]. La figura del sacerdote consagrado fue colocada en un grado distinto, de mayor mérito y autoridad que la figura del laico, que es también sacerdote por virtud del bautismo. Trento respondió, pero lo hizo a medias, sin asumir el carácter comunitario y laical que era aquello que sostenía la protesta de Lutero.
En el Concilio Vaticano II, con Lumen Gentium, la Iglesia volvió a referirse a la imagen de esta como Pueblo de Dios, asumiendo así lo mejor del protestantismo y reintegrando dentro de su autocomprensión la idea del sacerdocio universal de los fieles. Esta eclesiología del Pueblo de Dios resalta la imagen del sacerdocio ministerial como una función de servicio [10], un sacerdocio que es siempre “para los demás” y que está referido al único sacerdocio de Cristo. Bajo esta concepción la evangelización es tarea de la comunidad cristiana toda, del católico como pueblo.
Es precisamente en virtud de los riesgos del clericalismo y de la necesidad de un crecimiento de la responsabilidad laical que el Papa ha querido resignificar la piedad popular [11]. En su Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, en medio de la crisis de los abusos, destaca los espacios de piedad popular como aquellos lugares de libertad cristiana:
“En mi experiencia como pastor aprendí a descubrir que la pastoral popular es uno de los pocos espacios donde el Pueblo de Dios es soberano de la influencia de ese clericalismo que busca siempre controlar y frenar la unción de Dios sobre su pueblo. Aprender de la piedad popular es aprender a entablar un nuevo tipo de relación, de escucha y de espiritualidad que exige mucho respeto y no se presta a lecturas rápidas y simplistas, pues la piedad popular «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y los sencillos pueden conocer» [Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 4]” [12]
Superar el ensimismamiento
Toda crisis tiene en su seno una dimensión salvadora, una posibilidad de redención. La misma crisis de la sociedad chilena nos ha mostrado que vivir tan ensimismados y segregados va alimentando un veneno potencialmente destructor. Cuando se cae el velo de pureza de lo más sagrado de una sociedad, entonces se abre una herida que cuesta sanar. Lo más sagrado se ha quebrado, nada merece ya nuestro respeto. La salida que buscamos es muchas veces anárquica o, en su vertiente eclesial, secularizante, lo que genera cuerpos amorfos, caóticos y sectarios, que revisten mayores posibilidades de abusos de poder. Convendría que tengamos una mirada más humilde y realista de nosotros mismos y de los demás.
La crisis de la Iglesia ha sido una crisis brutal para los cristianos; nos ha remecido, nos ha humillado. Pero ha quedado en pie la única certeza cristiana, que es la certeza de Jesucristo resucitado. Hemos debido madurar en nuestra fe; construir relaciones más saludables; constatar la responsabilidad que le compete a cada uno en generar espacios seguros, abiertos y honestos; reconocer la fe del sencillo, del pequeño, del devoto corriente y su capacidad evangelizadora.
Quizás la salida de la crisis de la Iglesia, así como la salida de la crisis social, se juegue en la misma cancha, en la cancha de las periferias. En el reconocimiento y valoración mutua. En el salir de nuestro ensimismamiento autocomplaciente, en el ser conscientes del valor y la dignidad que tiene cada persona.
[1] Documento de Puebla, CELAM, 1979.
[2] Discurso a los obispos de la coordinación de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) durante la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, julio de 2013.
[3] Carta del Papa Francisco al cardenal Marc Ouellet, presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, marzo de 2016.
[4] San Agustín, Serm. 340, 1: PL 38, 1483. En: Lumen Gentium, n. 32.
[5] Carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos en Irlanda, 19 de marzo de 2010.
[6] Thomas P. Doyle; “Sexual Abuse by Catholic Clergy: The Spiritual Damage”, en Thomas G. Plante y Kathleen McChesney, Sexual Abuse in the Catholic Church. A Decade of Crisis: 2002-2012 (Santa Barbara: ABC-CLIO, 2011), 172.
[7] Corriente que nace en Argentina y que encuentra sus orígenes tras el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín. Entre sus exponentes destacan Alberto Methol Ferré, Lucio Gera, Rafael Tello, Justino O’Farrel, Juan Carlos Scannone y Carlos María Galli.
[8] 1 Ped, 2, 4-5, 9.
[9] Fernando Berríos, “Sacerdocio y función pastoral en la Iglesia. Una reflexión a 50 años del Concilio Vaticano II” en Fredy Parra y Agustina Serrano (eds.), La inteligencia de la esperanza. Anales de la Facultad de Teología nº5, 2012.
[10] Lumen Gentium nº 24.
[11] Discurso de Francisco durante el Encuentro con el comité de coordinación del CELAM, Viaje Apostólico a Río de Janeiro, XXVII Jornada Mundial de la Juventud. Domingo 28 de julio de 2013.
[12] Carta de Francisco, “Al pueblo de Dios que peregrina en Chile”. Vaticano, jueves 31 de mayo de 2018.

.png&w=1080&q=75)