Adriana Valdés, ensayista: “Si perdemos el lenguaje, perdemos pensamiento y capacidad de conexión”

"Hoy se escriben papers, artículos susceptibles de entrar en revistas indexadas, que dan puntos a quien escribe si es académico de una universidad, y a la unidad académica a la que esa persona pertenece. Eso le sirve a la universidad para acreditarse, y genera un sistema infernal en el que uno ve a las mejores mentes de la generación desgastarse en rellenar formularios absolutamente absurdos", dice Adriana Valdés.


agosto del 2019
Adriana Valdés, ensayista: “Si perdemos el lenguaje, perdemos pensamiento y capacidad de conexión”

Por Rodrigo Pérez de Arce


Aunque sus apariciones en los medios de comunicación se han multiplicado desde que asumió como la primera mujer directora de la Academia Chilena de la Lengua, Adriana Valdés (1943) tiene una larga trayectoria dedicada a las humanidades, lo que la ha llevado a ser reconocida y querida por sus pares. A partir de su obra Redefinir lo humano: las humanidades en el siglo XXI (Universidad de Valparaíso, 2017), conversamos sobre la situación actual de la universidad, el papel del lenguaje en una sociedad virtual y el uso de las redes sociales.

¿De dónde surge la inquietud de escribir un ensayo sobre la crisis de las humanidades?

Hoy se escriben papers, artículos susceptibles de entrar en revistas indexadas, que dan puntos a quien escribe si es académico de una universidad, y a la unidad académica a la que esa persona pertenece. Eso le sirve a la universidad para acreditarse, y genera un sistema infernal en el que uno ve a las mejores mentes de la generación desgastarse en rellenar formularios absolutamente absurdos.

¿Su ensayo nace, entonces, de un diagnóstico crítico de la academia actual?

Te voy a contar de dónde viene la inquietud. Me lo pidieron para un congreso en Bolivia hace tres años, sobre humanidades, donde venían personas de toda América Latina y de Norteamérica. Me pareció bastante curioso que me lo pidieran a mí, pero como vivo con la idea de que estoy vieja y que será mi último trabajo, cosa que no sucede nunca, quise darme el gusto de escribir no lo que la gente espera que escriba, sino escribir lo que pienso. Estoy muy angustiada por haber dedicado una vida entera a las humanidades y ver las condiciones en las que se encuentran hoy: se han transformado las humanidades en una especialidad más, con guetos donde la gente solo se lee una a otra cuando prepara una tesis sobre esos temas. Pensar que a eso le dediqué la vida entera me deprimía mucho.

¿Se trata de una crisis mundial o también toca a Chile?

Esas reflexiones no son sobre Estados Unidos o Europa, son realmente sobre la situación del estudio de las humanidades en Chile. Me interesó porque quería revivir el ensayo en oposición al paper. Cuando salió, publicar un libro no daba puntos académicos, lo que es una locura (por no decir una estupidez).

¿En qué consiste esa crisis de las humanidades? Usted menciona dos “adversarios formidables”: el excesivo afán de lucro y el modelo de evaluación tomado de las ciencias duras.

Recuerda que no son solo las ciencias duras, sino una conveniencia de la burocracia. Tanto las ciencias duras como las humanidades están en una trampa muy similar, que es la trampa de los burócratas que necesitan hacer cuadros y datos comparables unos con otros, aunque estén, en el fondo, comparando peras con manzanas. Eso no te lleva a pensar en cosas verdaderamente interesantes.

Esos dos adversarios vienen desde afuera, ¿hay alguno que venga desde adentro?

Eso es lo que traté en la segunda parte del libro. Al preguntarme sobre el agotamiento de la cultura impresa, que se inicia con Gutenberg, me estoy preguntando por un agotamiento del formato de la enseñanza y aprendizaje de las humanidades. Antes de Gutenberg, la imagen era muy importante, más importante que la palabra, y en la civilización en que estamos viviendo la imagen vuelve a ser muy importante, aunque de otra manera. La palabra escrita e impresa era hasta ahora lo central, lo cual, dada la plasticidad del cerebro humano, iba conformando el cerebro a medida que se aprende. Tú lees de izquierda a derecha, vas de comienzo, a medio, a final, estás esperando una conclusión. Todas estas cosas tienen que ver con una forma de conocimiento muy relacionadas con el medio técnico, la imprenta. Y tenemos desde Gutenberg un talento fantástico para dividir, y no para juntar las disciplinas. Entonces, por ejemplo, somos capaces de estudiar la historia del Renacimiento sin haber visto jamás una pintura de esa época, sin darnos cuenta de que estamos exactamente en el mismo lugar y que entender uno nos lleva a entender mejor la otra. Las cosas más interesantes ya no se están dando dentro de las disciplinas, sino entre ellas, en los intersticios.

¿Una mirada demasiado disciplinar a la realidad tiene riesgos, entonces?

Se pierden las cosas. Pongo ahí el verso de Nicanor Parra “El automóvil es una silla de ruedas”, porque todo lo que tú ganas en una dimensión lo pierdes en las otras, y puedes perder la capacidad de hacer un discurso bien hilado, por ejemplo. Puedes perder determinadas formas de raciocinio. Pero prefería enfocarme en mostrar lo que podemos ganar, qué asimilamos como nuevo y como bueno.

¿Cómo se armó ese camino, capaz de mirar entre disciplinas?

Eso me pasó desde el año 74, siendo profesora en Literatura y Estética. Después del golpe me fui de la Universidad Católica, y empezaron a llegarme muchos pedidos de artistas para que escribiera sobre ellos, porque la mayor parte de los críticos de arte estaban en el exilio, y no se publicaba nada en los diarios. Ese asunto fue muy extraordinario, porque yo no tenía formación en esas áreas. Pero la formación no era fundamental porque el tipo de arte que me tocaba ver no exigía conocimientos específicos en pintura renacentista. Tuve que buscar en lo que había leído, en lo que estaba leyendo, algún instrumento para entender algo que a la primera te deja sumamente perplejo. Resolver esa perplejidad y encontrar la teoría o el pensamiento que te permita hablar de eso es lo que me hizo crecer el cerebro, y darme cuenta de que las cosas no necesariamente tienen sentido solo cuando están expresadas en un párrafo coherente.

¿Hay alguna responsabilidad de las universidades en esta crisis?

Te contesto con una anécdota. Siempre llegaban generaciones de alumnos a verme. Uno de los primeros grupos que llegó hizo un solo número de una revista, financiada por la universidad, que se llamó Lo. Ese grupo estaba compuesto por Andrés Claro, filósofo que ha escrito libros maravillosos; Matías Rivas, que dirige la editorial de la UDP, y Patricio Fernández, fundador del The Clinic. Tenían unos 22 años. Querían reflexionar sobre la universidad, y para eso quisieron hablar con tres personas: José Joaquín Brunner, Pablo Oyarzún y yo. José Joaquín no llegó a la cita, por lo que se grabó la conversación entre Pablo y yo. Llegamos a ideas bastante radicales, porque veíamos una universidad tecnificada, que, si llevamos las cosas al extremo, viene del financiamiento que les dio el Banco Mundial a las universidades chilenas en los años ochenta. Se les impusieron ciertos estándares, entre los que estaba la acreditación y las revistas indexadas, para asegurar la seriedad y comparabilidad de los estudios. Eso se hizo por parte de los técnicos y economistas para salvaguardar sus inversiones. En esa conversación hablamos también de otra cosa: de la idea de universidad, de cómo había empezado, y cómo, por ejemplo, en la ribera izquierda del río Sena había maestros, y a su alrededor se juntaban discípulos. Las

Las universidades tenían que ver con estos maestros y la gente que los seguía, y aprendía filosofía y teología con ellos. Los seguían, como peripatéticos. No había un lugar, no había mucha jerarquía, y lo que fundamentalmente creaba la universidad eran la capacidad y las ganas de aprender de un maestro que sabía más que tú, y la convivencia con unos pocos más que estaban interesados en las materias. Eso es muy básico, pero eso es la universidad.

Usted es una activa usuaria de Twitter. ¿Cómo cambia la relación entre intelectuales y públicos con estas redes sociales, que abren nuevos espacios pero al mismo tiempo polarizan?

Vivo mucho en la experimentación. Mi experimento es trabajar el Twitter sin violencia, igual que la crítica: si hay alguna obra que me parece abominable jamás escribiría sobre ella, salvo que haga un mal muy grande a la sociedad. Pero si no me gusta una exposición, no voy a escribir sobre esa exposición; si me parece malo un artista, me voy a correr si me pide un texto. No voy a salir a decir que algo es malo. Encuentro que lo más estupendo es poder celebrar y explicar por qué celebro. Indicar con el dedo “mira, estoy leyendo tal cosa y me parece así o asá”, y resulta que con eso se crean comunidades virtuales bien interesantes. Tengo unos amigos en Twitter que nunca he visto, que si me vieran en la calle como soy, una señorona grandota, vieja y cuica, imagínate si me irían a hablar. El asunto es que en esto vamos más allá de ese tema y hay una cierta afinidad intelectual y de reacción ante las cosas que va creando una comunidad que antes era imposible. Eso vale la pena experimentar.

En el libro defiende que las humanidades son un “vaso comunicante” respecto de las otras ciencias. Eso es muy importante para la democracia y estaría en riesgo. ¿No le estaremos pidiendo demasiado a las humanidades?

Creo que no, porque el vínculo fundamental entre todas las humanidades es el lenguaje. Si perdemos el lenguaje, perdemos pensamiento y capacidad de conexión, pero con las humanidades ganamos ambas cosas. No es que las humanidades sean solo aprender la historia de Carlomagno; significa poder hablar de eso, poder comunicarlo. Si uno no tiene lenguaje, mucho me temo que no tiene pensamiento diferenciado. En muchos aspectos, tener un buen dominio del lenguaje significa poder organizar los pensamientos. El lenguaje es un tesoro común de las humanidades, pero sobre todo es un tesoro común de la humanidad.

¿La crisis de la democracia pasa por una crisis del lenguaje?

Eso creo. Mario Vargas Llosa lo dijo de manera muy brutal; le fue pésimo porque se tiró contra los indígenas. Pero una cosa que dijo era cierta: cuando llegaron los españoles, los indígenas tenían como mil idiomas y no se entendían entre ellos. Y al no entenderse entre ellos, se “entremataban”. En la medida en que no se tiene un lenguaje común con otro, lo va percibiendo como radicalmente otro. Trump, si fuera multilingüe, no sería tan bruto, porque cuando sabes más de un idioma sabes que hay más de una manera de organizar el pensamiento. Cada idioma recorta la realidad de manera distinta.

Una de las referencias centrales del libro es Hannah Arendt. ¿Qué reflexiones le ha inspirado su obra y su figura?

Está muy vigente. La conozco de muchas maneras. La primera fue como la persona que hizo traducir al inglés a Walter Benjamin y creó ese libro maravilloso que son las Iluminaciones a partir de múltiples textos que tenía Benjamin en alemán, que no era conocido en inglés. Ella miraba a Ben-jamin con una actitud deliciosa, decía que era el marxista más raro que uno pudiera imaginarse, porque su relación con el marxismo era absolutamente extraña. Por otra parte, una imagen que cito siempre es que a Benjamin le tocó percibir una cultura que, como la nuestra, estaba hecha pedazos. En ese tiempo la fachada todavía existía, pero había ciertas mentes agudas que se daban cuenta que esa cultura se caía a pedazos y estábamos viviendo de fragmentos.

Su postura es que el futuro de las humanidades parece estar cada vez más ligado a lo multidisciplinario y lo transdisciplinario. ¿Cómo se resguarda la especificidad de las humanidades en esta mezcla? ¿No existe un riesgo de que se desdibujen?

Juan Villoro, escritor mexicano, decía que sabemos cada vez más acerca de cada vez menos. Si quieren ustedes mantener un gueto de gente que estudie la derivación sintáctica en los poemas de cualquier persona, lo puede hacer. Pero cuando se trate de hablar de poesía, que no necesariamente se trate de hablar de minucias, sino que se pueda hablar en general, que el foco no sea el académico como destinatario, sino una cosa notable que le dijo Alfredo Jaar a Bruno Cuneo cuando estábamos armando un libro en conjunto. Bruno hizo una pregunta súper teórica, y Alfredo lo miró y le dijo “no pienses como artista. Piensa como ser humano”. Si uno piensa en ese niño destinatario, ese joven destinatario, tienes que poder comunicarte. Es contrario a la esencia de las humanidades, del lenguaje, transformarlas en una ciencia impenetrable. Se corre el riesgo de que se desdibujen, que se banalicen. Pero creo que la irrelevancia es un riesgo más importante todavía.