“Escribir sin ser escritor es la impunidad misma”, apunta la periodista y editora Andrea Palet. Sus palabras, publicadas, originalmente en la revista El Malpensante, fueron las elegidas para abrir su libro Leo y olvido, una compilación de columnas de opinión escritas a lo largo de quince años para distintos diarios y revistas.
Directora de la editorial independiente Libros del Laurel y del Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales, Palet ofrece al lector de estos textos una mirada singular, que se resiste a la inmediatez que suele dominar a este género. Recuerdos de infancia, historias de familia, series de televisión y anécdotas personales son solo algunos de los temas reunidos bajo este título, que además deja ver el lugar privilegiado que ocupa la literatura en su mundo. Acostumbrada a estar a la sombra de otros autores, la suya ha sido una vocación marcada por el silencio; cualidad fundamental, según ella, para todo aquel que se quiera dedicar a un oficio tan intenso como invisible.
¿Cómo fue la experiencia de estar en la vereda opuesta, como autora y no editora de Leo y olvido?
Bonita. De renuncia y de resistir los impulsos, hasta cierto punto. La editora, Pilar de Aguirre, tenía muy clara su selección, la discutimos y primó su criterio. No estuve de acuerdo al principio, pero resultó que tenía razón. Como fue mi alumna, la aparente paradoja era total. Un guante dado vuelta.
¿A quién le escribes? ¿Tienes algo así como un “lector ideal” en mente?
Nunca he escrito mucho, y ya no escribo. Alcancé a retomar por un mes en 2019 en la revista Capital, pero no duró. Siendo sincera, el lector ideal de columnas que intentan ser persuasivas es aquel que no se da cuenta de que ha sido convencido, que relaja sus barreras y deja entrar una idea chica que le complica un poco el mono bien armado que tenía. Yo tuve una formación intelectual muy débil, sin ninguna sustancia o secuencia lógica de lecturas, así que uso las herramientas que tengo, en las que priman las luces de colores sobre un tejido estructurado paso a paso, tan sólido que podrías usarlo de cama elástica y saltar encima. El lector ideal no ve las sombras argumentales que están justo detrás de las luces; yo sí las veo, pero no tengo formación para usar luces de relleno, digamos. Y, en todo caso, las luces también son necesarias: trasmiten calor, ¿no?
En tus columnas, situaciones aparentemente insignificantes de pronto adquieren un brillo único. Otras veces funcionan como pie forzado para reflexiones “simplemente magistrales”, en palabras de Alejandro Zambra. ¿Influye la literatura en tu disposición hacia lo cotidiano?
¿Cómo saberlo? Diría que no, porque pensar en cosas muy básicas pero irresolubles es algo que uno hace en la ducha o mirando al techo desde muy chica. Pero también diría que sí, porque, hasta que se invente un chip de telepatía, la literatura es la mejor forma de saber cómo piensan realmente los seres humanos, el que tenemos al lado y el que vivió en Transilvania en 1566, y cuando lo sabes te das cuenta de que lo cotidiano es muy importante, al menos para alguien sin creencias trascendentales. Aunque eso en realidad no tiene tanto que ver con la literatura sino con los desarrollos del siglo XX: la historia de las personas, la sicología y la neurología, principalmente.
¿Crees que la literatura tiene un rol que cumplir en la sociedad?
Tal como se plantea la pregunta pareciera que es posible contestar que no, y en realidad no es posible. Todo lo que existe tiene una función, si no habría desaparecido, y la literatura es un florecimiento de la narración, una forma de explicarse el mundo hacia la que los humanos estamos naturalmente inclinados, al parecer. Su expresión formal podría hasta desaparecer en un futuro distópico, pero la narración nunca. Nos moriríamos de tedio y de pena.
¿Qué relación tienes con el silencio? Es un concepto que tiende a emerger en tus columnas y también, en tus propias palabras, la cualidad nťmero uno de un buen editor.
El silencio es un rasgo de mi familia. No somos lacónicos, pero nadie grita ni histeriquea. Crecí en una casa muy tranquila, sin tele prendida, sin necesidad de rellenar los silencios con blablá. Mucha misa y retiros, ni un atado con el silencio, la música no tan fuerte para no molestar. Este verano nos juntamos hermanos, hijos y abuelos y la cosa parece que se transmitió y es un agrado. Si no lo tuviera integrado no sé cómo podría trabajar, porque la mayor parte del día estoy en silencio.
¿Hay espacio para la ficción en tu escritura, o para los objetivos que te planteas la realidad ya te da material suficiente?
No. Espero que no suene soberbio por torpeza mía, porque es lo contrario: tengo mucha facilidad para escribir, puedo imitar estilos y tengo muchos registros en la cabeza, por eso puedo reemplazar frases y párrafos de otros sin que se note, pero eso mismo hace que ni me planteé escribir: no sabría por dónde empezar, pero sobre todo para qué, si ya hay tanto escrito por otros. Me falta un motivo para este crimen.
El género que eliges está estrechamente ligado al ‘yo’, a esa voz que enuncia y que expone a otro su humanidad y parte de su intimidad. ¿Cómo explicas el palco privilegiado que se le asigna hoy a la primera persona singular?
Todas las manifestaciones culturales pasan por ciclos, este es uno más y también pasará. Pero falta un rato todavía, el yo es súper reciente en el gran cuadro, en la historia de la humanidad, un siglo, dos siglos, nada todavía. Y si lo restringimos a la “autoficción”, hay un punto que se les olvida a los críticos y profesores, y es que ellos leen profesionalmente y mucho más que la gente común, por lo tanto se aburren mucho antes cuando un estilo se repite —y si tiene éxito se va a repetir, es obvio—, pero los lectores normales vienen recién llegando y todavía están fascinados con poder identificarse con personajes a los que ven cercanos. Desde que tengo un club de lectura en mi casa entendí que la parte de “identificarse” es muy importante en la experiencia actual de lectura, y suele ser más fácil con este estilo.
¿Cómo describirías el estado actual del género de la columna? “Chile, país de columnistas”, se ha dicho por ahí... ¿Qué lugar crees que tiene hoy la opinión en la escena local?
Si entendemos la columna como un género periodístico con sus propias reglas y características de excelencia, incluso sumándole la viñeta, que es otro género que se le parece, en este país prácticamente no existe, no se cultiva hace mucho tiempo. En México, en Argentina o en España hay montones de verdaderos columnistas. Aquí hay gente que tiene ideas interesantes, académicos, consultores y supongo que compañeros de golf o lo que sea, pero la inmensa mayoría no sabe hacer ni leer una columna: se escribe para abajo no más, y se dice “excelente columna” a una que sostiene el punto que uno apoya. Pero casi nadie las escribe realmente bien, de cabo a rabo. ¿Chile, país de columnistas? Por supuesto que no. Pero ni por si acaso. ¿Chile, país de poetas? Ahí te creo.
UNA DIGNA SOMBRA
¿Cómo llegas a dedicarte a la edición? ¿Qué libros o autores prepararon tu camino hacia la edición?
Por necesidad y por azar, como todo. Todo lo leído te prepara, incluso lo malo. Creo que no hay una causalidad, eso sí. Podría haber alguien que haya leído poco y sea buena editora, y te aseguro que hay quienes han leído muchísimo y no dan pie con bola en este oficio.
En 2014 fundaste tu propia editorial: Libros del Laurel. ¿Es posible establecer un norte compartido en las obras que componen el catálogo de Laurel? ¿Cuál es su público?
Cinco años es poco para una editorial, y menos si se le puede dedicar solo las horas de trasnoche, así que aún faltan géneros completos en los que no hemos incursionado. Si hay algo que distingue este catálogo, quisiera explicarlo así: como no tengo estudios de literatura ni de lenguaje, menos de teoría literaria, no pretendo meterme en terrenos que sí manejan otros editores que son poetas o lingüistas o profesores, por eso no
publico poesía, diarios, cartas o estudios literarios. Lo que intento es atraer hacia la literatura contemporánea de calidad a gente de otros círculos, otras profesiones. No son libros fáciles o populares, para nada, pero siempre tengo la aspiración de sumar un público nuevo. Esa gente que solo lee novelas de Anagrama y Salamandra, por ejemplo, o solo a autores ingleses y a Houllebecq, teniendo a un montón de latinoamericanos increíbles. Hay que arrastrarla para acá. Gente que no lee cuentos desde el colegio. Que cree que la buena literatura se escribe en un español acartonado de los años setenta y no en el registro más coloquial chileno, el de la calle. A esa gente quiero llegar, y en una escala miniaturesca lo estamos logrando.
¿Recurres a alguna técnica del periodismo al momento de editar?
Quiero creer que siempre estoy pensando en el público antes que en el autor y nunca me dejo deslumbrar por la palabrería; busco las estructuras, y si el alambrito no sostiene la torre, la desarmo para armarla de nuevo. No sé si eso es todavía una técnica del periodismo, me parece que sí.
En tu texto “Manual para jóvenes editores” dices que un editor debe ser una “digna sombra” del autor. ¿Qué rol juega la discusión con el autor en el proceso de la edición?
Lo de ser una digna sombra alude a quedarte bien callada y no andar alardeando en público de que mejoraste tal o cual obra, no se refiere a ser una especie de secretaria o personaje secundario. Por eso mismo la discusión debe ser entre pares que se respetan, y es totalmente central porque no se puede hacer algo contra la voluntad de la autora o autor. En general trabajo sola y no pregunto nada, pero luego le presento un texto completo que la persona me puede devolver o aceptar todo o por partes. A veces la discusión es por párrafos e incluso por línea y por cada coma.
Ahí también invitas a pensar el texto como una tela y la figura del editor como un zurcidor japonés, que repara con los mismos hilos del original. ¿Cómo distinguir los propios hilos de los ajenos? ¿Cómo sabes cuándo parar?
No hay que distinguir los hilos propios, porque la noción de propiedad es la que no tiene sentido en el trabajo de edición de textos en serio. Da lo mismo quién escribió qué parte porque nadie lo va a saber. Por eso digo que la gracia del zurcidor japonés es que su trabajo no se tiene que notar. Si varias obras de un sello o una revista suenan parecidas es porque el editor interviene sin oreja o sin importarle el estilo de cada cual. Y por eso es un mal editor.
La lectura tiende a relegarse al ámbito del “tiempo libre”, pero en tu caso está envidiablemente ligada a tu trabajo, a tus propios gustos. ¿Qué lees en tu tiempo libre?
Es un continuo, no hago la distinción. Podría llamar lecturas de ocio a esas con las que sé que no haré nada, pero en realidad siempre estoy “trabajando”. En una interpretación más literal, dejando de lado la ficción y la poesía, me gustan los libros inteligentes porque me producen placer, y eso puede ser cualquier cosa: cómics como Saga, los aforismos de Lichtenberg, la historia del diccionario de Oxford y el loquito que más entradas escribió.
¿Terminas siempre lo que empiezas a leer?
Hasta hace unos años, sí, casi siempre. Pero ya me liberé de esa obligación autoimpuesta. Según Goodreads tengo 167 libros empezados y obviamente no voy a terminar ni un tercio, porque todas las semanas empiezo tres más. Mantengo la esperanza de ser algún día millonaria en tiempo y plata, entonces los terminaré.
Luego de años de oficio uno podría suponer que cada vez se te hace más fácil distinguir aquello que vale la pena editar y publicar. ¿Funciona de esa manera? ¿Has podido identificar algo en comťn en ese tipo de obras?
Sí, me es muy fácil. Y no, no tienen nada en común porque creo que puedo hacer el ejercicio con géneros muy dispares. Lo difícil es todo lo demás: cuánto me va a costar, de dónde saco la plata, cuánta gente lo va a comprar, cómo hago para pagarle el sueldo a la asistente editorial. Sinceramente creo que mi editorial es muy buena y sin embargo, como todas, vende poco. Los que me comprarían todo sufren porque no les alcanza la plata, y los que sí tienen plata no están interesados en los libros. En Chile esta división es dramática. Ya sé que no me preguntaste esto y me estoy aprovechando del pánico, pero en general las preguntas a editores sobre su “olfato” omiten que aquí se trata de recursos y realidad económica, a menos que seas algo como el conde de Siruela.
Además de tu trabajo como editora en Laurel también te has dedicado a la docencia. ¿Cómo ha sido la experiencia de enseñar a editar?
Hace muchos años que empecé, sin tener idea, desde que la Andrea Vial me llevó a la UAH a hacer clases a los alumnos de Periodismo. Me obligó a inventar formas de transmitir lo que sabía, y por supuesto aprendí sobre la marcha a ser profesora, que era un mundo desconocido para mí. Todavía la academia lo es, un poco: no tiene espacio para los generalistas, al menos en su sistema de premios y estímulos. Sobre el magíster y los diplomados en edición que dirijo ahora en la UDP, todos los años pienso que es un milagro que llegue gente a querer aprender esto que es tan difícil y tan poco rentable. Pero llegan y llegan: creo que debería volver a ser creyente.
Eres una usuaria bastante activa de Twitter. ¿Qué te permite observar ese espacio?
Muchas cosas. Es una conexión que necesito porque no consumo medios ni hago rutinariamente vida social: necesito silencio para trabajar, y este rumorcillo me recuerda que hay un mundo ahí afuera. Aprendo un montón de gente que sabe cosas que yo no. Recibo un montón de ayuda y me río todo el día. Cuando pienso que son todos medio idiotas, me recuerda que yo también. Es un gran detector de neuróticos y narcisos, que no aguantan no tener el control (son los que se van o bloquean a todo el mundo). Y, sobre todo, en cuanto conversación social, aun con lo ardua, amenazante y amenazada que es, no había habido una en que nos pudiéramos relacionar de igual a igual con otras generaciones, otras culturas y otras clases sociales. Si no lo haces, te lo estás perdiendo. No estoy siendo ingenua, creo que entiendo los peligros, pero me tuestan mucho los —adivina qué— columnistas quejándose de que Twitter es muy intratable. Bueno, es que antes solo existían ellos, la élite de la opinión, limitada por lo demás al barrio alto de Santiago, ni siquiera de provincias, y les salió carne al camino. Escribí columnas muchos años en el diario y uno nunca tenía feedback, salvo tus amigos. Ahora tenemos feedback y, obvio, es rudo. Pero no es que la gente se haya puesto mala onda, antes también pensaban que éramos tontos, solo que no nos enterábamos.
Un rasgo característico de Twitter es la concisión. ¿Crees que este tipo de herramientas impacta o modifica nuestra relación con el lenguaje o bien el modo en que experimentamos la realidad?
Sí, por supuesto, pero todo modifica el lenguaje, en eso no es especial. El tema con el cambio es más general: hasta hace un siglo y medio vivíamos como detenidos en la longue durée, que es la manera siútica de decir que durante toda tu vida podías ser testigo de un par de cambios sociales grandes, o incluso de ninguno, podías vivir igual que tus padres y tus hijos. Pero ahora realmente es cierto lo de la aceleración del cambio. A mí me parece haber vivido como en cuatro mundos, todavía no asimilo bien la cantidad de cambios que he visto pasar. Y, en ese encuadre, los cambios del lenguaje me parecen totalmente naturales.


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